Las elecciones presidenciales del próximo mes de octubre en Brasil (que hoy se encuentra en el ojo del huracán) son un asunto interno del país y solo corresponde a los brasileños y brasileñas decidir quién será el próximo presidente. En teoría es así, y la práctica debería ajustarse a ello, pero, por desgracia, no es así, y este hecho puede resultar dramático para el futuro de la democracia en Brasil y en el mundo.
La fuerza y la debilidad de la democracia en Brasil
Hace cuarenta años, Brasil derrocó una de las tres dictaduras militares más largas y sangrientas de los últimos cien años en Sudamérica. Las otras dos fueron la chilena y la argentina. La transición democrática se acordó con los dictadores, una señal de debilidad que persigue hasta hoy a la democracia brasileña. Además, la redemocratización se produjo en un contexto internacional de imposición global del neoliberalismo, un arma de destrucción masiva de la justicia social y de la democratización de la sociedad y del Estado. Pero gracias a los movimientos sociales y a un sindicalismo dinámico (en el que destacó el actual presidente Lula da Silva), Brasil supo convertir la debilidad en fortaleza.
La democracia se consolidó y se profundizó con las experiencias locales de democracia participativa (presupuesto participativo) que llamaron la atención del mundo democrático. En 2001, Brasil se convirtió en el espejo mundial de la fuerza de los movimientos sociales en la búsqueda de la justicia social al organizar el primer Foro Social Mundial y, en 2002, eligió presidente al aguerrido sindicalista Lula da Silva, procedente de los confines empobrecidos del noreste del país, en las antípodas de las élites de São Paulo que siempre habían gobernado Brasil.
A esto le siguió una década gloriosa de desarrollo económico, mejoras en las condiciones de vida de las clases populares (que por fin pudieron viajar en avión para visitar a sus familiares o disfrutar de unas vacaciones, para disgusto de las clases acostumbradas a ese privilegio de movilidad), inversiones transformadoras en la educación pública, sobre todo en la universitaria (otro motivo de incomodidad para las clases privilegiadas que, hasta entonces, «estaban convencidas» de que no existía un racismo estructural en la sociedad brasileña y de que, por lo tanto, no eran necesarias políticas compensatorias, medidas de acción afirmativa ni sistemas de cuotas). Brasil se convirtió en uno de los «países emergentes» del Sur Global, situándose entre las diez mayores economías del mundo, y en 2006, se constituyó formalmente como miembro fundador del BRIC, precursor del BRICS. En resumen, una potencia mundial que, además, parecía demostrar que no existe contradicción entre el desarrollo capitalista y el desarrollo democrático.
Pero, trágicamente, las apariencias engañan. La crisis financiera de 2008 y los cambios que le siguieron (el capital financiero responsable de la crisis fue el encargado de resolverla, con las consecuencias habituales: quienes pagan la crisis son los de abajo, ya sean clases sociales o países), combinadas con la «necesidad» de que EE.UU. volviera a «ocuparse» de su «patio trasero» latinoamericano tras el desastre de Irak y, alarmados por la creciente influencia de China en el subcontinente, desestabilizaron (¿fácilmente?) el capitalismo brasileño y la democracia brasileña, principalmente a través de la Operación Lava Jato. Al fin y al cabo, la fuerza también era debilidad. Al «golpe blando» de 2016 contra la presidenta Dilma Rousseff le siguió la «fabricación» de la inhabilitación del candidato más fuerte para las elecciones de 2018, Lula da Silva, su encarcelamiento durante 580 días y la elección de un oscuro y mediocre radical de extrema derecha.
Pero la fuerza de la democracia no se había agotado del todo. Esta vez, de la debilidad surgió la fuerza. Ante la presión de las denuncias por los atropellos legales, por parte de los brasileños y de los demócratas de todo el mundo, el mismo sistema judicial que había fabricado la inhabilitación de Lula da Silva y su encarcelamiento se redimió, desde un punto de vista democrático, restableciendo la legalidad y permitiendo que Lula da Silva volviera a presentarse y ganara las elecciones presidenciales, lo que ocurrió en 2022.
El presidente Lula da Silva regresó, pero no regresó el vigor democrático de Brasil ni la riqueza y la diversidad de los movimientos sociales. Ni siquiera ha vuelto la alegría afro-católica-pagana de la rebeldía que desarma la ortodoxia bienpensante, da esperanza en la lucha en condiciones de mayor adversidad y se disfraza de reverencia a flor de piel para ocultar mejor los dientes apretados del inconformismo. Los raperos resistentes siguieron rebelándose, pero cada vez más solos.
