Óscar abrió la puerta del auto y la miró; era un cuerpo sin alma, un volumen de carne imposible de levantar. Se la echó a la espalda y se convirtió instantáneamente en un jorobado con las rótulas a punto de salir disparadas como misiles. Todo ese heroísmo era inútil. Ella resbaló con la consistencia y densidad del lodo, cayó al piso, igual que los miles de años de historia de intentos fallidos de la humanidad.
Fijó la mirada en su objetivo, el segundo piso de la casa. El plan requería ascender por una escalera de caracol, una espiral tan compleja y retorcida como el ADN de ambos. Fue precisamente esa distracción, por la ensoñación de creer que podría comprender lo indescifrable de la vida, lo que desencadenó la catástrofe. El cuerpo de la joven se le escurrió de la espalda y rodó ladera abajo con una agilidad envidiable, usando su cabeza para testear la pésima calidad del pavimento mientras las rocas sueltas le granizaban en la cara en un azote rítmico que ella, a juzgar por su inercia, parecía disfrutar.
Corrió detrás de ella, tropezando y enredándose en este espiedo acelerado hasta que mutaron en una compacta pelota de carne humana. Aturdido por el impacto, Óscar no sabía si la culpa era su torpeza o la inercia suicida de la joven.
Sin entender muy bien quién rescataba a quién, la tomó por los tobillos y empezó a arrastrarla, sintiendo cómo sus caderas se desarticularon. Ese metro cincuenta perdió su rigidez ósea, estirándose hacia el suelo como una plastilina derretida por el sol. Su cuerpo y su ropa pasaron a cumplir una función ecológica: un trapeador macizo que desmalezaba el pavimento municipal. Ante su falta de pulso y reacción, Óscar sintió un alivio: qué gran cortesía de su parte, desmayarse justo cuando él necesitaba tiempo para mejorar su estrategia.
De trapero doméstico ascendió a fósil. Ella era la roca y él, un Sísifo entusiasmado con su propia condena que él mismo estaba financiando. Era un voluntariado inútil e interminable: rescatarla de una herencia de miseria que su familia custodiaba como patrimonio cultural. Podía distinguir la diferencia entre un trozo de carbón y el carbono que con algo de presión y temperatura reorganizará sus átomos hasta convertirse en un diamante, una poeta. Óscar creía haber encontrado una sensibilidad gemela, un superpoder capaz de transformar la miseria circundante en una pieza de arte.
Ella tendría otro futuro superior al de una simple máquina paridora de repuestos generacionales; pariría por libre elección y no por un vacío existencial. Ella era su proyecto de redención; crearía ese oasis financiero que le permitiese asegurarle que de la poesía se puede vivir. Una mentira que esta vez le diría sin parpadear. Su ceguera le impedía ver que eran dos rocas las que estaba cargando: la de Sísifo y la de una paternidad defectuosa, llena de muchos errores. Finalizado su delirio, esa desviación del surco de la realidad por un momento regresa al cuerpo inconsciente de la joven.
Cuando por fin logró dejarla en la puerta, sus familiares espantados la encontraron en coma etílico. No entendieron qué le había pasado. Se suponía que había estado en el colegio todo el día. En el hospital nadie le creyó a Óscar que no le había hecho nada, que su intención era ayudarla. Todo empeoró cuando le preguntaron a ella si recordaba algo. Dijo tener vagos destellos de ese día, como que había ido a un encuentro de poesía. Le preguntaron si había tomado alcohol; ella dijo que sí. Una negligencia de parte de él, que un profesor dejase que una menor de edad, de quince años, tomara bajo su tutela. Para empeorar las cosas, el equipo médico vio las marcas en el cuerpo: moretones y heridas que Óscar no supo cómo justificar. Defenderse no era su habilidad; su estilo siempre había sido hacerse daño a sí mismo. Esa era su forma de responderle al mundo lo que no podía expresar cuando la frustración e injusticia le quitaban las palabras que tanto respetaba.
En el colegio, horrorizado por su desprecio a los protocolos, lo removieron de su cargo. Su hija, cuando se enteró de este asunto, le prohibió cualquier contacto hasta que se rehabilitara psicológicamente. Sin empleo y con el destierro de su hija, Óscar se subió al auto y manejó hasta el supermercado. Su plan para enmendar el daño era comprar algunos alimentos para la familia de la menor. Su mente colapsada solo logró parir esta idea para enmendar la tragedia: disculpar una irresponsabilidad criminal regalando bolsas de arroz y enlatados.
Hay que imaginarse a Sísifo feliz.
(Albert Camus)
Randy, una exdeidad de la lucha libre, inauguró su era de humillación laboral en un supermercado al ponerse la malla protectora para el cabello. Entendió el peso del rito: no se estaba vistiendo para trabajar sino disfrazando su derrota. Frente al espejo, embutido en una pechera de hule que parecía un babero de ejecución, rezo un sinsentido al vacío. Su agnosticismo solo le alcanzó para pedir que ningún fanático descubriera su nueva identidad.
