La crisis cultural del mundo bajo las doctrinas religiosas, políticas y económicas se manifiesta en los nacionalismos y regionalismos, con choques entre ellos que generan más odio y provocan conflictos cada vez más profundos: odio y guerra. Se presenta ante nuestro horizonte un mundo agitado y fragmentado ideológicamente. Un orden mundial donde las naciones del mundo dejan las reliquias del pasado, como la paz y la justicia que se albergaban en organizaciones normativas como la UNESCO, la OEA, la ONU, etc. Sin embargo, el presente choca con la desesperación, la realidad social, el oportunismo económico, el saqueo de los Estados, la pobreza, el hambre y las pestes, problemas que la humanidad enfrenta.
¿En qué lugar se sitúa la diversidad cultural de los localismos, provincianismos y nacionalismos dentro de la comunidad mundial en nuestro mundo actual? Para ello surge el derrotero histórico de las raíces de cada pueblo, que no es otra cosa que sus formas de vida, idioma, cultura y creencias, las cuales otorgan sus propias pautas culturales.
Entonces, la diversidad cultural como rasgo identitario de una etnia o raza es una fuerza que separa a un pueblo de otro, marcando sus diferencias a través de sus realizaciones culturales y, por tanto, de su tradición heredada.
Sin embargo, al plantear una integración de conocimientos no se estaría quitando la tradición para construir una ideología cultural más universal, abdicativa, como un lenguaje uniforme y común a la civilización mundial. Ejemplos de ello son las intervenciones en comunidades aborígenes para la socialización de la cultura contemporánea, o la conquista y el no reconocimiento de Palestina por intereses puramente económicos, intentando construir una unidad o pensamiento unificado sin considerar que se destruye la diversidad cultural.
Pensar un mundo plural reemplazado por un mundo de unidad ideológica como sociedad apropiada de la humanidad. Por tanto, no sería descabellado pensar que el problema de la diversidad cultural radica en querer asociarla a una civilización unificada. Dar comienzo a un pensamiento de ideología general acorde a nuestros tiempos. Aunque la mente individual del ser humano razona, selecciona y procesa ideas e imágenes, dicha arquitectura mental es el resultado de una acción de forma colectiva.
Quizás también resulta claro que el efecto de una voluntad divina recae no solo en el hecho de ser producto del embrujo de ella misma, sino en que, al serlo, la criatura existe por la propia causa de Dios. Nada nos impide afirmar que Dios existe desde la misma creación. Por tanto, no sería oportuno comparar el inicio de todas las criaturas con el tiempo en el que se dio su existencia. Pues Dios, como eternidad, no resulta necesario conocer su creación, ya que ha existido en el pasado de todos los tiempos, en el presente y en el futuro. De este modo, el mundo pudo haber existido desde siempre o, por el contrario, fue producto del tiempo, o no pudo tenerlo, o fue creado por la razón que debía existir con sus criaturas según Dios, y con ello la diversidad de las especies no uniformes.
Entonces, las criaturas que existen desde siempre no serán eternas en el sentido propio como lo es Dios, quien, siendo inmutable, existe fuera del tiempo. Pero la integración de conocimientos de las civilizaciones humanas, cada una en su tiempo y lugar, tiene características locales; por lo tanto, para comprender su pasado y presente se deben investigar sus formas de vida, en las que sus individuos, culturalmente, se hacen sociables a través de sus costumbres, leyes y formas de vida que la comunidad considera propias de un sujeto civilizado. Civilizaciones como las aborígenes, los pueblos mesopotámicos, occidentales, orientales y africanos deben conservarse como tales para poder interpretar su historia.
Uno de los primeros rasgos que causan la destrucción de las civilizaciones es el factor político, que impulsa un desarrollo y una tecnología que no siempre representan la paz; otro es el factor de la fuerza de trabajo orientada a un mundo único, y la economía en búsqueda de recursos naturales y minerales raros que empobrecen y limitan las fronteras. Estas formas culturales, económicas y sociales no están creadas para un mundo feliz, sino todo lo contrario.
Para finalizar, cabe preguntarse dónde encontraremos el conocimiento como especie humana, en el que exista un marco de ideas que nos ayude a concebir la vida como un proceso permanente e integral, y a entender que el hombre, más allá de cualquier riqueza que posea en la tierra y en su trayectoria de vida, es un ser minúsculo en el universo del cual forma parte. Por tanto, cualquier logro como un lenguaje uniforme y común a la civilización mundial, que dista de la “integración del conocimiento”, será válido o podrá considerarse satisfactorio solo para nuestro propio período de la historia.
Resulta necesario, entonces, inferir que Dios, en tanto efecto, ha existido desde siempre como un conocimiento integrado y compartido por todos, pues solo de ese modo se encaminaría el fin último de su criatura: el ser humano, creado por Él.
Así, la integración del conocimiento no aspira a la uniformidad, sino a una unidad consciente en la diversidad, donde el ser humano, como parte de un orden mayor, encuentra sentido en la convivencia, la trascendencia y el reconocimiento de la pluralidad que lo constituye.















