Italia es, en estos momentos, el país donde las múltiples aplicaciones de la inteligencia artificial (IA) suscitan más debates. No en vano, el Gobierno encabezado por Giorgia Meloni ve en esa y en otras invenciones a ella asociadas un filón a partir del cual aumentar el poder del Estado sobre la sociedad civil. Como siempre, la excusa perfecta para abrir esos debates es la de asegurar la tranquilidad y confianza de todos los ciudadanos en los valores propios del Bienestar, del Trabajo y del Derecho.

Tranquilidad y confianza son los sentimientos a los que apelan para endilgarnos normas y leyes que cambien las relaciones en el seno de un nuevo contrato social; un contrato sui géneris.

Básicamente, esas nuevas disposiciones vienen a decirnos que, en un mundo tan confuso y convulso como el nuestro, los distintos aparatos del Estado deben dotarse de nuevos instrumentos coercitivos. Instrumentos, claro está, destinados a reforzar nuestra libertad y capacidad de emprendimiento.

Todo un arte de prestidigitación lingüística destinado a ocultar la realidad. Una realidad que, si la leemos al revés de como nos la pintan, desemboca en una gran deriva autoritaria por la que ya empieza a transitar Europa.

La experiencia nos dice que, cuando una mayoría relativa, bien orientada y dirigida en la consecución del poder del Estado, trata de conformar un «orden nuevo» que sostenga los réditos e influencia de una exigua minoría, dicha mayoría relativa debe dotarse de leyes draconianas para garantizar la tasa de beneficio del capital monopolista. Es decir, debe asegurar los intereses de los amos a los que sirve.

Históricamente, ese tipo de régimen responde al nombre de fascismo. El mismo, para afirmarse, se nutrió de sectores procedentes de la pequeña burguesía. Sectores desesperados por la ruina económica y, asimismo, por individuos surgidos del lumpen, sin oficio ni beneficio, sin conciencia de clase, y cuya miseria e incultura los empujó a formar parte de la fuerza integrada por las escuadras de choque.

Su «misión», de la que aún hablan con orgullo, no era otra que la de aniquilar cualquier forma de resistencia obrera: partidos, sindicatos, asociaciones de trabajadores fueron destruidos mediante el terror cuando la gran burguesía, desbordada, ya no controlaba ni las crisis económicas ni la lucha de clases. Es entonces cuando el régimen democrático es barrido en aras de un poder totalitario; una potencia cuyo objeto es el de obtener la mayor tasa de plusvalía de una clase obrera derrotada y exhausta.

En España recibimos, a este respecto, una lección perdurable.

Sin duda, el lector de nuestros días ya sabe todo esto. Si aquí lo recordamos, es para no olvidar que, cuando creíamos definitivamente superada esa fase de nuestra historia, la misma, adoptando formas inéditas, retorna.

Ferviente admiradora de Benito Mussolini, Giorgia Meloni, hoy, representa esa mayoría relativa que, tras lograr una sólida alianza formada por tres partidos, pretende desarrollar una política que, si bien no puede desplegar iniciativas como las promovidas por Il Duce en su época, trata por todos los medios a su alcance de instaurar un régimen «democrático» particularmente restrictivo.

Prueba de ello son los proyectos de limitación del derecho de huelga y el de reconocimiento facial por parte de las nuevas tecnologías. Es decir, las controladas y dirigidas por la IA.

El reglamento europeo sobre «identificación biométrica policial» basado en dichas tecnologías establece una prohibición de carácter general, pero contempla excepciones: las relativas a casos de terrorismo, desaparición de personas y delitos tipificados como «graves»1.

Amparándose, pues, en esas excepciones, el ejecutivo italiano ha elaborado una normativa muy detallada que, por las informaciones publicadas en la prensa, ha suscitado una viva polémica en el seno de la sociedad, la cual, mayoritariamente, rechaza esos y otros planes previstos por el actual Gobierno.

El deseo de controlar a cualquier ciudadano, con la excusa de anticiparse incluso a la comisión del posible delito, subyace en la redacción de esos documentos. Los mismos, con la pretensión de garantizar la libertad y seguridad públicas, pretenden unificar el comportamiento de la sociedad de acuerdo con principios, leyes y normas de carácter autoritario. En el fondo, su intención no es otra que la de neutralizar todo tipo de disidencia y, llegado el caso, detener y encarcelar, «eliminar», al opositor que no acepte los pilares básicos del orden establecido.

