Hay una idea persistente a lo largo de la historia del arte, y es que el mar siempre ha existido tal como lo conocemos hoy a través de la pintura o la fotografía. Pero no es así: lo que cambió no fue el mar, sino la manera de vivirlo y de mirarlo —y sobre todo, el estereotipo de personas que lo disfrutaban. A propósito de To the Sea, la interesante exposición que el “Nationalmuseum de Estocolmo” presenta esta temporada, nos adentramos en un momento histórico en el que se dejó de concebir el mar únicamente como naturaleza. El mar pasó a ser visto como un escenario donde coexistía una nueva invención social: fue el momento en que la playa dejó de ser un lugar de trabajo de marineros o gente socialmente pobre para convertirse en paisaje de la modernidad.
Ese momento tiene una fecha aproximada: el último tercio del siglo XIX, con protagonistas e historias concretas.
Durante buena parte del siglo XX vivimos fascinados por los carteles modernistas de ferrocarriles y turistas rumbo al mar. Antes del ferrocarril, el acceso al mar como lugar de ocio estaba reservado a una minoría acomodada y a quienes vivían en la costa. Sin embargo, el tren lo cambió todo. En 1864, el primer expreso París-Trouville puso la playa de Normandía a cuatro horas de los grandes bulevares. En 1888, el Calais-Méditerranée —el futuro Train Bleu— conectó París con Niza, Cannes y Mónaco en una sola noche. La Riviera francesa dejó de ser un destino de descanso para aristócratas enfermos y se convirtió en un lugar del ocio europeo. Hoteles de fachadas blancas, palmeras y terrazas abiertas al mar. El Negresco en Niza, el Carlton en Cannes, el Grand Hôtel des Bains en el Lido de Venecia —donde Thomas Mann situó en 1912 la fulminante obsesión de Aschenbach— eran ya, a principios del siglo XX, templos de una nueva religión: la del tiempo libre.
En este contexto, resulta muy interesante cómo el cuerpo, que hasta entonces se ocultaba, empezó a mostrarse.
Los primeros bañistas del siglo XIX entraban al agua completamente cubiertos: faldas de lana, gorros, medias. Las casetas de baño sobre ruedas los llevaban directamente desde la playa hasta el agua para que nadie los viera. La fotografía permite comprobar cómo, en la década de 1920, ese pudor había desaparecido casi por completo. Coco Chanel popularizó el bronceado —hasta entonces signo de trabajo campesino— como síntoma de lujo y libertad. Jean Patou diseñó los primeros bañadores de punto que permitían nadar de verdad. La piel, el movimiento, el cuerpo en el agua: todo eso que la pintura de Anders Zorn había intuido décadas antes se convirtió en norma social. El bañador era, en 1925, una declaración de modernidad. Como anécdota reveladora de ese cambio de mentalidad, basta recordar que en 1907 la nadadora australiana Annette Kellerman fue arrestada en Boston por llevar un bañador sin medias. Quince años después, ese mismo bañador se había convertido en la norma en las playas occidentales.
El arte de mirar: pintura y escritura frente al mar
Como siempre, los artistas llegaron antes que los turistas. En Normandía, los impresionistas convirtieron la playa en laboratorio de percepción. Monet pintó Étretat y Trouville con una insistencia casi obsesiva: el mar no como superficie estable sino como estado de ánimo, la luz descomponiendo el horizonte hasta volverlo vibración pura. Degas, más frío y más irónico, retrató a las bañistas no con la idealización académica sino con la incomodidad real de los cuerpos en el agua. Hay en sus pasteles de playa una tensión entre el deseo de soltura y la rigidez de la ropa, entre la promesa del mar y la torpeza del cuerpo recién liberado.
En el extremo norte de Europa, los pintores de Skagen —esa punta de Dinamarca donde el Báltico y el Mar del Norte se encuentran— descubrieron una playa sin concesiones. Peder Severin Krøyer los pintó en la luz extrema del verano escandinavo: figuras caminando por la orilla al atardecer, la arena mojada reflejando el cielo, los cuerpos fundidos con el paisaje de una manera naturalista. No había exotismo allí. Solo un lugar donde el cuerpo se enfrentaba a un paisaje inhóspito, sin artificios ni idealizaciones.
Y en el polo opuesto, Edvard Munch convirtió el agua en estructura emocional. Su mar no representa el descanso sino la tensión, la atracción y el miedo simultáneos. Como si el mar absorbiera los estados mentales que aún no tenían forma verbal.
Por otro lado, los novelistas y poetas de la época comprendieron esa ambigüedad con más precisión que nadie. Marcel Proust pasó veranos en Cabourg —su Balbec— y convirtió el Grand Hôtel frente al mar en un escenario sentimental y, al mismo tiempo, en una disección del mundo burgués de las vacaciones: las jerarquías sociales reproducidas en el comedor del hotel; la luz del Atlántico filtrándose por las ventanas como una promesa suspendida en el tiempo. Paul Valéry escribió El cementerio marino en 1920 mirando desde Sète al Mediterráneo: "El mar, el mar, siempre recomenzado". El mar como pensamiento, como ritmo, como única forma del tiempo que no engaña.
Entre los pasajeros habituales del Train Bleu en dirección al mar viajaban figuras tan relevantes como Marlene Dietrich, Jean Cocteau y Agatha Christie, quien inmortalizó el trayecto en su novela de 1928 El misterio del tren azul. En el verano de 1924, F. Scott Fitzgerald y Zelda llegaron a Niza en el Train Bleu. Poco después convertiría la Riviera francesa en el escenario de Suave es la noche: la playa como espacio donde el dinero americano compraba una versión europea del paraíso. El glamour y la diversión, el cuerpo bronceado y la mente desinhibida. El Lido como emblema de la modernidad elegante.
La imagen idealizada
La transformación tuvo dos caras. El ferrocarril acercó la playa a la clase media y democratizó la orilla, pero también reprodujo las diferencias sociales en un espacio que hasta entonces pertenecía principalmente a las comunidades costeras, porque el Gran Hotel frente al mar, la cabina de primera clase del Train Bleu y la hamaca en la playa del Lido nunca fueron para todo el mundo. El mar cambió nuestra mirada social.
To the Sea! rastrea cómo el mar se convirtió en imagen global. Las olas, la orilla, el baño, una figura solitaria frente al horizonte: ese repertorio visual sería absorbido después por la fotografía, el cine, la publicidad. Todo ese imaginario nació primero en la pintura. Antes de convertirse en postal, en destino turístico o en reclamo publicitario, el mar fue, sobre todo, una experiencia pictórica.To the Sea! Nationalmuseum, Estocolmo. 24 de septiembre de 2026 – 7 de febrero de 2027.















