El año 2026 es uno de esos hitos temporales arbitrarios que, en el ámbito del desarrollo, nos gusta utilizar para fijarnos nuevos propósitos con el fin de abordar, de una vez por todas, los problemas del subdesarrollo (o del mal desarrollo, si se prefiere) en el mundo. Pero la década que tenemos por delante no tiene nada de mágico. En el ámbito del desarrollo, los avances decisivos son poco frecuentes y , mucho menos, se producen en fechas redondas. Yo diría que no se logrará ningún progreso en la próxima década a menos que introduzcamos cambios importantes en la forma de pensar y trabajar en materia de desarrollo.
Aunque, comprensiblemente, existe la tentación de mirar el lado esperanzador de la nueva década, es probable que la realidad sea dura. El aumento de las tensiones entre Oriente y Occidente supondrá, en su mayor parte, cambios que no favorecerán a los países empobrecidos del Sur. Hace tiempo que los dividendos de paz quedaron en el olvido en los resultados de las conversaciones de desarme en el Norte. El rearme se está extendiendo ahora tanto a los conflictos regionales como a los nacionales, lo que contribuye, de forma preocupante, a los peores problemas de subdesarrollo del planeta.
Además, los actuales reajustes económicos y políticos mundiales no son los necesarios para favorecer inequívocamente a los pobres y hambrientos del mundo. Si a esto le sumamos la falta de consenso sobre las reformas medioambientales globales, obtenemos una imagen de nuestro fracaso global en la búsqueda de soluciones a nuestras preocupaciones más acuciantes en materia de equidad e igualdad, todas ellas relacionadas con los cambios sociopolíticos necesarios que no se están produciendo ni alcanzando.
Tomemos como ejemplo la lucha contra el hambre. No podemos sino sorprendernos de que los expertos afirmen ahora que estamos ante un gran avance, porque “ya hemos descubierto las causas reales del hambre”. ¿Dónde han estado todos estos años estos expertos, entonces, que les ha tomado hasta ahora descubrir estas causas que subyacen desde tiempos inmemoriales? Quienes padecen hambre podrían habernos dicho hace mucho tiempo cuáles eran los problemas…
Cabe preguntarse, pues, de qué se nos puede acusar a nosotros, los trabajadores en desarrollo, en relación a todos estos años de ‘estancamiento y deterioro’? No necesariamente por falta de compromiso, ni por mediocridad; tampoco por falta de profesionalidad. Espero que no sea cinismo, aunque no siempre estoy seguro…
Pero creo que sí se nos puede reprochar la rigidez de nuestros enfoques; nuestra complacencia con el statu quo; nuestra falta de crítica ante la ausencia generalizada de avances; nuestra ingenuidad política o —más probablemente— nuestra decisión de no involucrarnos en los aspectos políticos de todo esto. O, además, se nos puede acusar de seguir adelante sin espíritu crítico para hacer algo y acabar de una vez con los problemas del mal desarrollo; por no resolver los problemas con audacia utilizando enfoques viables acordados en conjunto con quienes deben vivir con nuestras decisiones; por nuestro enfoque paternalista (patriarcal) y etnocéntrico. En resumen, no podemos eludir nuestra parte de la culpa.
Un enfoque minimalista domina nuestra filosofía de desarrollo, resultado de nuestra obsesión por afinar el enfoque de las intervenciones con las que elegimos abordar las cuestiones de desarrollo. Muchas de estas intervenciones, especialmente las de las Naciones Unidas y las ONG internacionales, contribuyen principalmente a documentar y registrar la gravedad de la situación.
Estas estrategias minimalistas —que siguen predominando en 2026— se centran en hacer lo ‘factible’ y, por lo tanto, aplican una ‘mentalidad de brocheta” (o ‘pincho’ de carne), como la denominó un destacado funcionario de las Naciones Unidas. Este enfoque considera los diversos problemas del mal desarrollo como si fueran acontecimientos dispersos, unidos por la tragedia. ¡Pero los trozos no son el problema en sí mismos! Es el pincho que los une el que representa la suma de las limitaciones estructurales que perpetúan el ciclo de pobreza e impotencia, a la base de todos los problemas de salud, malnutrición y otros que representan cada uno de los trozos del shish kebab.
Sí, es este enfoque minimalista el que domina nuestra filosofía de desarrollo, resultado de nuestra obsesión por afinar el enfoque de las intervenciones —en su mayoría, actividades de prestación de servicios— mediante las cuales elegimos abordar las cuestiones de desarrollo. En este sentido, la falacia consiste en seguir concentrándonos en los trozos del shish kebab como las únicas alternativas separadas y factibles; quiero recordarles que abordar los problemas estructurales del pincho también es factible! Pero solo en la medida en que nosotros, junto con las víctimas del mal desarrollo, concentremos nuestros esfuerzos y energías en hacerlo, ya que estos problemas no desaparecerán por sí solos. Ahí radica el verdadero reto para los próximos 10 años.
La cuestión de cómo podemos trabajar juntos de manera más eficaz para dar prioridad a una lucha sin cuartel contra el subdesarrollo ya no puede plantearse de forma aislada. Debemos preguntarnos si estamos dispuestos a abandonar gran parte de lo que hacemos actualmente como profesionales e instituciones del desarrollo y avanzar de forma más decidida, con los beneficiarios, actuando como titulares de derechos, hacia nuevas direcciones con mayor potencial para hacer mella en los problemas crónicos que se perpetúan a sí mismos en el mal desarrollo.
Mirar hacia otro lado o, a partir de ahora, seguir actuando como siempre para ofrecer más de lo mismo, aunque sea ‘mejor enfocado’ (como parece exigir el estado de ánimo actual), no servirá de nada. No podemos olvidar que el próximo hito temporal marca el fin de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) en nuestra civilización, una civilización que durante tanto tiempo ha perseguido prioridades de desarrollo equivocadas.















