La actual representación simbólico–plebiscitaria
Nos proponemos ahora examinar la interinfluencia que existe entre el dispositivo comunicacional de masas y el denominado “sistema competitivo de partidos” (actual modus operandi de la democracia representativa). Los dos constituyen estructuras consolidadas desde la segunda posguerra. Las transparencias y opacidades que pueden señalarse en los circuitos comunicacionales del actual régimen democrático tienen que ver, al menos, tanto con las transformaciones tecnológico-monopólicas de los medios de (in)comunicación de masas, como con las modificaciones que se han verificado en los usos y concepciones de los partidos políticos, y, por consiguiente, en la naturaleza de los “representantes” y su relación con los “representados”. Interactúan la naturaleza de la comunicación masiva y la índole del mercado político-electoral.
Es probable que sea un razonamiento formalista el que afirma que la desconexión entre representantes y representados se ha ensanchado en la actual democracia masiva respecto a la democracia censitaria. Algunos sintetizan sociológicamente esta ecuación haciendo hincapié en el pasaje del ciudadano al consumidor y hoy al cliente. Tal vez sea más adecuado aseverar que la distancia estructural entre ambos sigue siendo la misma, aunque hayan cambiado, lógicamente, aspectos instrumentales. Salvo, habría que añadir, en el momento de la explosión democrática con la generalización del voto universal a principios del siglo.
De la república de notables del siglo XIX, que decidían candidatos y políticas en el club o el bufete oligárquicos, a la república de profesionales carismáticos, que deciden entre tecnócratas y lobistas, no hay, desde el punto de vista de las decisiones populares eficientes, ni más ni menos cancelación de estas. Esto no niega que las diferencias deban ser estudiadas; el examen empírico puede mostrarnos que tal vez sean más importantes de lo que pensamos.
El enfoque ya clásico de Hanna Pitkin (El concepto de representación) señalaba que la representación ha quedado reducida a un mero mecanismo de legitimación indirecta respecto a quién gobierna, pero no respecto al qué o al cómo. Se trataría de la prevalencia de la condición subjetiva del representante sobre su propia actuación, es decir, siendo más importante para definir la representación lo que el representante sea que lo que el representante haga. La antigua y fundacional separación entre sociedad y Estado se encarna hoy en la forma simbólica de la representación.
El proceso intercomunicativo, impulsado antes y ahora de arriba abajo se basa en la generación de actitudes o propuestas de tipo gestual o simbólico desde la esfera político-estatal, que suscitan una lealtad o aceptación difusa entre el conjunto social. Para Pitkin, la representación simbólica no exige, por tanto, la presencia de una correspondencia de representatividad, concretándose al contrario en un elemento irracional. La representación, en este caso, no será una actividad sino un estado de cosas basado en respuestas psicológicas de la sociedad ante un conjunto de elementos simbólicos generados desde la esfera política.
La representación simbólica “desde arriba”, recordémoslo, es asumida históricamente por la jefatura del Estado monárquica, o, más recientemente, por las estrategias publicitarias de un estilo de acción política “a la americana” que orienta, predominantemente, el proceso político en las democracias actuales, condicionadas por una fuerte presencia de los grandes mass media y sus circuitos oligopólicos. Pero también la propia evolución de los partidos ha confluido en esta orientación. Inducidos a captar electoralmente la mayor masa posible que les posibilite acceder al gobierno,a través del modelo de partido catch all, se homogeneizan ofertas que satisfagan a todo o casi todo el mercado electoral. Así mismose han ido progresivamente desideologizando, lo que se traduce en un tipo de discurso difuso y generalizador orientado más bien hacia la estrategia seductora del eslogan que hacia la construcción ideológico-programática de un proyecto de gobierno.
Es la evolución del sistema representativo que Leibholz (Problemas fundamentales de la democracia moderna) ha denominado como democracia plebiscitaria, en la que predomina el elemento simbólico-personal del líder. Esto, en coincidencia con Pitkin, se refiere ala opción por el quién gobierna, en la que quedan considerablemente atenuados los restantes contenidos sustantivos de la representación: el qué y el cómo. De este modo, el contenido programático de las propuestas de gobierno de los partidos decae frente a la designación de la confianza en las personas, las estrategias de imagen y los discursos simbólico-cosméticos (véase nuestra búsqueda consensuada, retroalimentada por los medios, de políticos “honestos”).