Por supuesto, la idea no es nueva. Respondiendo a la necesidad de implantar un régimen monolítico, basado en la fe y obediencia ciegas al líder carismático y providencial encarnado por Mussolini, el Partido Fascista, en mayo de 1925, presentó un proyecto de ley que, pretendiendo acabar con la masonería, apuntaba en realidad a prohibir y erradicar de la vida pública las organizaciones obreras y campesinas, las únicas con capacidad suficiente para extirpar de la vida política al fascismo. Así lo apuntó, ante la Cámara de Diputados, Antonio Gramsci, quien, durante su intervención el 16 de mayo de ese mismo año, pronunció las siguientes palabras:

Esta es la cuestión más importante de la discusión de la presente ley: vosotros podéis «conquistar el Estado», podéis modificar los códigos, podéis intentar impedir que las organizaciones existan en la forma en que han existido hasta hoy; pero no podéis prevalecer por encima de las condiciones objetivas en las que no tenéis más remedio que moveros. No haréis más que obligar al proletariado a buscar una orientación distinta de la que hasta ahora era la más común en el terreno de la organización de masas. Esto queremos decir al proletariado y a las masas campesinas italianas desde esta tribuna: que las fuerzas revolucionarias italianas no se dejarán aplastar, que vuestro sueño siniestro no conseguirá realizarse2.

Son, sin duda, palabras de largo recorrido cuyo alcance Gramsci no podía prever. Palabras que, en parte, pueden aplicarse a la situación que vivimos hoy día en todo el mundo, cuando la IA se diseña con el preciso objeto de reproducir sin freno la masa de capital y promover el embrutecimiento colectivo, suprimiendo todo rastro de humanidad en lo humano.

Lo que ocurre en Gaza y en otros territorios de Palestina, pero también en Líbano, muestra bien a las claras que la lógica imperante no es otra que la de deshumanizar todo aquello que se oponga a los designios de la expansión capitalista. Así pues, cuando la mercancía aparece como excedente en el mercado, éste se deshace de todo aquello que entorpece o estorba su buen funcionamiento. Es, como dicen algunos, «la mano invisible» que regula el flujo de los intercambios.

Pero cuando el «intercambio» es el de máquinas por personas, el ser humano deviene género que carece de cualquier funcionalidad y, por tanto, inoperante. Es decir, elemento desechable por inservible.

Esta es la lógica que ha calado en el imaginario colectivo. Hasta el punto, incluso, de que resulta más fácil concebir nuestro propio fin como especie que el acabamiento y superación del sistema capitalista. Esta es, hoy por hoy, la gran victoria de los enemigos de la humanidad. La misma que diseccionó Mark Fisher a lo largo de sus libros y escritos y cuya cabal comprensión, insoportable para el espíritu, lo llevó al suicidio.

En este contexto, la perspectiva que nos queda es la de que la rebeldía humana, el instinto de supervivencia, sean tan fuertes que su impulso destruya la lógica criminal y miserable de quienes nos están conduciendo a la vorágine de nuestro propio abismo.

Cómplices de esta lógica son las fuerzas de ultraderecha que rebrotan con ímpetu en toda Europa. Financiadas y sostenidas por oligarcas y gobiernos que todos conocemos, su «misión», esta vez, no es otra que la de destruir la posibilidad de un proyecto europeo independiente de cualquier potencia extranjera. Porque una democracia, avanzada en derechos, deberes y libertades, unida en el reconocimiento de un destino común, es la vía que daría al traste con los delirios de quienes niegan el derecho a la vida de todos aquellos que no son ni piensan como ellos.

Esos delirios han tenido la extraña habilidad de desplazar hacia una exterioridad mecánica, artificial, caracterizada como «inteligencia suprema», la gobernanza del mundo. Como si este nuestro mundo ya no dependiera de la voluntad de los hombres y mujeres que lo habitan.

Vienen a decirnos, pues, que de aquí en adelante todos los poderes de la Tierra habrán de doblegarse ante esta nueva «inteligencia» por el bien de todos.

Pero no todos gozamos del mismo «bien» ni de la misma manera. Porque todo cuanto es, deja de ser, en el acto mismo en que pretende lograr lo imposible e inalcanzable de su propia materia.

Por esa razón, el poeta, adelantándose a todo cuanto ahora nos acontece, tal vez comprendiera algo de la paradoja a la que nos enfrenta el destino, y, burlándose de cualquier teleología especulativa, dejara escrito esto que sigue:

Si te dicen que Dios es infinito,
di que entonces no es; y si finito,
que lo demuestre pués y que concluya.

Pero no hay Dios ni hay Ley que a contradanza
no se pueda bailar. Tu muerte es tuya.
Tu no saber es toda tu esperanza3.

Palabras que, como un exorcismo, nos protegen de ese «sueño siniestro» al que hacía referencia Antonio Gramsci. Para que el mismo no se materialice en las espaldas del tiempo que nos vive, y nos desvive, con el propósito de destruirnos.

Notas

1 Quien desee más información sobre este asunto puede consultar el trabajo de Luca Tancredi Barone: «El decreto de Meloni de reconocimiento facial con IA genera preocupación entre los expertos», El País, 07/09/2026.
2 Antonio Gramsci, Antología, selección, traducción y notas de Manuel Sacristán, Siglo XXI Editores, Segunda edición, Madrid, 1974, pp. 179-180.
3 Agustín García Calvo, Sermón de ser y no ser, Lucina, Madrid, cuarta edición, 1980, p. 16.