Bueno, volví a la fiesta a mi más completo estilo; me quité los tacones y caminé sin ellos porque no estaba dispuesta a volver a mi casa sin darme la oportunidad de disfrutar un poco de algo diferente.
Ese fue el momento que dividió mi noche en dos versiones completamente distintas.
Antes existía una versión de mí que estaba de mal humor, incómoda y peligrosamente cerca de decir un par de groserías que probablemente habrían quedado grabadas para la posteridad.
Después de ese instante apareció otra versión completamente diferente; una que se divirtió a su manera, conoció gente, se relajó, se rió y terminó regresando a casa satisfecha.
Lo más curioso es que la fiesta era exactamente la misma. La única que había cambiado era yo. Y eso me llevó a una conclusión bastante incómoda: durante años confundí la incomodidad con la experiencia.
La noche comenzó como comienzan muchas historias que parecen prometedoras. Me arreglé. Me puse un vestido interesante. Elegí unos tacones que, vistos desde cierta distancia, parecían una excelente idea. Y llegué a una fiesta de máscaras convencida de que iba a pasar una noche diferente.
Hasta aquí todo normal. El problema fue que aproximadamente treinta minutos después descubrí algo fundamental: tenía hambre; no un hambre elegante, no un hambre poética.
No, ese tipo de hambre que aparece en las películas cuando alguien dice con una sonrisa: “Creo que necesito comer algo”. No. Yo tenía hambre de verdad, de esa hambre tipo Snickers.
Esa que no solo afecta el estómago, sino que modifica la personalidad, altera el carácter y te convence de que todos los problemas del universo están ocurriendo exactamente en este momento y precisamente a tu alrededor. Ese tipo de hambre que empieza a transformar a cualquier ser humano razonable en una persona que considera seriamente declarar enemigos públicos a varios desconocidos que simplemente estaban teniendo una noche normal.
De repente la música parecía más fuerte; la gente parecía más molesta. Las conversaciones parecían menos interesantes. El evento completo empezaba a verse como una pésima inversión de tiempo. Lo fascinante es que en ese momento yo estaba convencida de que el problema era la fiesta, porque los seres humanos tenemos una habilidad extraordinaria para construir explicaciones filosóficas cuando el problema real es fisiológico. No pensamos: “Tengo hambre”; pensamos: “Quizá ya no disfruto este tipo de eventos”. O peor aún: “Quizá me estoy volviendo antisocial”.
Es increíble la cantidad de teorías existenciales que uno puede desarrollar cuando simplemente necesita cenar. Por suerte, antes de declarar oficialmente el fracaso de la noche, tomé una decisión bastante sencilla. Me fui a comer. Y aquí aparece un descubrimiento importante: yo no abandoné la fiesta, abandoné el problema que tenía estando en ella, y estas son cosas completamente distintas. Existe una tendencia extraña a pensar que cuando algo no funciona solo existen dos opciones: aguantar o irse. Pero aquella noche apareció una tercera posibilidad: modificar las condiciones.
Así que salí del evento y terminé en uno de esos lugares ubicados en lo alto de un edificio, con vista a toda la ciudad. Y mientras comía observando las luces, ocurrió algo extraordinario. Volví a convertirme en una persona agradable. La humanidad regresó lentamente a mi sistema. Mis pensamientos dejaron de ser hostiles. La vida recuperó sentido. Y lo más importante: desaparecieron las ganas de declarar enemiga personal a media población del planeta. Aquella cena probablemente evitó varios conflictos diplomáticos. Después de comer, me sentía mejor, mucho mejor.
Lo lógico habría sido regresar a casa. Después de todo, ya había salido, ya había cenado y ya estaba cómoda (bueno, algo más cómoda)… Pero algo dentro de mí dijo que no, que no estaba dispuesta a volver a casa sin darme la oportunidad de disfrutar algo diferente.
Así que regresé a la fiesta. Y fue entonces cuando comprendí que los tacones no eran un problema nuevo. Llevaban toda la noche intentando sabotear mi existencia; simplemente, hasta ese momento, yo había estado demasiado ocupada tratando de ser una persona civilizada para admitirlo, porque los pies ya me dolían desde hacía horas.
Me gustaría aclarar que no tengo nada personal contra los tacones. Admiro profundamente a estos seres capaces de utilizarlos durante horas, días, meses e incluso años. Sospecho que pertenecen a una subespecie humana distinta. Tal vez nacieron con ellos puestos. Tal vez salieron del vientre materno caminando con perfecta estabilidad sobre diez centímetros de altura mientras una enfermera las observaba con admiración. No lo sé; lo que sí sé es que yo no pertenezco a ese grupo selecto de seres mitológicos. Mi relación con los tacones se parece más a una negociación diplomática que a una historia de amor.
