El villorrio de Cinchona era un casi insignificante y desconocido punto de la geografía de Costa Rica, hasta que su nombre ocupó de súbito los titulares de la prensa nacional y mundial. Con un terremoto de una magnitud de 6,2 (Ms) y en apenas 20 segundos de actividad sísmica, ese caserío desapareció la tarde del jueves 8 de enero de 2009, entre descomunales deslizamientos y avalanchas. Dicho de otra manera, a Cinchona se lo tragó la montaña.
Pocos días después de ese terrible acontecimiento, que costó numerosas vidas humanas y que causó luto en muchas familias, publiqué el artículo Cinchona, dolor y memoria (Tribuna Democrática, 18-I-2009). Entre otras cosas, en él reseñé lo que desde el siglo XIX representó para el país el llamado camino de Sarapiquí, transitable únicamente por mulas, el cual permitía conectar el Valle Central con Greytown o San Juan del Norte —en el Caribe nicaragüense—, para desde ahí viajar a Europa o a la costa oriental de EE. UU. Fue al costado izquierdo de esa ruta, y no muy lejos del muy conocido poblado de Vara Blanca, donde en tiempos bélicos, en 1943, emergería Cinchona, auspiciado por el gobierno de EE. UU.
Como es bien sabido, durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), presididos por el emperador Hirohito, los japoneses se sumaron a los ejércitos del llamado Eje —junto con la Alemania de Adolfo Hitler y la Italia de Benito Mussolini, más otros países menos poderosos— para enfrentarse a las potencias aliadas (Inglaterra, Unión Soviética y EE. UU.), cuyos líderes eran Winston Churchill, Iósif Stalin y Franklin D. Roosevelt, respectivamente. Después del célebre y sorpresivo ataque a la base militar estadounidense de Pearl Harbor, en Hawái, ocurrido el 7 de diciembre de 1941, tal fue su poderío que tres meses después, el 28 de febrero de 1942, tomaban Java, la isla más grande de Indonesia.
Dos árboles americanos en Indonesia
Esta inmensa isla había sido una posesión de Portugal desde 1522, para pocos decenios después quedar en manos de los Países Bajos. Fue desde entonces que la ancestral agricultura, basada en la producción de arroz, resultó diversificada con la siembra de grandes plantaciones de cinco cultivos perennes exóticos: caña de azúcar, café, té, caucho y quina. De ellos, el centro de origen de la caña de azúcar es la gigantesca y vecina isla de Nueva Guinea; del café, Etiopía; del té, China; del caucho, la Amazonia; y de la quina, la Amazonia peruana. Cabe aquí un paréntesis para indicar que se denomina centro de origen a la región geográfica donde, en el curso del proceso evolutivo, surgió una nueva especie vegetal o animal. Ya después, algunas serían domesticadas por los lugareños y, posteriormente, diseminadas por el hombre hacia otras regiones, países y continentes.
Nótese que, a diferencia de un endulzante y dos bebidas estimulantes, los dos últimos cultivos sembrados en Java tenían otros fines de gran valor estratégico y geopolítico, sobre todo en tiempos bélicos. En el primer caso, como en aquella época no existía el hule sintético, del látex o savia lechosa del árbol de caucho (Hevea brasiliensis) se obtenía el hule, necesario para fabricar las llantas y los neumáticos de los tanques y los aviones de guerra, más otros implementos y artículos bélicos. Por su parte, de la corteza de la quina o cinchona (Cinchona spp.), de la cual hay varias especies aprovechables, se extraía un alcaloide denominado quinina, imprescindible para el tratamiento de la malaria o paludismo y así evitar la muerte de los soldados que combatían en zonas tropicales, entre quienes la enfermedad había empezado a causar bajas.
Es pertinente recordar que el agente causal de dicha enfermedad es un microbio (protozoario) del género Plasmodium, del cual hoy se conocen casi 200 especies mundialmente, pero solo unas 10 infectan a la especie humana; asimismo, de estas, hay cuatro que causan la malaria: Plasmodium falciparum, P. vivax, P. malariae y P. ovale. No obstante, a pesar de su malignidad, estos no pueden propagarse o diseminarse por cuenta propia, sino que requieren de un agente transmisor (vector), como lo son varias especies de zancudos del género Anopheles, de las que hay casi 400 especies, aunque unas 40 son las que transmiten la malaria. Por cierto, de ellos es Anopheles albimanus el principal vector en Costa Rica, sobre todo en zonas bajas donde hay aguas estancadas.
