Todo lo que ocurre en un país dominante del sistema mundial es importante para el mundo. Si el acontecimiento es dramático o se dramatiza, esa importancia aumenta. Las elecciones de mitad de legislatura en EE.UU. son uno de esos acontecimientos. Se trata de una victoria sin precedentes del Partido Demócrata y de una humillación particularmente vergonzosa para el presidente Donald Trump. Desde su habitual residencia en realidades paralelas, Trump pedía a los estadounidenses que imaginaran que él era el verdadero candidato porque, de ser así, el Partido Republicano ganaría como él mismo «siempre había ganado». Los estadounidenses decidieron tomarse en serio su petición y votaron masivamente en su contra y en contra de sus políticas. Él fue el supercandidato superderrotado.
Lo dramático de las elecciones
Lo más dramático de todo es darse cuenta de que el dinero no tiene un poder ilimitado para decidir los resultados electorales. Estados Unidos es el país en el que la inversión financiera en los procesos electorales alcanza proporciones inimaginables. Las elecciones de mitad de legislatura han demostrado que la manipulación más costosa de las conciencias, con la tecnología de desinformación más sofisticada potenciada por la inteligencia artificial, no es capaz de garantizar victorias, a menos que vaya acompañada de un fraude electoral significativo.Los límites del dinero han permitido que surja una entusiasta diversidad social, cultural, étnico-racial y religiosa cuya integridad se ha mantenido intacta a pesar de los batallones de propaganda que han lanzado bombas de gran potencia contra ella en las últimas décadas. Bataliones alojados en los medios de comunicación, en los patrocinios políticos, en las organizaciones de extrema derecha, en las congregaciones religiosas conservadoras y, en los últimos tiempos, en las propias instituciones del Estado (la presidencia, agencias estatales como la infame ICE —U.S. Immigration and Customs Enforcement— y el propio Tribunal Supremo).
El segundo factor dramático de las elecciones intermedias reside en la forma inequívoca en que ha puesto de manifiesto que la única razón de ser de la democracia y la fuente más importante de su legitimidad es la forma en que puede contribuir al bienestar y a la garantía de una vida digna para la mayoría de la población. Cuando esta percibe en su día a día concreto que quienes están en el poder están vaciando el presupuesto familiar, dejan de tener legitimidad para gobernar y el voto se convierte en un decreto personalizado de expulsión.
El tercer factor dramático es que defender la democracia y la vida digna que esta puede propiciar requiere esfuerzo. No basta con votar; hay que realizar un trabajo de organización, hablar con familiares y amigos, ir de casa en casa por las comunidades para informar, resolver dudas, dar explicaciones, hacer todo esto a lo largo de varios años y durante un tiempo sin resultados visibles y, finalmente, salir a la calle a manifestar su voluntad democrática en los momentos más intensos de la lucha política. Este último ejercicio democrático lo llevó a cabo, con éxito, hace muy poco, el pueblo brasileño, lo que le valió la admiración y el respeto de todos los demócratas del mundo.
El cuarto factor dramático llama la atención sobre el hecho de que todo lo que ocurre de forma dramática siempre va precedido de señales a las que normalmente se presta poca atención, sobre todo porque quienes están en el poder cuentan con una poderosa maquinaria propagandística que hace todo lo posible por ocultar o minimizar el significado de esas señales.
Así pues, cabe destacar que esta no ha sido la primera derrota de Donald Trump. Quizás haya sido la cuarta. La primera fue la elección de un socialista musulmán para el cargo de alcalde de Nueva York, Zoran Mamdani. La segunda fue la incapacidad de poner fin en dos años a una guerra que el candidato Trump afirmaba poder acabar en 24 horas tras su elección: la guerra de Ucrania. La tercera tuvo lugar en Brasil con la victoria del presidente Lula da Silva. La orgía de victorias rotundas con bajos costes políticos se fue desvaneciendo, sobre todo después de que Trump comprobara que en Irán no había ninguna Delcy Rodríguez (perdón por la metáfora, que no va dirigida al pueblo venezolano) para poner en el lugar de los ayatolás decapitados.