Atrás quedaban años de sobredosis calórica, hipertrofia muscular y el feliz despilfarro que le exigía la demandante fama. El emperador y filósofo, Marco Aurelio, se habría inspirado no en su propia tragedia para escribir sus meditaciones, sino en Randy; él sería el antímodelo para todo aquel que busca moderación, austeridad y control racional por sobre los deseos. Pero ¿qué iba a saber el viejo ex chico dorado cuyo cerebro era un laberinto de cuerdas flojas imposibilitado de procesar la existencia de un mundo fuera del cuadrilátero?
Detrás del vidrio empañado por una densa capa de grasa fría, los clientes se amontonaban como monstruos borrosos, pero él se sintió igual que ellos, solo que él llevaba una redecilla en la cabeza como corona. Su vida convertida en un bucle mecánico: escuchar, rebanar, pesar, envolver, etiquetar, entregar y sonreír. En ese purgatorio, el único consuelo en la fiambrería era sentir el perfume idéntico al sudor que brotaba en la lucha. Le recordaba esa coreografía salvaje de golpes mutuos, un intercambio entre lo pasivo y lo activo donde los puños sustituyen las palabras. Ahora, en su realidad patética, la violencia máxima de la jornada se limitaba al acto de despellejar la envoltura plástica del jamón de oferta.
Llevaba un mes tragándose el orgullo. Soportaba esta lobotomía moral porque era el primer paso para mostrarle a su hija y a su propio espejo que podía ser un hombre nuevo. Finalmente, rebanar embutidos era el analgésico perfecto para dirigir la peor de las traiciones: dejar la máscara y la cabellera en el ring. Su propia hija lo tenía con los hombros en el suelo. Randy había resbalado al piso por culpa del piso jabonoso. Cuando se puso de pie, era el turno de Óscar.
—¿Habrá alguien a quien le pertenezca este empleo? —pensó el poeta, compadeciéndose del fiambrero.
De cerca pudo leer el nombre en el delantal: Randy. Con la precisión de un catador humano, reconstruyó su vida en un parpadeo: un origen miserable, nulas oportunidades y resignado a quedar detrás de este mostrador. Sin embargo, su musculatura lo hizo dudar de esta interpretación. Sus brazos musculosos exhibían venas tensas como cables tensos bajo la piel, herencia de entrenamientos y una vida sin descanso. Sus manos nudosas no sujetaban el jamón; lo dominaban como un rival vencido.
Ellos dos eran opuestos absolutos. Mientras él era un poeta que usaba las palabras para esculpir cómo debería ser el mundo, Randy carecía de un propósito que mereciera la pena su existencia más que sumar a la cifra de la población mundial. ¿Cuál era la trascendencia de este luchador libre? Su cuerpo, una vez desgastado, volvería a la tierra como abono. En cambio, la poesía, el arte pueden permanecer por siempre como una huella, recordándonos que el alma humana sigue de pie. Un poeta y un luchador no podrían enfrentarse en una pelea; sería siempre desigual; él vencería. Él simbolizaba el ascenso al cielo; Randy, la caída a la tierra. Ese triunfo le ardió el pecho; pensó que era por haber cargado a Yurlady por esa escalera. No supo diferenciar el dolor muscular del despertar de la conciencia, en especial estando con resaca de la noche anterior.
—Un cuarto de jamón de pierna acaramelada y un cuarto de jamón ahumado— pidió el poeta, como si hubiese alguna diferencia entre esos pretenciosos apellidos. Randy hizo un juego con los bultos para ver si él reaccionaba. Chocó los puños contra las manos finas, pero no tuvo respuesta. Óscar no entendió el juego ni reaccionó a la provocación. El luchador, al ver que no era de su categoría, desistió. Le dejó caer un cuarto de kilo en cada mano, como quien equilibra la balanza de la justicia. Se ajustó la malla del pelo. Sus dedos gruesos se atascaron en la red. Dio un tirón brusco que hizo que un mechón rubio cayera al rostro, revelando su identidad, igual que la carne que queda expuesta cuando un disfraz demasiado pequeño comienza a descoserse.
El poeta continuó observándolo. Randy seguía rebanando jamón mecánicamente, disociado, envenenado en su miseria. Este Sansón de supermercado era esclavo de su vanidad, eternamente bronceado con una melena rubia que envidiaría cualquier mujer sincera. Su cuchillo pasaba por el bloque de carne prensada, un bloque de químicos y colorantes artificiales. Al final, ese embutido industrial era el reflejo de su moral, una masa, moldeable, falsa y con fecha de caducidad.
En un mundo espejo, una realidad paralela e invertida, Randy sería el maestro cortador de jamón ibérico, un escultor de carne, que respondería solo al ser llamado artista, experto o profesional. Se tomaría tres horas para transformar el acto de rebanar jamón en un viaje sensorial que llevaría al éxtasis a su público hambriento, cincelando con precisión a un cerdo pata negra de pedigree puro, alimentado exclusivamente de bellotas. Pero la realidad en la que vivía Randy era un mundo opaco, un agujero negro que lo había absorbido hasta dejarlo sin sentido. Darse cuenta de que estos mundos no podían existir juntos le dolió más al poeta que al luchador, que se limitó a pegar la etiqueta en el paquete y luego iniciar su juego, probando con otro cliente sin abandonar la ilusión de encontrar a alguien capaz de enfrentarlo. Una vez más, nadie entendió su intención. El poeta sí, esta vez mirándolo desde la distancia que permite descifrar códigos sociales; antes de llegar a hacer un zoom in a sí mismo.