Estas especies de zancudos se reproducen masivamente y completan su ciclo de vida en terrenos anegados, o donde hay aguas estancadas o cenagosas por períodos prolongados, pues las larvas necesitan un medio acuático para desarrollarse. De hecho, el término paludismo proviene del latín palus, equivalente a pantano, laguna o estanque; asimismo, la palabra malaria se originó del antiguo italiano mala aria (= mal aire), pues se creía que el aire que cruzaba zonas pantanosas cercanas a Roma causaba esa enfermedad.
Si bien esta explicación parece obvia e innecesaria hoy, a mediados del siglo XIX la situación era muy diferente. Aunque en Costa Rica había zonas típicamente palúdicas (endémicas), como Matina y Ujarrás, e incluso se veían nubes de zancudos en los alrededores, ni siquiera los médicos podían establecer una relación causal entre la incidencia de la enfermedad y la abundancia de estos insectos, como lo discuto en mi libro Trópico agreste; la huella de los naturalistas alemanes en la Costa Rica del siglo XIX (2013). Por entonces, los médicos atribuían las enfermedades infectocontagiosas a “miasmas”, es decir, a supuestos vapores, gases o partículas procedentes de cuerpos de agua putrefactos o de la materia orgánica en descomposición.
En el caso de la malaria, el esclarecimiento de los agentes causal y transmisor no ocurriría sino ya muy avanzado el siglo XIX. En cuanto al primero, fue en 1880, mientras trabajaba en Argelia, que el médico militar francés Charles Louis Alphonse Laveran detectó un protozoario que parasitaba los glóbulos rojos de personas enfermas de malaria, bautizado y clasificado después en el género Plasmodium. Y casi dos decenios después, en 1898, mientras laboraba en la India, el médico británico Ronald Ross descubrió que su vector era un zancudo del género Anopheles.
Ya conocidos estos dos factores clave, fue posible estudiar y entender sus interacciones en función de las características de ambientes particulares y, con ello, la epidemiología de tan devastadora enfermedad, que hasta hoy causa estragos en algunos países tropicales. A Ross se le honró con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 1902 por tan notables hallazgos científicos, de incalculables beneficios para la humanidad.
La respuesta de EE. UU.
Para retornar a la Segunda Guerra Mundial, de manera anticipada a la pérdida de las plantaciones de caucho y quina en Java —realmente esenciales con fines bélicos—, el gobierno de EE. UU. había previsto que eso podría ocurrir, por lo que desde 1941 fijó su mirada en el continente americano —cuna biológica de ambas especies— para recurrir a las fuentes naturales de esos árboles en Suramérica. Sin embargo, a su vez, al prever que las existencias naturales podrían ser insuficientes, encaminaron esfuerzos hacia la búsqueda de germoplasma (material genético) que creciera y se desarrollara bien en grandes plantaciones, en diferentes climas, y que produjera látex o quinina con los estándares de cantidad y calidad requeridos.
Debido a la amenaza que representaban para la humanidad los miembros del Eje, que encarnaban a los muy oprobiosos movimientos del nazismo y el fascismo, los países de América respondieron casi al unísono al llamado de EE. UU. De ellos, Costa Rica, gobernada entonces por el Dr. Rafael Ángel Calderón Guardia —que había declarado la guerra a los países del Eje a raíz del ataque a Pearl Harbor—, actuó con presteza ante la propuesta de la Corporación de Abastecimientos de la Defensa de EE. UU., cuyo director adjunto era el connotado botánico William Campbell Steere.
La iniciativa del caucho
En el caso del caucho, en junio de 1940 el Congreso de EE.UU. aprobó una magna iniciativa continental, sustentada con $500.000 de inversión anual, la cual involucraba a 14 países latinoamericanos. Uno de sus primeros pasos —dado casi de inmediato— fue enviar expediciones para localizar las fuentes naturales de hule en Suramérica.
