Tememos que la IA nos reemplace porque nos volvimos reemplazables. Para nosotros mismos. La premisa central del tecnocapitalismo, desde sus primeras versiones en la revolución industrial, hasta el así llamado tecnofeudalismo de las grandes corporaciones de Silicon Valley, es que la vida humana sólo puede satisfacerse en el mercado. La vida es necesidad. El deseo se satisface con productos. Los productos se producen y consumen en el mercado. Los actores subjetivos son individuos productores (trabajadores) y consumidores (todos nosotros).
Dichos individuos son egoístas, es decir, que trabajan para satisfacer exclusivamente sus necesidades individuales, y que este proceder busca siempre el máximo provecho (cálculo maximizador). La revolución industrial fue la obertura de la tecnificación y capitalización de la vida simultáneamente. El complejo técnico-científico creció de la mano del complejo económico-productivo. Los elementos subjetivos son también individuos, llamados mercancías. Así, los individuos humanos se relacionan entre sí para obtener mercancías individuales y para satisfacerse. Todos se usan a todos, es decir, todos se convierten en instrumentos de satisfacción de todos los otros. Nadie es el fin en sí mismo.
Adam Smith se maravillaba de la división del trabajo, presente en una fábrica de alfileres del siglo XVIII. En vez de que cada obrero produjera un alfiler de principio a fin, sólo le tocaba una parte de la producción: producir el hilo, cortarlo, hacer las cabezas, pegar una cabeza a cada alfiler, empaquetar. Cada obrero una parte. Con ello no sólo se fragmentaba el trabajo, sino también el objeto, que podría producirse de manera masiva y automatizada. Finalmente, el trabajador también debía fragmentar su mente, perdiendo no sólo la habilidad para producir un alfiler completo, sino también limitando su cuerpo y su mente a actividades simples, repetitivas e intercambiables.
La máquina había comenzado. No es que la revolución industrial introdujera máquinas mecánicas para agilizar el trabajo. La revolución industrial introdujo la máquina como estructura organizadora de la producción. Las partes eran: no solo las tuercas o los tornillos, sino, fundamentalmente, las acciones de los trabajadores. La máquina no era la locomotora, sino una estructura productiva que funcionaba a partir de la planeación, la mecanización y la eficiencia. De esta manera se podía cumplir el imperativo de una producción-reproducción técnica masiva de mercancías. Pero esto significaba que el trabajo debía ser flexible, una pieza a disposición de los patrones, que podían moldearla o reemplazarla. Su cuerpo y su mente debían ejecutar funciones simples y modulares. El trabajo entero debía poder someterse a ingeniería. Esto es finalmente el taylorismo.
Durante el arranque de la revolución industrial no se trató meramente de medios de producción o de trabajo, sino del control del ecosistema de producción. Pero, naturalmente, la producción es inseparable del ciclo económico completo, el cual incluye también la circulación. A final de cuentas, el ecosistema económico capitalista está integrado por sus inputs (las materias primas), sus outputs (las mercancías), la producción material (por medio de capital, trabajo y maquinaria) y la distribución del valor en la forma de dinero (salarios, ganancias). La “producción” es una relación social a propósito de la transformación de la materia del mundo.
El “intercambio” es la relación social que se efectúa a través de los bienes terrenales del mundo. Toda producción material objetiva se funda en relaciones de intercambio y todo intercambio, incluso el más idealizado, incluye el cambio de manos de bienes y servicios. Así pues, la revolución industrial significó el control de la producción por un grupo, pero también la producción de un sistema social o de intercambio. Todo producto se intercambia en última instancia. El autoconsumo humano es muy limitado. Y no hay nada que intercambiar si no hay nada nuevo producido, introducido en el mundo. Así pues, la revolución industrial significó el dominio del ecosistema económico completo.
Una vez aceptado el modelo por los grandes Estados y adoptado por las grandes empresas, el camino estaba allanado. No fue necesaria más coerción. El oscuro mundo de la Inglaterra del siglo XIX parecía haber quedado atrás, sobre todo con el surgimiento del estado de bienestar europeo. El mundo pasó de la vigilancia directa y la fuerza al control del juego del mercado, fuese el trabajo, la producción o el mundo financiero. El tablero se había impuesto, las reglas estaban dictadas, sólo había que jugar el juego, sabiendo de mano quiénes ganarían y quiénes perderían. 1945 es la fecha que marca el inicio de este mundo.
