La dirigencia de los círculos de poder sobre las masas ha marcado una constante en la historia humana, la influencia que ésta interacción alcanza en la expresión artística se ha manifestado de forma relevante en diferentes períodos; la ocupación del arte como filtro consciente y espiritual de la realidad, se ha acercado a las facciones de la política de manera explícita o velada, alineando los componentes estéticos hacia determinado efecto social que tiende a diseccionar o cuestionar estas estructuras dominantes.
Sin embargo, la dimensión política que el arte abarca trae en la contemporaneidad un nuevo planteamiento. Encontramos que ante el reconocimiento de un oficio que se relaciona con la transmisión, denuncia o cuestionamiento de una ideología o circunstancia política explícita, también se hace objeto de análisis la acción de “trasfondo” que se expresa al decidir aspectos como: quién puede producir, qué temáticas son las más relevantes, cómo se financia, cuál es la configuración tras las exhibiciones y quién lo valida.
Para determinar las fases en que el arte históricamente ha estado vinculado a las capas dominantes, previo al entramado de las perspectivas contemporáneas, podemos focalizar la consistencia creativa que mostraban imperios como el egipcio, griego o romano, donde la actividad estética supeditada al Estado reforzaba el sentido de legitimidad, memoria e identidad colectiva. Los centros monumentales ofrecían templos y esculturas que glorificaban el carácter divino así como la celebración de victorias militares incrustadas en el ideal de la polis, además de los retratos imperiales cuyo efecto llegaba a la psiquis poblacional, manteniéndose como propaganda política.
En torno al medievo, también es conocido el peso político que sostenían las cúpulas religiosas y el acaparamiento artístico que tales congregaciones ostentaban. Por su parte, el nuevo continente denota en las antiguas ciudades mesoamericanas espacios coreografiados visualmente, los cuales acompañaban el recorrido cotidiano, envolviendo al habitante en una narrativa compartida: una estética vivencial que inmiscuía al mito dentro de la vida. Estos relatos explicaban la secuencia del universo mientras los altares, tronos, deidades y el eje de poder sostenían físicamente dicho orden celeste.
Al focalizar relevantes períodos posteriores como el que supone el renacimiento, continúa el arte sujetándose a los bastidores políticos con la aparición de los grandes mecenazgos y representaciones de los papas o fastuosos príncipes italianos. Las ciudades competían entre sí ostentando la mayor acumulación y calidad de creaciones escultóricas, así como la capacidad de proliferación pictórica y la arquitectura.
En lo sucesivo, el cambio desencadenado por la Revolución Francesa quedaría registrado como un punto de inflexión: la trascendencia que adquiere la representación del pueblo en un acto que además llegaría a trastocar toda la política occidental. Aquí la inmensa mayoría de almas que no pertenecían al clero o a la nobleza comienzan a pensarse y a expresarse a través del arte como un verdadero cuerpo activo, ocupando por vez primera un lugar protagónico, de modo que el colectivo se manifiesta como sujeto político e histórico desde las creaciones plásticas.
Como parte de este giro revolucionario, el artista se mueve de forma consciente en la construcción de un ideal nuevo, se concibe a sí mismo como un individuo que integra un colectivo en un contexto de lucha común, se distancia del antiguo régimen en cuanto a la dirección creativa destinada a Dios, el rey, la aristocracia o instituciones concretas y utiliza la fuerza de las imágenes para dirigirlas al ciudadano. Se transforma de manera significativa el vínculo existente entre arte, artista, pueblo, poder y política.
En los siglos XIX y XX transcurre el arte de manera abierta sobre múltiples diálogos que componen las grandes ideologías modernas; las temáticas, además, se desplazan en la crítica social, abordando, por ejemplo , denuncias de la industrialización, la pobreza y la explotación obrera. Se hace crucial mencionar los flagelos que representaron las dos guerras mundiales, la influencia que absorben las creaciones orbitando sobre bloques y coyunturas como el fascismo, el comunismo, la Guerra Fría, las dictaduras en Latinoamérica, las luchas anticoloniales, la ferviente contienda por los derechos civiles, los movimientos obreros y feministas.
Una vez ubicados en el arte contemporáneo, es perceptible el eco de los siglos anteriores; nuestra base contextual aún sostiene las mismas temáticas y llega a identificar y diversificar las capas que aparecen en un nuevo orden, es decir, el oficio creativo incluye ahora aspectos como migración, cambio climático, racismo, género, memoria histórica, inteligencia artificial y capitalismo global.