Como curiosidad, uno de los botánicos seleccionados para ello fue Alexander Skutch, quien desde 1937 se había asentado en Costa Rica. Al respecto, en un pasaje de la entrevista que le hicimos para nuestro libro Los viejos y los árboles (2002), él nos narró lo siguiente:
En junio [de 1940], cuando regresé a San José para poner en orden algunas cosas, recibí un radiograma de Washington, del Departamento de Agricultura; querían que fuera a América del Sur. En ese tiempo la guerra estallaba en Europa, y los Estados Unidos tenían miedo de que los japoneses se apoderaran de todas las fuentes de hule natural. Estados Unidos deseaba encontrar esas fuentes en las Américas. Enviaron tal vez media docena de comisiones a varios países, para estudiar la cuestión del hule natural: dónde se podía conseguir y dónde había tierras adecuadas para establecer plantaciones. Me escogieron para ir al noroeste de América del Sur, al Perú, Ecuador y Colombia, y me ofrecieron ganar más en dólares de lo que yo estaba ganando en colones, y entonces no pude dejar pasar esa oportunidad de conocer América del Sur. Yo conocía apenas un poco de Ecuador.
Me fui a Panamá, esperé a mis compañeros como doce o quince días, me reuní con ellos cuando llegaron en uno de los buques y me fui a Perú; pasamos los Andes varias veces y, por fin, entramos en un cañonero que la Armada Interior de Perú tenía en el río Amazonas. Era un cañonero que se llamaba Las Amazonas. Viajamos en él durante unas seis o siete semanas sobre el río Marañón, pasaje superior del río Amazonas y sus grandes tributarios, por ejemplo, el Huallaga, el Ucayali, el Napo, y así conocimos mucho de esa parte del Perú. Después de eso fuimos al norte peruano, luego a Ecuador y por último a Colombia; esa comisión duró apenas seis meses. Después de eso, regresé aquí.
Con el dinero que ahorró, en 1941 pudo adquirir una finca de 53 hectáreas en las cercanías del pueblito de Quizarrá, en San Isidro de El General, la cual bautizaría Los Cusingos. En dicho predio, que años después expandiría hasta contar con unas 100 hectáreas, fue donde residió de por vida y donde hoy reposan sus restos, al lado de su esposa Pamela Lankester. Es decir, por azares del destino, de manera un poco irónica, fue la guerra la que le permitió a este destacado científico contar con el dinero para comprar y establecerse en esa finca, desde donde produjo una fecunda obra, no solo en el campo de la ornitología —disciplina hacia la que viró años después—, sino también en el de la filosofía.
Aparte de los esfuerzos de exploración descritos, al año siguiente se instaló la sede de este inmenso proyecto en Turrialba, la cual se denominó USDA Cooperative Rubber Plant Field Station, llamada en español Estación Experimental del Cultivo del Hule, conocida localmente como La Hulera; las siglas USDA corresponden a las del United States Department of Agriculture (Departamento de Agricultura de EE. UU.). Ocupaba el predio donde hoy está la Sede del Atlántico de la Universidad de Costa Rica, en el cual aún existen edificaciones de aquellos tiempos.
Por entonces, gracias a experiencias de campo previas de las empresas automovilísticas Goodyear Tire & Rubber Co. y Ford Motor Co. en Brasil, Panamá y la propia Costa Rica, se sabía que era imposible establecer vastas plantaciones puras del árbol de caucho, debido al ataque del hongo Dothidella ulei (hoy Pseudocercospora ulei), que causaba severas defoliaciones en los árboles. En respuesta a esta limitante, surgió la idea de injertar los tallos de arbolitos jóvenes (patrones) con trozos de partes aéreas (esquejes) de especies silvestres de caucho que fueran resistentes al hongo. Pero había que buscar ese material genético, preparar los clones (injertos) y remitir los más promisorios a La Hulera, donde las condiciones climáticas eran las ideales para efectuar los experimentos de campo pertinentes. Lamentablemente, años después el proyecto abortó debido a la imposibilidad de conseguir germoplasma realmente inmune al hongo, además de que para 1945 ya se disponía de hule sintético en el mercado mundial.
Para concluir lo referido al hule, aunque no existe suficiente información publicada acerca de este vasto y significativo proyecto, el lector interesado puede hallar algunos datos clave en mi artículo El caucho, un hongo y la guerra: los orígenes del CATIE en Turrialba, publicado en la revista Manejo Integrado de Plagas y Agroecología (2003).
La iniciativa de la quina
Ahora bien, en relación con la quina o cinchona, dada la urgencia de proteger a los soldados que combatían en las islas del Pacífico —entre quienes la malaria ya había empezado a provocar muertes—, de inmediato el gobierno de EE. UU. envió exploradores a Suramérica para localizar los árboles de quina presentes e iniciar su aprovechamiento a la mayor brevedad posible. Se concentraron las labores en la región de los Andes, con énfasis en Colombia y Ecuador.