Y es que, mientras tanto, la sociedad brasileña había sufrido una recolonización de nuevo cuño basada en dos tipos de extractivismo: el extractivismo de la creencia y el extractivismo de la deliberación. Al igual que en el ámbito de otras materias primas, el extractivismo es el intercambio desigual, la expropiación, la violencia física, psíquica o simbólica para extraer recursos naturales o humanos. La novedad de esta recolonización es que se presenta como una descolonización exaltante frente al viejo mundo de la vieja religión y la vieja política. Es una expropiación que se disfraza de reapropiación, una servidumbre que se disfraza de autonomía, una superobjetualización de las conciencias que se disfraza de exaltante supersubjetivación. En resumen, la desposesión como nueva forma de empoderamiento.
La intensidad de la recolonización llevada a cabo hasta ahora quedó patente en la forma en que la extrema derecha reaccionó ante los resultados electorales. Al no haber conseguido apropiarse «pacíficamente» de las elecciones, reaccionó violentamente, destrozando los edificios de la Plaza de los Tres Poderes de Brasilia, brillantemente diseñada por Lúcio Costa y Oscar Niemeyer para celebrar la democracia. El 8 de enero de 2023, el mundo contempló atónito e incrédulo las impactantes imágenes de vandalismo en el corazón de las instituciones del poder político. La fuerza de la democracia brasileña reveló que tenía los pies de barro.
Pero, de nuevo, y esta vez al borde del abismo, la democracia brasileña recogió los pedazos y se recompuso. Una vez más, de la debilidad surgió la fuerza, pero esa fuerza ya no era la del período anterior. No era la fuerza del florecimiento, era la fuerza de la supervivencia porque, entretanto, las operaciones de extractivismo habían avanzado mucho.
El extractivismo de la creencia
Para que no haya malentendidos, empiezo por reiterar todo mi respeto por los sentimientos y creencias religiosas de las personas, afirmando, al mismo tiempo, que estoy totalmente en contra de cualquier uso político de la religión que no sea el de seguir la práctica del Nazareno: luchar en este mundo por el bienestar y la dignidad de las clases populares, empobrecidas, excluidas, víctimas de la discriminación racial y sexual, contra los mercaderes del templo, artífices de la desigualdad y la discriminación, y asumir los riesgos que ello conlleva en las sociedades capitalistas, colonialistas y patriarcales en las que vivimos.
El extractivismo de la fe absorbe las energías religiosas de los oprimidos de la tierra, que deberían servir para criticar y transformar este mundo injusto, y las desvía hacia el afán de garantizar que la justicia de una vida mejor quede salvaguardada en el otro mundo, el mundo de la salvación eterna. Los transportadores de esas energías son los pastores, sobre todo los evangélicos de la denominación neopentecostal, quienes, con la proliferación de sus iglesias y los millones de seguidores en las redes sociales y en sus vídeos diarios, garantizan el máximo rendimiento de esas energías en el más allá.
La energía anímica, gastada en trances dentro de las iglesias, no sale a la calle. Al contrario, el creyente sale a la calle relajado, resignado a este mundo y contento con la prosperidad que va acumulando en el otro mundo. Que los transportadores sean cada vez más prósperos en este mundo es la justa recompensa por el esfuerzo de llevar tan lejos las energías del rebaño. El inconformismo del creyente pasa a tener un radar limitado: cambiar a la familia y convencer a los vecinos.
El extractivismo de la deliberación
Este extractivismo consiste en hacer que las personas se acostumbren a subcontratar a intermediarios acreditados y fácilmente accesibles el pensamiento, la información y las emociones necesarias para deliberar. Así queda tiempo libre para buscar trabajo, ayudar a alimentar a la familia y distraerse con la televisión, las redes sociales, el fútbol y, hasta hace poco, el carnaval (el extractivismo de la creencia está eliminando el carnaval).
