Si la geometría ha sido históricamente una herramienta fundamental para ordenar el espacio arquitectónico, la degeometría permite reconocer aquellas configuraciones donde el orden no surge de una figura ideal previamente establecida, sino de procesos de adaptación, ajuste y negociación con las condiciones concretas del lugar.
No se trata de ausencia de forma, sino de formas que nacen desde el habitar mismo, antes que desde un principio abstracto de orden.
Significa dejar de buscar únicamente las formas resueltas y aprender a reconocer también aquellas arquitecturas donde la forma permanece abierta, en transformación, profundamente ligada a la vida que la produce.
Si observamos la obra de Antoni Gaudí desde la historia tradicional de la arquitectura, aparece como uno de los grandes transgresores de la geometría clásica.
Sus edificios parecen rechazar el ángulo recto, las simetrías convencionales y la repetición industrial.
Columnas inclinadas, superficies regladas, estructuras ramificadas, formas inspiradas en árboles, huesos, montañas y conchas marinas parecen anunciar una arquitectura profundamente orgánica.
En este sentido, resulta tentador considerar a Gaudí como un arquitecto degeométrico.
Pero la cuestión merece mayor atención.
Porque la degeometría no consiste simplemente en abandonar la geometría.
Consiste en otra cosa.
Consiste en modificar la relación entre la forma y el habitar.
Y allí aparece una diferencia decisiva.
Gaudí sigue siendo un arquitecto del proyecto.
En Gaudí, la forma continúa siendo profundamente proyectada.
Cada curva.
Cada inclinación.
Cada pieza.
Cada estructura.
Todo ha sido cuidadosamente concebido.
Incluso cuando parece surgir espontáneamente de la naturaleza, existe una voluntad proyectual extraordinariamente intensa.
No estamos frente a una arquitectura que emerge lentamente del territorio.
Estamos frente a una arquitectura concebida por un autor excepcional.
En otras palabras: la forma continúa procediendo al habitar.
Aunque esa forma ya no sea euclidiana. La geometría cambia de rostro
Y algo muy interesante: Gaudí no elimina la geometría, la transforma.
En lugar de la geometría cartesiana aparecen: catenarias, paraboloides hiperbólicos, helicoides, superficies regladas, modelos funiculares.
Es decir, una geometría muchísimo más compleja.
Pero sigue siendo geometría.
Incluso podríamos decir que Gaudí lleva la geometría a un grado de sofisticación desconocido hasta entonces.
Por eso sería injusto presentar su obra como una negación de la geometría.
Más bien constituye una ampliación extraordinaria de ella.
Entonces, ¿por qué sentimos tanta proximidad?
Porque Gaudí comparte con la degeometría algo muy profundo. Su rechazo a imponer formas arbitrarias.
Cuando Gaudí observa un árbol, no copia su apariencia.
Intenta comprender cómo trabaja estructuralmente.
Cuando observa una montaña, no la imita.
Busca comprender cómo distribuye las cargas.La naturaleza deja de ser un modelo formal.
Se convierte en un modelo de comportamiento.
Y eso ya nos acerca muchísimo.
Pero existe una diferencia fundamental. En las arquitecturas que hemos llamado degeométricas: Chiloé, Socaire, las aldeas mediterráneas, Shibam, algunos asentamientos africanos, la inteligencia no pertenece a un autor.
Pertenece al territorio.
Es una inteligencia distribuida.
Anónima.
Acumulativa.
Construida durante generaciones.
Nadie proyectó el conjunto.
El conjunto fue emergiendo.
En Gaudí ocurre exactamente lo contrario.
Existe un sujeto creador extraordinariamente potente.
Toda la arquitectura pasa por él. Incluso cuando escucha a la naturaleza.
La diferencia podría resumirse así:
Gaudí pregunta: ¿Cómo proyectaría la naturaleza?
La degeometría pregunta: ¿Cómo proyecta el territorio cuando nadie pretende dominarlo?
Son preguntas distintas. Hay otra diferencia, Gaudí produce obras excepcionales. Cada edificio constituye casi un acontecimiento irrepetible.
La degeometría, en cambio, se interesa por aquello que no pretende ser excepcional. Por las arquitecturas ordinarias.
Por los tejidos.
Por los paisajes habitados.
Por aquello que nunca aspiró a convertirse en monumento.
Esto me parece decisivo.
Porque la degeometría desplaza el centro de gravedad de la arquitectura.
No busca al genio. Busca la inteligencia colectiva. Sin embargo…
Hay algo de Gaudí que sí podría incorporarse. Y aquí surge una intuición que me entusiasma.Creo que Gaudí realiza una especie de... degeometrización de la geometría. Es decir, libera la geometría del cartesianismo. Pero todavía no libera la arquitectura del proyecto.
La degeometría propone un paso adicional. Liberar también el proyecto de la necesidad de que la forma sea decidida completamente antes del habitar.
Es un desplazamiento muy pequeño. Pero cambia todo.
Una imagen: imaginar dos semillas. Gaudí toma una semilla y dice:
Diseñaré un edificio siguiendo las leyes mediante las cuales crece un árbol.
La degeometría observa un bosque y dice:
Intentemos comprender cómo ese bosque produjo lentamente este territorio.
Gaudí aprende del árbol.
La degeometría aprende del bosque. Y el bosque no tiene autor.
Creo que aquí aparece una idea; podríamos distinguir tres niveles:
Geometría clásica: la forma ordena el territorio.
Gaudí: la naturaleza inspira nuevas geometrías que ordenan el territorio.
Degeometría: el territorio mismo produce las formas, y el proyecto aprende a reconocerlas más que a imponerlas.
Esta secuencia evita un error frecuente: presentar la degeometría como una negación de la arquitectura de autor.
No es así.
La sitúa como un cambio de paradigma más profundo: el paso de la arquitectura inspirada en la naturaleza a una arquitectura que aprende de los procesos territoriales y del habitar.















