El siglo XIX se caracterizó por dos grandes revoluciones industriales. La primera ocupó los años finales del siglo XVIII y la primera mitad del XIX, asociada a las industrias vinculadas al carbón, al hierro, a la máquina de vapor y al inicio de los ferrocarriles. El uso del vapor en el transporte naviero y ferrocarrilero fue clave para la expansión del comercio internacional de esa época.
La Segunda Revolución Industrial, en la segunda mitad del siglo XIX e inicios del siglo XX, se asoció al impacto de las leyes de Mendel en la intensificación de la reproducción animal y agrícola; al gas, a la electricidad, al petróleo, al acero y a la explotación minera de metales necesarios para este nuevo proceso industrial, tales como el hierro, el carbón mineral, el cobre, el aluminio, la bauxita, el zinc, el carbono, el plomo, el estaño, el oro y la plata. Las nuevas aleaciones de metales y el acero fueron los momentos estelares de este proceso, pues permitían grandes innovaciones en la producción, la elaboración masiva de productos y el desarrollo de grandes obras de infraestructura y transporte.
Con el hierro, el acero y los ferrocarriles se impulsaron obras de infraestructura como puentes y edificios elevados (los llamados rascacielos), que fueron diseñados con estructuras metálicas. Igualmente, esto influyó en la industria militar.
El cobre sirvió a la electricidad y a las comunicaciones. Los cables submarinos se impulsaron como conexión entre continentes; se promovió el desarrollo del telégrafo, del alumbrado público primero y luego del privado, así como de los telares. Se sentaron las bases de la industria automotriz y de la aviación, y se fortalecieron la industria naviera, la del cemento y la del concreto, claves para la ingeniería civil. La industria tipográfica y la siderúrgica crecieron. Todos esos metales y otros hicieron surgir el latón, el bronce, el acero, el oro para joyería (entre ellos el oro blanco) y los metales para soldar derivados del estaño.
A esos metales siguieron el níquel, el magnesio, el titanio y, hoy en día, la demanda de metales o elementos metálicos de las llamadas tierras raras, como el escandio, el itrio, el lantano, el cerio, el praseodimio, el samario, el gadolinio y el lutecio, entre otros.
La ubicación geográfica de los yacimientos de estos metales no es homogénea; se encuentran distribuidos de manera irregular en las diferentes partes del mundo. Algunos se concentran en regiones específicas que constituyen grandes reservas contenidas en determinados países.
El desarrollo industrial de finales del siglo XIX y principios del XX hizo surgir la necesidad, en los grandes países que impulsaban ese desarrollo, de controlar esas regiones estratégicas de materias primas. Para ello, se volcaron sobre ellas con el fin de someterlas a su dominio político y económico y extraer dichos metales. Así, controlaban países, regiones y poblaciones para trabajar en la explotación de esas materias primas, además de dominar esos países como mercados para vender caros los productos elaborados con esa mano de obra barata. Era un control absoluto de productos, mano de obra y mercados.
En este proceso se desarrolló una alianza estratégica entre el capital industrial y el bancario, lo que originó el capital financiero e hizo surgir nuevas corporaciones empresariales como los monopolios, oligopolios, trusts y cárteles, los cuales empezaron a proyectarse más allá de sus países de origen, controlando grandes regiones, naciones y mercados.
Algunos de esos monopolios, como la United Fruit Company —fundada en marzo de 1899 y dedicada a la explotación del banano en el Caribe y Centroamérica—, le dieron nombre y apellido a la región: las «Banana Republics» o Repúblicas Bananeras, debido a la enorme influencia y peso político y económico que ejercían en el interior de estos países.
La Primera Guerra Mundial, en cierta forma, fue el escenario donde las potencias europeas y los Estados Unidos se disputaron estas regiones de materias primas, mano de obra barata y mercados finales para los productos elaborados.
