Hace ya algún tiempo, en una serie de artículos que abordé en este medio, aludí1 a uno de los fenómenos sociales más importantes: la división del trabajo. Esta es la interacción que, como veremos, da paso a la sociedad en última instancia. De hecho, es la interacción social por excelencia.
Es conveniente abordar este tema a razón de que, en el referenciado artículo, solamente menciono a la división del trabajo más que nada como el instrumental teórico que nos permite interpretar correctamente la historia. No fundamento el fenómeno ni analizo sus características. Esa es la tarea de este escrito.
La desigualdad como la razón de ser de la sociedad
De la desigualdad se han dicho muchas cosas; comúnmente se la suele tomar como algo negativo cuando se la enmarca en el plano económico. Evidentemente, la desigualdad económica solamente puede aparecer en un estado avanzado de la evolución social. No me ocuparé de realizar un examen ético de la desigualdad económica aquí. Pero sí que voy a tomar un concepto un poco más elemental de desigualdad: aquella que es propia de la naturaleza y que se encuentra presente tanto en el ámbito geográfico como en el de las capacidades de cada ser humano.
El mundo resulta ser un lugar bastante diverso en el ámbito geográfico: encontramos que existen zonas muy dotadas de un cierto tipo de recurso; otras, bien al contrario, disponen de menor o incluso poca cantidad del recurso en cuestión; e, inclusive, existen zonas que no disponen ni de una mínima dotación del mismo. Por mencionar algunos ejemplos bastante conocidos, en la Argentina existen grandes cantidades de tierras fértiles que, naturalmente, en lugares áridos como los desiertos o los polos resultan inexistentes; en Chile hay grandísimas reservas de cobre que otros lugares del mundo no poseen; y en África del norte el agua suele escasear considerablemente, pues para encontrarla se depende de la intervención de elementos como oasis, acuíferos profundos o del empleo de técnicas como la desalinización. Al contrario, en gran parte del mundo el agua suele ser relativamente abundante.
Por otro lado, los seres humanos presentan también bastante desigualdad entre sí, pues, ya sea por elementos innatos o por conocimiento, práctica y experiencia adquirida en el transcurso de la vida, resultan más aptos para la realización de determinadas labores, mientras que para otras son bastante más ineficaces e, inclusive, puede que haya gentes que no sean capaces en absoluto de realizar ciertos trabajos.
Las personas con una constitución física más vigorosa, en parte como consecuencia de factores genéticos y en parte por la realización de diversos entrenamientos a lo largo de su vida, encuentran más facilidades para efectuar trabajos que demandan una gran cantidad de esfuerzo físico, como los de construcción, minería y demás. Las personas con un CI elevado e interés por las cuestiones intelectuales, en la medida en la cual crezcan en un contexto que les permita cultivar su inteligencia, desarrollarán aptitudes mayores para trabajos que requieren amplios conocimientos y gran capacidad analítica e interpretativa. Por último, existen patologías o defectos adquiridos que, desgraciadamente, vedan a muchas personas de la posibilidad de desempeñarse en determinados ámbitos.
Son estas las causas de la cooperación prolongada en el tiempo —indefinida— que es propia y característica de la sociedad. Aun suponiendo un mundo completamente “igualitario” en el cual las personas tuviesen las mismas aptitudes, la cooperación entre humanos aún tendría sentido. Pero sería una cooperación meramente temporal, que buscase lograr objetivos impensables para un solo individuo. Existen acciones que son imposibles de alcanzar para un solo sujeto o que, en el mejor de los casos, devienen en muy poco convenientes de emprender si un solo individuo las realiza, por prolongarse mucho su duración temporal. Tan pronto como el objetivo temporal es alcanzado, la “sociedad” se disuelve y cada hombre toma su camino solitario nuevamente2.
Consecuencias de la desigualdad
Esta desigualdad arriba descrita desencadena una serie de consecuencias que, en la medida en que sean advertidas por los actores, lleva a la cooperación social.
Entre las personas siempre van a existir una serie de ventajas comparativas, derivadas de la característica desigualdad universal: algunos sujetos serán más productivos en determinadas líneas de producción, mientras que otros tendrán ventajas en otras diferentes. Estas ventajas comparativas encuentran su expresión frecuentemente en la productividad superior de los factores originarios de producción3, en los procesos de producción que dan paso a la generación de bienes de orden inferior. Para que la comparación entre las productividades relativas de dos sujetos tenga sentido, debemos tomar como referencia una misma unidad temporal. De forma que un sujeto posee una productividad superior a la de otro si: a) en el mismo lapso de tiempo da paso a la producción de una cantidad mayor de bienes de orden inferior o bien b) la cantidad de producto es equivalente, pero la calidad es superior.
