Resulta evidente que la situación mundial ha cambiado dramáticamente si se consideran los últimos cinco años. Poco a poco han aumentado los desencuentros entre muchos países y, en particular, entre aquellos que tienen la responsabilidad primordial del mantenimiento de la paz y seguridad internacionales.

Conviene recordar cómo empezó. Las causas pueden ser muchas, pero hay una que aparece como la más decisiva: el aumento de los conflictos bélicos y su persistencia en el tiempo.

La paz no es sólo la ausencia de guerra, sino que debe sustentarse en la búsqueda de soluciones en aquellos casos que pueden derivar en confrontaciones, que muchas veces ocurren a pesar de los esfuerzos por superarlas. Precisamente para estos casos fue diseñado el llamado sistema internacional. Se sustenta en las disposiciones de la Carta de las Naciones Unidas y en las competencias que ella otorga a los miembros del Consejo de Seguridad, en particular, a aquellos que gozan de su membrecía permanente.

Con muchas imperfecciones y guerras esporádicas, el sistema logró funcionar en varias oportunidades, tanto preventivas como en conflictos declarados. En todo caso, se logró detener agresiones, actuar en unas nueve oportunidades para imponer la paz, desplegar las operaciones para su mantenimiento por tropas de las Naciones Unidas o facilitar los procedimientos de solución pacífica de controversias. Nos evitaron los riesgos, a veces muy ciertos, de una tercera conflagración mundial. Un logro nada despreciable si se compara con épocas anteriores.

Sin embargo, este delicado equilibrio básico del sistema tenía como requisito indispensable el que los Miembros Permanentes del Consejo de Seguridad estuvieren de acuerdo en el ejercicio de sus responsabilidades, actuaran dentro del sistema y no se confrontaran de manera directa o indirecta. Justamente esto cambió desde el momento que uno de esos Miembros Permanentes, la Federación Rusa, amenazó y luego agredió a Ucrania. Como consecuencia, el sistema se trastocó y así se mantiene.

Lamentablemente, se vio alterado sustancialmente todo, porque el sistema no fue previsto para que precisamente uno de los encargados de la paz fuere el agresor de un país vecino, auxiliado por una Bielorrusia obediente. Conocemos el resultado.

Dicha violación flagrante del derecho internacional y de la Carta, debiendo haber sido sancionada o, por lo menos, atendida por el propio Consejo de Seguridad, no ha sido posible, pues el agresor se ha opuesto y sigue oponiéndose. De nada han servido las reiteradas condenas de la Asamblea General, las sanciones económicas ni el mayoritario repudio mundial, el cual, con el tiempo, se ha diluido paulatinamente. Lo demuestran los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), recientemente reunidos en Nueva Delhi el 13 de setiembre, con Putin aceptado por todos. Ha permitido que dicha guerra insensata perdure ya más de cuatro años y medio, con las consecuencias en vidas, destrucción y miseria. No hay cifras confiables ni se conoce con certeza los muertos y heridos, civiles como militares, todas imprecisas, siempre ocultadas y que son mucho mayores que las admitidas. Hasta Polonia se ve amenazada, como otros países nórdicos.

Este trágico recuento ha acarreado imitadores ante un sistema que ya no tiene la capacidad de funcionar como fue previsto. Es así como otras guerras se han sucedido, teniendo por actores activos a otras potencias mundiales o menores, que han aprovechado un sistema paralizado.

La guerra en Irán, desatada por Estados Unidos e Israel, prosigue y se intensifica. Un adversario fanatizado y controlado por la Guardia Revolucionaria, un Líder Supremo invisible y animados por un fanatismo religioso que los inspira hasta el martirio. Ni los países que han intentado infructuosas gestiones ni tantos otros esfuerzos aseguran, hasta ahora, un resultado aceptable. Ya van más de seis meses y no hay señales de pausas o de arreglos posibles, y las amenazas mutuas prosiguen.

Israel, por su parte, continúa sus acciones en Gaza. No obstante, hay un plan acordado que muchos apoyan y contribuyen a la pacificación. Tampoco se aprecian resultados concretos, y la situación de los Palestinos ha derivado en un enorme problema humanitario. China, a su vez, sigue con sus objetivos de mediano y largo plazo sin concesiones, amenazas a Taiwán y penetración en áreas del mar de China, sin claudicar. Podemos añadir a los Hutíes en Yemen, que vuelven a atacar el ingreso al Mar Rojo.

El mundo parece repartido en áreas, donde ninguna de las grandes potencias, hasta ahora, interviene en la zona de la otra. Algo sumamente precario, sujeto a entendimientos basados en hechos, no en acuerdos, por lo tanto, sumamente frágiles.

Mientras, el mundo se rearma, duplica sus presupuestos bélicos, por decisión o necesidad, y hasta impuesto so pena de sanciones arancelarias. Un armamentismo sin control que atemoriza a todos y que crea un clima de inseguridad mucho mayor que hace pocos años. Es tal vez la preocupación más urgente. Esas armas, cada día más sofisticadas y sumamente caras, hasta con la ayuda de la IA, distraen recursos indispensables. Ciertamente, no son adquiridas solamente para ser mostradas en desfiles. Si se poseen, cualquier conflicto podría llevar a utilizarlas.

No son pocos los que lo han advertido con gran lucidez. Para algunos ya hay una guerra mayor por etapas. Para otros, un estado de preguerra con muchos países potencialmente involucrados sin un control eficaz por el sistema ni por los demás. Seguramente, se abordará en la Asamblea General de la ONU que se inicia, con denuncias y hermosos discursos, pero sin decisiones vinculantes.

Subsiste la desconfianza en la eficacia del organismo que nos rigió por ochenta años y donde ahora cada cual se ha apropiado de sus intereses sin mirar a los demás. No se trata de ser alarmista, pero es la peligrosa situación de hoy y la enseñanza que nos dejan estas porfiadas guerras.