Esta situación del surgimiento de monopolios, oligopolios, trusts y cárteles es lo que caracterizó a finales del siglo XIX, y particularmente a inicios del siglo XX, el debate y la conceptualización sobre el imperialismo, principalmente desde su perspectiva económica, a la que luego se añadió la dimensión política.
El desenlace de la Primera Guerra Mundial conllevó la caída de varios imperios: el alemán, que perdió sus colonias en África y el Pacífico; el austrohúngaro, que quedó desintegrado en varios países; el otomano, que fue desmembrado en diversos países y mandatos en la región que hoy se denomina Medio Oriente (quedando bajo el control principal de Gran Bretaña y Francia); y la eliminación del imperio ruso, lo que facilitó el surgimiento de la Revolución Rusa de 1917 y la gestación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en 1922.
La discusión teórica, económica y política sobre el imperialismo se desarrolló desde 1890 hasta 1917, cuando Lenin cerró ese capítulo con su libro El imperialismo, fase superior del capitalismo.
Posteriormente, en el esquema del imperialismo del siglo XX, prosiguió la proyección de los Estados Unidos dentro de ese proceso, tanto a través de sus empresas imperialistas como mediante las políticas geopolíticas que venía desarrollando desde el siglo XIX y las que impulsó en el siglo XX.
Las primeras manifestaciones a inicios del siglo XIX obedecieron al principio de hegemonía hemisférica que Estados Unidos disputaba con Gran Bretaña tras la ruptura inicial de la presencia colonial española a raíz de los movimientos independentistas. Sin un enfrentamiento militar directo, luchaba por el control hegemónico comercial. Así se enfrentó a Inglaterra en el Cono Sur y lo justificó teóricamente. Gran Bretaña, en su pugna europea con España, contribuía a financiar los movimientos independentistas en América Latina procurando aumentar su presencia comercial, financiera y marítima en las naciones recién independizadas.
Eso llevó a los Estados Unidos a que en 1823, con el presidente Monroe, se proclamara en su discurso ante el Congreso el principio de «América para los americanos», advirtiendo a las potencias europeas que cualquier nueva colonización o intervención en el continente sería considerada un acto hostil contra Estados Unidos. De este modo, marcaba y definía su zona de influencia geopolítica.
Con ese planteamiento procuraba frenar el avance comercial y la presencia de las potencias europeas constituidas alrededor de los acuerdos del Congreso de Viena de 1815, frenando a Inglaterra y a Francia. Estos países rechazaban los intentos de España por recuperar sus colonias porque ello les dejaba el terreno libre para sus propios propósitos comerciales y geopolíticos.
A la Doctrina Monroe le siguió la Doctrina del Destino Manifiesto, dominante en la segunda mitad del siglo XIX. Con ella, Estados Unidos se presentó como la nación elegida por Dios para expandirse y dominar el continente americano. Esto le sirvió para ampliar sus territorios mediante la compra de Luisiana a Francia en 1803, así como con los territorios que despojó y anexó de México desde la década de 1840: Texas en 1845, California en 1848, Nuevo México, Arizona, Nevada, Utah, Colorado y partes de Kansas y Oklahoma (territorios que incluyeron Oregón), sumado a la imposición del Tratado de Guadalupe Hidalgo. Asimismo, proyectó su poder a través de los filibusteros de William Walker en Centroamérica entre 1855 y 1860 (derrotado en su afán de anexar estos países a los estados esclavistas del sur de la Unión) y con la compra de Alaska a Rusia en 1867.
Resultado de esta doctrina fue la aniquilación de las poblaciones indígenas de los Estados Unidos, la reducción de sus territorios, los desplazamientos forzados para despojarlos de sus tierras y la lucha interna por asegurar su desarrollo industrial mediante la Guerra de Secesión, la cual Lincoln definió como «la última y mejor esperanza sobre la faz de la Tierra».
