La izquierda internacional y los demócratas norteamericanos no comprendieron y no entienden aún cómo funciona el sistema internacional, en el cual la seguridad y el interés nacional son esenciales; tampoco comprenden el sistema internacional anárquico en sentido waltziano y mucho menos el nivel de pragmatismo realista que se requiere incluso en aquellas naciones antioccidentales que funcionan con capitalismo y en aplicación del poder militar de sus estados.

Esta incomprensión y carencia de lectura geopolítica los ha enceguecido frente a la magnitud de lo que está sucediendo en el mundo bajo la administración Trump. Para los progresistas, el mundo está manipulado por el lobby israelí o por los multimillonarios, quienes son enfrentados por “paladines de la justicia social” en luchas desiguales y asimétricas. Sin embargo, aquello es un error y más aún en el presente. Las acciones que se desplegaron el 3 de enero de 2026 marcaron el punto de inflexión para la aplicación más directa y visible del poder duro, del realismo ejecutado mediante las armas.

Marco Rubio, de hecho, manifestó en diciembre de 2025 que la estrategia para Cuba pasaba por Venezuela. Ya no se trataba de esperar que las elecciones o una insurrección popular pudiera derrocar al dictador venezolano, porque ahora se sabía con claridad que los asesores cubanos controlaban Venezuela, no los venezolanos, tampoco sus militares y mucho menos Nicolás Maduro.

Así, la estrategia pasaba ya no por la frágil diplomacia, burlada incontables veces, o por las negociaciones que solo buscaban ganar tiempo hasta que otro demócrata entrara a la Oficina Oval para optar por la vía diplomática y la pasividad como sucedió con Cuba en tiempos de Clinton y Obama; esta vez se requerían acciones directas y contundentes, acciones que el propio Henry Kissinger hubiera aplaudido. Se requería un golpe de precisión hacia Cuba, no porque Cuba tuviera una falsa democracia y un modelo autócrata de eliminación a toda disidencia, sino porque Cuba posibilitó todos los modelos más violentos y agresivos de izquierdas dentro de la región. Sus intervenciones, infiltraciones y manipulaciones sobre la izquierda latinoamericana provocaron un constatable retroceso económico en los países que adoptaron su modelo.

Por lo que, aquel modelo profundizó la corrupción en todos los gobiernos que empatizaron con ellos, aprovechando el dinero generado por los envíos encubiertos de espías y agentes cubanos como médicos populares. El caso venezolano fue el más dramático, no solo por las consecuencias de su caída de ser un país pujante y rico a un Estado fallido, sino por haber perdido, mediante la cooptación, todas las instituciones que preservaron el poder real, lo que hizo imposible cualquier aspiración de un cambio de régimen o de modelo económico.

A esto fue de gran ayuda el silencio de los demócratas, el aplauso de los progresistas estadounidenses y el soporte de muchos intelectuales que no aprendieron ni pudieron reflexionar más allá de su teoría social y crítica. No podían ver, igual que Sartre con Castro, que el régimen chavista estaba asesinando estudiantes, encarcelando mujeres y borrando cualquier disidencia efectiva gracias a la inteligencia cubana. ¿Acaso los intelectuales antiimperialistas no vieron las imágenes represivas entre 2018 y 2024 tanto en Venezuela como en Cuba? Sí lo vieron y prefirieron el silencio, así como su silencio frente a la teocracia iraní y sus incontables muertos y ejecutados. Sin embargo, en Latinoamérica las represiones militarizadas, las ejecuciones extrajudiciales, el uso de tribunales militares contra civiles y asesinatos sumados a torturas desmitificaron la imagen de aquellos proyectos anticapitalistas y de justicia social.