Lo que hay de dramatizado en estas elecciones
He vivido en EE.UU. parte del año durante 35 años y siempre me ha impresionado la mezcla de entusiasmo democrático en los períodos electorales con la frustración causada, en el período posterior a las elecciones, por la actuación política, tanto del Gobierno como de la oposición. En los últimos tiempos, quizá la experiencia más intensa de este tipo fue la vivida con la elección del presidente Barack Obama en 2008 y todo lo que vino después. Vi a muchos demócratas llorar de alegría el día de las elecciones y yo mismo me emocioné.
El régimen democrático estadounidense se ha degradado profundamente, sobre todo tras la decisión del Tribunal Supremo (Citizens United contra la Comisión Electoral Federal, 2010) de permitir la financiación prácticamente ilimitada de los partidos políticos por parte de donantes privados. En la práctica, legalizó lo que en otros países se denomina corrupción política. De forma gradual, pero rápida, el régimen político pasó a estar gestionado por los intereses económicos dominantes del momento. Como el capitalismo solo tiene un objetivo —la maximización del beneficio—, el dinero se fue canalizando hacia los candidatos que permitieran la mayor concentración de riqueza.
Por eso, siempre se dirigía hacia donde hubiera mayores posibilidades de maximizar la riqueza, ya fueran políticos del Partido Demócrata o del Partido Republicano. Por precaución, algunos donantes han ido repartiendo su compromiso con “la causa democrática” entre ambos partidos. No olvidemos que la gran central sindical (AFL-CIO) también ha sido uno de los donantes del Partido Demócrata, históricamente más cercano a la clase obrera.
En términos sociológicos, la democracia estadounidense ha sido, en los últimos quince años, una autocracia electoral. Existe un «Estado profundo» (deep state) con un único partido, con dos versiones, a veces más convergentes, a veces más divergentes. En materia de política interna, el Partido Demócrata es el que tiende a proteger más a las clases sociales más vulnerables, pero esa protección se ha producido en condiciones cada vez menos favorables. El estancamiento de los salarios y el deterioro de los servicios públicos (ya de por sí muy marginales en comparación con los europeos) hablan por sí solos.
Estados Unidos sigue siendo el país más rico del mundo y la brecha entre su PIB y el de la UE no ha dejado de ampliarse, dado el deterioro de la economía europea desde el inicio de la guerra de Ucrania. Sin embargo, si lo comparamos con la media europea (UE), EE.UU. ha ido empeorando en muchos aspectos sociales: esperanza de vida media: 78 años en EE.UU., 82 en la UE; tasa de pobreza: 17 %-18 % en EE.UU. (con un aumento sobre todo de la pobreza infantil), 10 %-15 % en la UE; concentración de riqueza en el 1 % más rico: el 40 % de la riqueza nacional, frente al 25 % en la UE; deuda de los estudiantes universitarios tras la graduación: 40 000 dólares, deuda prácticamente inexistente en la UE; tasa de encarcelamiento: 531 reclusos por cada 100 000 habitantes, frente a 106 reclusos por cada 100 000 habitantes en la UE.
En materia de política internacional es donde se acumulan más motivos de frustración: históricamente, el Partido Demócrata ha sido más intervencionista (es decir, imperialista) que el Partido Republicano. Este último tiene una tradición más aislacionista y soberanista. En los últimos tiempos, el presidente Donald Trump ha sido el único presidente que no ha iniciado ninguna nueva guerra ni invasión militar a gran escala durante su primer mandato (2017-2021).
