Lectura de una exhibición en Sala Herradura del Museo de Arte Costarricense, curada por Ericka Solano Brizuela y Byron González Aguilar, en noviembre de 2025.

Escribir acerca de arte y la pintura de un país, como en este caso conlleva repasar motivaciones encontradas al desplegar la espiral del paso del tiempo y pensamiento propio y sus ligámenes con el entorno. Se trata de un cúmulo de memorias que suelen llevar a otros nudos contextuales, lo que me gusta llamar autorreferencialidad, pues por lo general me permiten verme a mí mismo interactuando con la cultura.

Cuando escribo reseñas como ésta recordando al pionero del paisaje costarricense Teodorico Quirós Alvarado (1897-1977), evoco anécdotas que en algún momento me acercaron a él: Para los Salones Nacionales de Artes Pláticas, en la década de los años setenta en el Museo Nacional, don Quico, como cariñosamente se le decía participaba en el Salón de Honor 1974 con dos óleos sobre lienzo; con una verdadera síntesis del paisaje, y luz que transformaba la clave cromática con planos muy empastados, beige, ocre amarillo, siena natural y tierra tostada, agrisados con blanco (una clave poco común en esos años y en el resto de su producción que siempre cultivó una cromática encendida).

Para mí (artista emergente en esa década en el arte nacional), me parecieron maravillosos aquellos cuadros por el intento de trasgredir la pintura del paisaje (era lo que buscábamos los jóvenes de esos tiempos para definir el lenguaje), pero verlo en él, el maestro, quien había dedicado toda su vida a marcar una cima de la pintura, develaba un gesto quizás rebelde, vigoroso, expresionista, contestatario talvez, como era el nuestro de esos años en el momento social que se vivía en la región, dentro de lo cual se advertía la gobernanza de un impulso más emocional, concentrándose en un mapa de vectores de gestos sintetizadores pero alejado totalmente de su conocidísimo “Finca Víquez TCC Portón Rojo”, óleo suyo de 1945 de la colección de este museo.

Para aquellos cuadros, y creo que fueron los últimos que pintó en la cercanía de su deceso ocurrido en 1977, sugerían despreocupaciones estéticas y posicionamientos que en esos años importaban, la clave era la libertad de crear que potencia el conocimiento del oficio o lo que llamamos hoy práctica artística.

Agucé mi sentido auditivo –contradicción para cuando visito una muestra que siempre la recorro en total hermetismo–, para escuchar lo que decían dos personas que caminaban por los intersticios de lo exhibido y noté que alguno dijo que aquellas pinturas parecían hechas por alguien que no sabe nada de pintar, pues el tratamiento del color y el manejo de la forma y el trazo presentaban incoherencias, lo que llamábamos “sucio”, para el estado que se manejaba en las academias de arte de aquella época. Pero pienso que a don Quico, esas murmuraciones del público ya no le importaban, ya él había demostrado desde la década de los veinte y treinta del siglo pasado que sabía hacerlo y su único intento era crear arte en la plena libertad que le ofrecía su añosa experiencia.

Respecto al Portón Rojo es un ícono super validado en la cultura nacional, ha ido utilizado en anuncios y videos como representante de la nacionalidad costarricense, incluso una muestra que culminó la segunda década de los dos mi diez “Detrás del Portón Rojo, Una visión de la erótica en el arte costarricense” (2019), curada por Sussy Vargas y Roberto Guerrero, despertó acalorados comentarios, aunque su autor sólo se propuso pintar, pero el cuadro posee una perspectiva, manejo del color, encuadre y luminosidad que no pasará desapercibida su ícono donde quiera que se use o disponga en una muestra. Y lo mejor de esta apropiación del cuadro es que nada tiene que ver con erotismo, el asunto se entraña en la vida nacional pues en otros tiempos los prostíbulos usaban como señal de estar abiertos la luz roja, que de por sí es símbolo de emergencia y más de uno llega a ese estado por lo que debe traspasar el umbral del portón rojo como el pintado por don Quico.

Los inicios del siglo XX

Aquellos años iniciales del siglo fueron de mucho movimiento en el arte local, hijos de cafetaleros y familias de hacendados habían viajado a Europa, provocando a su regreso esa transformación del arte nacional, basado en el paisaje; y que fueron cuestionados o alabados en los Salones de los veinte y treinta del Teatro Nacional, en los cuales el maestro Quirós tuvo mucho que ver, como gestor cultural, luego de su formación en Estados Unidos, formándose de arquitecto, eso ya le daba cierto grado de fascinación por el paisaje natural, rural y urbano, pero también pintó la figura humana.

Recuerdo, en particular, la muestra “Extraña Infancia”, curada por Sofía Soto Mafioli en este mismo Museo de Arte Costarricense, donde se expuso otro óleo suyo de un adolescente diáfano y de enternecedora sonrisa recibiendo el sol mañanero en plena libertad de aquel ayer, pues en el hoy angustia que el joven vive acechado por el comercio y la esclavitud de la droga o la violencia sexual. El cuadro de ese niño contrastaba con su demás obra del paisaje urbano y rural, y abordajes costeros llenos de la luz de Puntarenas, de sus pinturas de Estados Unidos, México y Europa, con una marcada estructura vertical y planimetría gris empastada que anunciaba la arquitectura del siglo pasado y una actitud minimizadora, herencia de las primeras vanguardias.