Por otro lado, lo que sucedió con Cuba el 11 de julio de 2021 marcó con claridad el modelo reactivo y preventivo para el silenciamiento de toda oposición, misma que fue sentenciada y criminalizada por el modelo dictatorial cubano. Con estos antecedentes, que nunca fueron denunciados por los demócratas estadounidenses, se mantuvo en el poder Maduro, quien seguía desestabilizando el continente a través del Tren de Aragua. Por ello, su caída y la caída del régimen venezolano eran necesarias para frenar a Cuba.

Entre La Habana y Caracas se había formado una simbiosis por la que un lado entregaba recursos materiales y el otro protección. Aquella simbiosis permitió la preservación del poder por parte de los chavistas, quienes no confiaban en sus militares, sino en la inteligencia cubana que castigaba y asesinaba a todo posible disidente que amenazara aquella unión. Por ello era imposible considerar que existiera un ápice de democracia institucional en Venezuela, no mientras los agentes cubanos controlaran a los generales y el entorno inmediato de Maduro.

Así es que la captura de Maduro representó el momento cúlmine de cambio en la realidad latinoamericana. El lidiar con esta realidad no implicaba ninguna idealización sobre lo que debería suceder, sino sobre lo que es y acontece. Por encima de narrativas y expectativas deseadas por los demócratas estadounidenses, la realidad era la de un régimen autoritario que imponía sus reglas desde el terror, por lo que las negociaciones no eran una opción.

Es por esto que el pragmatismo y la realpolitik retornaron no solo para discutir teóricamente al decadente liberalismo internacional, sino para enfrentar con hechos a los enemigos de Occidente. Aunque incómodo, solo el pragmatismo representa la consecución de los deseos anhelados por quienes buscan cambios y no solo resoluciones vacías de apoyo institucional. Y aunque algunos fervorosos del cambio hubieran estado inconformes con la mantención de figuras famosas del chavismo en el poder, esto era necesario para ir desmontando un aparato militar, burocrático, económico y social construido en más de 20 años y que fue perfeccionado mediante la selección de cuadros convencidos de su ideología.

Con el caso venezolano, se evidenció la irrelevancia del Derecho Internacional liberal posterior a 1945, que durante una década fue usado como pretexto de negociaciones interminables y de declaraciones sin efecto alguno. Es claro ahora que el Derecho Internacional y sus fundamentos sobre Derechos Humanos no tienen ninguna utilidad frente a un dictador y menos aún sobre el comportamiento de un modelo autoritario. Y aunque uno podría pensar en la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), por condenar muchas veces a la dictadura, ninguna de sus sentencias tuvo algún efecto sobre el poder real en Venezuela.

Si se piensa en soberanía, como muchos demócratas podrían hacerlo, desafortunadamente no se piensa en la soberanía cooptada por China y Rusia, por la soberanía anulada por los servicios de inteligencia cubanos alrededor de Maduro, por las acciones de fraude que protagonizó el PSUV contra su propio pueblo. Venezuela ya no era, en efecto, un Estado eficiente, sino un Estado secuestrado por otros intereses. Como realista, la intervención en Venezuela mediante la operación “Resolución Absoluta” ha posibilitado una apertura, la posibilidad de reconstrucción y estabilización de una sociedad fragmentada y, con ello, la posibilidad de eliminar los dogmatismos que imperaron por más de 20 años.

En Resolución Absoluta destaca el grado de secretismo y tecnologías usadas —drones furtivos— para la intervención que refuto la idea de que Estados Unidos no atacaría ni intervendría Venezuela, considerándose los niveles de seguridad y armas de origen ruso desplegados en Caracas. Los servicios cubanos, exitosos en la cooptación e infiltración de agentes encubiertos como el exembajador estadounidense Víctor Manuel Rocha, no comprendieron la magnitud de las acciones que la administración Trump estaba desarrollando con meses de planificación y antelación, esencialmente porque Trump y Marco Rubio mantuvieron un realismo que desoyó los llamados al diálogo que antes convencieron a todas las administraciones demócratas.

