Esta frase se me quedó sonando en la cabeza mientras me apresuraba a inflar unos cuantos globos amarillos y decorar un salón en una casa donde, junto con un grupo de personas agradables y, coincidentemente, todas solteras, pertenecientes a la iglesia local, hacemos reuniones presenciales cada miércoles. Una de las asistentes ayudaba cortando la piola y la otra colocando cinta en el lomo de los globos de colores para pegarlos en el techo, a vísperas de la llegada de los demás invitados.
Mientras nos apresurábamos por lo corto del tiempo, se tocaba un tema de interés para los solteros: las relaciones y cómo se encuentra el mercado de opciones románticas en la actualidad.
Ella dijo:
—Es mejor que te amen más de lo que tú te puedes enamorar.
Exclamé en silencio y me cuestioné aquella afirmación mientras la observaba con asombro. No quería interrumpir su teoría porque sentí la necesidad de querer escuchar más.
—Es mejor que te amen más...
Y ante el silencio grupal, en vista de que a todos nos habían llamado la atención las palabras que habían salido de la delicada boca de esta dama, ella continuó explicando:
— ¡Y sí! Porque normalmente nosotros nos enamoramos y entregamos todo y, al final, si esa persona no está convencida, es perder el tiempo. Pero cuando la otra persona está intencionalmente más atraída, más metida emocionalmente y más enamorada, es mejor…
Entonces ella apostaba a que permitir que te amen más de lo que tú puedas estar enamorado aseguraba una mayor probabilidad de que la relación funcionara.
Sin necesidad de más argumentos, entendí claramente lo que realmente importaba en su mente, y quizá también en la mente de muchas personas que he leído y ahora escuchado.
No necesariamente significa que queramos que nos amen más, sino que quizá se trata de temores implícitos.
Tenemos el mismo miedo.
Miedo a enamorarnos más.
Miedo a convertirnos en una idea, en una idealización costosa e insostenible.
Miedo a dar y a que nos queden debiendo la reciprocidad en el mismo nivel de amor que anhelamos recibir.
Entonces me pregunto: ¿De verdad tenemos que normalizar el estar como un cachorro en una caja de cartón, en el pasillo del metro, con un letrero de oferta que dice "adóptame", esperando a cualquier persona que nos elija?
Como una mascota sin hogar que ya no distingue entre rostro, corazón o posición. Que únicamente anhela ser elegida para demostrar toda la lealtad y el amor que es capaz de entregar.
¿Qué sucede con la sociedad?
Pensaría que estos cuestionamientos deberían ser propios de adolescentes que están comenzando a experimentar los sentimientos, las interacciones, la química y la sinergia entre individuos de su misma edad e inexperiencia.
Soy una mujer casi de mediana edad; he vivido romances fuertes, he pasado por el tan temido divorcio e incluso he salido de relaciones aun amando o queriendo, todo por darle prioridad a la verdad y a mi amor propio sobre cualquier vínculo, por muy fuerte que haya podido ser.
Reflexiono nuevamente y pienso en traer memorias a mi cabeza, intentando recordar si en algún momento me sentí más amada de lo que mi corazón sentía en relación con la reciprocidad. Llego a la no firme conclusión de que quizá sí, pero solo en un escenario en el que estás ya yéndote de una relación y la otra persona siente que te está perdiendo.
El factor de control se le va de las manos; el factor de duda o miedo ingresa a la ecuación y comienza del otro lado un apego involuntario a no querer perderte.
A lo mejor no es un mecanismo de defensa contra el abandono, sino el sentimiento real de entender cuán importante es esa persona en nuestras vidas. Esto, entonces, es lo que hace relucir el verdadero afecto —al menos esto es lo que parece muchas veces en ese tiempo previo a la despedida.
Definitivamente ahí he sentido que me amen más.
El escuchar un "te amo" mientras me consideran dormida, la sobreprotección y el cuidado de los últimos días, semejantes a los que se le dan a un vaso frágil. El reinventarse y ser la persona casi ideal cuando, lamentablemente, ya todo está perdido.
En mi caso solo ahí he sentido que me amen más.
Pero volviendo a mis amigos —solteros, de cierta forma un poco decepcionados con las relaciones amorosas y lo que ofertan los individuos en el mercado del romance— me cuestiono por ellos y, por qué no, también por mí, lo siguiente:
¿Qué pasa con nosotros, los mayores de treinta?
Los que ya vivimos desilusiones.
Los que incluso atravesamos matrimonios fallidos.
Los que acumulamos historias, aprendizajes y cicatrices.
¿Acaso no deberíamos tener ya el suficiente conocimiento para expresar con claridad lo que sentimos y lo que queremos?
¿O las agallas para saber lo que queremos y ser fieles a hacer que funcione?
¿No deberíamos encontrar con más facilidad algo acertado entre adultos funcionales?
¿Qué ocurre con nosotros?
¿No deberíamos estar viviendo la mejor etapa de la sabiduría, la verdad y la responsabilidad afectiva?
Sin encontrar una respuesta completamente acertada, una idea cruza mi mente.
Quizá sea algo temporal.
Quizá solo debamos dejar pasar algunos años más para que creer en el amor vuelva a ponerse de moda.
Y sin miedo a dar mi criterio, mi respuesta a aquella afirmación es NO.
Quiero que me amen igual de profundamente como yo estaría dispuesta a amar.
Quiero que él sea un 100% y yo un 100%.
Que nadie complete a nadie.
Que seamos absolutos, pero con la capacidad de amar tanto y a la par.