En este marco, el surgimiento de grandes monopolios massmediáticos ha sesgado el mecanismo interactivo con su gran capacidad de conformación o manipulación de la opinión pública, de la que ha surgido el término video-política, similar al living room democracy. Esta lógica simbólico-plebiscitaria anula los contenidos racionales o ideológicos, vaciamiento que confluye con la sintaxis massmediática, simplificadora y maniquea. Sartori recuerda que a finales de los sesenta las frases conceptuales o de “línea” sobre las que se construyen las campañas electorales se reproducían en televisión en 45 segundos de media; a finales de los ochenta la media bajó a 10 segundos. Ciertamente, “en diez segundos no se puede explicar cómo remediar el déficit de la balanza de pagos”. Así, una política orientada de modo predominante hacia la gestualidad genera mayorías emocionales o simbólicas. La legitimidad simbólica predomina sobre la eficacia decisional y el debate interactivo es siempre eludido.
Hoy más que nunca la concreción del mito racionalizador con capacidad para movilizar al conjunto de la sociedad se encuentra en crisis. Murray Edelman ha descrito con bastante precisión La construcción del espectáculo político, que supone la propia construcción de la realidad social y de la subjetividad colectiva. El dispositivo del mensaje y la noticia organiza los problemas que hay que atender, las explicaciones con la que deben comprenderse y los juicios de valor con los que se los encomia o reprueba. La pobreza, por ejemplo, puede ser percibida y vivenciada en una época (ciclo del estado de bienestar) como una insuficiencia de las políticas públicas, mientras que en otra (ciclo actual), la mayoría social es inducida a interpretarla como una consecuencia natural de los procesos económicos, inimputables gubernamentalmente. Muchos de nuestros desocupados, por ejemplo, atribuyen la situación que padecen a su incapacidad o mala suerte.
La dimensión massmediática de la estructura de dominación encuentra exámenes habituales en los sectores críticos progresistas. El señalamiento y debate que, por el contrario, muestra atraso y vacancia, es el de la “democracia de partidos” y el papel de estos en aquella estructura. Por tradición inercial e intereses corporativos, los partidos políticos ofrecen una resistencia tan intensa como la del dispositivo massmediático a la democratización intercomunicativa, a la recuperación del debate público y a la transparencia o participación de la esfera decisional. Falta mucha investigación en este punto.
Retomando la mediación
Sabemos que, sin comunicación, no hay construcción de espacio público. La única opción a día de hoy es la mediatizada, la que a su vez es posible por el avance técnico que instituye la separación. La mirada, entonces, debería dirigirse sobre la mediación, no sobre los instrumentos técnicos que por sí solos no producen mayor o menor grado de alienación; esta última ya está ahí.
La mediación no es un conducto que transmite una ideología alienante determinada. Fomenta, por sí sola, un determinado tipo de relación social (subalternidad); de la misma manera, introdujo “la uniformización de las formas de vivir y pensar y la aparición de un nuevo conformismo que no se contraponen al nacimiento de visiones cada vez más particularistas de la existencia” (Nicolás Tenzer). La opinión pública se privatiza y lo público se visualiza desde consideraciones privadas; avanza entonces la sociedad de individuos.
La diversidad que se genera y tanto se adula es expresión de las sociedades democráticas contemporáneas, pero conlleva también disgregación, poniendo al que escucha o ve en el lugar de la fragmentación en sectores, grupos, etcétera. No hay otro lugar donde este receptor quiera o quiso situarse, incluyendo el supuesto progreso participativo que significan el correo de lectores, la utilización generalizada de las llamadas telefónicas a las radios y TV u otros. Por tanto, la pregunta sería cómo, a pesar de su índole, los medios contribuirán a lo público, a la deliberación, al diálogo, a la reciprocidad; en suma, a la respuesta colectiva y, de ser posible, a un nuevo discurso y no a un nuevo contenido ideológico.
Pensar institutos y dispositivos alternativos
El caso del rating bolchevique, alcances y límites
Era una idea tan arraigada como generalizada en el socialismo finisecular la de que la libertad de prensa proclamada y exaltada por el periodismo burgués significaba lisa y llanamente libertad de empresa. Nadie se llamaba a engaño sobre esta mistificación y menos se confundía el derecho de las empresas periodísticas con el derecho, por ejemplo, de expresión. Entre este conjunto socialista debe incluirse, desde luego, al Partido Bolchevique, nacido duranter los primeros años de este siglo.
Sin embargo, así como los bolcheviques nunca tuvieron claros la índole y los alcances del derecho de asociación al que limitaron de acuerdo con las necesidades del poder que ejercían, tampoco mostraron claridad respecto al derecho de prensa, que a la vez ejercieron con notables restricciones.
Pocas veces se ha conocido qué idea concreta tenían los líderes bolcheviques de una posible institucionalización del derecho de prensa. A excepción se encuentra el caso de las corrientes disidentes, como la Oposición Obrera y los decembristas, que entendieron ese derecho sin restricción alguna y, por ello, fueron continuamente combatidas por la mayoría leninista (y luego leninista-trotskista). Finalmente, en 1921, fueron acalladas. De las voces bolcheviques se conoce muy poco.