Hoy, Estados Unidos, con su nueva Estrategia de Seguridad Nacional, no busca solo un rol de importancia, sino la primacía estratégica en América Latina como lo que es: un hegemón global. Por fuera del Derecho Internacional y llamando a la operación como una operación policial, Trump eludió el proceso legislativo y esto fue gracias a una planificación escalonada que primero requirió de desertores como Hugo Carvajal y Clíver Alcalá quienes aportaron pruebas y sustento a los cargos que llevaron a la DEA a apuntar a Maduro y a presentarlo capturado con cargos de conspiración, narcotráfico, lavado de dinero y otros en la Corte Daniel Patrick Moynihan de Nueva York.

Desafortunadamente para Maduro, fueron los asesores cubanos quienes lo llevaron a minimizar el riesgo, desatendiendo propuestas directas para abandonar el poder e irse al exilio. Hasta los festejos de Año Nuevo, Nicolás Maduro se encontraba realizando actos públicos y rodeado de sus familiares. Haber sobrevivido a complots, protestas estudiantiles y resultados adversos en las elecciones le hizo creer que este problema requería solo la prolongación y el desgaste de la imagen de Trump.

Al no encontrarnos en tiempos liberales, hoy vivimos tiempos de diplomacia armada, de diplomacia y poder blando ofensivos que no solo se apoya en instituciones decadentes, sino en la inteligencia vinculada a los aparatos de seguridad nacional. Esta articulación —debilitada por los demócratas en el pasado— permitió a Estados Unidos leer con precisión los errores en el primer mandato de Donald Trump.

Aunque para el público liberal las burlas de Maduro frente a una posible intervención o la retórica desgastada del antiimperialismo parecían propias de un hombre enfrentado al poder, lo real era que Maduro tenía intereses que proteger. Sus errores fueron debidos principalmente a los asesores cubanos quienes querían evitar cualquier duda, cualquier posibilidad de negociación o cambio desfavorable, que finalmente terminó con la captura de Maduro, la muerte de una centena de cubanos y venezolanos y el ascenso al poder de la pragmática de Delcy Rodríguez como presidenta interina.

Ahora bien, este repaso histórico plantea un nexo con el futuro de Estados Unidos y debe servir de reflexión sobre lo que es la política realista de Trump sobre la energía. Estados Unidos entendió que el suministro energético y el control de activos e infraestructura era esencial para alimentar los cambios tecnológicos que están sucediendo en el mundo. A nivel energético, el mundo se ha transformado por los conflictos militares; por ejemplo, el conflicto en Ucrania llevó a sanciones que limitaron las exportaciones rusas de gas a Europa, y la destrucción de los gasoductos Nord Stream en 2022 reafirmó el dominio estadounidense como principal suministrador de GNL. Luego, la caída del dictador Bashar al-Ásad en Siria limitó el comercio chino y también a Irán. Considérese que el resultado de Venezuela implicó el control directo de las reservas más importantes de crudo en el mundo, calculadas en 300 mil millones de barriles. Con la capacidad de procesamiento en la costa del golfo norteamericano para crudo pesado y ácido, Estados Unidos se reafirmó como el mejor exportador de derivados de productos refinados de petróleo.

Sin considerar el caso iraní, la lectura de todo estadista y estratega debería pasar por los factores reales que mantienen el poder: la fuerza militar, la energía, la posición geográfica y la visión hacia adelante sobre los recursos, visión de largo plazo que poseen quienes ven el mundo como se presenta, no como se desearía que fuera. Ahora bien, ¿el reordenamiento de Medio Oriente en términos energéticos a quién beneficia y por qué? Termina beneficiando a Estados Unidos porque se constituye como el mejor posicionado para la producción y comercialización global, y esto en dirección a influir sobre la estructura física de la Inteligencia Artificial, para la electricidad y la industria de los chips. Al pensar en los centros de datos y la necesidad de energía, se piensa en quién tiene el monopolio de la energía.

