Un día, 7 de julio, Pepe subió a un autobús para emigrantes que lo llevaría hasta la Suiza alemana. Aquel curso académico había sido muy conflictivo en la Universidad Central de Barcelona; había muchas huelgas en las fábricas y la policía había asesinado a 4 obreros cuando salían de una asamblea. Los grupos clandestinos de estudiantes organizaban protestas, la policía uniformada entraba en las universidades, apaleaba a todo el mundo y había cierres intermitentes. Eran tiempos de la dictadura de Franco.

1.Universidad conflictiva

Muy a menudo, dos patrullas policiales descargaban a 10 individuos vestidos de civil, mezclando policías de la Brigada Político-Social1 con elementos neonazis que, pistolas en mano y porras en ristre, arremetían por los pasillos de las facultades arrasando todo cuanto encontraban a su paso. Mientras, "El Olmedo", un policía secreto destinado en el Patio de la Facultad de Ciencias, trajeado siempre con la misma chaqueta a grandes cuadros, permanecía allí plantado, siempre impertérrito, como los olmos del patio, de ahí le pusieron el apodo.

Aquel curso académico había sido muy conflictivo. El final se acercaba y las vacaciones de verano también. Los amigos de Pepín, al que ahora llamaban Pepe, hablaban de sus próximas vacaciones en la casa de los padres en la Costa Brava o en la casa de campo de los abuelos en Gerona. Pepe, el único hijo de obrero en aquel grupo, decidió aprovechar las vacaciones para trabajar y ganar algún dinero.

2.Rumbo a Zúrich. Emigrante

Un 7 de julio, mientras sus compañeros de universidad ya estaban divirtiéndose en las fiestas y las corridas de toros de San Fermín-Pamplona, Pepe subió a un autobús para emigrantes que le llevaría hasta la Suiza alemana; era sábado por la tarde. Su prima Mari, que trabajaba en Zúrich limpiando oficinas, había encontrado un trabajo para él: le esperaban en un restaurante para lavar platos todo el verano.

Llegó a Zúrich el domingo 8 de julio de madrugada cuando el restaurante ya había cerrado por vacaciones veraniegas. Desilusión, incertidumbre... El lunes por la mañana Pepe se presentó en las oficinas del Sindicato de estudiantes suizo-alemán para pedir trabajo. En el tablón de anuncios había muchas ofertas para estudiantes extranjeros. Una decía: Se buscan 30 estudiantes para cubrir vacantes en la Maschinenfabrik de Rüti.

Pepín, valiente, viajó en tren 40 km desde la capital hasta Rapperswil, cerca del lago. Le recibió un adjunto al jefe de personal que le habló en español con trato amable y lo paseó por toda la fábrica mostrándole los puestos de trabajo vacantes y el salario por hora en francos suizos. Pepín escogió el taller de fresadoras; allí le pusieron al mando de una fila con 7 máquinas fresadoras semiautomáticas. Su tarea consistía en esperar a que la máquina se parase, aflojar la tuerca con la máquina parada, quitar la pieza terminada, limpiarlo todo con un pincel y petróleo, colocar una pieza redonda nueva, apretar la tuerca y arrancar la fresadora; la pieza redonda que él había colocado acabaría siendo una rueda dentada que después usarían en la Maschinenfabrik para construir telares.

El trabajo era rutinario, pero bien pagado y no mataba. Pepe consiguió descifrar el tiempo que las máquinas necesitaban para fresar cada rueda dentada y el orden de las paradas; eso le permitió conseguir breves periodos de tiempo libre. Así empezó a aprender alemán y a pasearse por el taller hablando italiano con los inmigrantes sureños: yugoslavos, italianos, españoles, portugueses... Los trabajadores alemanes le reprochaban: "Immer spazieren" (Siempre te paseas).

