Eran las 5.45 de la tarde de un lunes de julio y ahí estaba yo, con una faja en la barriga que a duras penas se sentía caliente. Todo porque me había propuesto tener una cintura más definida.
Cuando vi por primera vez la publicidad de un spa que prometía definir la cintura en pocas sesiones, pensé: "Es una gran oferta, no puedo desaprovecharla". Sucumbí a la publicidad hecha claramente con inteligencia artificial. Sí, yo, que llevo años trabajando en marketing y comunicación, no tuve la curiosidad de indagar más. Simplemente asumí que esto era para mí.
Antes de continuar con mi historia, quiero contarles cómo llegué hasta una sala de terapias de un modesto spa, en la ciudad de Guayaquil.
Siempre he sido delgada. Practico atletismo, voy al gym y participo en cualquier otra actividad que se me cruce, como natación o bailoterapia. Sin embargo, por mi falta de constancia no he podido tener un cuerpo musculoso ni mucho menos muy definido.
Desde que recuerdo, siempre he sido muy vergonzosa y he tenido todas las inseguridades posibles sobre mi cuerpo: que si me falta más aquí, que si mi nariz podría ser más bonita. En fin, mi mayor crítica soy yo misma.
Esa sensación de inseguridad creo que se transformó en baja autoestima, que a su vez me llevó a tener algunos problemas. Con el paso de los años y con la ayuda de Dios —y de muchas lecturas de motivación— logré superar gran parte de esa sensación de creer que siempre había algo malo en mí.
Sin embargo, a pesar de haber superado esos traumas en cuanto a mi apariencia, en un momento de plena temporada no playera me decía a mí misma que quería una cintura digna de dejar ver en un traje de baño. Es así como llegué a un spa que ofrecía un milagroso paquete reductor de medidas.
Para mi consuelo, no era la única con ese pensamiento. Vi a algunas mujeres como yo, delgadas y con una barriga muy pequeña que querían hacer desaparecer, acompañadas de otras que sí padecían sobrepeso. Me sentí aliviada de no estar sola batallando con estas ideas en mi cabeza.
Nunca investigué de qué se trataba el tratamiento y esa es la parte que, después, no pude creer. ¿Cómo pude simplemente ceder sin ni siquiera averiguar en qué consistiría el proceso? Era mi ansiedad gobernándome y obligándome a hacer cosas innecesarias.
Sin más preámbulo, lo primero que pasó fue que me pincharon con una aguja en la barriga. Sentía como algo ingresaba a mi estómago y, de inmediato, empecé a gritar del dolor; me apoyaba de los costados de la camilla para resistir. Este mismo procedimiento se repitió en las piernas. También dolió muchísimo.
Fue justo en ese momento en el que pensé: ¿Qué necesidad de hacer esto tenías, Paola? ¿Por qué no te basta con hacer abdominales o correr más? Pero no, ahí estaba yo, sufriendo por tomar el camino rápido.
Lo siguiente fue ponerme unos bloques como infrarrojos, los cuales no sentía que hicieran nada. Me abstengo de decir nada más sobre este punto, pues no sé si en realidad funcionaría y aportaría algo o no.
Luego vinieron los masajes. Al principio estaban bien, pero después vino otra terapista que me empezó a masajear muy fuerte, tanto que tuve que pedirle que bajara la intensidad. De primeras no le gustó mi petición; me explicó que debía doler para disminuir la celulitis. Pero después fue más amable y creo que le caí bien, porque me empezó a tratar con más amabilidad.
Quiero aclarar en este punto que no puedo culpar a las terapistas de este milagroso plan reductor. No era una estafa; simplemente era un servicio que no garantizaba resultados y que cada persona tenía libre albedrío de tomar o no. Mi molestia era conmigo misma, porque no pude controlar ese impulso de comprar un servicio que no necesitaba.
El tratamiento fue súper rápido. Los masajes no llegaban ni a los diez minutos por zona —brazos, abdomen y piernas. En alrededor de una hora, el tratamiento había finalizado y así fue durante siete sesiones. Creo que eso fue lo que me enganchó; saber que iría siete veces a las diferentes terapias.
La realidad ya la he revelado: no funcionó, dolió y la experiencia sirvió para tener claro cuál es el camino para tener un abdomen tonificado. Mi problema era la urgencia, el hecho de que no quería esperar, sino que quería que todo fuera rápido.
No voy a mentir diciendo que ya no tengo inseguridad sobre mi cuerpo, ni que es un asunto superado. Solo puedo decir que estoy segura de no sucumbir de nuevo ante una publicidad de ese tipo.
Si quisiera indagar más a fondo, tendría que responder preguntas como: ¿Por qué ahora surge esta necesidad si nunca antes lo había pensado? ¿Qué solucionaría en mí un abdomen definido? Creo que o no tengo las respuestas o no las quiero pensar.
Solo puedo decirles que trabajar en el amor propio para mí es una tarea diaria. Quiero aprender a quererme y aceptarme como soy, ejercitándome por salud y no solo por resultados estéticos.
No puedo darles un consejo desde mi lugar, pero espero que mi historia les haga replantearse la idea de tomar un tratamiento que prometa cosas difíciles de cumplir.
Hoy celebro que habito en un cuerpo saludable que me permite entrenar. Darle forma es cuestión de cuán perseverante sea.















