Y fusilar al rey de los poetas
Con balas de juguete.(Joaquín Sabina)
Hay una forma de muerte que no deja cadáver. No hay velorio, no hay epitafio, no hay flores marchitándose sobre una lápida. Solo una pantalla que de pronto te devuelve el rostro en blanco: cuenta suspendida. Y uno, que creyó haber encontrado en el mundo digital ese espacio que le negaron las redacciones con sus jefes de sección y sus intereses disfrazados de criterio editorial, descubre que simplemente ha cambiado de carcelero.
La primera vez que me expulsaron de Facebook yo escribía desde Barcelona sobre lo que ocurría en el mundo –las elecciones en Estados Unidos-- con la torpeza entusiasta de quien todavía cree que la palabra es un proyectil ingobernable. No entendía bien para qué servía esa plataforma. Nunca entendí tampoco el porqué me echaron. Lo que sí entendí —y tardé años en articularlo con claridad— es que había confundido una vidriera con una plaza pública.
Porque eso son las redes sociales: vidrieras. Pertenecen a alguien. Tienen dueño, tienen reglas escritas y reglas no escritas, tienen algoritmos que deciden qué merece circular y qué merece el silencio. Culparlas de censura es como culpar a un periódico de no querer publicar un artículo. La trampa no está en la censura: está en la promesa de libertad que nos hicieron al entrar, o que hayamos confundido a las redes como cosa distinta a los medios de comunicación tradicionales, pero que conservan sus mismos vicios.
Antes de las redes, la censura tenía cara. Tenía nombre, tenía cargo, tenía un despacho con diplomas en la pared. Un director de diario te decía —o te lo hacía entender sin decírtelo— que había cosas que no se escribían, maneras que no se usaban, causas que no se defendían. Yo aprendí temprano esa lección. Alguien en Buenos Aires –cuando era joven y todavía creía que mi vehemencia era suficiente– me dijo, con toda la amabilidad de quien empuña una guillotina, “vos tenés que escribir lo que nosotros decimos, de la manera que nosotros lo decimos”. Supongo que hoy ese mismo despacho tiene varias computadoras con inteligencia artificial y por fin están felices y satisfechos.
Entonces llegaron los blogs (refugio del escritor independiente). Luego Twitter, luego X (que terminó en la Z). Con cada plataforma, la misma ceremonia: uno llega con sus poemas, con sus causas, con su obstinación de poeta que insiste en hablar de lo que le duele —las Malvinas, la fe que volvió a mí después de una travesía larga y oscura—, y durante un tiempo todo fluye. Los seguidores llegan. La palabra circula. Hay algo que se parece a una comunidad. Entonces, con una puntualidad que tiene algo de liturgia perversa, la cuenta cae: llámese Facebook, X, LinkedIn… en un futuro artículo probablemente las termine nombrando a todas.
Más de treinta mil seguidores para un aprendiz de poeta como yo no es poca cosa. Me lo dijo alguien que trabajó en ex-Twitter-X y supo darme la única lección de marketing que retuve: si conseguís mil personas que se interesen en la poesía, sos un héroe de la literatura, y no importa la cantidad de seguidores sino “la cantidad de ellos que compren tus libros”. Uno entra a estas plataformas creyendo que necesita millones y sale —si sale entero— sabiendo que lo que necesita es el lector justo, no el lector masivo.
Mi expulsión de X fue la más sufrida, por haberle invertido mucho tiempo, y porque pude ver que junto a mí caían escritores que nunca habían dicho una sola palabra política, colegas que en sus perfiles aclaraban solo ficción, personas que habían pasado años construyendo un espacio para la narrativa pura, sin banderas ni provocaciones. También los echaron.
Eso me reveló algo que tardé en aceptar: no somos lo suficientemente importantes como para merecer una censura personalizada. Somos simplemente ruido para un algoritmo que no distingue entre un poema y una amenaza, entre una reivindicación histórica y un discurso de odio. Pero mucho cuidado aquí, porque la ficción, en los tiempos más peligrosos de la historia humana, ha sabido ser el periodismo más brillante desde su inteligente vestimenta y coartada.
La inteligencia artificial que modera esas plataformas es, de todas las inteligencias artificiales que he visto funcionar, la que más errores comete, y la que más poder tiene.
¿Qué nos queda entonces? Algunos dicen que volver al papel. Yo no lo descarto. Hay algo en entregar un libro de mano en mano, en la fricción cálida de ese gesto, que ninguna plataforma ha podido replicar. Escribí alguna vez que publicar un poema en el diario más importante o escribirlo con elegancia en el baño de un tren viejo cumplen casi la misma función: en ambos casos uno no sabe con qué lector se va a encontrar. La poesía necesita liberarse en cualquier parte. La poesía es palabra en libertad.
Quizás estamos llegando al momento en que los poetas nos hagamos una seña por la calle, como los primeros cristianos que completaban en silencio la figura de un pez. Que mostremos las manos manchadas de tinta como quien muestra una pertenencia secreta. Que susurremos los versos de oído a oído, en esa cadena antiquísima que ningún algoritmo ha logrado todavía interceptar.
Seguiré intentando estar en las redes. Seguiré vendiendo mis libros donde me dejen, diciendo lo que me dejen decir, resistiendo con la paciencia de quien sabe que lo echarán otra vez. Pero ya no las llamo espacios de libertad. Las llamo lo que son: espacios controlados por empresas digitales que tienen objetivos preestablecidos. Eso no las hace inútiles, las hace tramposas, al menos ante mis ojos.
Si el algoritmo censura sin control humano, y considera peligrosa a la poesía, ¿qué pasará un mal día que esa decisión la tomen robots y que puedan silenciar a los escritores con otros recursos?
Aunque me expulsen de sus paraísos
No pienso doblegarme a sus avisos.(Luis Eduardo Aute)















