Más allá de la oposición en los discursos y programas políticos, de las cátedras y textos de las ciencias sociales y del debate de mejores mentes que la mía, el modelo político, económico y cultural que llamamos neoliberalismo se mantiene como el centro neurálgico de nuestra cultura. Los mismos actos de resistencia contra el sistema nos amarran más al mismo, pues necesitamos los recursos y tiempos que él nos ofrece, en una época en que toda necesidad humana, incluso la necesidad de resistir u oponerse, puede empacarse, comercializarse como un commodity. El neoliberalismo todo lo comoditiza. Es la jaula perfecta, inescapable.
Y así, recordando a Walter Benjamin, nuestro modelo es una religión sin dios; un culto sin dogma ni ética, solo el rito de producir, consumir: producir para seguir consumiendo hasta el día en que la muerte nos alcance. Sus profetas o místicos son Friedrich Hayek, Milton Friedman, Ludwig von Mises, James Buchanan, Robert Nozick y Ayn Rand. Una religión totalizadora que coexiste con nuestra sociedad secular, que encontró en las empresas libres su iglesia, su expresión organizada.
La empresa libre moderna, resultado de la Revolución Industrial del siglo XIX, es la estructura social más eficiente en la producción y comercialización de bienes y servicios. Su capacidad para la consecución de utilidades para sus dueños e inversionistas y para entregar bienes y servicios (no necesariamente necesarios) a sus clientes es indudable. Tanto así que no ha faltado el ingenuo o la buena conciencia que proponga que se aplique esta estructura a la resolución de problemas sociales en las llamadas “empresas sociales”. El principio de actuar del neoliberalismo se resume en la confianza en las capacidades y la moralidad de la empresa libre moderna, y los actuales populistas libertarios, desde Silvio Berlusconi, Donald Trump, Nayib Bukele, Javier Milei, José Antonio Kast y Abelardo de la Espriella, son muestra de cómo la cultura-culto del neoliberalismo se ha infiltrado en nuestros criterios y conductas políticas.
Y así como la Iglesia católica necesita sus seminarios para formar a sus sacerdotes, el neoliberalismo necesita sus escuelas de negocios para formar a sus Maestros en Administración de Empresas, MBA por sus siglas en inglés. El programa de MBA surgió en Estados Unidos durante la Revolución Industrial de principios del siglo XX. La Wharton School de la Universidad de Pensilvania se estableció en 1881 como la primera escuela universitaria de negocios y la Tuck School of Business del Dartmouth College ofreció el primer título de posgrado en negocios en 1900. El título oficial de MBA se lanzó en 1908 en la Harvard Business School.
Si bien desde su origen los programas de MBA han sido para las élites empresariales —aquellos que cuentan con los recursos o los contactos o las empresas o las capacidades para dirigirlas—, los criterios de decisión en los que forman a esas élites se han colado en el resto de la sociedad. Esta Sociedad MBA, que ve la vida completa como el ejercicio de la dirección de una empresa, tiene tres pilares fundamentales: la eficiencia como principal criterio de decisión y juicio, la vida como una férrea competencia constante y la absoluta y totalitaria comercialización. Principios como no desperdiciar tiempo, la constante capacitación o “desarrollo individual”, el cuidado y desarrollo de la marca personal, la necesidad del crecimiento económico y la funesta expresión “no dejar dinero en la mesa” marcan los modos en que hoy regimos nuestra vida, incluso los elementos más mundanos.
La sociedad feudal veía a las personas como siervos en un pacto de seguridad, fidelidad y trabajo con el señor feudal, de modo análogo al pacto entre la humanidad y Dios, mediado por la Iglesia. Por su parte, la modernidad pretendió liberar a las personas de todas las ataduras previas, para que, al dejarlas, se liberara toda la fuerza y el potencial del individuo para la transformación del mundo. Ahora, en los años del abandono del sentido y el monopolio del neoliberalismo, ya no somos ni siervos ni ciudadanos, sino agentes económicos, reducidos a consumidores y productores, clientes y proveedores; empresas individuales.
Peter Ferdinand Drucker (1909-2005), consultor y profesor de negocios, uno de los sumos sacerdotes de la Sociedad MBA y quizás el mayor pensador del management del siglo XX, publicó en 1990 Managing Oneself. En la época dorada del neoliberalismo surge en una única obra (gracias a Dios por la eficiencia) la síntesis del Deuteronomio, el Sermón de la Montaña y la Carta de Santiago: un manual práctico de conducta que insiste en que el éxito, única salvación posible, exige un profundo autoconocimiento y una autogestión activa. Cada persona debe identificar sus fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas; su forma de aprender, sus valores, su ventaja competitiva y su entorno de mayor contribución.
Las minempresas necesitan analizar su retroalimentación, escribir sus expectativas antes de tomar decisiones importantes y compararlas con los resultados reales meses después para descubrir sus fortalezas reales. También se sugiere, para todas las esferas de la vida, concentrarse en los puntos estratégicos, invirtiendo energía en llevar estas fortalezas de la competencia a la verdadera excelencia, alineando la vida a su ventaja competitiva.
En la Sociedad MBA es fundamental alinear nuestra toma de decisiones y marca personal a los tres pilares fundamentales:
La eficiencia como principal criterio de decisión y juicio: no vivas tu vida: optimízala. No pierdas tiempo viviendo: inviértelo. No preguntes si es bueno; pregunta si es eficiente.
La vida como una férrea competencia constante: corre, no importa hacia dónde; lo importante es no quedarte atrás. No tengas amigos: ten contactos. Convierte cada encuentro en networking y cada conversación en una oportunidad. Nunca eres suficientemente bueno: siempre hay alguien más joven, más rico y más exitoso.
La absoluta y totalitaria comercialización: todo tiene precio; lo que no tiene precio todavía no ha encontrado comprador. Ama lo que haces, siempre que alguien esté dispuesto a pagarte por hacerlo. Si amas algo, monetízalo. Tu cuerpo es tu capital. No tengas una identidad: construye una marca personal.
Los individuos cargados de derechos inalienables nos hemos vuelto empresas individuales, transformando así nuestras vidas completas en un commodity. Hemos sustituido la belleza por KPI, el ocio en áreas de oportunidad, una sonrisa en ventaja competitiva y la vida social en mercado potencial. Las virtudes ahora son competencias, el arte es identidad de marca y la literatura es fetichismo de leer N libros al año. Ya nadie busca el mar como lo describió Ismael y nuestra alma, desde el fondo de esa sombra que flota sobre el suelo minimalista del corporativismo veintiunesco, no podrá liberarse. ¡Nunca más!