El peligro de que Donald Trump se vuelva más agresivo en el ámbito internacional tras las elecciones de mitad de legislatura es real. Ha ocurrido con otros presidentes cuando, tras las elecciones de mitad de legislatura, se quedan con menos poder de intervención en la política interna. Muchas voces del Partido Republicano han insinuado (y ahora lo dicen abiertamente) que el impulso belicista de Trump en su segundo mandato se debió a la presión sionista de Netanyahu. En los últimos días, Tucker Carlson, un comunicador muy influyente de extrema derecha que fue partidario de Trump durante mucho tiempo, ha revolucionado las redes sociales con la advertencia de que se avecinaba un ataque nuclear de EE.UU. contra Irán. Según él, la presión de Netanyahu era diaria y tendría como motivo principal la supervivencia política del propio Netanyahu. ¿Estaría Trump siendo chantajeado con los archivos de Epstein? Pura especulación. Se trataría de un ataque contra la montaña Pickaxe, en cuyo subsuelo se encuentra instalada la capacidad nuclear de Irán.
Según Alistair Crooke, este sería un ataque desastroso y, en gran medida, simbólico, ya que la montaña es de granito y las instalaciones se encuentran a unos 100 metros de profundidad. También se ha hablado de una próxima intervención en Cuba similar a la llevada a cabo en Venezuela, esta vez deteniendo y secuestrando a Raúl Castro. Como es sabido, el control total de Cuba es el gran sueño de Marco Rubio.
La era de Trump ha terminado. Quizá no sufra un proceso de destitución para no convertirlo en mártir. Pero la justicia no dejará de llamar a su puerta. Lo más importante es que, aunque Trump haya terminado, el trumpismo no ha terminado: el trumpismo de la política del odio, de la xenofobia, de la tensión política propia de una guerra civil, del lenguaje abusivo, de la arrogancia y la soberbia frente a las normas internacionales, del desprecio por la cultura ancestral de otros pueblos, de la concepción de la negociación como una rendición sin concesiones. Nada de eso ha terminado y ni siquiera se ha tocado el régimen político. Si hay un país que necesita un cambio de régimen, ese país es EE.UU.
Tras lo dramático y lo dramatizado
En el plano interno, el Partido Demócrata se enfrenta a problemas más complejos que el Partido Republicano. La victoria se debió a la movilización de activistas pertenecientes a grupos sociales, muchos de ellos hasta ahora ignorados por la gerontocracia que domina el Partido Demócrata, una gerontocracia tan adicta a la financiación privada como la del Partido Republicano: jóvenes, personas de ascendencia latina, personas de ascendencia africana, ciudadanos con identidades sexuales y religiosas diferentes a las dominantes, ciudadanos indignados por el genocidio de Gaza, y la complicidad activa de EE.UU. con el sionismo asesino. En definitiva, ciudadanos aterrorizados ante la posibilidad de que EE.UU. se convierta en un Estado paria (rogue state), cuyo único aliado fiel es otro Estado aún más paria, el Estado de Israel.
¿Cuál será el impacto político de esta nueva generación de políticos en el Partido Demócrata? En el pasado, la frustración se debió a que, en situaciones algo similares, las esperanzas depositadas en la posibilidad de una renovación del partido se vieron frustradas, ya fuera porque los políticos disidentes fueron marginados o porque fueron suavemente integrados en el rebaño de la ortodoxia.
Esta vez, el impulso renovador es tan fuerte que, si no llega a tener el peso político que le corresponde, probablemente provocará una convulsión interna en el partido. Si el partido sale debilitado de esa convulsión, el único beneficiario será el Partido Republicano. Y, en ese caso, volveremos a la política de siempre. A menos que se materialice por fin la posibilidad de un tercer partido, verdaderamente de izquierdas y con cierto peso político. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el sistema político estadounidense está organizado de tal manera que hace prácticamente imposible la creación de terceros partidos con un peso político significativo. Esto no impide que la historia acabe sorprendiendo a los demócratas estadounidenses y a todos los demócratas del mundo.