Tras la permanente interacción que se puede registrar entre la política y el arte, la crítica mantiene en la actualidad la reflexión o pregunta de que si todo arte es político, pues muchos autores llegarán a concebir sus expresiones distanciadas de esta intención, tal es el caso de quién acude a seguir los gestos de la naturaleza para llevarlos al lienzo, o quién quiera cantar al amor a través de apreciaciones subjetivas, incluso la melancolía por un amigo o un familiar que pueda influir en ciertos colores, así como otras múltiples posibilidades que se vinculan a otros propósitos.
No obstante, el orden que constituye elementos que van más allá de un enunciado político es expuesto en la contemporaneidad por autores como el filósofo francés Jacques Rancière, quién adhiere a un pensamiento renovador sobre la relación entre estética y política. Sus ideas implican que las definiciones políticas no están sujetas únicamente a todo lo que se desprende de una corriente, ideología, acciones de un Estado, etc.Sino también a la organización de aquello que una comunidad puede percibir como común a través de la sensibilidad.
Para el filósofo, aunque no todo arte llega a las masas bajo la influencia política “tradicional”, sí, toda creación interviene de forma directa en el nivel de lo sensible; el artista puede crear una jerarquía de lo visible y modificar las condiciones de percepción y participación de un mundo compartido, lo cual también libera una acción política. El contenido creativo condiciona de manera implícita qué merece ser visto, quién tiene derecho a hablar, qué evento es relevante, qué es un discurso y qué es ruido…
En este sentido encontramos en la historia del arte lo que se determina como régimen representativo, donde se marcaban reglas relativamente claras y de común acuerdo sobre lo que merecía ser representado y cómo debía ser… Había géneros superiores e inferiores, temas nobles y representaciones cotidianas, personajes dignos e indignos.
La contemporaneidad ya no se somete a esa jerarquía temática;en el régimen estético actual parece que todo puede convertirse en arte; la obra ya no necesita garantizar que aquello que muestra sea una realidad reconocible para adquirir legitimidad. Pero aquí Ranciére lleva el foco para plantear qué ocurre cuando una expresión creativa entra en el campo de lo visible; él se concentra en esta acción, una nueva forma de efecto político, desplazando el objeto elegido hacia la relación que el espectador establece con él. Se modifica la distribución de aquello que puede ocupar nuestra atención; se establece una reorganización de lo visible y lo pensable.
Ante el pensamiento ranceriano, una obra puede carecer de intenciones políticas; sin embargo, de forma implícita se introduce en un nuevo régimen estético cuya propia estructura histórica ha cuestionado y quizás arremetido contra las antiguas jerarquías entre lo digno y lo indigno, lo importante o insignificante, público o privado, etc. A la vez, la manera de relacionarnos con dichas representaciones lleva un impulso que marca y dispone particulares experiencias ante lo que debe ser visto, en un proceso que también llega a ser de común acuerdo.
Aparecen además en la contemporaneidad otros actores que el pensador denota dentro de una dimensión política muy concreta, tratándose así de curadores, museos, críticos, instituciones… Es decir, aunque los campos de acción creativa se hayan democratizado con gran amplitud, no significa que haya desaparecido la selección de aquello que finalmente adquiere visibilidad pública.
Así, en un mundo donde el arte ha alcanzado una versatilidad sin precedentes, se mantiene en las composiciones el efecto que configura nuestra realidad colectiva; en simultáneo, el sistema establece cuáles de esas ilimitadas posibilidades serán premiadas, legitimadas, financiadas, exhibidas y discutidas. En tal sentido, el ordenamiento contemporáneo no necesita imponer de forma directa lo que el artista debe producir, sino que opta por crear las condiciones culturales dentro de las cuales determinadas elecciones llegan a parecer espontáneamente deseables para el propio artista.
Notas
Rancière, J. (2004). The politics of aesthetics: The distribution of the sensible. Continuum.
Bourdieu, P. (1996). The rules of art: Genesis and structure of the literary field. Stanford University Press.
Foucault, M. (1977). Discipline and punish: The birth of the prison. Pantheon Books.
Bennett, T. (1995). The birth of the museum: History, theory, politics. Routledge.
Becker, H. S. (1982). Art worlds. University of California Press.
Fraser, A. (2005). From the critique of institutions to an institution of critique. Artforum, 44(1), 278–283, 332.
Mouffe, C. (2013). Agonistics: Thinking the world politically. Verso.















