Cuando la violencia se ejerce y se pregona desde arriba —desde los puestos de un gran poder político, económico o mediático—, cualquier pequeña situación cotidiana se lee como una habilitación para que aquellos monstruos de a pie, que caminan diariamente por la calle encubiertos tras el ropaje de las buenas costumbres democráticas, vean una señal de luz verde para salir al mundo a desplegar toda su monstruosidad.

Nada es límite: todo es habilitación. Un entredicho en el tránsito, un problema técnico con algún instrumento, una mirada o un error de esos que cometemos habitualmente, puede llegar a ser el caldo de cultivo ideal que deja salir al monstruo. El clima de época es tal que, muchas veces, quienes nos consideramos personas volcadas hacia ideas progresistas nos vemos sorprendidas por los monstruos que brotan de nosotros frente a las situaciones más ridículas e irrelevantes. Y ahí lo vemos: un espanto que sale de uno mismo y que creíamos no tener.

Son partes de uno cuya monstruosidad desconocíamos. Pero ahí están: espantosas y acechantes dentro de una suerte de animalidad hobbesiana que se envuelve en capas y capas de frenos sociales que no las dejan salir. Y tardan en emerger porque la presión socializante y democratizante es fuerte. Aguantan valientemente los embates del exterior social hasta que las épocas cambian, la presión se vuelve cada vez más difícil de resistir, la violencia se cotidianiza y los monstruos empiezan a caminar tranquilamente por la calle. Se muestran orondos y orgullosos de lo que son, y se ríen de los que siguen ahí, enjaulados por los barrotes de las buenas costumbres.

Es entonces cuando lo peor que tenemos guardado, esa parte oscura que cualquier sociedad medianamente cohesiva aspiraría a contener en pos de la convivencia y del bien común, emerge y se vuelve parte del quehacer cotidiano. En ese mundo de anomia y violencia explícita, el otro se convierte automáticamente en un enemigo del que todo se sospecha. Se desconfía de sus actos y de sus intenciones. Y al más mínimo roce, todo se sale de control rápidamente.

Este es un mundo en el que los monstruos de a pie rompen sus cascarones y caminan mostrándose con orgullo porque, al fin, han podido salir del encorsetamiento que los contenía para ejercer la libertad que se pregona: insultando sin ningún prurito a quien se encuentra en inferioridad de condiciones y mostrándose crueles hacia quien ose cuestionar la viabilidad de un sistema social monstruoso. Pero por qué no hacerlo, si a los monstruos poderosos y gigantes parece irles muy bien haciéndolo.

Algunas son subjetividades excéntricas y grandilocuentes: monstruos voluptuosos y amenazantes, verborrágicos y de colores estridentes, que escupen al mundo expresiones de violencia extrema y discursos en los que se jactan de su capacidad destructiva. El gran monstruo naranja es uno de ellos; alguien que disfruta desplegar su poderío militar para perseguir minorías, vulnerar soberanías nacionales y hacerse de recursos que no le pertenecen.

Otros son monstruitos más pequeños que admiran a los primeros y quieren parecerse a ellos. Les expresan su fiel servidumbre y hacen lo posible por mimetizar su discurso con el de los monstruos mayores. Cada vez que encuentran la ocasión, escupen violencia hacia donde sea necesario: cualquier voz mínimamente disidente será objeto de burla y descalificación. A veces, incluso, se animan a cambiarles el nombre a sus archienemigos para que el mundo vea lo ridículos y minúsculos que son. Ellos también quieren mostrarse excéntricos, como sus ídolos, y ostentan peinados extravagantes de aires leoninos. Cada vez que tienen la oportunidad, estos monstruitos van en procesión a rendir culto a sus maestros y a demostrarles que su fidelidad sigue intacta. Su legado está muy seguro en sus pequeñas garritas.

Hay una tercera clase de monstruos que es quizás la más peligrosa de todas. Son los que podrían ser llamados “de guante blanco”: se muestran sobrios y moderados, e incluso podrían —no digo caminar por la calle, porque personas así no lo hacen, pero sí— pasar por un empresario o un político cualquiera. Estos seres, siempre ataviados con ropa formal de colores neutros y un corte de pelo tradicional, podrían ser un tío o un abuelo cualquiera. Sin embargo, silenciosos y extremadamente crueles, digitan la vida y la muerte de millones sin que se les mueva un pelo de su grotesco lomo. Son los monstruos que mueven los hilos globales mediante la extorsión y los actos más miserables.

En este ecosistema de horrores, el tejido social se encuentra profundamente fragmentado hasta un punto que, hace apenas unos años, no habríamos creído ni remotamente posible. Hemos pasado de una sociedad de la construcción social cohesiva a un grotesco desfile de crueldad y destrucción. De alguna manera, se ha vuelto a viejas prácticas de siglos pasados, pero con ropajes nuevos y más llamativos: con una estética extrema de colores estridentes y peinados animalescos. En esta nueva época, los grandes titiriteros del horror mueven los hilos con una frialdad quirúrgica mientras el mundo se vuelve un lugar cada vez más inhóspito y feroz. Y es aquí donde resulta fundamental lograr que nuestro propio monstruo, el que llevamos dentro, no termine por devorarnos a nosotros también.