De manera que aquella apreciación del visitante al Salón de Honor de Artes Plásticas de 1974 (con el poeta nicaragüense Carlos Martínez Rivas, el cineasta costarricense Antonio Yglesias, y el connacional Juan Luis Rodríguez, apenas regresado de Francia, como jurados), y dije de “honor” porque Quirós Alvarado ganó la Medalla de Oro de ese Salón, con un imponente paisaje montañoso, hoy de la colección del Instituto Nacional de Seguros, y que está presente en esta muestra actual en el MAC.

Acá surte mi segunda anécdota con don Quico Quirós: En 1975, cuando fui profesor del Tecnológico en el área de Cultura, se me comisionó junto con el colega Jorge Koky Valverde visitar al maestro en su residencia en los Yoses, para solicitarle el préstamo de una colección de pintura para inaugurar la Biblioteca del Tec, cuando se abrió en el Edificio Pírie de Cartago, hoy Casa de la Ciudad, a lo que el maestro accedió sin más contratos ni pago de seguros como suele ser hoy.

Durante la visita aproveché para preguntarle cosas; muchas no las respondió, pero palpé que el maestro era un adelantado investigador y que su práctica artística decidía verdades o maneras para llegar a la experimentación y deducción de saberes, como el logro de una importante pintura cuando algunos creían que por su edad había perdido las destrezas.

En esos últimos años se acercaba a un cromatismo terroso que lo acercaba a la naturaleza y cultura, en particular la ancestral originaria con el color de las cerámicas, piedras, maderas, textiles, a las pieles canela de los habitantes de este continente, caracteres que tienen esos murales exhibidos en el MAC.

Por esta razón, al entrar a la nave herradura del MAC y palpar esta colección de óleos con el abordaje de la escultura ancestral interpretando el Popol Vu y Xibalbá, la filosofía maya, provenientes de la colección del INS, me acercaron más a su práctica, pues estos murales pintados al óleo sobre plywood, constata que los artistas de esta región aluden también a las culturas originarias, y a lo que Rolando Castellón y quien escribe emprendimos con las muestras MAYINCA (Maya + Inca) en 2012, pero también dejan ver la angustia del artista por generar lo que él sabía hacer, pero le instigaba lo que no sabía, testimoniado por sus “Árboles del recuerdo” 1974, pintura de la colección de MBCCR, también en la muestra, azotados por las ventiscas y densas neblinas que representan las contingencias de la existencia.

Desventaja y ansiedad, como en la que me encontraba yo, intentando darle sentido a esta lectura, hasta encontrar una frase de los curadores Solano y González en el brochure, quienes, citando a Wolf (2006), dicen: “Esa expresividad no implica solo angustia, sino también nostalgia ante la pérdida de un ”paraíso” frente a la ansiedad urbana” (Solano y González, 2025, p. 4).

Vientos de lo azaroso

Fue una de las pinturas que más me eclipsó observando esos árboles doblados por los vientos y las contingencias atmosféricas del valle central, o como los de la zona de Guanacaste que parecen volcarse y borrarse del paisaje. Pensé que ese signo posee mucha fuerza y algo más que decir.

Una pregunta merodeaba mi pensamiento, me hacía andar nervioso por la sala, como gallina buscando dónde poner el huevo. Vi una y otra vez los cuadros de aquel mural de Xibalbá, Panel: Hun Camé, Ajalpan. En Hunahpú y Xbalanqué irrumpiendo en las tinieblas del temeroso y profundo Inframundo.

Lo que yo quería era recordar una frase, además de la de Wolf citada por Solano y González, contenido que me aclarara la práctica del maestro Quirós, pues define esa preocupación por llegar a la cima, culminar su carrera creativa subiendo los peldaños de la historia y que a veces resultan más tortuosos por los empeños de la misma sociedad cuando parece comportarse como enemiga.

Pero yo intentaba recordar otra frase del sociólogo y estudioso de la estética del objeto Abraham Moles, la cual leí en un catálogo de otra exposición que tuve entre manos en los ochenta del siglo pasado cuando fui estudiante de arte y diseño en Urbino Italia, Moles dijo que por lo general nos pasamos trabajando, o en el caso del pintor pintando lo que sabe hacer o sabe pintar, pero que llega un tiempo para pintar lo que no sabe, y a eso es que se le llama investigar.

Fluyó la comprensión del enigma que Don Quico llevó hasta sus últimas consecuencias de la práctica de la pintura, y aquella empinada cuesta para llegar arriba de lo que él sabía pintar como la luz, el trazo fuerte, el empaste de los planos, la simplificación y minimalismo, hasta que, colmó su inquietud por pintar lo que no sabía, sus últimos cuadros donde vertió su maestría de investigador del arte costarricense expuesto en aquel salón que menciono.

Esta narrativa me recordó además el final de un documental de Antonio Yglesias que cerró con una frase quizás cliché, pero colmada de emocionalidad cuando se sostiene con certeza lo que se anduvo buscando durante toda la vida, subir a aquella cima de la alta montaña para mirar desde arriba el paisaje, y decir, como lo hizo: “¡Qué linda la condenada Costa Rica!”.