“¡Voy en busca de Harue!” escribió Kenzo Saionji a su amigo Hiroto Watanabe el 20 de mayo de 1940. La había visto cinco días antes, en la procesión del Aoi Matsuri e inmediatamente quiso saber más (si no es que todo) sobre ella, “¡Se llama Harue Shimizu y es una malva rutilante en medio de ramas silvestres!” Se enteró pues del nombre de la myobu y la ciudad de donde venía: Tokio. Supuestamente decidió ir tras ella porque, en los hechos, después de esa carta de mayo, toda huella o evidencia de Saionji desaparece.
Debo señalar que aunque la historia anterior sea la más aceptada por la crítica literaria, tan propensa a romantizar, en esta ocasión no me siento obligado a ficcionar: estimo que su desaparición tiene que ver más con la bien conocida afiliación comunista de Saionji. Aun así, en lo que sigue hagamos un esfuerzo por entretejer ideas con lo poco que poseemos. Iniciemos con una reflexión: si el poeta decidió ir en pos de la mujer que avanzaba bajo el sol y se ocultaba en una sombrilla roja justo a la mitad de mayo, ¿no es tal decisión equiparable a la búsqueda de la verdad, la belleza o lo sagrado en la que se embarcan los filósofos? Tal vez con esa guía podamos asomarnos a los textos de Saionji.
Continuemos en nuestra pesquisa con el siguiente poema:
文人が風に詩を詠む落柿舎への道、桜の花びらと詩の小石を拾い集める。
Bunjin ga kaze ni uta o yomu Rakushisha e no michi, sakuranohanabira to uta no koishi o hiroi atsumeru.
[En el camino a Rakushisha, donde los filósofos recitan versos al viento, se recogen pétalos de cerezo y guijarros de poesía.]
Este poema trasluce una característica del pensamiento de Saionji que es importante subrayar: la actividad, el movimiento, el camino, la transitoriedad o, si queremos hablar paradójicamente, una tenue existencia que desaparece a nuestro paso y se difumina en derredor. Los versos al aire que se pierden en el instante mismo de ser pronunciados, los pétalos caídos de los cerezos, los guijarros y las formas infinitas de los elementos son testigos inequívocos de lo efímero.
La poesía y la filosofía deben captar y transmitir esa cualidad del mundo, tal es su tarea más elevada. No en vano la filosofía misma (tanto en Oriente como en Occidente) nació como poesía. Siendo el pensamiento y la sabiduría breves y vaporosos, es conveniente refugiarse en el lugar cuya sencillez cobija a los poetas: la modesta choza de Rakushisha, centro de peregrinación de quienes siguen el camino de la creación literaria.
Además, no es solo el viento transparente cargado de versos lo que se desliza levemente en la poesía de Saionji, sino que también el sonido del agua refleja esa profunda e inconstante armonía (acaso como el arco y la lira en Heráclito de Éfeso):
清らかな小川は我が社への帰路に寄り添い、その清らかな神楽鈴の音は祈りを呼び覚ます。
Kiyoraka na ogawa wa waga yashiro e no kiro ni yorisoi, sono kiyoraka na kagura suzu no ne wa inori wo yobizamasu.
[De regreso al templo, el arroyo cristalino nos acompaña y el sonido puro de los cascabeles del kagura evoca nuestras oraciones.]
El poeta o el filósofo se dirige al encuentro de lo añorado, y para ello debe moverse también, recorrer el camino hacia la belleza de la sabiduría, a través de la naturaleza. En su recorrido, él se purifica mientras le es develado que los rumores del agua al desplazarse y de los kagura suzu (percutidos en danzas rituales) ofrecen la verdad del mundo como inasible y efímera.
El chisporroteante susurro del afluente y las voces unísonas de los cascabeles terminan siendo manifestación del caudal incesante que llamamos “realidad” (concepto por demás estéril); así, el tránsito de la purificación conduce a la iluminación, y ésta, en forma de oraciones, acompaña a la comunión con lo sagrado, con la nada.
Pero ahora, apreciados lectores, en nuestro comentario queda por dilucidar el misterio arduo de la divinidad según el poeta. Me permito hacer una apresurada y tosca comparación al respecto: salvo en ocasiones insólitas como el Maestro Eckhart y otros tipos (proscritos) de misticismo, en gran parte del pensamiento occidental la figuración de lo divino recae la mayoría de las veces en una entidad fundamental, en un origen que es también finalidad, en una sustancia.
