Tú, verde y apacible
ribera del Anauco,
para mí más alegre,
que los bosques idalios
y las vegas hermosas
de la plácida Pafos(Extracto de “El Anauco”, Andrés Bello)
A pesar de los años que me separan de la Caracas de don Andrés Bello, sigo admirando la belleza de la “verde y apacible ribera del Anauco”. El maestro Bello no vivió el terremoto de 1812 porque estaba en Londres. Me pregunto si la vivencia de dicho sismo (algunos expertos dicen que fue muy parecido a nuestro “doblete” del 24 de junio) habría cambiado su percepción de las faldas del Ávila, del cielo azul en contraste con el verdor de nuestra montaña y del clima de eterna primavera de la Caracas hispánica.
No niego que a mí me ha costado ver la belleza natural y arquitectónica de San Bernardino con la misma actitud que he tenido durante toda mi vida en la parroquia. Ahora, aquella contemplación “enamorada” es mirar el atractivo que encierran los animales salvajes, los mismos que pueden devorarte. Ruego a Dios que el tiempo pueda curar el trauma que vivimos tantos venezolanos, en especial los que más sufrieron. A continuación les dejo mi crónica del terremoto en San Bernardino.
Por esas cosas de la vida, aunque abarco 27 años dando clases de historia, en los últimos cuatro años dicté también la asignatura de Ciencias de la Tierra en Bachillerato. Al ser historiador, asumí una perspectiva cronológica, testimonial y sociopolítica, además de resaltar la crónica de lo local. De todos los terremotos que ha padecido Caracas, hice del último (29 de julio de 1967), que ahora es el penúltimo, el centro de nuestros análisis. Cada alumno traía alguna anécdota o experiencia de sus abuelos, y la pregunta que más repetían era: ¿Por qué se cayeron tres edificios en Los Palos Grandes y ninguno en otra parroquia de Caracas?
La respuesta la damos con los llamados planos o mapas de sismicidad (microzonificación), elaborados por FUNVISIS (Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas). Estos dividen nuestro valle en sectores según la profundidad y el tipo de sedimentos. Los sedimentos blandos acumulados en esta zona y el cambio de roca sólida —el Ávila— a material disgregado generan un “efecto de sitio” que amplifica el terremoto. Esto es lo que ocurre en torno a Chacao, pero al detallar los planos, hay otra zona parecida, en segundo lugar de riesgo por sismicidad: San Bernardino.
Cada vez que daba esa clase hacía una oración por San Bernardino, para que sus edificios soportaran bien lo que era inevitable: la amplificación de las ondas sísmicas por los sedimentos que han acumulado nuestras quebradas en miles de años. ¿Acaso sus edificios y casas no lo habían soportado en 1967?
Al revisar informes de FUNVISIS, entre otros (aunque nos falta una revisión de la prensa de la época), se habla de pocos daños en la parroquia. No conozco ningún edificio de los poco más de 200 que existían en la zona que haya tenido daños estructurales que obligaran a una demolición. Tampoco se reconocen caídas de escombros que hayan tenido víctimas. Es probable, aunque no soy ingeniero, que esto fuera así porque era una urbanización principalmente de quintas, más de 1100, y con edificios bajos no superando los cinco pisos. La realidad de la parroquia cambió a partir de los setenta con un boom de sustitución de quintas por altos edificios, tendencia que no se ha detenido, aunque, a partir de 2014, su ritmo probablemente bajó debido a la crisis económica.
El doble terremoto nos demostró lo que temíamos: no solo cayeron edificios en La Guaira y en Los Palos Grandes, sino también en San Bernardino. El Rita (siete pisos, 20 apartamentos) en la avenida Los Próceres, al lado y delante del centro residencial Parque Anauco; el Moisés (ocho pisos, 16 apartamentos), frente a la maternidad Santa Ana y al lado del Instituto Diagnóstico en la avenida Anauco; y el Marama (cinco pisos, cinco apartamentos), en la avenida Paraíso, que queda detrás del Moisés. Los que filmaron desde el teleférico y desde otras zonas vieron grandes nubes de polvo elevarse y no lo dudaron: se habían desplomado varios edificios.
Desde el edificio La Quinta, diagonal al Rita, hay una cámara de vigilancia que muestra cómo la avenida Los Próceres se oculta bajo el polvo, pues el gran edificio de siete pisos, conformado por dos torres, se viene abajo hacia adelante y como panqueque, ocupando casi toda la calle. De inmediato, vecinos empiezan a ayudar —fueron los primeros que empezaron a remover escombros con sus manos, haciendo cadenas de personas— y, posteriormente, se inicia un operativo coordinado por los rescatistas: bomberos del Distrito Capital, Protección Civil y el grupo USAR de Chile. La planificación a través de un croquis del edificio quedó dibujada en la puerta de metal de un restaurante próximo al edificio San José, área en donde cayeron los escombros.
Las acciones de rescate en el Rita duraron dos semanas, hasta el 4 de agosto. La primera noche se fueron, lamentablemente, los seis primeros, entre ellos toda una familia con excepción de la abuela. En medio de la actividad se pedía hacer silencio para escuchar gritos o golpes de los que seguían con vida bajo los escombros. De esta forma, el 30 de agosto rescataron a un vigilante, pero después solo llegaron personas fallecidas.