El extractivismo de la deliberación es especialmente intenso cuando se articula con el extractivismo de la creencia. Y es que, si la política es importante para gestionar este mundo, quien mejor lo gestiona es quien más se asemeja a Aquel que gestiona el Otro Mundo, el mundo de la salvación eterna. Ahora bien, si Dios no es democrático, ¿por qué tiene que serlo quien gestiona este mundo? Lo importante es que sea uno de «los nuestros», es decir, que cuente con la confianza de «nuestros» agentes de la energía deliberativa y de «nuestros» transportadores de la energía religiosa hacia un lugar seguro en el mundo de la salvación. Mañana, si los mediadores y transportadores así lo desean, puede ser la inteligencia artificial la que elija a los candidatos a los que votar y los convierta en gobernantes. Si se garantiza que «el elegido es de los nuestros», el creyente adicto duerme tranquilo por haber cumplido con su deber y haber ganado algunos puntos en la vida eterna.
El extractivismo se deriva de la transferencia masiva de la deliberación democrática individual hacia los agentes de opinión y de la energía deliberativa. El mundo de las incertidumbres entre los candidatos a las elecciones y del miedo a elegir mal y a sufrir las consecuencias queda relegado a las puertas de las iglesias y de las pantallas. Lo que se gana al seguir la opinión de «los nuestros» y en compañía de millones de personas iguales a nosotros vale mucho más que la deliberación individual y el voto solitario que, por otra parte, sirve de poco porque los políticos, «salvo los nuestros», son todos iguales y nunca cumplen lo que prometen en las campañas electorales.
Como nos enseñó Claude Lévi-Strauss, los mitos son los grandes estabilizadores de las jerarquías. Así se consolida el mito antidemocrático. La novedad es que el efecto combinado de los dos mitos actuales estabiliza la jerarquía, no solo entre este mundo-valle-de-lágrimas y el otro mundo de la felicidad eterna, sino también dentro de cada uno de ellos.
Estabilizar las jerarquías en una sociedad social, racial y sexualmente injusta significa congelar el conformismo. No se trata del conformismo pasivo de la resignación y la abstención, sino más bien del conformismo militante, intolerante con quien lo cuestiona. Y quien lo cuestiona es el diablo o el comunista, ya sea un candidato que «no es de los nuestros», las opiniones que discrepan de las «nuestras», es decir, de los artífices de «nuestro» pensamiento, de «nuestras» preferencias y de «nuestras» energías deliberativas. Con el diablo y con el comunista no se pacta ni se discute. Al diablo y al comunista hay que combatirlos, y todas las armas son legítimas si resultan eficaces.
El origen de estos extractivismos
Los superpromotores y superdifusores de estos extractivismos tienen un origen bien conocido: EE.UU. Vienen de lejos, del imperialismo estadounidense en el subcontinente desde la Doctrina Monroe de 1823, según la cual el subcontinente es una zona de influencia de EE.UU. que nadie puede cuestionar, ya sea Europa, en los siglos XIX y XX, o China, en el siglo XXI. Más recientemente, estos dos extractivismos se han intensificado en dos momentos diferentes, pero convergentes.
Ante el fracaso de la Alianza para el Progreso a la hora de contener la Revolución Cubana, Nelson Rockefeller propuso al presidente Richard Nixon, en su Informe sobre América Latina de 1969, que la solución residía en exportar masivamente al subcontinente las teologías más conservadoras del protestantismo (sobre todo el evangelismo neopentecostal) que respondieran eficazmente al peligro de la deriva comunista del subcontinente, cuyo principal agente era la teología de la liberación de los sacerdotes y obispos católicos impulsados por el Concilio Vaticano II. Eran ellos, y no los políticos laicos, comunistas o izquierdistas antirreligiosos, quienes convivían de primera mano y sobre el terreno con los pobres, la miseria, el descontento y la revuelta del subcontinente contra el statu quo, prometiendo la redención en este mundo y no en el otro.
A partir de ahí, una avalancha de pastores protestantes se abatió sobre el continente. Fui testigo directo de ello cuando, en Cuernavaca (México), los observé entre 1970 y 1973 aprender con avidez el castellano para poner rumbo al sur. Para quienes tenían que aprender portugués, existían otros puntos de paso lingüísticos. Quizá la mayoría no fuera consciente del gran designio imperial que estaba llevando a cabo. Solo deseaban la «salvación de las almas» y la difusión de su confesión religiosa. Muchos de los pastores ni siquiera eran conservadores. Pero el proyecto era imperial y funcionó a la perfección.