Cabe destacar que entre los cinco integrantes de la misión que viajó a Colombia —en octubre de 1942— figuraban el ya citado Steere y el ingeniero forestal Leslie R. Holdridge, quien posteriormente residiría en Costa Rica por muchos años, y a quien tuvimos la fortuna de tratar y también de entrevistar para el ya citado libro Los viejos y los árboles. Reconocida autoridad mundial, laboró en el Instituto Interamericano de Ciencias Agrícolas (IICA), en Turrialba, y después fundó el Centro Científico Tropical (CCT); además, postuló y desarrolló el original y medular concepto de “zonas de vida”, concretado en mapas muy útiles para la planificación del uso de la tierra en varios países.
En cuanto a las labores en Suramérica, además de identificar e inventariar las especies de quina presentes, los científicos enviados calculaban el volumen de corteza extraíble, así como los aspectos logísticos para su recolección y traslado hasta los laboratorios de campo ubicados en Bogotá (Colombia), Quito (Ecuador), Lima (Perú) y La Paz (Bolivia), o incluso la corteza se enviaba directamente hacia EE. UU.
En el caso de Ecuador, que era el segundo mayor productor de corteza de quina en América Latina, la expedición tuvo lugar en 1943, liderada por el antropólogo Froelich Rainey. Se dice que la prospección fue difícil, pues los bosques donde había quina eran remotos e inaccesibles. Aun así, esta aventura científica fue muy exitosa, pues se pudo recoger suficiente quinina para proteger a los soldados por dos años.
Es oportuno indicar que en los laboratorios de campo antes citados, la corteza se secaba y cortaba en tiritas, las cuales se empacaban y se acondicionaban para ser remitidas a laboratorios especializados en EE. UU., para que el alcaloide fuera extraído y procesado; no obstante, en algunos casos se efectuaron extracciones de sulfato de quinina, totaquina y otros compuestos afines localmente. Tan exitosas fueron las labores que, entre 1943 y 1945, se exportaron a EE. UU. poco más de 38 millones de libras de corteza seca.
Esta y otra información valiosa proviene de dos artículos clave que el lector interesado puede consultar en internet. El primero es The cinchona-bark industry of South America (1945), del propio William Steere (The Scientific Monthly, No. 61), y Quinine: The story of cinchona (1943), de Norman Taylor (The Scientific Monthly, No. 57). Asimismo, en 2011 el biólogo e historiador ecuatoriano Nicolás Cuvi publicó el oportuno y prolijo artículo The Cinchona Program (1940-1945): science and imperialism in the exploitation of a medicinal plant (Dynamis, No. 31), derivado de su tesis doctoral en historia de la ciencia por la Universidad Autónoma de Barcelona.
Antes de concluir esta sección, es pertinente destacar que la quina es tan importante en la historia de Perú que su ícono aparece nada menos que en el escudo de dicho país. Y esto es así porque este árbol de la familia Rubiaceae —la misma del café— fue domesticado por las culturas indígenas andinas debido a su gran valor medicinal. Eso sí, debe aclararse que la taxonomía de la quina es muy compleja. Tan es así que el género Cinchona contiene 23 especies, entre las que, por su contenido de quinina, destacan Cinchona calisaya, C. officinalis y C. succirubra. Es importante destacar que la supuesta C. ledgeriana —con muy alto nivel de quinina— no es una especie biológica en sentido estricto; por tanto, para evitar confusiones, en este artículo preferimos consignarla como una línea o variedad comercial.
La decisión de plantar quina en Costa Rica
Ahora bien, puesto que nadie sabía cuántos años podría durar la guerra, de manera paralela a las exploraciones en Suramérica, el gobierno de EE.UU. pactó con la empresa farmacéutica estadounidense Merck & Co. —como socio estratégico— para desarrollar un fármaco derivado de la quina. En esta iniciativa confluyeron el Departamento de Estado y el Departamento de Agricultura de EE.UU., así como el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación de Guatemala, más la empresa bananera United Fruit Company.