Fueron también las justificaciones legales que impulsaron para asegurar su expansión y sus guerras, las cuales culminaron al finalizar el siglo XIX con la Guerra Hispano-Estadounidense en 1898. Esta permitió, mediante el Tratado de París, dominar Puerto Rico, Guam y las Filipinas, imponer en 1902 la Enmienda Platt en Cuba e intervenir en la independencia de Panamá en 1903 para apropiarse del Canal y su Zona Canalera.
Desde 1890, el Destino Manifiesto justificó intervenciones militares asociadas a la idea de una supuesta «misión» para promover y defender la democracia en todo el mundo.
Esto llevó al presidente Theodore Roosevelt, en 1904, a pregonar con más fuerza la Doctrina del Gran Garrote (Big Stick), la cual se extendió hasta 1940, cuando, en el contexto del inicio de la Segunda Guerra Mundial, Franklin Delano Roosevelt impulsó por un breve período la Doctrina del Buen Vecino en América Latina. Con esta estrategia se buscaba asegurar el dominio absoluto en el hemisferio occidental, imponiéndose en el plano económico bajo la amenaza de la intervención militar y actuando como un «policía internacional» para corregir las faltas de los gobiernos y la inestabilidad regional, bajo la premisa de que las repúblicas latinoamericanas carecían de capacidad de autogobierno.
Al tiempo que intervenían en Panamá y Cuba, lo hicieron en Venezuela (Maracaibo, 1902-1903), luego de nuevo en Cuba (1906-1909), en la República Dominicana (1916-1924), en Haití (1915-1934) y en Nicaragua (1912-1925 y 1926-1933), e intentaron un desembarco de marines en Costa Rica en junio de 1919.
La Revolución Rusa hizo que en 1920 el presidente Woodrow Wilson señalara que «el mundo debía hacerse seguro para la democracia», enfatizando que «es ciertamente el destino manifiesto de los Estados Unidos realizar el esfuerzo para que este espíritu prevalezca».
Tras la Segunda Guerra Mundial, el presidente Truman reafirmó estos elementos doctrinales con el Plan Marshall para la reconstrucción europea y la Doctrina Clayton para América Latina en 1946 y 1947, acompañados por la Doctrina Truman, mediante la cual Estados Unidos brindaría asistencia política, militar y económica para evitar la expansión soviética y contener a los movimientos de izquierda, socialistas, comunistas y nacionalistas en el continente y en el resto del mundo.
De la Primera a la Segunda Guerra Mundial el escenario internacional cambió drásticamente. No solo se desintegraron los imperios decimonónicos, sino que la Revolución Rusa dividió al mundo en dos procesos políticos, históricos y económicos, enmarcados en la confrontación entre el socialismo mundial y el capitalismo, situación que se mantuvo desde 1917 hasta 1991. El orden colonial existente continuó debilitándose, siendo el nacimiento de la URSS y la lucha anticolonial que impulsó un factor determinante en ello.
La Sociedad de Naciones, nacida de las cenizas de la Gran Guerra, no logró evitar nuevos conflictos. El ascenso del fascismo en Italia y del nacionalsocialismo en Alemania en las décadas de 1920 y 1930 alertó sobre su peligro global.
El Partido Comunista de la URSS, bajo el liderazgo de Lenin, promovió la creación de la III Internacional en 1919 con el fin de impulsar el movimiento revolucionario mundial, orientar a los partidos comunistas y fortalecer a las organizaciones sindicales.
Los siete congresos internacionales que realizó la III Internacional desarrollaron estos ejes estratégicos: la dictadura del proletariado frente a la dictadura de la burguesía; la alianza obrero-campesina necesaria para la revolución socialista; la lucha antiimperialista mundial como elemento esencial de la época; y la lucha antinazi en defensa de la democracia mediante bloques de Frentes Populares, contienda que condujo a subordinar transitoriamente la lucha antiimperialista para priorizar la derrota del nazifascismo hasta 1945.