Las iglesias protestantes, sobre todo las evangélicas, están repartidas por todo el continente y no tienen ningún reparo en convertir su proselitismo religioso en proselitismo político a favor de «nuestros» candidatos, es decir, de aquellos y aquellas que sirvan a los intereses de la clase dominante y del imperialismo estadounidense, no por ser virtuosos en sí mismos, sino porque son ellos quienes defienden a «nuestra» familia, nuestros valores tradicionales, y alejan con eficacia a Satanás de la izquierda, toda ella comunista, la encarnación del diablo. Las dos dimensiones del extractivismo tienen una característica muy valiosa: ahorran al ciudadano y a la ciudadana el tiempo de escuchar al comunista y el tiempo de resistir la tentación del Diablo.
Este fue el origen de la dimensión religiosa del extractivismo (el extractivismo de la creencia). La dimensión secular del extractivismo (el extractivismo de la deliberación) se ha intensificado más recientemente con la llegada al poder en EE.UU. de Donald Trump y su propósito de recolonizar América Latina como el medio más eficaz para recuperar el tiempo perdido e impedir definitivamente que China entre o permanezca en su patio trasero. Los agentes del extractivismo de la deliberación son las plataformas digitales, las redes sociales, los comunicadores, los influencers y, sobre todo, los creadores de noticias falsas. Los dos extractivismos no solo se han vuelto más violentos, sino que han adquirido una capacidad de propagación de tipo viral. De hecho, los dos extractivismos se han convertido en dos virus, dos virus disfrazados de vacunas contra el Diablo y el comunismo.
Los disolventes de la democracia
Ambos extractivismos fueron concebidos para actuar en regímenes democráticos, desfigurando la democracia y disolviendo su potencial para el ejercicio de la soberanía popular hasta convertirla en un vasallaje orgulloso a los intereses y designios geopolíticos del imperialismo estadounidense, paradójicamente justificado en nombre de los «intereses superiores de la patria». Históricamente, corresponden a la tercera gran estrategia de intervencionismo. Cada una de ellas utiliza un instrumento privilegiado de intervención. Pero una vez utilizado, ningún instrumento queda totalmente descartado. Se mantiene en reserva para ser activado, en caso de que los nuevos instrumentos no funcionen.
La primera estrategia
La primera gran estrategia fue la imposición de dictaduras civiles o militares. En esta fase, el instrumento local privilegiado para llevar a cabo la intervención fue las Fuerzas Armadas del país objeto de la intervención. Para ello, fueron entrenadas en la Escuela de las Américas, con sede en EE.UU. y especializada en enseñar técnicas de tortura, extorsión, chantaje y ejecuciones sumarias. Por este motivo, se la conoció como la «Escuela de Asesinos» o la «Escuela de Dictadores». Se calcula que más de 60 000 militares latinoamericanos recibieron formación allí. En lo que respecta a Brasil, la Comisión Nacional de la Verdad afirma en su informe final que más de 300 militares brasileños fueron formados en la Escuela de las Américas entre 1954 y 1996.
La segunda estrategia
Ante el fracaso de esta estrategia, debido a la resistencia de los latinoamericanos contra las dictaduras y al retorno de las democracias, la segunda estrategia consistió en los «golpes blandos», es decir, la manipulación de las instituciones democráticas para favorecer la elección de candidatos serviles a los intereses del imperialismo. El instrumento local privilegiado fue el sistema judicial.
Sobre todo a partir de la década de 1990, cientos de fiscales y jueces (algunos de ellos ya conocidos por sus posturas conservadoras) fueron invitados a cursos de especialización en EE.UU. o en las embajadas estadounidenses de sus países al amparo de «programas de formación, intercambio y cooperación internacional», donde, con el pretexto de la formación, se les inculcó una ideología anticomunista, antisocialista, antiizquierda y antisocialdemócrata, cuyos pilares principales son los siguientes: una concepción inquisitorial de la Fiscalía (según la tradición estadounidense) basada en el privilegio otorgado a las políticas de seguridad institucional y de investigación criminal; la defensa de la propiedad privada y de la libertad de expresión sin límites de respeto por la dignidad o la verdad; y la lucha contra la corrupción y el terrorismo, dando por sentado que estos males están más extendidos entre los políticos considerados progresistas.
