Cuando acepté mi nuevo empleo, pensé que estaba entrando a una empresa. Con el paso de las horas descubrí que, en realidad, había entrado a una madriguera de hidras.

No me refiero al monstruo mitológico que derrotó Hércules; me refiero a esa versión moderna que habita algunas oficinas, se alimenta del entusiasmo de los nuevos y tiene la extraordinaria capacidad de atacar desde distintos ángulos al mismo tiempo.

Antes de empezar ese trabajo envié alrededor de ochenta hojas de vida, o puede que más. Pero quien haya pasado meses buscando empleo sabe perfectamente lo que significa ese número.

Cada currículum enviado llevaba una pequeña dosis de esperanza. Cada correo sin respuesta desgastaba un poco más la paciencia. Cada entrevista parecía acercar la meta... hasta que volvía el silencio.

Así que, cuando finalmente llegó la llamada, sentí alivio. No estaba consiguiendo únicamente un empleo. Estaba consiguiendo la oportunidad de reinventarme. Porque no entraba a hacer lo que llevaba años haciendo.

Entraba a aprender una profesión completamente distinta. Y eso tenía un precio. El problema es que yo creía que el precio era estudiar. Y es que, curiosamente, estudiar es algo para lo que no me alcanza el día.

Lo que no imaginaba era que la vacante también incluía sobrevivir.

Mi primer día comenzó con una pequeña escena que en ese momento pareció insignificante. La persona encargada de presentarme con el equipo simplemente... decidió no hacerlo. No hubo bienvenida. No hubo un «ella es nuestra nueva compañera».

No hubo esa cortesía mínima que hace sentir a alguien que acaba de llegar que pertenece, aunque sea por unos minutos, al lugar. En ese instante no le di demasiada importancia. Pensé que quizá estaba ocupada o que simplemente había olvidado hacerlo; hasta barajé la teoría de que ahí eso no se hacía.

Con el tiempo descubrí que no. Simplemente no quiso.

Hoy esa escena me parece casi poética. Porque, sin saberlo, estaba viendo la primera cabeza de la hidra. Recordemos que las historias siempre empiezan con una señal pequeña. Uno es quien insiste en ignorarla.

Y bueno, con el paso de las horas aparecieron las otras dos. Cada una tenía una especialidad distinta.

Una parecía disfrutar sembrando incomodidad entre quienes la rodeaban. Otra administraba cuidadosamente la información que llegaba a los superiores. Y la tercera había decidido, por razones que todavía desconozco, convertir mi curva de aprendizaje en un deporte de alto riesgo similar al paracaidismo, solo que sin el equipo principal: el paracaídas.

Lo curioso de las hidras modernas es que nunca parecen estar haciendo nada. Todo ocurre entre líneas: una omisión, una mirada, una explicación incompleta, un «después te digo» que nunca llegaba, y la mejor de todas: «eso ya deberías saberlo», justo y preciso cuando nunca se ha mencionado.

Pequeñas dosis de veneno administradas con una elegancia admirable. Y, como cualquier principiante, yo caí en la trampa más común. Pensé que el problema era yo, que era demasiado lenta, demasiado nueva, demasiado insegura, demasiado inexperta.

Hasta que un día entendí algo: no era mi falta de capacidad lo que estaba dificultando el aprendizaje. Era intentar aprender mientras alguien movía constantemente el piso bajo mis pies.

Entonces comprendí que hay personas que enseñan, hay personas que corrigen y hay personas que parecen convencidas de que el conocimiento pierde valor si alguien más también lo posee.

Nunca he entendido esa lógica, como si al enseñar se fuera a perder poder; como si compartir experiencia redujera el tamaño del propio talento.

Y así fue como durante varias semanas llegaba a mi casa completamente agotada; no era solamente cansancio físico. Era esa clase de desgaste que aparece cuando uno pasa ocho horas intentando hacer bien las cosas mientras se calcula cuidadosamente dónde pisa para no activar una nueva cabeza de la hidra.