Terminada la Segunda Guerra Mundial y ante el nuevo panorama político europeo —con nuevas naciones en transición al socialismo, sumado a las luchas de liberación nacional en la India y China (esta última con la proclamación de la República Popular China en 1949)—, el anticomunismo resurgió con más fuerza, aun con el nacimiento de las Naciones Unidas el 24 de octubre de 1945, fundada en reemplazo de la Sociedad de Naciones para evitar futuros conflictos globales y fomentar la cooperación internacional.
La Guerra Fría se escudó en el concepto del «Telón de Acero» para aislar al hemisferio occidental de la influencia soviética e impedir revoluciones socialistas. Esto derivó en la formación de los bloques Occidental y Oriental, liderados por Estados Unidos y la URSS respectivamente, lo que alimentó conflictos territoriales, disputas regionales y alianzas militares como la OTAN (que perdura hasta hoy) y el Pacto de Varsovia (desaparecido tras la desintegración del bloque soviético).
Desde 1945 hasta la actualidad, la ONU pasó de los 51 Estados miembros fundadores a los 193 que la integran hoy. La inmensa mayoría emergió de las guerras de liberación nacional y de los procesos de descolonización.
El siglo XX fue el período que produjo la mayor liberación de países y pueblos a nivel global. Sin embargo, no se ha logrado neutralizar el afán de las potencias capitalistas hegemónicas por ejercer un control total en lo político, económico, financiero y geopolítico, tal como lo evidencia el papel predominante ejercido por los Estados Unidos.
Durante la Segunda Guerra Mundial surgieron instituciones globales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, las cuales fijan pautas de desarrollo económico e institucional a sus países miembros. De hecho, actúan de forma análoga a como lo hicieron los monopolios, oligopolios, trusts y cárteles en la primera mitad del siglo XX.
La desintegración de la URSS y del Bloque Socialista convirtió a Estados Unidos en la potencia hegemónica unipolar casi absoluta desde 1990 hasta la década de 2020, cuando comenzó a resentir la contrapresión de Rusia y de la República Popular China en medio de las intervenciones militares estadounidenses en Medio Oriente.
De la disolución soviética, la Federación Rusa emergió como el actor más relevante en ese equilibrio de poder, reinsertándose como parte del sistema capitalista mundial. Por su parte, la República Popular China asumió el papel central en el desarrollo de una sociedad socialista con características propias, consolidándose como una superpotencia económica y comercial con proyección dominante. Desde finales de la década de 2000, China ya estaba afianzada como la segunda economía del mundo, con una enorme influencia geopolítica y tecnológica global.
Por otro lado, Estados Unidos, bajo la presidencia de Donald Trump, ha intensificado sus esfuerzos por preservar la hegemonía global, proyectándose con rasgos imperialistas al servicio de corporaciones interesadas en el control de materias primas estratégicas.
Trump ha diseñado una geopolítica global de control e influencia directa. Ha alterado la dinámica de las relaciones internacionales al cuestionar o renegociar unilateralmente acuerdos comerciales con Europa, China y diversos países del continente americano (Canadá, México y Centroamérica), además de tensionar los vínculos en el seno de la OTAN. Asimismo, ha instrumentalizado conflictos territoriales y disputas allí donde considera conveniente a sus intereses económicos o geoestratégicos, especialmente en torno a las reservas de petróleo, gas y minerales de tierras raras.
En esta nueva proyección, ha sugerido cambiar el nombre del Golfo de México por «Golfo de América» y el lago Ontario por «Lago de América». Ha manifestado posturas anexionistas respecto a Canadá, ha sostenido planteamientos similares respecto a México y se ha difundido un mapa de América del Norte cubierto por la bandera estadounidense que abarca México, Estados Unidos, Canadá, Alaska y Groenlandia (territorio este último sobre el que contempló opciones de compra o presión militar, llegando a negociar la ampliación de presencia militar).