La tercera estrategia
Como bien demuestran los casos de Brasil, Chile y Colombia, esta segunda estrategia no siempre ha funcionado de manera eficaz. Ante ello, se ha ido privilegiando una tercera estrategia: la manipulación de las conciencias y las subjetividades a través del «extractivismo de la creencia» y el «extractivismo de la deliberación» que he estado analizando. En esta estrategia, los instrumentos locales de intervención son los pastores (sobre todo evangélicos), los medios de comunicación corporativos y los periodistas, comunicadores e influencers considerados de derecha y de extrema derecha que, al igual que los magistrados anteriormente, son invitados a cursos de formación, fines de semana de retiro o de reflexión en sus propios países, y a visitas o estancias en EE.UU.
El adoctrinamiento religioso está dominado por la teología de la prosperidad, es decir, por la celebración de la riqueza como bendición de Dios. La importancia de esta celebración radica en que, a través de ella, la riqueza y la pobreza dejan de estar relacionadas por una lógica de causalidad. El enriquecimiento de las minorías deja de estar relacionado con el empobrecimiento de las grandes mayorías. Si obedecen las enseñanzas de los pastores, los pobres de este mundo serán los ricos del otro mundo.
La indoctrinación secular es abiertamente reaccionaria en el sentido técnico de la palabra. La alta tecnología del extractivismo de la deliberación se pone al servicio de las ideas del Ancien Régime, es decir, de las ideas políticas que predominaban antes del liberalismo individualista del siglo XVII y de las revoluciones burguesas del siglo XVIII (la revolución estadounidense y la revolución francesa) y, en el siglo XIX, de la ola revolucionaria en la Europa posterior a 1848: el dominio del poder de la Iglesia sobre las conciencias y del poder absoluto del rey sobre la vida profana. La diferencia crucial con respecto al período preilustrado es que la ideología reaccionaria actual incluye la defensa incondicional de la propiedad privada, algo que resultaba absurdo en los siglos XVII y XVIII prerrevolucionarios.
La articulación entre las estrategias
La secuencia entre las tres estrategias no es lineal. Ha sido un proceso acumulativo de instrumentos de injerencia en el que solo se aprecian tendencias y énfasis. Es posible que, en un momento dado, las tres estrategias se estén adoptando en diferentes países o incluso en un mismo país como una caja de herramientas antidemocráticas que se utilizan según las circunstancias concretas.
La intervención difiere según (1) tenga como objetivo preparar con antelación un cambio político por la vía electoral, (2) tenga lugar durante un proceso electoral o, por último, (3) tenga lugar al margen de un proceso electoral. En el caso (2), la intervención tiene por objeto condicionar al máximo las intenciones de voto de los electores, por lo que la manipulación de las elecciones se produce antes de la votación y, por tanto, no radica en el recuento de votos. A veces incluye acusaciones de fraude electoral contra el «enemigo» con el objetivo de deslegitimar los resultados electorales y preparar otras estrategias más violentas y abiertamente golpistas, como ocurrió en Brasil el 8 de enero de 2023.
Lo que es importante destacar es que la injerencia de EE.UU. en los países de América Latina se ha ido intensificando y diversificando sus instrumentos. En el último año, podemos mencionar tres casos paradigmáticos.
En Honduras, la injerencia de EE.UU. en las elecciones de noviembre de 2025 combinó la segunda estrategia con la tercera. Ante el probable fracaso de esta última, se recurrió a una forma de «golpe blando», típica de la segunda estrategia. Donald Trump intervino personalmente. Al manifestar públicamente su apoyo al candidato de extrema derecha, Nasry Asfura, acusó al Consejo Nacional Electoral de fraude en el recuento de votos y amenazó al país con sanciones económicas en caso de que ganara el otro candidato, también de derecha, pero más moderado. La injerencia fue tan descarada que la presidenta saliente, Xiomara Castro, acusó a Donald Trump de haber orquestado un «golpe electoral» mediante chantajes, coacción e injerencia directa en la soberanía del país.
En Venezuela, EE.UU. recurrió a una combinación de la primera y la segunda estrategia: un golpe de Estado en toda regla con la apariencia de un golpe blando dentro de la normalidad democrática, ya que estaba «consentido» por las autoridades legítimamente elegidas. Tras haber cometido crímenes de guerra, matando a unos doscientos pescadores en el mar Caribe, EE.UU. invadió militarmente Venezuela el 3 de enero de este año, en una operación cuyo nombre deja claros sus propósitos: «Operación Resolución Absoluta». Mataron a más de veinte militares de la guardia presidencial, en su mayoría cubanos, capturaron al presidente Nicolás Maduro y a la primera dama mientras dormían y los llevaron presos a EE.UU.
