Hace días me encontré con un artículo de un escritor de la talla de Marcelo Figueras (confieso que me gustaría escribir de una forma similar a él). En su ensayo, nuestro amigo hace un análisis de un disco de Bruce Springsteen; lo deshoja y desarma cada una de sus canciones, sin escindirse del contexto personal del artista, y en su analogía lo proyecta a la sociedad actual argentina.

Y confieso que el escrito de Figueras viene como un nexo y disparador a muchas ideas que me atraviesan en estos momentos, en esta realidad que nos golpea a todos, en mayor o menor medida. Y he tratado en este artículo de unir y expresar todas mis inquietudes, algunas un tanto crudas y otras asadas.

Si bien el ensayo que menciono hace una extrapolación de un disco de un gran músico con su contexto no solo personal, sino también la realidad de una coyuntura social, económica y cultural en una Norteamérica golpeada. Con medidas neoliberales implementadas durante la presidencia de Ronald Reagan, medidas que se asemejan a las implementadas en nuestros días en Argentina, que socavan el futuro; son como estar en la copa de un árbol (imagínense un arce, me gustan los arces) y ver cómo van hachando un tronco fuerte, de raíces profundas y muy asidas al suelo, rico, lleno de nutrientes, y no hacer nada más que observar cómo saltan las astillas sabiendo que en cualquier momento se viene abajo todo: vos, los que están con vos, todo lo que se construyó caerá con todo el peso de la realidad.

Iré acomodando todas estas ideas.

El mundo avanza muy rápido. Estamos inmersos en una vorágine constante donde los conflictos geopolíticos y los avances tecnológicos hacen estragos y trastocan las vidas de todos los habitantes del planeta. En estos momentos —en que estoy escribiendo—, Irán fue atacado por Estados Unidos. Y Argentina tiene una economía tan volátil y frágil que el precio del barril de petróleo está aumentando; seguro que en los próximos días los precios se disparan en todos los productos y servicios, y ya estamos golpeados. Agarrate Catalina.

Las redes sociales han minado la capacidad de comunicación entre las personas. Digo que hay tanta información, pero tanta, que no podemos procesar ni seleccionar todo eso; nos quitan tiempo y nos arrebatan la atención, tanto que estamos cada vez más desinformados, sumando las estrategias de las «fake news» que contribuyen a la confusión general, a un pandemónium desaforado, nos llenan de ignorancia. Es un irónico oxímoron.

Además, la dinámica de muchas redes brinda un lugar para que muchos podamos expresarnos para bien o para mal. Muchos hablan sin saber, pero, sobre todo, como dice Santiago Bilinkis: el algoritmo se nutre del enojo, de todo aquello que genera malestar o indignación; eso es entrar en una espiral a la que aún no vemos ni sabemos qué hay un poco más abajo.

La política convencional entró en una decadencia monumental y en una solemne estupidez y condescendencia. Una especie de necedad de profetas y de chantas agoreros. No tengo respuestas certeras a ello, pero sí creo que uno de los factores importantes es que muchos políticos se dejaron llevar por la espuma del poder, de bañarse en un sistema tan podrido por dentro que no sabemos cuándo caerá por peso propio, como un castillo de naipes. Muy parecido a los momentos en que Springsteen compuso su disco Nebraska.

Desde la crisis del 2001, que nos golpeó a muchos argentinos, vengo construyendo mi subjetividad y mi mirada política desde mi realidad en ese tiempo como un pibe que fue creciendo y viendo, con errores y aciertos, la política de nuestro tiempo. Hoy puedo ver hacia atrás y comprender muchas decisiones que se tomaron tiempo atrás, cómo muchas ayudaron al crecimiento de mi país y cómo otras solo generaban caos o eran solo en beneficio para un sector de la sociedad, una burguesía bastarda. Puedo ver cómo ese sector de la sociedad argentina que ostenta el poder político se sumerge en el fango solo por intereses personales o empresariales.

El poder se construye con riqueza y se retroalimenta. Y veo con temor y no sin cierta pavura que todo lo que se construyó de bueno en los últimos años y que este gobierno siervo (alineado a la política de EE. UU.) han retrocedido en materia de muchos derechos adquiridos (laborales, derechos de los jubilados, en área de discapacidad, en universidades, en la estructura de científicos como el Conicet), destruyendo con el simple hecho de desfinanciar esos ámbitos.

Hay días en que navego mar adentro lleno de preguntas; no importa el frío ni la lluvia y, en momentos de tormentas, intento asirme a valores y creencias que me inculcaron mis padres y también de experiencias, libros significativos; algunas veces con algo de fe y otras con algo de razón; y es allí donde encuentro el calor y la valentía para transitar la vida: la familia, los amigos, la pareja.

Pienso que la resistencia a estos días reside en achicar nuestros núcleos, plantar nuestras semillas desde lo más cercano, como construir mejores vínculos, más fuertes. Alejarse de las redes y enfocarse en uno mismo. Ser mejor amigo para mis amigos, mejor pareja para mi compañera, ser mejor escritor, mejor fotógrafo o escalador; ser mejor persona para los demás, por mí y para mí. Esa semilla se hará tallo y luego planta para luego árbol, tener buenas raíces y que polinice el suelo alrededor. Y por qué no, imaginemos un roble.

El escalador Arno Ilgner, en su libro Guerreros de la roca, aconseja una estrategia para poder visualizar cómo uno puede ver qué actos realiza y cuáles no, cómo avanzar o cómo es que no se habla a sí mismo. Ese sencillo acto de introspección me ayudó a indagarme constantemente y el hecho es situarse como testigo de nosotros, testigos de nuestros actos o pensamientos: ¿por qué pienso o por qué hago esto? Una vez allí, puedes analizar los mejores pasos sobre cómo continuar la vía, la vida.

Se puede resistir, se puede construir, pero desde la colectividad. Como el mensaje del Eternauta: nadie se salva solo.