La primera vez que oí hablar de Mary Kay fue hace unos 25 años: mi prima se casaba y, por algún motivo que no recuerdo, nos llevó a su inminente cuñada y a mí a una clase de maquillaje. Al margen de las cuestiones estilísticas, en las que no voy a entrar, iba incluida una lección teórica, en la que se explicaban los orígenes y bondades de la marca, y pasaba por alabar el hecho de que, gracias a la labor realizada por la fundadora, una mujer pudiera tener una vida profesional y una independencia económica.

Recuerdo pensar que todo aquello estaba muy bien, si aún viviéramos en los años cincuenta; pero la chiquita que nos lo contaba se dirigía a mí, que estaba en mi primer año de universidad, y a dos mujeres adultas con licenciaturas universitarias y profesiones altamente cualificadas. Nos era muy ajeno.

Más allá de esta breve experiencia, cabe señalar que la venta de productos Mary Kay en España no tiene una andadura muy reseñable o, al menos, no tanto como otras marcas; donde más posición tiene es en Estados Unidos. Con frecuencia, vemos en las películas ambientadas en otras décadas señoras que, envalentonadas, se ponen el mundo por montera para echarse a las calles a la conquista de clientes, en un impetuoso arrebato de oponerse a su destino.

Se trata de una línea de cosméticos dirigida a mujeres, con venta directa a través de otras mujeres. Otra versión en esa misma línea de venta ambulante son las reuniones de Tuppersex que, en esa tendencia que tenemos de copiar lo ajeno, han llegado también a estos lares: vienen a ser reuniones entre amigas a las que se presenta una profesional en la materia con una maleta cargada de artículos dedicados al ámbito de la intimidad (personal o en pareja) para su exposición y venta. Lo que, en cambio, más vemos en nuestras ciudades, en este mismo formato, es la venta de la Thermomix, el robot de cocina que amenaza con acabar con los resquicios del ama de casa abnegada, si es que aún queda algo: no se trata de un electrodoméstico que se pueda adquirir en un establecimiento cualquiera, sino que has de contactar con aquellas que custodian su legado y difusión.

Volviendo a lo de antes. Mary Kay Cosmetics no es solo el nombre comercial de una serie de productos; es el patrimonio de una mujer valiente y comprometida. Mary Kay Ash nació en Hot Wells, Texas, en 1918 y desde joven debió hacerle frente a la vida, primero cuidando de su padre enfermo y luego formando su propia familia, a los 17 años. Tuvo tres hijos a los que crió sola debido a la ausencia de su marido, militar con misiones en el extranjero, del cual se divorció tras su regreso.

Es aquí cuando surge la mujer emprendedora, que busca la manera de sacar a su familia adelante. Durante diez años trabajó para varias empresas vendiendo todo tipo de artículos de puerta en puerta: era tan buena que se encargaba de enseñar a sus compañeros aprendices varones, los cuales tenían siempre sueldos muy superiores al suyo.

Cansada de hacer un trabajo para el que era muy consciente de su valía sin recompensa a cambio, se lanzó a pedir un merecido ascenso, que le fue rechazado por su condición de mujer, claro. Y esa fue la chispa que prendió la mecha.

Dio un portazo a su vida pasada de negativas y limitaciones profesionales para centrarse en la escritura de un libro dirigido a mujeres como ella, que quisieran hacerse un hueco en el mundo de los negocios. Pero pronto esta idea se tornó en un plan bien distinto, aunque con un mensaje similar: junto a su hijo Richard y un fondo de 5.000 $, fundó su propia compañía, una empresa de cosméticos de venta directa con el propósito de ofrecer oportunidades de progreso a las mujeres.

Rápidamente, se hizo sitio en el mercado y, gracias a su visión privilegiada y a su experiencia de tantos años, en poco tiempo había logrado una posición de éxito. Sin perder nunca de vista la voluntad de ayudar a otras a tener una vida independiente en la que cosechar sus propios logros, ofrecía a sus chicas seminarios de temática empresarial.

Hasta el punto de que, en 1976, Mary Kay Cosmetics se convirtió en la primera empresa dirigida por una mujer que cotizaba en la Bolsa de Nueva York.

Su seña de identidad era el color rosa, que utilizaba para el empaquetado de sus productos. Y no solo eso, sino que, además, sería bien conocida por el Cadillac del mismo color con el que premiaba a sus mejores vendedoras.

Le preocupaba la mujer más allá del ámbito laboral, por eso montó su propia fundación a través de la cual recaudaba fondos para luchar contra la violencia doméstica; pionera como en tantas otras cuestiones. Además, preocupada por el medio ambiente, abogaba por un programa de reciclaje corporativo, así como por la prohibición de las pruebas con animales. Hoy, con su programa “El rosa cambia vidas”, financiado con una parte de las ventas, apoya a organizaciones a nivel mundial que trabajan para mejorar la vida de mujeres y sus familias.

La empresa de Mary Kay obtuvo beneficios multimillonarios muy rápido. Con un catálogo de más de doscientos productos de alta calidad, está presente en treinta y cinco países, con una cantidad de vendedoras en todos ellos. Como lema, inspirando belleza y confianza en las comunidades.

Por suerte, ya se han abierto muchas de las puertas que entonces estaban cerradas, aunque queden otras tantas por abrir. Por ello, con frecuencia, nos olvidamos del camino pedregoso que recorrieron mujeres intrépidas como Mary Kay, empeñadas en hacerse un sitio en un mundo dominado por hombres cuando lo tenían todo en su contra, y gracias a las cuales después pudimos transitar sin esfuerzo.

Leyendo sobre su legado, contemplo una figura distinta de la que imaginaba. Una señora empoderada y segura de sí misma que da a luz una empresa con la que se hace millonaria, pero con un trasfondo aún mejor: pone a la mujer en el centro de sus vidas, ayuda a la mujer a tomar el control y logra que se convierta en quien quiera ser. Eso que a veces leemos en los baños acerca de ayudar a otras en vez de tratarnos como enemigas, pero de verdad.

Se marchaba de entre nosotros en 2001, dejando tras de sí la lección de la que todos podríamos aprender. Y tres libros de superventas: su autobiografía, Mary Kay: existen los milagros; el manual que estudian en universidades como Harvard, del que emana el conocimiento sobre su filosofía de negocio, Mary Kay on People Management; y el último, Mary Kay: Puedes tenerlo todo.

Aunque los tiempos hayan cambiado, la realidad es que no todas tenemos las mismas circunstancias vitales, y ni la formación universitaria ni el acceso a trabajos dignos están al alcance de cualquiera. Por ello, tener en el horizonte el ejemplo de una mujer con coraje que se enfrentó a su destino para salir airosa siempre deberá ser el motor que nos impulse a salir a flote y a convertirnos, con mucho esfuerzo, en la mujer que Mary Kay sabía que podríamos ser.

Mary-Kay-Cadillacs-50th-anniversary-2013-(1)
Un Cadillac rosa llama mucho la atención en prácticamente cualquier ciudad de Estados Unidos. ¿Pero 100?
Aparcados para celebrar el 50.º aniversario de la empresa. Dallas, EE.UU.