Los organismos vivientes interactúan de diversas maneras para sobrevivir y multiplicarse mediante seis tipos principales de relaciones: cuatro que son completa o parcialmente positivas (+) y otras dos parciales o completamente negativas (-).
Es decir, un individuo o población de una especie se puede relacionar con otro de su misma especie (relación intraespecie) o de otras especies (relación interespecifica) de manera beneficiosa para las dos. A este beneficio para ambas especies lo llamamos: mutualismo (+/+). Un ejemplo de esta relación es la simbiosis entre los corales pétreos y un tipo de microalgas llamadas zooxantelas. Los corales reciben nutrientes de las microalgas que viven en sus tejidos en forma de glucosa, aminoácidos e incluso oxígeno que transfieren a la parte animal. El simbionte vegetal recibe protección del exoesqueleto calcáreo coralino y absorbe los productos de desecho animal como CO2, nitrógeno y fósforo.
Una relación parcialmente positiva es el comensalismo (+/0), donde una especie, individuo o población se ve beneficiada, mientras que para la otra el efecto es nulo (sin perjuicio ni bienestar). Viene del latín comensalis, es decir, compartir la mesa. El caso más evidente para nosotros, los humanos, son nuestras mascotas: el perro doméstico (canis familiaris). El perro, antes denominado lobo (canis lupus), desde sus orígenes inducidos por el hombre hace 14.000 años, se alimenta de las sobras de la comida y el refugio humano. Aunque este ejemplo no toma en consideración la parte afectiva mutua, en cuanto al balance nutricional, la ventaja corre a favor de la especie canina.
La primera relación negativa, aunque siempre beneficiosa para una parte, es el parasitismo (-/+). Tenemos muchos ejemplos de parásitos contra la raza humana, nuestros animales domésticos y cultivos que alcanzan a matar a numerosas poblaciones de sus huéspedes. Sin embargo, un caso destacable en la vida marina es el isópodo comelengua (cymothoa exigua). Este crustáceo primo de las cochinillas terrestres entra por las branquias de algunos peces y se aferra a su lengua para succionar su sangre. Eventualmente la lengua se atrofia, pero el pez no muere. El isópodo, entonces, pasa a reemplazar la función de la lengua en el pez. Recientemente, se descubrió una especie nueva de estos isópodos comelengua en Brasil.
Otra relación parcialmente negativa, ya que daña a un lado de forma inmediata pero beneficia definitivamente a la otra, es la clásica depredación (+/-). En la naturaleza esta interacción es una de las más notorias y evidentes. Casi todos los organismos se alimentan a expensas de otros, animales o vegetales. Esto, como en el resto de interacciones, tiene enormes implicaciones adaptativas que se reflejan en la evolución de los seres vivos. Para el depredador, existen las grandes bocas con dientes afilados, garras, toxinas o comportamientos de caza. La víctima generará estrategias de evasión, crecimiento rápido, abundantes semillas, espinas defensivas, sabores desagradables, etc. En ese juego del gato y el ratón, ambos pueden usar camuflajes y mimetismos. A nivel de ecología de dinámica poblacional esto está relacionado a la abundancia de los depredadores y las presas.
El amensalismo (0/-) es una interacción neutra para una especie y negativa para la otra. Un caso concreto sería la antibiosis que ejercen algunos organismos sobre otros al generar sustancias que inhiben el crecimiento de otra. Este es el caso del clásico hongo del pan (penicillium chrysogenum) sobre las bacterias; la sustancia que produce el hongo (penicilina) limita el desarrollo bacterial que compite con su desarrollo. En cuanto a la competencia (-/-), esta consiste en una relación negativa para ambas especies, ya que implica el agotamiento de los recursos de los dos competidores. Generalmente los recursos son escasos: espacio, nutrientes, parejas reproductivas, iluminación, humedad, y otros. Por supuesto, la competencia se puede dar entre la misma especie (intraespecífica) y especies diferentes (interespecie). Esto fue estudiado de manera magistral por el científico ruso Georgy Gause (1910-1986) quien determinó experimental y matemáticamente cómo una especie pierde y la otra gana. Con esto generó el Principio de Exclusión Competitiva, el cual defiende que, durante la competencia, un individuo o poblaciones de especies desplazan a la otra. Su libro The Struggle for Existence, publicado en 1934, es todo un clásico de la ecología moderna.
Estas interacciones conducen a una pregunta fundamental, ¿qué relaciones son más estables: mutualismo, comensalismo, amensalismo, parasitismo o competencia? La estabilidad es sinónimo de resistencia a los cambios y a cómo se mantiene la abundancia en el tiempo. Esto continúa siendo debate de la ecología actual; no obstante, algunos indicios y modelos matemáticos apuntan a que depende de las redes o conexiones de estas interacciones en las comunidades biológicas. Otros apuntan a la suma de todas las relaciones, las cuales incrementan la biodiversidad y estabilidad. En síntesis, todas las interacciones deben conducir a la coexistencia de las especies y sus poblaciones, pues no siempre ocurre exclusión competitiva.
Bibliografía
1 Gause, G. 1934. The Struggle for Existence. Dover Books on Biology Series. 163pp
2 Lajaaiti, I., S. Kéfi, M. Loreau, A. Ardichvili, and J.-F. Arnoldi. 2026. Linking Biotic Interactions to Species Stability. Ecology Letters 29, no. 4: e70385.
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