El Caribe continúa siendo considerado como su área de influencia directa. En este esquema, Cuba se mantiene como un objetivo político estratégico con el fin de modificar su sistema político y controlar los pasos navales de la región. Destacan entre ellos los estrechos estratégicos como el Canal de la Florida (entre Cuba y EE. UU.), el Canal de Yucatán (que separa a México de Cuba), el Paso de la Mona (entre Puerto Rico y República Dominicana) y los pasos insulares de las Antillas Menores hacia América del Sur. Con respecto al Canal de Panamá, se ha llegado a utilizar la denominación informal de PanaMAGA.
Las presiones sobre Cuba y Nicaragua se enmarcan en un contexto donde la intervención del 3 de enero de 2026 en Venezuela marcó un hito en el control de sus recursos petroleros, gasíferos y mineros, incidiendo de forma directa en su dinámica institucional. Asimismo, se ha evidenciado un involucramiento activo en procesos electorales de la región mediante el apoyo explícito a alineamientos afines.
Son, sin duda, posturas imperialistas emparentadas con las doctrinas históricas mencionadas: en lo político, impulsando corrientes de derecha y extrema derecha, avivando el anticomunismo de la Guerra Fría con tintes macartistas, cuestionando el multilateralismo, promoviendo la salida de organismos e tribunales internacionales como la Corte Penal Internacional y promoviendo la militarización de la lucha contra el narcotráfico, a pesar de que la evidencia histórica demuestra que el crimen organizado no se combate adecuadamente con enfoques estrictamente militares.
El propio Trump ha parafraseado la Doctrina Monroe denominándola, en un juego de palabras, la «Doctrina Donroe». Con esta postura reafirma la pretensión de hegemonía sobre el Hemisferio Occidental, abarcando desde América Latina hasta Canadá y Groenlandia.
Bajo esta línea se promueven acciones militares, el incremento de bases en el continente, intentos por reactivar el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) y la Fuerza Interamericana de Paz, a pesar de sus fracasos históricos en crisis como la de las Malvinas o la invasión a Granada. Del mismo modo, se profundiza la militarización de la lucha antidrogas mediante iniciativas como el llamado Escudo de las Américas, aumentando los activos militares en Puerto Rico, al tiempo que desde la Portavocía de la Casa Blanca se ha reiterado que «el uso del Ejército de EE. UU. es siempre una opción».
Ante la denominada «Doctrina Donroe», ¿nos encontramos frente a una nueva fase del imperialismo mundial? ¿Deben reorganizarse los movimientos antiimperialistas del mismo modo en que lo hicieron en las primeras décadas del siglo XX? ¿Debería impulsarse una Liga Antiimperialista Mundial como la que se fundó en Bruselas en 1927? ¿Qué significa ser antiimperialista en la actualidad?
El término antiimperialista como adjetivo describe a quien se opone y lucha de forma activa contra el imperialismo; es decir, contra el dominio político, económico, cultural o militar que ejerce una potencia extranjera sobre otros países o territorios.
Actualmente existe la llamada Plataforma Antiimperialista Mundial (PAM), una red internacional de organizaciones políticas, movimientos sociales y partidos de izquierda enfocada en la oposición a la hegemonía de Estados Unidos y la OTAN. Esta plataforma busca unificar las luchas de partidos, sindicatos y movimientos populares en diferentes continentes, concentrando su acción principalmente contra el imperialismo estadounidense y sus aliados, así como alertando sobre los riesgos de escalada bélica en Europa que podrían desencadenar un conflicto global de consecuencias irreversibles.
Si el Trumpimperialismo constituye la nueva fase del imperialismo contemporáneo, con todas sus implicaciones, es allí donde se sitúa el debate sobre la articulación de la lucha internacional hoy. ¿Estamos, efectivamente, ante esa nueva fase del imperialismo actual: el Trumpimperialismo?















