Nací en Chile, pero mi vida comenzó a desordenarse, y a tomar forma al mismo tiempo, cuando el golpe militar de 1973 obligó a mi familia a partir al exilio. Tenía catorce años. Lo que vino después no fue solo un cambio de país, sino una fractura que con los años entendí también como un origen. La pérdida de un territorio afectivo, y al mismo tiempo la posibilidad de construir una identidad hecha de múltiples capas y colores.
Adolescente, crecí en Francia, en un contexto marcado por la mezcla cultural, una lengua extranjera de inmensa tradición literaria y la experiencia de ser, al mismo tiempo, de todas partes y de ninguna. Fue ahí donde apareció la música como una forma de expresar esa tensión, que no encontraba lugar en otras partes. A comienzos de los años 80 formé, junto a mis hermanos y un amigo franco-tunecino, la banda Corazón Rebelde. Hacíamos punk, pero no era solo punk. Era una mezcla de rock, ritmos latinoamericanos, memoria política y una energía que venía tanto del exilio como de la juventud. Cantábamos en español, desde París, sobre un país al que no podíamos volver.
Esa experiencia marcó para mí todo lo que vino después. No solo en lo musical, sino en la forma de entender la creación como un espacio de cruce, entre culturas, entre lenguajes, entre historias. Nunca aprendí a leer ni escribir música, pero aprendí a cantar, a componer y a sostener una idea, que el arte no es una disciplina cerrada, sino una práctica viva.
Después de la disolución de la banda, viví en Cuba, donde profundicé en las rítmicas latinoamericanas y en una relación más directa con la música popular. A mi regreso a Chile, a comienzos de los 2000, publiqué junto a mi madre la novela Corazón Rebelde y lancé mi primer disco solista. Pero más allá de esos hitos, lo que comenzó a tomar forma fue otra dimensión de mi trabajo: la relación entre creación y territorio.
Desde hace más de veinte años trabajo en gestión y extensión cultural, principalmente en bibliotecas públicas, municipios y espacios comunitarios. Ese trabajo me permitió comprender algo que no siempre está presente en los discursos culturales, que la cultura no es solo producción artística, sino también una experiencia vital, un vínculo y la posibilidad del encuentro. Que las personas no se acercan a la cultura porque esté disponible, sino porque les hace sentido.
En ese cruce entre experiencia artística y trabajo territorial, mi práctica comenzó a desplazarse hacia la mediación cultural. No como una herramienta técnica, sino como una forma de escucha. Como la capacidad de generar espacios donde las personas puedan reconocer el valor de sus propias historias.
En los últimos años, ese proceso me llevó a desarrollar lo que he llamado patrimonio digital comunitario: una forma de entender el patrimonio no como algo que está dado, sino como algo que se construye desde las memorias de las personas. Trabajando con comunidades en bibliotecas, he visto cómo una fotografía, un objeto o un relato pueden activar procesos profundos de reconocimiento e identidad. Y también he visto los límites de las políticas públicas cuando no logran conectar con esa experiencia.
En paralelo, nunca he dejado de trabajar en mis propios procesos creativos. Mi obra visual, desarrollada principalmente en serigrafía, funciona como un espacio de relectura de la cultura pop, el arte urbano y la experiencia del exilio. Trabajo con collage, capas, intervención de imágenes, en una lógica que recoge el espíritu del “do it yourself” del punk, pero también una cierta ironía y tensión entre lo bello y lo precario, entre el glamour y la crudeza.
La escritura aparece para mí en ese mismo lugar. No como un ejercicio separado, sino como una continuidad de todo lo anterior. Escribo desde la experiencia, pero también desde la necesidad de pensar lo que hago. Me interesa ese lugar intermedio entre el relato y la reflexión, donde la cultura, el patrimonio y la creación dejan de ser conceptos abstractos y se vuelven parte de una práctica concreta.
No me interesa escribir desde la autoridad académica, sino desde el cruce entre vida y pensamiento. Desde ahí observo, cuestiono y trato de construir una mirada sobre el mundo cultural contemporáneo, sus tensiones, sus contradicciones y sus posibilidades. Si hay algo que atraviesa todo mi trabajo, es la idea de que la identidad no es un punto de partida, sino un proceso. Y que la cultura, en sus múltiples formas, es uno de los lugares donde ese proceso se hace visible.