No obstante, para entender a cabalidad la génesis de esta iniciativa, es preciso recurrir al librito History of the Cinchona Project of Merck & Co., Inc. and Experimental Plantations, Inc. (1934-1943), de Frederic J. Rosengarten, publicado en 1944; de muy difícil consecución, me fue posible consultarlo gracias a los esfuerzos del colega y amigo Jaime García González. En efecto, la investigación formal se inició en Guatemala en 1934, casi diez años antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, por iniciativa comercial de Merck & Co., y en cooperación con el Departamento de Estado de EE. UU.
Como parte de este esfuerzo, con el paso de los años se establecieron plantaciones experimentales en Guatemala, en tanto que en la hacienda El Porvenir, en San Marcos, Guatemala —donde desde el siglo XIX se había plantado quina—, se efectuaron investigaciones a gran escala acerca de técnicas para la propagación de la quina, al igual que de los métodos de recolección del material. Asimismo, desde ahí se distribuirían plántulas a varios países.
El involucramiento de Costa Rica se inició en diciembre de 1941, cuando el botánico de origen ruso Boris Alexander Krukoff viajó a nuestro país con Rosengarten —quien fungía como gerente de Experimental Plantations Inc., una subsidiaria de Merck & Co.— tras contactar al botánico Juvenal Valerio Rodríguez, por entonces director del Museo Nacional. Ellos visitaron San Ramón y Zapote de Zarcero, ambas localidades de Alajuela, donde recolectaron gran cantidad de semillas de Cinchona pubescens, así como 75 muestras de corteza para análisis químicos, los cuales revelarían que su contenido de quinina era muy bajo, insuficiente para ser explotado desde el punto de vista comercial.
Es oportuna aquí una digresión para resaltar que, aunque el centro de origen de la quina es la región andina —según se indicó en páginas previas—, en Costa Rica está la citada C. pubescens, la cual había sido recolectada cerca de 1920 en San Ramón, a 1000-1200 metros de altitud, por el botánico local Alberto Brenes Mora. Aunque Rosengarten no menciona este dato, los exploradores visitaron a Brenes, como lo denota el hecho de que en su librito aparece una fotografía del botánico —al igual que otra de Valerio— posando para ellos.
Por cierto, en el parque de la ciudad de San Ramón, el cual fue bautizado en su honor, hay un pedestal y un busto suyos, mientras que en una placa se lee la siguiente inscripción: “Homenaje de las escuelas al sabio ramonense Alberto Manuel Brenes, descubridor en Costa Rica del árbol Cinchona pubescens y centenares de plantas en nuestros bosques”. En realidad, esta no es una especie endémica o exclusiva de aquí, pues también está en Suramérica. Según Alberto Hamer Salazar, autor del libro Alberto Manuel Brenes: el naturalista (2009), dicho árbol tiene una distribución relativamente amplia en Costa Rica, que incluye localidades de las provincias de Alajuela, Puntarenas, San José y Cartago.
Para retornar a las andanzas de Krukoff y Rosengarten, casi un año después, en agosto de 1942, visitaron de nuevo Costa Rica, esta vez para buscar un área donde establecer un proyecto grande para sembrar quina. El clima de Zapote de Zarcero les había parecido favorable y, a unos 8 km de ahí, en dirección a San Carlos, hallaron una hacienda apta, denominada Buena Vista, de 800 acres (320 hectáreas). Comprada por Merck & Co., se le bautizó “Los Ensayos”. Ya en octubre llegaba ahí, donde permanecería unos 10 años, el connotado técnico ecuatoriano Jorge Manuel Benítez León, quien tenía a su cargo la finca El Naranjo, en Chicacao —de 1485 acres (600 ha), sede de Experimental Plantations Inc. desde 1939—, que era el gran proyecto que había en Guatemala, para administrar este nuevo proyecto, para lo cual tuvo como ayudante al agrónomo Humberto Barquero Mora.
Ahora bien, aunque este proyecto estaba apenas en sus albores, de súbito emergió un vasto proyecto en el cual no participaría Merck & Co. Desconocemos las razones de esto, pues Rosengarten lo menciona apenas brevemente al indicar que lo gestó directamente la Corporación de Abastecimientos de la Defensa de EE. UU. ante el gobierno de Costa Rica, y que se le conocía como “el proyecto del coronel [Arthur F.] Fischer”, a quien se aludirá posteriormente.
Esta es la primera entrega de las dos partes que conforman el artículo "La quina en Cinchona: una quimera en medio de la montaña"















