El Partido Comunista Chino (PCCh) celebró 105 años de su nacimiento ocurrido un 23 de julio de 1921 en la ciudad de Shanghái. Es el más antiguo gobernando ininterrumpidamente desde 1949, junto a los partidos homólogos de Corea del Norte, Cuba, Vietnam y Laos.
Los comunistas chinos dirigidos hoy por Xi Jinping -quien es el tercer jefe de Estado en los últimos 33 años- reafirmaron el carácter de su sistema político consagrado en el último congreso de 2017 titulado "Socialismo con características chinas para una nueva era", donde se entregan las orientaciones centrales y desafíos para esta compleja etapa que enfrenta el país, con un entorno regional y mundial incierto producto de la inestabilidad geopolítica, así como de las rápidas transformaciones en curso causadas por el desarrollo de la inteligencia artificial.
Hoy China se puede definir como un país socialista de rápido desarrollo en el plano económico, social, tecnológico, científico y cultural donde el sistema político unipartidista, dirigido por el PCCh, dirige los temas centrales de la política interna, la economía, defensa, la ciencia y la política exterior, entre otros.
Pekín ha comenzado a tener una presencia cada vez mayor en los organismos internacionales de Naciones Unidas, no interviniendo directamente en las coyunturas bélicas, pero marcando presencia a través de sus declaraciones. Es el segundo contribuyente financiero de Naciones Unidas, donde aporta el 20% del presupuesto, detrás de Estados Unidos con el 22%.
El “socialismo con características chinas para una nueva era” se basa en los aspectos culturales e históricos de una sociedad cerrada al mundo exterior en los siglos pasados, que conoció la grandeza y también la derrota, invasión y humillación a que fue sometida por el colonialismo europeo y el japonés en su peor versión, que dejó huellas profundas en la sociedad china. También debe considerarse la larga marcha iniciada con el triunfo de la revolución dirigida por Mao Zedong, en 1949 -y comienzo de la dictadura- para llegar al país que es hoy, teniendo presente los errores económicos o las grandes penurias de lo que fue la revolución cultural.
De todo ello han sacado lecciones consolidando un modelo de desarrollo de características propias y la “nueva era”, a la que se hace mención, probablemente está relacionada con el creciente rol global de China; así como garantizar su seguridad en primer lugar junto a la reincorporación de Taiwán como objetivo estratégico cada vez más cercano. También su visión del orden internacional basado en reglas y la cooperación entre estados, sus relaciones con las principales potencias, no descuidando las medianas, regionales y estableciendo alianzas, así como la apertura y promoción del comercio.
El PCCh cuenta con alrededor de 100 millones de militantes de los cuales algo más de un tercio son mujeres. Dirige centralmente el país a través del ejecutivo y de la Asamblea Popular Nacional de tres mil diputados como órgano legislativo.
El mercado es el regulador de la economía que ha permitido desplegar las potencialidades y ha facilitado el salto a la modernidad actual bajo la fórmula de Partido + Mercado, donde la educación e innovación tecnológica han sido clave para mejorar la productividad y mantener altas tasas de crecimiento económico.
Ello lo ha convertido en una sociedad que avanza, en la que el PCCh, haciendo uso de la planificación y la seguridad que ofrece un sistema de partido único, proyecta planes a 50 o más años. Si en 2000 China tenía, de conformidad con los indicadores del Banco Mundial, 63,8% de población rural; el año pasado se había reducido a un 33%. El crecimiento de las ciudades, junto al del empleo, permitió dejar atrás los más de 500 millones de bicicletas existentes en la última década del siglo pasado, y reemplazarlas hoy por más de 350 millones de automóviles. Asimismo, la construcción masiva de viviendas es indicador muy fuerte del cambio de una sociedad semifeudal al momento del triunfo de la revolución, a una que hoy ha cruzado todos los umbrales y disputa la hegemonía de la inteligencia artificial con los grandes conglomerados estadounidenses.
La seguridad territorial y del sistema está basada en la defensa, su poder nuclear y unas fuerzas armadas de alto nivel para confrontar amenazas y mantener la reivindicación de Taiwán que consideran irrenunciable. El año pasado China invirtió el 1,7% del PIB en defensa, que es casi la mitad de lo que hizo Estados Unidos, con un 3,2%.
La República Popular China, con sus 9,5 millones de km² y los 1,4 mil millones de habitantes, es la segunda economía más fuerte del planeta. El PIB alcanzó en 2025 a 19.5 billones de dólares y su ingreso nominal per cápita a casi 14 mil dólares. Entre los años 2000 y 2025, de conformidad con las cifras del Banco Mundial, la tasa de crecimiento promedio de su economía fue de un 8,1% anual.
La pobreza en China, dependiendo de los indicadores que se usen, es baja. Basta recordar que en 1992, año de inicio de la economía socialista de mercado, impulsada por Deng Xiaoping, había 750 millones de pobres. Si se considera el indicador internacional de tres dólares diarios para medir pobreza extrema, esta no existe hoy en China. Si tomamos una línea más alta, de 8.3 dólares diarios, el umbral de pobreza alcanzaría al 15.2% de la población en 2024, mientras que la última medición del Banco Mundial para la distribución del ingreso -índice Gini- efectuada en 2022, la caracteriza como moderada con un 35.7 en la escala de 1 a 100.
El Banco Mundial señala que la clase media amplia alcanza hoy a casi un 60% de la población, vale decir, alrededor de 800 millones de personas, con un ingreso promedio de entre 16.500 y 41.000 dólares anuales para una familia de tres personas.
