En tiempo de desolación nunca hacer mudanza, mas estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación, o en la determinación en que estaba en la antecedente consolación.
(San Ignacio de Loyola. 1548. Ejercicios Espirituales, Nº 318)
“¡Tranquilidad!” fue, junto a otras palabras y frases, el lema distintivo de la pedagogía de quien fue mi coordinador durante mis últimos dos años, dictando clases a estudiantes de tercer año de bachillerato.
El profesor Ramón Aguilar, un joven de poco más de 40 años, logró guiar a un equipo de diez profesores que dictaban las asignaturas del currículo escolar en torno a la tarea de formar los conocimientos, la espiritualidad y el carácter de aproximadamente 155 adolescentes. Pero también nos enseñó a tratar con el gran reto que implica canalizar la energía, muchas veces a punto de desbordarse, de todos estos muchachos.
A continuación, quiero relatar esa experiencia desde mi perspectiva y todo lo que aprendí del “jefe”, pero también del resto del equipo que, por razones de espacio, no podré detallar con más profundidad. A todos les estoy inmensamente agradecido por su apoyo, paciencia, cariño y tiempo para ayudarme a ser mejor en nuestra vocación.
El mes de septiembre, para los educadores y estudiantes, es y debería ser el mes de los propósitos y los sueños. Algunos consideran, después de sufrir ciertos fracasos, que se debe solo continuar sin ninguna ilusión; “Un año más, lo importante es seguir”. Pero no. Aunque seguir está bien, hay que seguir con propósito y claridad en las metas.
Lo importante es el magis (“más” en latín). San Ignacio supo traducir en esta palabra una esencia fundamental del cristianismo tal y como nos dijo Jesucristo: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48). Es probable que la palabra “perfecto” nos asuste y, por tanto, lleve al desánimo. Pero al conocer el significado del término original usado en la Biblia, las cosas cambian.
En esta frase se usa el concepto griego teleios, que se refiere al fin por el cual nos creó Dios: el amor. Siguiendo a San Ignacio, debemos volver a estas metas que formulamos en septiembre y a estas firmes y constantes cuando vengan los tiempos de desolación. En definitiva, ser mejores en comparación con nuestro yo de ayer, a los profesores y estudiantes que fuimos el año académico pasado.
Este era el sentido de la famosa palabra de ánimo y de calma que nos ofrecía Ramón. Tranquilidad ante el desorden, la distracción y el agotamiento por la presión del día a día o por que las cosas no salgan como esperamos. Tranquilidad; toma un respiro y vuelve a lo importante, a la misión.
Es probable que algunos no valoren tu esfuerzo o no aprendan en este momento contigo, pero has dejado una semilla que otro profesor más adelante cosechará. Hay que tener la seguridad y confianza de que al menos una persona, como mínimo, cambió, aprendió y avanzó en su formación.
Ante la realidad de una latente multiplicación de estos momentos, debemos prepararnos para su llegada. Por ello hay que detenerse antes de iniciar nuestra tarea —clases, correcciones, etc.— y encomendarse a unos pocos minutos de oración. Como dice Ramón, “antes de hacer nuestro trabajo, tener una pequeña conversación con el Espíritu Santo”.
En este sentido, disfruté mucho cuando en las reuniones de nivel se iba más allá de una oración inicial y se incluía una meditación dirigida donde dábamos gracias, pedíamos por todos nuestros familiares, compañeros y estudiantes junto a sus familias, por nuestros sueños y por lo que no hemos hecho bien pero podemos hacer mejor.
Hace dos años comencé, por primera vez, a ser guía de una sección de 40 alumnos. Le agradezco al coordinador Ramón, que siempre me apoyó y, poco a poco, me daba las claves del buen hacer. Compartimos entrevistas con alumnos, resolución de situaciones en el aula, entrevistas con los representantes y todo lo relativo al trabajo administrativo. Acompañamos a los que tenían dificultades ofreciendo las herramientas para superarse y animamos a ser constantes en el bien a aquellos que obtenían mejores resultados y tenían un corazón noble.
La guiatura tiene mucho que ver con el liderazgo y el líder no solo marca el horizonte, sino que establece límites que no pueden ser cruzados. Como el coordinador siempre les repetía a los muchachos ante estas situaciones: “no corresponde”. Hay conductas para cada espacio, momento y grupo. En el aula se viene a aprender y, aunque el ideal es conocerse de forma amena, nunca podemos perder este objetivo. Lo mejor de la formación, me lo repitió varias veces, es que siempre estamos en ese proceso, incluso en medio de las situaciones y personas con las cuales creemos que no habrá aprendizaje. Siempre lo habrá, pues a partir de estas experiencias es que se descubre lo que no se debe hacer.
La educación de niños y adolescentes en los tiempos actuales, con una cultura difícil de definir y nombrar, nos exige a los docentes el aprendizaje del equilibrio entre mantener la disciplina, despertar la curiosidad y querer el bien en el sentido amplio; es decir, transmitir confianza y afecto como todo maestro. Este fino arte lo admiro —y espero aprenderlo poco a poco— en este grupo de profesores con los que compartí espacio en los dos últimos años.
Osmari Goitia enseña Física de forma firme, clara y justa, siempre preocupada por el bienestar de alumnos y colegas. Argenis Cudjoe se dedica a las Matemáticas y, por ser un año mayor que yo, es como un buen hermano al cual siempre pedía orientación. Arisnell Medina emprende la asignatura de Inglés, convirtiéndola en la teacher que siempre me ha sacado de apuros ante mis distracciones, en la voz de la experiencia.
Aifmara Guevara forma a los alumnos de Informática. Hilary Rodríguez educa en Formación Humano-Cristiana, siendo joven, alegre y comprometida con la construcción de la Iglesia. En Biología estuvieron Edwins Sequera, quien vive el asombro del conocimiento y se sitúa considerablemente actualizado en cuanto a la inteligencia artificial, y Raquel Delgado, cuya formalidad y disciplina logran maravillas.
En Química estuvo Eduard Maita, un caballero fraterno, y después Almiri Da Cruz, una sabia combinación de afecto y exigencia académica. Denninson Angulo-Castellano representa la juventud y pasión literaria, mientras que, en los deportes, Nicolás Montefusco defiende con serenidad el ejercicio constante. Y, finalmente, María Teresa Cúnico, quien es gran apoyo para todos, y Vanessa Hidalgo-Castellano, que siempre nos visitaba y alegraba con sus detalles y amistad.
Lo que nunca faltó en estos dos años junto a este buen equipo fue el humor y la alegría. En cada cumpleaños y “no cumpleaños” que celebramos estaba Ramón, animando el canto y las risas. Todos le seguían. Si hay algo que hemos aprendido y conocemos hoy con certeza, es el camino recorrido; un camino en compañía y por el cual siempre estaremos agradecidos.