La máxima líder de la extrema derecha, María Corina Machado, había pedido en numerosas ocasiones la intervención militar de EE.UU. Así se hizo, pero no con el desenlace que ella pretendía: no se le entregó el poder, sino que dejó patéticamente desarmado al actual gobierno bajo la presidencia de la vicepresidenta, Delcy Rodríguez. La expropiación (¿robo?) de la explotación petrolera, objetivo principal de la intervención, recayó en manos del secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, el nuevo virrey de Venezuela. Además de que China ha perdido el acceso privilegiado al petróleo de Venezuela, los ingresos del petróleo, calculados recientemente por el Financial Times en doce mil millones de dólares, se encuentran depositados en el Tesoro de EE.UU. y el virrey dispone de ellos a su antojo.
En Colombia, la tercera estrategia se utilizó con una intensidad sin precedentes en las elecciones de mayo y junio de este año. Las plataformas y los agentes del extractivismo del debate utilizaron las tecnologías más sofisticadas del universo digital, con la participación activa de la tecnología israelí, para privar a los colombianos de la autonomía de informarse y elegir por sí mismos al candidato al que votar. A su vez, el «extractivismo de la creencia» asestó el golpe de gracia a las posibilidades de elección del candidato de izquierda Iván Cepeda, sobre todo en la última semana de la campaña electoral.
Los púlpitos, las oraciones, los cultos de adoración, las «oraciones espontáneas», los vídeos y las redes sociales de las iglesias evangélicas inundaron el espacio público con llamamientos urgentes a la defensa sagrada de la familia frente a la amenaza del diablo rojo. Esta estrategia se vio reforzada por las ya habituales declaraciones de apoyo de Donald Trump al candidato de extrema derecha Abelardo de la Espriella, combinadas con alertas de la Embajada de EE.UU. en Bogotá sobre posibles brotes de violencia y protestas. El resultado de las elecciones estaba escrito en la piedra diáfana de las noticias falsas.
Brasil en el ojo del huracán y la importancia global del desenlace
Todo lleva a creer que Brasil será el próximo objetivo de la injerencia de EE.UU. y es probable que supere en intensidad y diversificación todo lo que hemos observado hasta ahora.
Brasil es el país más grande y poblado de América Latina, la economía más importante y el socio comercial más importante de China. Es, además, uno de los países fundadores de los BRICS, y la expresidenta Dilma Rousseff es la actual presidenta del banco de los BRICS, el Nuevo Banco de Desarrollo. Y es, sobre todo, una democracia debilitada por su pasado reciente y por el país donde el «extractivismo de las creencias» y el «extractivismo de la deliberación» llevan más tiempo actuando y con mayor intensidad. A esto se suma que la extrema derecha brasileña es la más internacionalizada y hace gala de una arrogancia que intriga al mundo democrático, sobre todo a la luz del reciente desastre que supuso la gestión del presidente de extrema derecha durante la pandemia, que provocó entre 120 000 y 400 000 muertes evitables, según los cálculos de la Organización Mundial de la Salud.
Lo que vaya a suceder en Brasil en los próximos meses concierne a los brasileños y brasileñas y debe ser de su exclusiva responsabilidad, pero pase lo que pase tendrá una importancia que trasciende con creces a Brasil.
Sin duda, tendrá importancia para todo el subcontinente, ya que pondrá de manifiesto el alcance de los límites de la injerencia de EE.UU. en la destrucción de los regímenes democráticos de la región. La extrema derecha utiliza la democracia para conquistar el poder, pero, una vez conquistado, no la ejerce ni se mantiene en él democráticamente. Es la muerte anunciada de la democracia.
La importancia de lo que va a suceder en Brasil es, sin embargo, de dimensión mundial, porque las tecnologías propias de la tercera generación de injerencia ya se están utilizando igualmente en África y en Europa. Conviene, pues, destacar sus características principales.
- Los dos extractivismos se están utilizando en todo el mundo donde el imperialismo estadounidense pretende crear o mantener alguna influencia.