Lo que ocurrió después fue que el hambre desapareció y los tacones quedaron como únicos responsables visibles del desastre. Esa noche mis pies tenían una opinión bastante clara sobre el asunto. Cada paso parecía un grito asfixiado. En algún punto entendí que existían dos caminos: podía seguir sufriendo porque la elegancia así lo exigía, o podía comportarme como una persona sensata.
Elegí la sensatez; me quité los zapatos, los amarré por las tiras al bolso. Y emprendí el regreso a la fiesta caminando descalza. Todavía hoy me da risa recordarlo. Hay algo profundamente absurdo en la imagen. Una fiesta elegante, una máscara, un vestido bonito y una mujer caminando descalza por una de las calles de la ciudad mientras carga sus propios tacones como si fueran trofeos obtenidos después de una batalla particularmente intensa, a las 11 de la noche.
Y sin mentir, no sé qué fue más maravilloso, la libertad que llegó de manera inmediata, la celebración que tenían mis pies o el hecho de que mi humor mejoró todavía más. Sospecho que el hecho de que mis pies no me dolieran al día siguiente también podría ser otra de las alternativas.
Y de pronto descubrí algo que jamás me habían contado sobre la vida adulta: la comodidad desobediente también puede ser elegante; esta, simplemente, no aparece en las revistas. Durante años observé cómo muchas personas parecían convertir la incomodidad en una especie de requisito obligatorio para divertirse: zapatos dolorosos, ropa incómoda, eventos interminables, conversaciones que no quieren tener y planes que no disfrutan ,entre algunas cosas por nombrar, todo sostenido bajo una misma idea: “Es lo que toca”. Nunca entendí muy bien esa lógica. Porque si una experiencia te obliga a sufrir constantemente para disfrutarla, quizás el problema no seas tú.
Quizás el problema sea la experiencia o la manera en que aprendiste a vivirla. Cuando regresé a la fiesta, algo cambió; no todo, solo una pieza del engranaje nocturno. La música seguía siendo la misma. La decoración seguía siendo la misma. Las personas seguían siendo las mismas. Pero yo ya no estaba peleando contra el hambre ni contra los zapatos, y eso modificó completamente mi noche. Me relajé, conversé, me reí, conocí gente, observé, disfruté, hasta cabeceé del sueño. Entonces llegó el descubrimiento más importante de todos: yo nunca quise ser el alma de la fiesta y tampoco busco serlo en el futuro.
Existe una enorme presión social para convencernos de que hay una forma correcta de disfrutar los eventos. Parece que todos debemos convertirnos en personajes memorables, ser los últimos en irnos o los más reconocidos; ser los más divertidos, ser los más extrovertidos, ser los más visibles.
Pero aquella noche entendí que yo no pertenezco a esa categoría. Yo formo parte de otra mucho más tranquila, la categoría de las personas que simplemente quieren pasarla bien, y resulta que pasarla bien no requiere convertirse en leyenda urbana. Solo requiere estar bien. Suena obvio, pero en la práctica no lo es. Muchas veces sacrificamos nuestro bienestar para cumplir expectativas ajenas. Nos quedamos donde no queremos estar, usamos cosas que no queremos usar, aceptamos condiciones que no nos gustan y después nos preguntamos por qué no disfrutamos. La respuesta suele ser más sencilla de lo que parece: disfrutamos porque estamos ocupados sobreviviendo a otra expectativa.
Aquella noche aprendí algo que va mucho más allá de una fiesta. Aprendí que existe una diferencia enorme entre adaptarse a una experiencia y permitir que la experiencia se adapte un poco a ti. Y, honestamente, la segunda opción es mucho más divertida. La vida cambia cuando dejas de pensar que debes soportarlo todo para merecer disfrutar de algo. Quizá la verdadera madurez no consiste en aguantar. Quizá consiste en identificar qué necesitas para sentirte bien y tener el valor de hacerlo aunque parezca poco convencional. A veces eso significa salir a comer. A veces significa irte temprano. A veces significa decir que no. Y algunas veces significa caminar descalza por media ciudad con unos tacones colgando del bolso.
Aquella noche no descubrí qué tipo de persona soy en una fiesta; descubrí qué tipo de persona soy en la vida: soy la persona que primero come. La que se quita los zapatos. La que se replantea las condiciones. La que se da la oportunidad de ser honesta consigo misma antes de abandonar la experiencia. Sinceramente, después de tantos años creyendo que quizás era difícil de complacer, fue un alivio descubrir la verdad. No soy difícil. Estoy hecha en otro molde. Esa noche, solo tenía hambre y me dolían los pies, pero igual fue una gran noche.