Es así que el modelo se expandió a todas las áreas, no sólo a la producción industrial y a los servicios. Desde 1945 se le privó de dignidad al pensamiento y se le otorgó todo el poder a la gestión. Define tu visión, tu misión, tus objetivos. En política, en ciencia, en educación. Eso significa: define tu producto, convence de su utilidad inmediata, es decir, de su valor mercantil, realízalo de la manera económicamente más efectiva. Los viejos trabajadores de la fábrica de alfileres habían dictado ya el canon.
El científico no tuvo más que investigar. Ahora debía generar productos, es decir, unidades de producción llamadas artículos. Estos, como las mercancías, tendrían un valor de cambio: índices de impacto, citaciones, los cuales le colocarían en mejor posición individual que el resto de los científicos, sus competidores. Así se generaría un sistema monetario para la asignación de plazas, becas, invitaciones a conferencias, etc., lo cual, a su vez, se transformaría en valores monetarios comunes. No sólo la universidad, sino todo el ecosistema científico tendría como modelo la empresa.
Esto lo sabemos desde hace mucho. Pero rara vez reparamos en el hecho de que las cualidades adscritas al trabajador de las fábricas inglesas del siglo XIX eran, mutatis mutandis, las del académico. Un trabajador precarizado, que no es dueño de su trabajo (pues los derechos de este dependen siempre de las reglas del journal que lo publique), vendiendo su fuerza intelectual a destajo y como individuo solitario, sin cobijo institucional y colectivo.
El “saber” poseía en el siglo XIX una dignidad propia. El intelectual, para bien y para mal, tenía voz pública, así como el trabajo de las universidades. Poco a poco, sin embargo, este se degradó a un técnico del saber y sin derecho a la huelga. El “conocimiento” debió responder, en primer lugar, al mercado, justificada su utilidad inmediata. Es decir, que tuvo que responder a su verdadero jefe, que era la tecnología. Ahora, a diferencia de lo que los tecnófobos y tecnocríticos de finales del siglo XIX y principios del XX no entendieron, es que el objetivo no era la eficiencia ni el control del mundo por el saber.
El jefe del saber era la técnica y de la técnica, el mercado. Control y descontrol, saber e ignorancia podían sucederse siempre y cuando se mantuviera el statu quo del poder económico. Económico y no político, porque el Estado prometía el éxito dejando las decisiones fundamentales al mercado y limitándose a administrar a una población ingobernable. El presidente/primer ministro/canciller como CEO. La universidad debía entonces obedecer al mercado laboral, por lo que había que formar en “habilidades y competencias”. Diseñar al trabajador ideal.
El mundo podía entonces convertirse en una gran fábrica de alfileres. Todas las profesiones debían ser útiles en este sentido: capaces de ganancia, sin importar en absoluto qué se produce o para qué ni quién ni cómo. La administración se convirtió en seguimiento de ingresos y gastos, contaduría elemental. La construcción del mundo se dejó en manos de planeaciones mediocres y siempre subordinadas a algún criterio mercantil. Los obreros y obreras del mundo eran ya piezas precarizadas. Faltaba ahora conquistar a los trabajadores y trabajadoras del intelecto. No suplantándolos directamente, sino primero entrenándolos. Palabras clave: capacitación, inducción.
La especie humana hizo de sí misma una máquina. Primero, fragmentando la producción y el consumo. Es decir, por medio de un proceso de individualización-privatización: tanto del trabajo como de los trabajadores y de sus productos. El gran ecosistema económico restringía las decisiones y las libertades creativas a propietarios y mandarines, dejando al resto el trabajo manual e intelectual más simple, fragmentado e intercambiable.
Todas las discusiones sobre la tecnología giran en torno a la IA. Se dice que nos reemplazará. Con ello suponemos que nosotros podemos y debemos ser reducidos a máquinas inteligentes. ¿Qué significa inteligencia? Capacidad de resolver problemas. Pero ¿qué problemas? Problemas computables. Eso significa que nosotros dejamos de concebirnos como sujetos. Es decir, como seres deseantes, seres vinculados con los otros, seres que lidian con el poder y con lo justo y lo injusto de su ejercicio y distribución. La IA podría ayudar a multiplicar la producción de alimentos por mil y seguiría habiendo hambre, porque el problema es de justicia, no técnico.
¿Cómo sorprendernos entonces de que las máquinas mecánicas y las computadoras nos desplacen si nuestra propia actividad se ha convertido ya en anticipación suya? ¿Si no aspiramos en nuestra “praxis” a ser máquinas mediocres, en espera de actualización, de un nuevo procesador que deje atrás nuestra caduca humanidad?