Conoció a Bárbara durante una salida al pueblo. Era delgada, lucía larga melena rubia, ojos azules y gafas de estudiante; una linda adolescente nacida en la Suiza alemana, hija de un profesor de francés, algo libertina. Con ella tuvo sus primeros revolcones sobre la hierba, al atardecer, en las afueras de la ciudad y sus primeras conversaciones en francés y en italiano. Bárbara le pidió que en público hablara solamente en francés porque el italiano era una lengua que sólo usaban los inmigrantes, muy despreciados en el cantón alemán de Suiza.

En la fábrica conoció a Juan Carlos, un indio de la Pampa argentina muy alto, espigado, moreno, nariz aguileña, cabello negro lacio hasta la cintura, que había trabajado en un barco transportando caballos por el Mar Negro. Quería ahorrar para regresar a su tierra natal. Ahora trabajaba de día en la fundición de la Maschinenfabrik; por las noches fundía sus ahorros consumiendo bolas de opio. Pepe recibió, meses después, un paquete desde Argentina con una breve nota cariñosa y una Biblia con dedicatoria. También conoció a Félix, un joven estudiante de medicina que se sentía acosado por el Opus Dei; años después llegó a ser gran eminencia en Salamanca, España. Y a dos estadounidenses desertores de la guerra de Vietnam adictos a la marihuana que siempre caminaban cabizbajos empujando, bajo la lluvia, la carreta cargada con escoria de la fundición.

3.La tibetana

Pepín bajaba temprano hacia los talleres para empezar su jornada laboral, despacio; ella subía, despacio, para limpiar los edificios de los dormitorios. Se cruzaban cada mañana sobre el verde prado de la fábrica, en la mitad del camino que unía los talleres de la Maschinenfabrik con los dormitorios para inmigrantes. El susurro del riachuelo con aguas cristalinas ponía música; la enorme bandera roja con la cruz blanca (bandera de Suiza) ondeaba siempre en lo más alto, cerca del cielo. Se cruzaban cada mañana: una mirada cómplice, una sonrisa... Ella era alta, de cabello negro, de piel morena oliva, de ojos chillones rasgados y un par de grandes razones por delante; con una sola mirada, sentían "la primavera" en sus cuerpos. Ella, tibetana, tenía 10 años más que Pepín; era una mujer bonita y adulta; él era apenas un adolescente.

Una mañana de sábado, cuando Pepe tenía descanso en el taller, las hormonas pudieron más que las neuronas: sus pies le arrastraron hacia el segundo piso de los dormitorios. Pareció que ella le estaba esperando en el pasillo con los brazos abiertos. Se miraron a los ojos, se abrazaron fuerte, se besaron. Ya en la habitación, con la puerta aún abierta, Pepe sintió el fuego de los pechos que le quemaban el alma. Otra mujer tibetana mucho mayor, quizás la madre o la suegra, hacía guardia discreta: una señal de alarma interrumpió los roces. Fue el primer roce amoroso de Pepe con una mujer madura. La buscó muchos días; nunca la encontró, nunca más volvió a verla.

Eran treinta estudiantes universitarios venidos de todas partes del mundo para cubrir los puestos de trabajo que otros emigrantes habían dejado libres por las vacaciones de verano. Martín, el único chileno del grupo, con piel muy blanca y cabello rapado, destacó el once de septiembre de 1973; nos despertó con gritos histéricos: ¡Están bombardeando el Palacio de La Moneda! ¡Están bombardeando el Palacio de La Moneda! Martín gritaba de alegría en el patio de la fábrica; fue el único que gozó tras ser bombardeado el Palacio de la Moneda en Santiago de Chile y luego ser asesinado Salvador Allende; era militante del conocido grupo ultraderechista Patria y Libertad; a partir de ese momento todos, todos, le retiramos la palabra.

Acabó el verano, caducaron los contratos de trabajo, caducaron los visados, todos abandonaron Suiza en setiembre. Pepe, mientras comía en un supermercado de Zúrich, con los dinerillos ahorrados en su bolsillo, decidió emprender viaje hacia Estocolmo, en autostop.

Nota

1 La Brigada Político-Social en la dictadura de Franco.