En 1970 en Chile, el presidente Salvador Allende declaró que la revolución chilena sería con “sabor a empanadas y vino tinto” para indicar que no seguiría ninguno de los modelos socialistas existentes.
Xi Jinping ha indicado que profundizarán el camino propio, caracterizado por el liderazgo de un partido que no busca occidentalizar al país, sino mantener la planificación de metas utilizando los mecanismos de mercado y avanzando hacia un desarrollo de acuerdo con su historia, cultura y tradiciones.
En otras palabras, un “socialismo con sabor a wantán”, comida milenaria tradicional que se come en toda China. Es decir, profundizar el camino que ha dado una mejor forma de vida a millones, pero donde no hay espacio para un sistema político multipartidista, ni libertad de prensa como se conoce en sociedades abiertas. Es la clásica dictadura del proletariado, con su forma de reproducción partidaria, ajena a la tradición democrática tan fuertemente enraizada en el mundo occidental -nacida de Grecia y Roma- absolutamente desconocida en la historia china de mandarines y señores feudales, marcada fuertemente por los principios centralizadores y jerárquicos confucianos.
La democracia no está en el horizonte del PCCh y no sabemos qué importancia se le atribuye en el imaginario social. Mantener la unidad de un país de 1,4 mil millones de personas, con tradiciones regionales, etnias, idiomas y religiones diversas no es una tarea fácil. Occidente busca confrontar a China por el tema de la democracia y los derechos humanos. Es evidente que son sistemas políticos diferentes donde los espacios de libertad individual o de información no son comparables. El desarrollo de la inteligencia artificial permite un control cada vez mayor de las personas, lo que entrega seguridad, pero a la vez genera desconfianza sobre la privacidad de la vida por la discrecionalidad con la que puede ser usada por el poder político.
La alta dirigencia insiste en señalar que el desarrollo económico y social que busca para su población será gradual y adaptado a lo que ha sido la historia y el desarrollo chino. Esta “nueva era” ha puesto el foco en el combate a la corrupción sin contemplaciones, ya sea de personajes públicos o privados.
Desde 2012, año en que asumió Xi Jinping, se han aplicado 6,2 millones de sanciones disciplinarias mientras que no hay cifras oficiales sobre las condenas judiciales. Sin embargo, han caído miembros del politburó, ministros y altos funcionarios públicos y del sector privado; militares de alta graduación que han sido condenados a penas de muerte o cadena perpetua junto con el decomiso de sus bienes.
La “nueva era” parece buscar su legitimidad en limpiar las prácticas de corrupción atávicas, elevar el nivel de vida de sus habitantes, fortalecer sus capacidades defensivas y mejorar la distribución del ingreso. Hoy el país disputa la hegemonía global con Estados Unidos, sobre todo en la carrera por el desarrollo de la inteligencia artificial que estamos viviendo junto al remodelamiento del orden internacional. El gobierno chino no podrá permanecer pasivo mucho tiempo más y deberá marcar posiciones sobre todo con temas que afecten a su seguridad o la del Asia Pacífico.
Los cinco principios de coexistencia pacífica proclamados por China en 1954 han sido la guía de su política exterior. Beijín no ha intervenido en la política interna de otros países provocando golpes de Estado, no ha iniciado guerras, ha respetado la soberanía y la no injerencia en los asuntos internos de otros países. Nunca ha buscado exportar su modelo de socialismo ni socavar otros países para intentar imponerlo.
Su arma principal ha sido el uso del poder blando, como lo ha demostrado con iniciativas geopolíticas como la Ruta de la Seda, que ha sido el instrumento impulsado en 2013 por China para mejorar la conectividad comercial y logística, permitiendo la inversión a gran escala en vías estratégicas para acercar China a los centros en África, Europa y Medio Oriente, principalmente.
La inversión alcanza a cerca de 1.4 billones de dólares entre obras de construcción e inversiones directas. Siempre usando el poder blando, desde 2004 que abrió el primer centro cultural Confucio en Corea del Sur, hoy mantiene 510 en 164 países en todos los continentes para promover la enseñanza de la lengua y cultura china. Mientras Estados Unidos mantiene entre 750 y 800 bases militares alrededor del mundo, China tiene solo una, en Yibuti, y algunas facilidades portuarias para su flota en algunos países.
Estados Unidos y Occidente miran con preocupación a China. Cuestionan la inexistencia de democracia, de libertad de prensa, de un sistema político multipartidario y de elecciones competitivas. Su preocupación es justificada, pero más que nada por el desarrollo económico, científico, espacial y militar.
La disputa por la hegemonía la siente Estados Unidos cerca, aunque por tamaño de la economía aún están distantes. Son muchas las variables que se deben considerar y no parece probable hoy que China alcance en un horizonte de 10 años al país del norte. Tampoco sabemos cómo evolucionará la sociedad china respecto de su sistema político, pero lo que sí sabemos por historia es que no tienen apuro en alcanzar sus metas. Recuperaron Hong Kong y Macao con paciencia y una diplomacia fina, de alto nivel. Hoy dispone de amplios sectores mejor educados, con mayor internacionalización, con cada vez más población urbana que podría buscar una mayor participación política. Mantener la legitimidad del PCCh dirigiendo a un país de 1.4 mil millones es el gran desafío y para ello debe asegurar continuar mejorando la distribución de la riqueza, seguir combatiendo la corrupción y continuar avanzando en el desarrollo científico y tecnológico que definirá el futuro.