Se tenía la esperanza del milagro de encontrar a algunos con vida y, por eso, se hicieron esfuerzos para remover el gran tanque de agua. Al lograr entrar a lo que sería el primer piso, encontraron los cuerpos de una familia. En el caso del Moisés, que tenía la forma de un prisma rectangular, no se desplomó de forma completa, sino en el centro. La esquina del fondo se mantuvo de pie y de la esquina frente a la calle se comprimieron los tres primeros pisos. Por esto último, el primer día pudieron rescatar sin tantos obstáculos a 19 vecinos y a nueve más que habían quedado atrapados. Lamentablemente, en la zona que se desplomó fallecieron ocho, entre ellos el político oficialista Richard Peñalver, junto a su esposa y dos hijas, un funcionario público y la joven Oriana Ustariz, abrazada a su perrito. En el más pequeño de los tres edificios que se derrumbaron, el Marama, se sacaron cuatro personas con vida; por desgracia, tres murieron.
Al recorrer nuestras calles era difícil no encontrar un edificio sin alguna grieta. No quiero caer en comparaciones porque toda vida junto a nuestros hogares es valiosa, pero fue inevitable ver la diferencia entre Los Palos Grandes y sus zonas cercanas, como La Castellana y Altamira, y San Bernardino y el resto de urbanizaciones, en donde los daños en las fachadas (no podemos conocer la parte interna) eran menos evidentes.
Al considerarnos cronistas no oficiales de San Bernardino desde 2007 a través de un blog1, ante el terremoto y sus consecuencias, nos propusimos intensificar los recorridos de cada una de sus avenidas, filmando las fachadas de las viviendas para dejar testimonio gráfico. Nuestra pequeña comunidad, con sus 86 años de historia, ha generado una identidad que se demuestra en el interés por el estado de sus vecinos, calles, viviendas, plazas y construcciones, muchas de ellas bienes patrimoniales. La diáspora me preguntaba por el estado de los edificios y casas donde habían crecido y vivido tiempos felices. Los que siguen acá informaban sobre la realidad de sus paredes y columnas. “¿Qué color de calcomanía de habitabilidad tiene?” o “¿Los desalojaron?” eran de sus principales angustias.
Hemos aclarado que solo podemos ver la parte externa y no la interna, pero nos impresionó una frase que me dijo un vecino: “Después del terremoto en San Bernardino, todos los edificios fueron tocados y si no se ve el daño en su fachada seguramente hay muchas grietas o paredes caídas adentro”.
Al pasar los días, empezamos a ver grandes cantidades de bolsas de escombros frente a los edificios o en sus estacionamientos y, al caminar por sus calles, el sonido es de reconstrucción. Reconocemos y aplaudimos en este sentido el apoyo de la alcaldía del municipio, aunque hay vecinos que siguen esperando. ¡No los abandonen!
No hemos visitado las zonas populares, pero nos han dicho que son pocos los daños, gracias a Dios. Se puede decir que, en casi todas las avenidas, por lo menos un edificio tiene una calcomanía roja. Sin embargo, es importante recordar que esto no necesariamente significa daño estructural, según nos han explicado los ingenieros de la Comisión Presidencial de Habitabilidad, a los cuales vemos haciendo rondas de visitas.
De nuestros recorridos no tenemos espacio acá para nombrar todos los casos considerados graves, pero nos preocupan, sobre todo, aquellas zonas en donde viven ancianos o se sitúan fuentes de empleo. Se está pidiendo ayuda urgente para reconstruir sus hogares o instituciones.
El Astoria y el Instituto Diagnóstico al lado del Moisés; el “Rosental” que tiene daño en algunas columnas; el Osito en la López Méndez… En la avenida Altamira conocemos tres casos con graves daños que nos han dicho que han sido desalojados: Meteor, Carlitos y Grano de Oro. En la Cristóbal Mendoza está El Excelsior. En torno al Rita hay varios que no tienen problemas estructurales, pero sí padecen daños en paredes en varios de sus pisos. Rezamos para que pronto se pueda recuperar lo recuperable.
La principal característica de un buen cronista es la escucha de sus vecinos, además de contrastar sus testimonios con las fuentes historiográficas. Se ha de valorar la memoria colectiva sin abandonar la rigurosidad en el estudio histórico. En este sentido, pedimos ser corregidos por ustedes, que son los que mejor conocen su hogar, su calle y sector.
Quiero finalizar expresando mi solidaridad con los que más han sufrido con esta tragedia. No tengo palabras ante su dolor, pero acá estamos junto a ustedes. Que Dios les dé fuerzas para seguir adelante, porque no dudo que nuestra resiliencia es el mejor homenaje a nuestros seres queridos.
Y a todos los vecinos les pido que hagamos el esfuerzo de aprender de este terrible golpe, siendo el cambio que queremos ver en San Bernardino, en Caracas y en Venezuela. Nunca más olvidemos que somos un país sísmico y que, al pie de la Cruz del Ávila, tiembla más. Por tanto, no podemos dejar de invertir en el mantenimiento racional de nuestros hogares. “La apacible ribera del Anauco”, vecino don Andrés Bello, no era tan apacible, pero aprenderemos a domesticarla —o, más bien, domesticarnos— para seguir admirando su belleza.