Por ende, cada mañana que sonaba el despertador yo iniciaba una intrincada negociación conmigo misma: cinco minutos más, quizá hoy no sea tan mal día para faltar, tal vez mañana sea un buen día para renunciar. Y esas negociaciones se repetían una y otra vez.

Lo curioso es que yo no quería abandonar el trabajo; quería abandonar el ambiente. Y son dos cosas completamente diferentes.

Porque el trabajo, en realidad, me gustaba, y mucho. Me gustaba aprender. Me gustaba descubrir herramientas nuevas. Me gustaba entender un negocio completamente distinto. Lo que no disfrutaba era la sensación de caminar todos los días dentro de un terreno minado.

En medio de todo aquello ocurrió algo que hoy recuerdo con muchísimo cariño. Llegó una escudera. No una princesa. Ni una heroína o alguien que fuera a pelear mis batallas. Una escudera.

Y creo que ese detalle es muy importante. Porque los escuderos no luchan por ti.

Te ayudan a sostener el escudo mientras aprendes a usar la espada. Y ella lo hizo extraordinariamente sencillo.

Puso orden. Me enseñó a profundidad los procesos. Me explicó el porqué de las cosas. No me entregó atajos. Me dio estructura. Y con mi TDAH eso es oro; además, cuando alguien está aprendiendo, la estructura vale más que cualquier discurso motivacional.

Fue entonces cuando entendí que la diferencia entre un buen mentor y una mala influencia no siempre está en cuánto sabe; radica en cuánto está dispuesto a compartir.

Poco a poco dejé de sobrevivir y empecé a trabajar. Las mismas tareas que antes parecían un laberinto comenzaron a tener sentido. Los errores disminuyeron; no desaparecieron (creo que nunca lo harán), pero la confianza apareció.

Y, casi sin darme cuenta, ocurrió algo que jamás imaginé durante aquella primera semana. Un día llegó una persona nueva y fui yo quien comenzó a enseñarle. Confieso que me dio risa la noticia.

No porque creyera saberlo todo, sino porque recordé mi primer día. Recordé el silencio. Recordé la ausencia de bienvenida. Y decidí que la historia no tenía por qué repetirse.

Hay una frase que dice que uno puede convertirse en aquello que más necesitó, y creo que tiene razón. Yo necesitaba paciencia; así que intenté ofrecer paciencia.

Necesitaba explicaciones; así que empecé a explicar. Necesité alguien que dijera «ven, yo te muestro»; así que lo dije yo.

Porque las hidras ya tenían suficientes cabezas. No hacía falta fabricar una más.

Hoy llevo casi algo de tiempo sin despertarme con ganas de renunciar. Y para alguien que pasó semanas negociando con el despertador, eso ya es una victoria enorme.

Ahora quiero llegar temprano, quiero aprender, quiero seguir mejorando. Y lo más curioso de todo es que las hidras probablemente siguen ahí. No desaparecieron.

La que cambió fui yo.

Aprendí que no todas las batallas se ganan derrotando al monstruo. Algunas se ganan dejando de alimentarlo. Otras, aprendiendo tan bien el oficio que el miedo deja de ocupar el lugar principal.

Porque, al final, trabajar en una madriguera de hidras tiene un efecto inesperado.

Si sobrevives, desarrollas algo que ningún curso enseña. Aprendes a distinguir quién comparte conocimiento para construir y quién lo esconde para controlar.

Aprendes a reconocer a quienes disfrutan viendo crecer a otros y a quienes sienten que cada persona nueva amenaza su propio lugar. Y, sobre todo, descubres qué clase de profesional y de persona quieres ser.

Yo ya lo decidí.

Si algún día tengo la oportunidad de elegir entre convertirme en una nueva cabeza de la hidra o en la escudera que le facilita el camino a alguien que apenas comienza, no tendré que pensarlo demasiado.

Porque ya conocí ambos mundos. Y, créanme... uno de ellos es mucho más difícil de derrotar que cualquier monstruo de la mitología.