Son parte fundamental del movimiento global de la extrema derecha que actúa en los más diversos países, adaptando el guion básico a las condiciones locales, pero recurriendo a la intervención de última instancia de EE.UU. siempre que se considere útil.
- Existen articulaciones globales entre los dos extractivismos.
Los partidos de extrema derecha de los distintos países cuentan hoy en día con una amplia y diversificada articulación global (que, en ocasiones, se extiende a los partidos de derecha más conservadores): la Conferencia de Acción Política Conservadora, nacida en EE.UU. y que hoy tiene proyección mundial; las cumbres y grupos del Parlamento Europeo (Patriotas por Europa, Europa de las Naciones Soberanas, Conservadores y Reformistas Europeos), el Foro de Madrid y la Carta de Madrid.
Los temas que debaten son, como era de esperar, los siguientes: el antinmigracionismo (defensa del cierre de fronteras y críticas al multiculturalismo); soberanismo (oposición a organismos supranacionales, como la Unión Europea o la ONU); guerra cultural (discursos centrados en la defensa de la «familia tradicional» y la oposición a las agendas progresistas y de identidad de género); tácticas digitales (intercambio de metodologías sobre el uso de algoritmos, redes sociales y desinformación estructurada para captar al electorado joven).
Las organizaciones no partidistas de extrema derecha también cuentan con sus propias reuniones y redes globales, y los temas que se debaten solo se solapan en parte con los de los partidos de extrema derecha: coordinación de narrativas (armonización de discursos contra la inmigración, las minorías y el orden liberal); exportación de estrategias (adaptación local de tácticas de comunicación digital y activismo de base que han funcionado en otros países); financiación transnacional (vínculo entre donantes privados internacionales, fundaciones adineradas y grupos de presión política); lucha cultural (énfasis en la transformación profunda de las normas sociales, las instituciones académicas y los valores culturales antes incluso de la propia conquista del poder electoral).
A su vez, las grandes conferencias mundiales de las iglesias evangélicas se celebran periódicamente, centradas en la cooperación misionera, el liderazgo y la armonización teológica. Existe una Alianza Evangélica Mundial que celebró en 2025 su decimocuarta Asamblea General. Obviamente, una parte de este movimiento global no obedece a designios imperiales ni suscribe ideologías de extrema derecha, aunque sea anticomunista, tal y como siempre lo ha sido la Iglesia católica, con excepción del breve período de la teología de la liberación.
Cuando el extractivismo de la deliberación está presente, el extractivismo de la creencia tiende a aliarse con él en los momentos decisivos, es decir, durante las campañas electorales. Al igual que ha ocurrido en otros países, la intervención explícitamente política de los pastores y sus iglesias se produce en la recta final de las campañas, cuando ya no se puede hacer nada para neutralizarla.
- El capital digital
En las últimas décadas, la vertiente de la globalización del capitalismo liderada por EE.UU. se ha caracterizado por el papel central del capital financiero en el control de las opciones políticas, tanto a nivel interno como internacional, de los países periféricos y semiperiféricos (políticas de austeridad, sanciones, aranceles, congelación de activos en dólares depositados en el extranjero). Esa centralidad comienza hoy a ser compartida por el capital digital, que tiene la característica de poder utilizarse directamente en el control de las conciencias, ya sea a través del extractivismo de las creencias o del extractivismo de la deliberación. Los partidos y las organizaciones de extrema derecha se apoyan cada vez más en el capital digital, ya que este les permite personalizar al máximo el adoctrinamiento político.
Cuanto más personalizada es la adoctrinación, más fácilmente se convierte en información fiable para el receptor. Los ciudadanos eligen después de haber sido seleccionados por el algoritmo para mostrarse favorables a la elección que, de hecho, hacen por «su libre albedrío». El algoritmo es el gran decisor antidemocrático de nuestro tiempo.
La extrema derecha liderada por EE.UU. se juega todas sus cartas en el uso de la inteligencia artificial (IA) para difundir sus mensajes, moldear y condicionar las mentes y las conciencias, para convertirla en un instrumento privilegiado de acceso y ejercicio del poder, tanto en el plano económico como en los planos social, político y cultural. Para los más extremistas, como el filósofo Nick Land, la IA es el Dios de nuestro tiempo. Cada vez es más popular en el seno de la extrema derecha el Movimiento del Tecno-optimismo, totalmente centrado en la arrogancia de la IA.