La publicación de un par de poemarios le dio a Óscar un éxito tan fugaz como embriagador.
Aferrado a la ilusión de pertenecer sólo al mundo de las letras, se negaba a aceptar empleos que no fuesen la escritura, con la esperanza de revivir sus días de gloria. Llevaba años cesante, y esa inactividad lo iba destruyendo. Sus voces internas eran termitas dentro de él, carcomiendo su alma y huesos; por eso se caía a diario, empujado por el alcohol que bebía para anestesiar a esos malditos insectos molestos. El luchador también había tenido un periodo de gloria, pero los años le estaban pasando la factura con los dolores físicos y demasiados amos a quienes contentar. Si la vida los hubiese enfrentado en un ring, Óscar y Randy, ambos estarían en la misma categoría: la de hombres rotos por su propio pasado.
Noqueado en su cama, Óscar escuchó el timbre de la puerta. Se levanta y camina arrastrando la derrota. Encuentra en el suelo una libreta azul metalizada que reconoce. Tiene la textura de la piel de una serpiente bajo la luz de la noche. Recordó la librería donde la había comprado; para él era la más bella y se la regalaría a su hija. Esta confesión dejó inmune a la vendedora que se limitó a preguntar: —¿Efectivo o tarjeta de crédito? Óscar abrió la libreta y leyó el mensaje de Yurlady, aquella estudiante de poesía que idolatraba sus uñas postizas más que el sueño de una vida mejor. En la nota le aclaraba que ser poeta nunca había sido su vocación, que prefería la vida a la que estaba destinada, y le agradecía lo que había hecho por ella. Óscar cerró el cuaderno. Más tarde, en una cafetería y con el orgullo de llevar tiempo limpio de alcohol, se reúne con su hija. Le entrega la libreta y se va.
A pocas calles de ahí, Randy llega a la puerta donde vive su hija para disculparse porque no llegó a la hora acordada. La noche anterior se había entregado a una tríada de placeres fugaces: alcohol, drogas y sexo. Cuando se despertó, el reloj le había ganado la partida. Su hija le cierra la puerta encima de la cara, dejándolo a solas con su resaca y su tez anaranjada de solárium que simulaba una juventud tan falsa como sus disculpas. Esta fue la última frase que le dijo ella: «No quiero volver a verte».
Abatido, Randy camina hacia su última pelea: un suicidio anunciado. Solo importan las apuestas. En el cuadrilátero lo están esperando sus rivales, todos más jóvenes que él. Comienzan las apuestas; para alentarlo, le pasan unos billetes en cada mano para que se entusiasme y lo dé todo. Randy los aprieta para animarse. Entre el público está Óscar, que lo reconoce. Detrás de ese rostro, convertido en una máscara inexpresiva por el bótox, el poeta logra ver sus ojos; su mirada sigue viva, aún respira su alma. Al ser descubierto en su vulnerabilidad humana, Randy se desconcentra y recibe un golpe potente, cayendo al suelo.
En el umbral lo vigilaba la mujer que descubrió tarde su amor. Había ido a ofrecerle dejar el striptease, que aceptaba ser rescatada por él y tener una vida juntos. Su silueta a contraluz en la puerta es una presencia que grita silenciosamente que abandone el cuadrilátero, pero él ya estaba sordo a este romance. Era tarde para ser dos; su única obsesión era el perdón de su hija. Acomoda su cabello y abre los brazos exhibiendo los puños cargados de billetes. Ella se va; no quiere presenciar su aniquilamiento. Randy salta y cae al vacío, transformándose en abono como presagió el poeta.
Óscar mira hacia el suelo y ve el abismo en los pequeños cuadriláteros que dividen el piso del hospital. Su madre, la única mujer incondicional durante su vida, muere. Sin levantar cabeza, avanza hundido en su dolor. Su hija camina hacia él y lo rodea con sus brazos. Es un abrazo que lo sostiene y rescata igual que un manto etéreo. Ella había leído el mensaje escrito por Yurlady en la libreta. Tras un largo invierno de silencio, Óscar vuelve a escribir:
Heme aquí, un hombre anticuado dinosaurio
portador de agravios
merecedor de condenas
frágil soñador
mas no pierdan su fe en este poeta triste
que está intentando escribir
un poema feliz.
El nombre Yurlady significa fiel, talentosa y de gran seguridad. Aunque esto no aparece explícito, es un anglicismo, un préstamo lingüístico. Es una adaptación fonética de la expresión Your Lady que se traduce al español como tu mujer.
Referencias cinematográficas
Un poeta. Director: Simón Mesa Soto.
The Wrestler (El luchador). Director: Darren Aronofsky.















