Hay frases que envejecen y otras que esperan pacientemente el momento de volverse verdaderas. Durante años pensé que la ocurrencia de Roberto Matta —vender Chile y comprarse un país más cerca de París— pertenecía a esa categoría de ironías desmesuradas que sólo un surrealista podía permitirse. Se reía del provincianismo, de cierta timidez nacional, de la dificultad chilena para aceptar aquello que desborda la norma. Era una provocación brillante, una exageración destinada a incomodar.
Hoy ya no estoy tan seguro.
Hace unos días leí dos noticias. La primera anunciaba la creación de una plataforma de inteligencia artificial que permite conversar por WhatsApp con varios santos de la Iglesia Católica mediante una suscripción mensual. Dependiendo del plan contratado, el usuario puede intercambiar decenas de mensajes diarios con San Francisco de Asís, la Madre Teresa de Calcuta, San Pío de Pietrelcina, Josemaría Escrivá o Carlo Acutis. El cielo, al parecer, también descubrió el modelo de negocio de las plataformas digitales.
La segunda informaba sobre un proyecto de ley que obligaría, en la práctica, a las mujeres que solicitan una interrupción legal del embarazo a escuchar previamente el latido del corazón del embrión o del feto. Jurídicamente podrían negarse; en realidad, esa negativa impediría al médico realizar el procedimiento. La libertad permanecería escrita en el texto de la ley, mientras desaparecería en los hechos.
No me interesa discutir aquí: la fe ni el aborto. Mucho menos decidir quién tiene razón. Las dos noticias me llamaron la atención por otro motivo. Leídas por separado, pertenecen a universos distintos; juntas, en cambio, parecían revelar un mismo paisaje cultural. En ambos casos existe la convicción de que incluso aquello que durante siglos perteneció al territorio incierto de la conciencia puede ser administrado mediante un dispositivo, un protocolo o una aplicación. La experiencia humana deja de ser un espacio abierto para convertirse en un procedimiento.
Sin embargo, lo que más me inquietó no fueron las noticias en sí mismas. Fue al descubrir, al terminar de leerlas, que tenía la sensación de que ambas pertenecían al mismo relato. No porque hablaran de lo mismo, sino porque parecían expresar una idéntica necesidad de organizar aquello que durante siglos había permanecido fuera de toda administración: la conciencia, la fe, el dolor, la intimidad. Cerré el diario y pensé en ESE Chile. Me ocurrió algo extraño: las noticias habían dejado de interesarme como noticias. Habían comenzado a funcionar como metáforas. Y una metáfora, cuando aparece sin haber sido buscada, suele decir más sobre un país que una larga serie de estadísticas, discursos o programas de gobierno.
Fue entonces cuando recordé una observación de Raúl Ruiz. Decía que los chilenos mantenemos una relación singular con lo fantástico: las cosas más insólitas ocurren delante de nosotros y, sin embargo, rara vez nos permitimos que nos asombren. Hay en la frase una intuición que va mucho más allá del humor. Quizá el problema de Chile no sea el absurdo, sino la facilidad con que termina incorporándolo a la normalidad. Lo excepcional deja de ser una grieta en la realidad para convertirse, casi de inmediato, en parte del paisaje.
Ruiz nunca fue complaciente con Chile. Lo llamó un país intragable, pero esa dureza nacía de una intimidad profunda, de quien sabe que la crítica también puede ser una forma de pertenencia. En otra ocasión escribió que, siendo chileno, tenía derecho a criticar, precisamente porque era chileno. Esa aparente contradicción dice mucho sobre nuestra relación con el país: una mezcla de desencanto, afecto y perplejidad que resulta difícil explicar a quien no la ha vivido.
Tal vez por eso volví también a Matta. Eugenio Téllez escribió una frase memorable sobre él: “En Chile el artista vive pidiendo disculpas. Matta nunca se disculpó por existir”. Hay algo profundamente revelador en esa observación. Matta nunca aceptó reducir el pensamiento al tamaño de las convenciones nacionales. Su provocación de vender Chile no era un gesto de desprecio; era una manera de obligarnos a mirar aquello que habíamos dejado de ver. Los grandes artistas no suelen ofrecer respuestas. Cambian el lugar desde donde miramos las preguntas.
Con frecuencia se espera del arte una denuncia. Sin embargo, sospecho que su tarea es otra. El arte no denuncia: descubre. No inventa el escándalo; retira el velo. Como el niño del cuento de Andersen, simplemente señala aquello que todos tienen delante y que, por alguna razón, nadie parece dispuesto a nombrar. Después guarda silencio. El resto pertenece a quienes aceptan mirar.
Quizá por eso estas dos noticias terminaron interesándome, menos por lo que decían que por aquello que dejaban entrever. Dejaron de ser episodios de la actualidad para convertirse en indicios de una transformación más amplia. No me refiero únicamente a Chile. Toda época se delata en detalles que, al principio, parecen insignificantes. Hay momentos en que un hecho menor ilumina mejor el espíritu de un tiempo que un gran acontecimiento político. Sólo mucho después comprendemos que —aquello que parecía anecdótico— estaba anunciando un cambio más profundo.
No sé si Chile está cambiando más rápido que otros países. Tampoco sé si estas noticias anuncian una transformación duradera o si serán olvidadas dentro de unos meses. Lo que sí sé es que la vieja frase de Matta ha dejado de parecerme una boutade surrealista. Ya no la escucho como una provocación, sino como una pregunta. Quizá un país no comienza a venderse cuando privatiza sus empresas, entrega sus recursos naturales o convierte el territorio en mercancía. Tal vez empieza mucho antes, cuando pierde la capacidad de asombrarse frente a aquello que debería inquietarlo.
Las naciones no desaparecen solamente cuando pierden una guerra o cambian sus fronteras. También pueden desvanecerse lentamente mientras conservan intactos sus paisajes. El mar continúa golpeando las mismas costas. La cordillera permanece inmóvil. Los volcanes siguen respirando bajo la tierra. Los nombres de las ciudades no cambian y las banderas continúan ondeando sobre los edificios públicos. Todo parece exactamente igual.
Sin embargo, hay momentos en que uno sospecha que el verdadero paisaje de un país no está hecho de montañas, océanos o desiertos, sino de aquello que todavía es capaz de reconocer como intolerable.
Quizá de eso hablaba Matta.
Y quizá por eso, tantos años después, su ironía ha dejado de hacernos reír.
Porque el aviso ya no parece una extravagancia surrealista.
Parece una descripción.
Se vende lindo país con vista al mar.
No porque alguien quiera comprarlo.
Sino porque, tal vez, hace tiempo empezó a venderse a sí mismo.















