Hay lugares que no piden ser mirados.
Piden ser escuchados.
No porque tengan algo particular que contar, sino porque guardan una lengua que lentamente hemos ido olvidando. Una lengua hecha de intervalos, de esperas, de ruidos lejanos, de presencias que no siempre logramos reconocer.
Tal vez el Belsentire comience precisamente aquí. En el momento en que dejamos de exigirle al paisaje que nos muestre algo y comenzamos, simplemente, a escucharlo.
En Sipicciano, en el corazón de la Tuscia, existe un pequeño pueblo medieval donde el tiempo parece haber olvidado algunas de sus obligaciones. Las piedras permanecen. Muchos habitantes se han ido. Las casas conservan ventanas detrás de las cuales ya no se enciende ninguna luz.
Y, sin embargo, el pueblo no está en silencio.
Nunca lo ha estado.
Por la mañana llegan los pájaros. Las golondrinas, cuando vuelve el verano, recuperan un cielo que parece acordarse de ellas. Las cigarras comienzan su trabajo obstinado. El viento atraviesa las rendijas de las puertas, mueve una hoja, hace vibrar algo que nadie ve.
En alguna parte pasa un tren.
No siempre se ve, pero se escucha.
Su ruido atraviesa el paisaje como una frase pronunciada por alguien que no conocemos.
Después desaparece.
Y deja tras de sí una especie de vacío, como cuando una persona interrumpe de pronto un relato.
Me he preguntado muchas veces si el paisaje no será precisamente eso: una partitura escrita por seres que no saben que son músicos.
Ah, si las luciérnagas pudieran hablar.
Si los pájaros pudieran pintar.
Si una golondrina pudiera escribir en el cielo las notas de su regreso.
Tal vez descubriríamos que la naturaleza nunca ha dejado de componer. Somos nosotros quienes hemos dejado de escucharla.
Y después están los gatos.
En Sipicciano, los gatos pertenecen al paisaje tanto como las piedras, los árboles y las puertas antiguas.
Son los habitantes de una geografía paralela.
Conocen pasadizos que nosotros ignoramos, escaleras que ya no conducen a ninguna parte, jardines abandonados, muros calentados por el sol.
Poseen un repertorio musical sorprendente.
Los ronroneos, por supuesto. Pero también los gemidos, los gruñidos, los llamados amorosos que durante ciertas noches parecen el llanto de una guagua, los bufidos, esos pequeños sonidos casi imperceptibles con los que se reconocen y se advierten unos a otros.
Son la música del pueblo.
A veces pienso que son ellos quienes impiden que el lugar se convierta definitivamente en un sitio abandonado.
Un gato que atraviesa una plaza desierta modifica el paisaje.
Le devuelve una medida.
Una presencia.
Una razón para seguir existiendo.
Y, naturalmente, están las personas. Las que se quedaron, las que regresan, las que pasan apenas unas horas. Los adolescentes que se roban un beso al atardecer, una risa detrás de un muro, una conversación que llega desde una ventana abierta.
También eso pertenece a la partitura.
Incluso aquello que ya no se escucha.
Porque cada lugar conserva el sonido de sus propias ausencias.
En el Borgo Vecchio de Sipicciano existe una torre.
Es una construcción medieval que durante el siglo pasado conoció un destino singular: convertirse en una infraestructura para la distribución de energía eléctrica. Durante décadas, por aquella torre pasó la luz destinada a las casas del pueblo.
La luz llegaba a través de los cables, atravesaba los muros, entraba en las habitaciones, iluminaba los rostros.
Después la tecnología cambió.
La torre perdió su función.
Pero no su memoria.
Cuando imaginamos transformarla en el MicroMuseo de Arte Contemporáneo de la Tuscia, no queríamos simplemente recuperar un edificio. Queríamos continuar, de otra manera, el trabajo que aquel lugar había realizado durante tantos años.
Devolver la luz
Ya no solamente aquella necesaria para iluminar una habitación, sino una luz capaz de modificar nuestra percepción de las cosas.
Por eso el primer artista que quise convocar fue Iván Navarro, artista chileno que ha hecho de la luz uno de los materiales fundamentales de su investigación artística.
Me parecía que existía una correspondencia casi inevitable entre la historia de la torre y su trabajo.
Un edificio que había distribuido electricidad podía ahora albergar una obra capaz de interrogar la luz.
No se trataba de borrar el pasado industrial de la torre.
Al contrario.
Se trataba de escucharlo.
Porque también la electricidad tiene memoria. También un cable abandonado, un interruptor, una pared por la que alguna vez circuló la corriente cuentan algo sobre nuestra manera de habitar el mundo.
De esta experiencia nace nuestro Lugar del Belsentire.
Otro sonido, otro paisaje.
No queremos enseñarle a la gente cómo escuchar. Sería una pretensión absurda.
Quisiéramos, más bien, crear las condiciones para que cada persona pueda recuperar su propia forma de atención.
El arte, en este sentido, no tiene necesariamente que agregar algo al paisaje. También puede quitar. Interrumpir por un momento el ruido de nuestras costumbres. Hacernos descubrir aquello que ya existía, pero que habíamos dejado de percibir.
Una obra puede cambiar la manera en que atravesamos una calle.
Una luz puede devolverle profundidad a un muro.
Un sonido puede hacernos recordar a alguien que ya no está.
Y el silencio, de pronto, puede convertirse en una presencia.
Creo que los Lugares del Belsentire guardan esa posibilidad: devolverles a los territorios no solamente su belleza, sino también el derecho a ser escuchados.
No todos los lugares necesitan ser transformados.
Algunos solo piden que alguien se detenga.
Que reconozca su respiración.
Que comprenda que un paisaje nunca está definitivamente terminado, porque continúa siendo escrito por quienes lo atraviesan, por los animales que lo habitan, por las estaciones que regresan, por las voces que desaparecen.
Y por el arte, cuando logra entrar en ese movimiento sin pretender dominarlo.
Quisiera entonces imaginar todos nuestros Lugares del Belsentire como las páginas de una única, inmensa partitura.
Una partitura sin director de orquesta.
Sin un comienzo obligatorio.
Sin una conclusión.
En Sipicciano, algunas tardes, cuando las últimas golondrinas han dejado de cruzar el cielo y los gatos comienzan su vida nocturna, desde la torre todavía se ve una luz.
No ilumina todo el pueblo.
No podría hacerlo.
Pero indica que alguien se ha quedado.
Que algo continúa.
Y que, tal vez, en el silencio de un pequeño pueblo, el mundo todavía está buscando a alguien dispuesto a escucharlo.