Con la liberación de Venezuela, la seguridad para tener competitividad frente a China es un hecho y, con el cambio en Medio Oriente, las importaciones de crudo por parte de China quedan limitadas y más controladas, mientras que Estados Unidos funciona con energía propia y controlada. Se trata así, de entender cómo esta descripción de las limitaciones y condicionamientos geográficos en Medio Oriente puede afectar enormemente a las potencias que buscaban frenar a Estados Unidos, algo similar al “Dilema de Malaca”, término geopolítico que describe la vulnerabilidad del estrecho de Malaca, el paso marítimo situado entre la península malaya y la isla de Sumatra, estrecho esencial para las importaciones de China y por el cual reposa la dependencia energética del país, punto que podría entrar en el tablero de opciones si hubiera un conflicto con China en el futuro.

Sin embargo, al revisar los sucesos en Venezuela y conectarlos con el orden del poder energético estadounidense, uno reflexiona sobre el control del sistema monetario, el control sobre la infraestructura energética internacional y, al final, el control sobre la infraestructura competitiva de la Inteligencia Artificial en Occidente. Algo que los europeos y liberales simplemente no entienden, por haber vivido en burbujas de comodidad ideológica por más de tres décadas y las cuales están estallando en el presente. Una a una, probablemente la siguiente burbuja ilusoria es la utilidad de la propia OTAN.

Así, y al final de estas reflexiones, la paz mediante la fuerza o el realismo aplicado sobre el mundo de ilusiones nos recuerda que los idealismos, por ser utópicos y solo deseos de mundos idealizados, no logran construir algo sólido porque desatienden los factores que constituyen las causas y resultados en la realidad basados en el interés nacional, un interés que, entendido por el Secretario de Guerra Pete Hegseth, es adoptar un realismo duro y abandonar los idealismos utópicos.

Al ya no estar en el momento unipolar de los 90 y al haber transcurrido por aquellas dos décadas de febril rebeldía juvenil antiimperialista que cautivó a tantos intelectuales en el mundo, retornamos y despertamos de un sueño: un sueño sobre un mundo pacificado, un mundo democrático, un orden liberal internacional y dirigido por las instituciones internacionales.

Nos ponemos a reflexionar sobre la inutilidad de las guerras interminables de intervención en nombre de la democracia liberal. Estados Unidos hoy ha demostrado que ya no está interesado en llevar democracia al mundo, sino en defender sus intereses sin ONG ni instituciones de abierta intromisión como lo fue USAID. Ahora Estados Unidos, al pensar desde el realismo, comprende nuevamente que el enemigo para el modelo occidental es China, por lo que se lo debe disuadir; comprende que su territorio no puede ser invadido por inmigrantes en nombre de la apertura o inclusión; ha entendido que los aliados deben compartir responsabilidades o dejar de ser considerados aliados, mientras se fortalece la base de defensa militar norteamericana. Nuevamente Estados Unidos es un hegemón reluciente, fuerte y estable. Ha dejado atrás la imagen de un coloso debilitado e irrelevante que fue característica principal en los mandatos demócratas de Barack Obama y Joe Biden.

Finalmente, es importante seguir la reflexión en torno a la decadencia liberal posterior a la Guerra Fría frente a los regímenes autoritarios, los cuales solo pueden ser derribados por el poder material de las armas y no por hermosas y poéticas proclamaciones y declaraciones provenientes de instituciones decadentes. También es importante recordar que el sistema internacional, después del fracaso del institucionalismo liberal, se reafirma como un sistema anárquico ajeno a las normativizaciones del derecho internacional y, finalmente, debe tenerse en cuenta que los cambios y movimientos de acción militar y estratégica tienen mayormente razones que los justifican, esencialmente la energía y la posibilidad de ser partícipe o dueño de la infraestructura que moldea el futuro. Este futuro es realista; posiblemente será de un equilibrio que, aunque temporal, seguirá marcando el futuro de una especie que tiene intereses de seguridad, que acumula poder y que ante todo requiere energía para subsistir.

Bibliografía

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