En contraste, para Saionji (como para una buena parte de la tradición oriental), la verdad no puede ser algo, ni siquiera la manifestación o signo de algo (o alguien), sino que es la mutabilidad misma y, detrás de ella, ningún ser. También lo podemos decir así: la historia del pensamiento occidental es la representación trágica de la búsqueda histérica (y muchas veces criminal) del fundamento, de Dios, del ens realissimum. Mientras que en Oriente se cuenta la historia (trágica también) de la compasión por el hecho universal de la vacuidad total.
Ilustremos esto último con la célebre enseñanza budista:
—¿Qué es lo que colma el espacio entero del universo?
–Lo divino
—Pero, finalmente, ¿qué es lo divino?
–La Nada absoluta
Así, en el pensamiento de Saionji, la nada es sugerida por la transparencia del flujo del arroyo y por la pureza del murmullo de los kagura suzu.
Compárese la sencillez de la sabiduría de los guijarros de la poesía de Saionji con la afectada altivez del pensamiento occidental: el contraste no puede ser mayor. En una, huyen los grillos (que se desvanecen en la oscuridad), caen los pétalos del cerezo (cuya savia caducará) y la voz se alea con el viento, mientras que en la otra, una entidad se abroga la preeminencia de fundar y sostener todo que existe: el evangelio proclama con fatuidad:“Yo soy el camino, la verdad y la vida”, y F. Nietzsche se solaza al fanfarronear: “¿Por qué soy un destino?” (Warum ich ein Schicksal bin?)
A pesar de las apariencias, el cristianismo y el anticristo exhiben la misma pretensión arrogante frente al espejo, pues en el fondo constituyen dos aspectos de una misma esfinge ensoberbecida.
La fugacidad del mundo, por tanto, transgrede y se opone a todo intento de encontrar una sustancialidad, a todo elemento unívoco, monoteísta y trascendente. El agua (que será absorbida por la tierra) se desliza por las hojas y los tallos. Atendamos ahora a Saionji:
宮廷の宮女は雨の神に賛歌を捧ぐ。外では、彼女の言葉のごとく、雨粒が花々に降り注いでいる。
Kyūtei no kyūjo wa ame no kami ni sanka wo sasagu. Soto de wa, kanojo no kotoba no gotoku, amatsubu ga hanabana ni furisoguiteru.
[La cortesana real ofrenda un himno a la deidad de la lluvia. Afuera, como sucede con sus palabras, las gotas empapan las flores.]
Nuevamente, la voz ataviada con la naturaleza y la oración están implícitas aquí junto con los elementos que ya hemos revisado. Ahora bien, me gustaría añadir un comentario sobre el texto de Saionji para seguir con nuestra comparación entre una y otra vertiente de pensamiento: en Occidente, una explicación en cualquier rama del saber no está exenta de una causa, y esto justifica los constructos teóricos e incluso la misma poesía no se salva de esa maldición.
No podemos hablar de una divinidad sin referirnos a un origen, a una “autoría primera” que signa las leyes causa-efecto que rigen el mundo. Tomás de Aquino, por ejemplo, proclama engreído sus cinco vías (la causalidad entre ellas) con tal de evitar a toda costa el vértigo de un razonamiento que se escapa hacia el infinito de principios, para el medieval debe haber con necesidad algo que detenga esa amenazante cadena causal y eso es, previsiblemente, la divinidad. La fabulación cristiana occidental es dogmática desde la raíz.
Sin embargo, en el pensamiento de Kenzo Saionji hemos caracterizado la realidad como proteiforme; el origen no está en ningún lado, simplemente no es. Así, en esta poesía, el concepto central no es la causalidad, sino la simultaneidad. La lluvia, la oración, las flores, el jardín, las gotas de agua, los dioses tienen todos lugar en un solo momento, sobrevienen, y tal simultaneidad no permite aseveraciones monolíticas al modo occidental. Pero —se me objetará— ¿no acaso David Hume había derribado al espantoso Goliat de las leyes causales? Mi respuesta es: ¡claro que lo hizo! Sin embargo, destruir el punto arquimédico de la metafísica teológica es totalmente distinto a postular y defender una “metafísica de la coexistencia y de la transitoriedad”. Pero de ese tema, amables lectores, hablaremos en otra ocasión.
Nota del autor: Tanto en la primera como en esta segunda parte, las traducciones de los seis poemas originales en español al japonés han sido elaboradas con la asistencia de la interfaz de IA Gemini.