- Participación de Israel
El imperialismo estadounidense es hoy una acción conjunta de EE.UU. e Israel. Sin cambios políticos profundos en ninguno de estos países, ninguno de ellos puede sobrevivir sin el otro. La importancia del capital digital en los sistemas de información, desinformación, vigilancia, inteligencia, seguridad y ciberguerra confiere a las empresas israelíes y al Estado de Israel una posición estratégica que a menudo se superpone a la de EE.UU. Las tecnologías bélicas basadas en la IA han tenido en Oriente Medio, y sobre todo en Palestina, un campo de experimentación tan sofisticadamente bárbaro que supera con creces al de los campos de concentración nazis.
- La extrema derecha como sociedad civil
Cuando se habla de injerencia antidemocrática o de imperialismo de EE.UU., se puede caer en el error de pensar que nos encontramos exclusivamente ante acciones del Estado estadounidense. Nada más lejos de la realidad. El movimiento global de extrema derecha, dedicado al extractivismo de las creencias y al extractivismo de la deliberación, es un movimiento de lo que el liberalismo ha denominado sociedad civil. Se trata de iglesias, organizaciones no gubernamentales, fundaciones, periódicos, plataformas digitales, emisoras de radio, redes sociales, fábricas de noticias falsas, comunicadores, influencers, intelectuales de izquierda que actúan como idiotas útiles para ganar notoriedad, militantes de causas supuestamente progresistas cuyo objetivo principal (del que los propios militantes no siempre son conscientes) es crear una opinión favorable al activismo procedente del Norte y al imperialismo estadounidense.
- Tener poder político sin haber ocupado nunca un cargo público
Una de las grandes novedades del actual modelo de injerencia antidemocrática en los procesos políticos de los países de la zona de influencia estadounidense es el poder político que ejercen figuras que nunca han ocupado ningún cargo público y que, cuando no son influencers, son desconocidas para el público, actuando entre bastidores y, a veces, en los entresijos de las campañas de desinformación a favor de candidatos de extrema derecha, gestores de fábricas multinacionales de basura digital, gracias al dominio que tienen de los algoritmos y de la IA en general. Son figuras siniestras, poderosos disolventes del espíritu democrático y del respeto por la verdad y la dignidad de las personas. A menudo complementan actividades legales con otras ilegales: son mercenarios de ideas falsas y causas fascistas, siempre que se les pague, y actúan en diversos países. Constituyen una dimensión de la globalización clandestina del fascismo a la que se ha prestado poca atención.
Solo se dan a conocer al gran público en circunstancias excepcionales, como en el reciente caso de Fernando Cerimedo, desinformador argentino, actualmente encarcelado en Bolivia por intento de homicidio de la compañera embarazada de un hijo suyo. Y tal vez ni siquiera estaría encarcelado si no hubiera divergencias entre el presidente y el vicepresidente de Bolivia.
¿Por quién doblan las campanas?
La frase del poeta inglés del siglo XVII, John Donne, que se hizo mundialmente famosa gracias a la novela de Ernest Hemingway, resulta totalmente pertinente en este momento histórico de la vida de Brasil. Los próximos tiempos serán decisivos para el futuro de la democracia en Brasil. Dada la posición de Brasil en América Latina y en el mundo, lo que ocurra en Brasil afectará a todo el mundo democrático y tendrá un impacto decisivo en la gestión de las rivalidades entre China y EE.UU.
Brasil se enfrenta a un acto de agresión que solo tiene precedentes recientes en el golpe militar de 1964. El desafío está a la altura del objetivo de la agresión: la recolonización profunda de Brasil para convertirlo en unos cuantos miles de kilómetros más del «Muro contra China». Los autores de esta agresión son sectores de la alta burguesía brasileña, apoyados por una banda de políticos lumpen y militares que nunca han olvidado lo que aprendieron en la infame Escuela de las Américas.
El reto para los demócratas es cumplir una doble misión. A corto plazo, la misión consiste en impedir que los fascistas lleguen al poder y conviertan a Brasil en un protectorado más de Estados Unidos. A medio plazo, la misión es convencer a los brasileños de que la victoria en las próximas elecciones, por muy cómoda y gratificante que sea, no es más que el punto de partida para una lucha mucho mayor, basada en esta idea sencilla e inmensa: la recolonización profunda solo se combate con una democratización profunda.