Escasamente dos referencias se encuentran en textos que estudiaron la época. Una de ellas la recuerda Deutscher en su monumental trilogía sobre Trotski. Ocurrió en el momento en que este mandó a los mencheviques al “basurero de la historia”, cabe destacar, a los pocos días de que los bolcheviques se hicieran con el poder. Como recordarán todos los que han husmeado en la vida y dichos de Trotski, este acostumbraba a ser bastante brutal e impiadoso con los que hasta el día de ayer habían sido sus propios compañeros, que es el caso, aquí, de los mencheviques. La idea que se verá enseguida fue formulada en ocasión oportuna, pues el gobierno bolchevique había comenzado a ejercer la censura de prensa sobre, precisamente, periódicos mencheviques.
Lo que expuso Trotski como presidente del Soviet de Petrogrado se puede resumir del siguiente modo: si bien ahora no hemos tenido más remedio que acallar ciertas voces que conspiran contra los intereses de la revolución, el objetivo del gobierno es restaurar una libertad de prensa plena para las corrientes obreras. De tal modo, el gobierno dispondrá de los recursos materiales (insumos, imprentas, etc.) para todos aquellos que representen a un número determinado de integrantes de esas corrientes.
La otra referencia lleva a Lenin, siendo encontrada en el borrador de un decreto de gobierno que expone el mismo principio, aunque aquí habla taxativamente de cantidad. No establece, eso sí, de qué forma ni por qué instituto regularían el uso de tal libertad. Lo que sí es significativo de la decisión política que tenían y exhibieron los bolcheviques de implementar semejante derecho, es que el esbozo nunca llegó a alcanzar la forma de un decreto legal, ni fue siquiera conocido públicamente. No traspasó los límites de la carpeta de papeles de Lenin, sólo alcanzó la luz pública años más tarde.
Una última referencia de este principio de institucionalización de libertad de prensa en un régimen socialista se puede encontrar en el documento de la IV Internacional sobre "Dictadura del proletariado y régimen socialista", que se le debe originalmente a Ernest Mandel y que publicó entre nosotros la revista Praxis a mediados de la década de los ochenta (nº 3-4, Buenos Aires 1984, p. 58 a 63). El principio cuartista recoge el que hemos brevemente mencionado, con el añadido, empero, de que lo limpia de toda restricción: no atañe sólo a los “trabajadores” u “obreros”, sino a todas las personas de la sociedad, incluidos los burgueses. Los razonamientos de esta amplitud son, en rigor, fundados e inobjetables, y servirían muy bien para disolver los “temores revolucionarios” que de continuo esgrimen los cubanos cada vez que se les reclama ampliar las libertades políticas en la isla (en el caso de que los temores sean de la índole que los dirigentes cubanos invocan).
El principio de los bolcheviques sostiene, pues, que las corrientes sumarían tiradas según la demanda de lectores de la que gozarían. Pero, como se ha comprobado históricamente, decidieron, desde el poder, que el único rating que estaban dispuestos a aceptar fue el que determinaba la propia publicidad del producto que ofertaban. Las otras ofertas, para seguir con la alegoría del rating, carecían, al parecer, de audiencia o demanda y pertenecía a productos de competitividad nula. A priori, estos eran desechables para los usos del consumo social según, desde luego, la evaluación de los managers vernáculos en el poder.
Comenzar a debatir una política comunicacional
Ante esta verdadera expropiación del derecho a la información y la comunicación, será necesario comenzar a debatir dispositivos sociales que garanticen la participación creciente de los marginados, o en otros términos, el empleo más amplio posible de los medios de comunicación e información al alcance de diversos sectores de la población. En consecuencia, pensamos introducir algunos dispositivos para su debate:
1) Fomentar la participación activa del público, permitiéndole intervenir en la elección y elaboración de los programas.
2) Promover la creación de un consejo de evaluación de las pautas publicitarias, integrado por diversos sectores sociales, que regule y limite el tiempo o espacio disponible para la publicidad.
3) Concentrar los mensajes, agrupando toda la publicidad en un sólo lugar del periódico o al final de una hora de transmisión.
4) Restringir el espacio disponible en la ciudad para la publicidad que ha invadido colectivos, subtes, veredas, carteleras, paredes, convirtiéndose en parte del paisaje social.
5) Incorporar el derecho de respuesta en el mismo medio y con idéntico espacio.
Bibliografía
Capítulo VI del libro AAVV, Democratizar la democracia. Herramientas para repensar la política, Bs. As, Areté, 1998 (ISBN: 987-96901-9-2).