A modo de ejemplo, podemos ilustrar lo anteriormente dicho bajo el supuesto “a)” de ventaja comparativa. Imaginemos a dos personas: A y B, ambas precisan, para poder subsistir, del consumo de dos bienes de primer orden “Z” y “X”. En una misma unidad temporal —lapso—, A puede como máximo producir 5 unidades de Z o 2 de X; mientras que B puede como máximo producir 3 unidades de Z o 4 de X. Como vemos, se plantea una disyunción o alternativa de producción: o se maximiza la producción del bien Z o la del bien X, pero ambas posibilidades, en el mismo lapso de tiempo, devienen en mutuamente excluyentes. Al ser que las personas hipotéticas A y B requieren ambos bienes de consumo para poder subsistir, han de distribuir su tiempo en la producción de ambos bienes. El resultado de que los sujetos en cuestión aboquen parte de su tiempo a la producción de Z y X, supongamos que sea el siguiente: A produce 3 unidades de Z y 1 de X; B produce 1 unidad de Z y 2 de X. El resultado agregado de ambos sujetos, al cabo de acabar su “día” de trabajo, es este: 4z + 3x.
Pero, en la medida en la cual A y B sean conscientes de esas ventajas/desventajas comparativas que ambos poseen en esas dos líneas de producción de los bienes Z y X, pueden dividir el trabajo: dedicándose cada uno a la producción de aquel bien que son capaces de producir en mayor cantidad —más productivamente— que el otro. A tiene una ventaja comparativa en la producción de Z y B la tiene en la producción de X. Conviene, por tanto, que ambos se dediquen única y exclusivamente a la producción de un único bien. Como ahora A y B dedican toda su unidad temporal invertida en el trabajo a la producción de un único bien, en vez de distribuir sus esfuerzos en dos producciones alternativas, maximizan la producción de los mismos. Recordemos que, si A dedicaba todo su tiempo laboral a producir solamente el bien Z, alcanzaba un producto equivalente a 5Z; si B hacía lo propio con el bien X, entonces obtenía un producto equivalente a 4X: el producto total equivale a 5Z + 4X. Que es un producto mayor que el anterior, cuando no imperaba la división del trabajo basada en las ventajas comparativas.
Vemos entonces que la especialización de las personas en las áreas de producción en donde poseen ventajas comparativas en relación al resto de agentes de la economía lleva a un aumento más o menos notorio en términos de producto total, que opera como uno de los principales incentivos para cooperar socialmente.
Pero puede ser perfectamente posible que A sea más productivo que B tanto en la producción del bien Z como en la del bien X.
Es decir, puede que no exista ningún tipo de ventaja comparativa entre ambos sujetos… En ese caso, ¿es aún posible la cooperación social basada en la división del trabajo?
La respuesta es que sí, aún es posible. La ley de asociación nos explica el porqué.
Ley de asociación: cooperación sin ventajas comparativas
Los orígenes de esta teoría se encuentran en la escuela clásica de pensamiento económico, puntualmente, en David Ricardo.
Originalmente, había planteado la teoría para el contexto del comercio internacional. Pero tiene, lógicamente, aplicaciones a nivel individual. Nos sirve para comprender cómo los peor dotados pueden aún cooperar con los más habilidosos y salir ambos beneficiados de esa cooperación.
El punto de la ley es el siguiente: aun cuando una persona resulte ser más productiva que otra en cualquier línea de producción, aquel que resulte absolutamente más productivo puede cooperar con el otro, simplemente acordando ambos sujetos que el peor dotado se abocará a la producción del bien en el cual su desventaja comparativa sea relativamente menor.
Mises lo ilustra del modo siguiente:
Si A es más eficiente que B, de tal suerte que, para producir una unidad del bien p, necesita tres horas, mientras B ha de emplear cinco horas, y para producir una unidad de q el primero invierte dos horas contra cuatro horas el segundo, resulta que ganarán ambos si A se limita a producir q y deja a B que produzca p. En efecto, si cada uno dedica sesenta horas a producir p y sesenta horas a producir q, el resultado de la obra de A será 20p + 30q; el de B, 12p + 15q; o sea, en conjunto, 32p + 45q. Ahora bien, si A se limita a q, producirá 60q en 120 horas; B, en el mismo supuesto, dedicándose solo a p, producirá 24p. La suma de sus actividades equivaldrá, en tal caso, a 24p + 60q; comoquiera que p tiene para A un cociente de sustitución de 3q/2, y para B de 5q/4, dicha suma representa una producción mayor que la de 32p + 45q. Por lo tanto, es evidente que la división del trabajo beneficia a todos los que participan en la misma.
Notas
1 Véase mi artículo Historia y economía de los cazadores-recolectores.
2 Véase: Ludwig Von Mises, “La acción humana”, Segunda parte, capítulo VIII, subtítulo 3 “La división del trabajo”.
3 Véase sobre este concepto mi artículo La teoría del capital y el caso de Robinson Crusoe, para una aclaración conceptual.
4 Véase: Ludwig Von Mises, “La acción humana”, Segunda parte, capítulo VIII, subtítulo 4 “La ley de Asociación de Ricardo”.















