El Museo Rafael Ángel Calderón Guardia de San José, capital de Costa Rica, durante los meses de febrero, marzo y mediados de abril de 2026, abrió una intensa propuesta de la artista Alessandra Sequeira Garza, curada por Gary Hior; muestra albergada en la nueva sala expositiva aledaña a la histórica residencia del expresidente de la República, la cual este museo lleva su nombre, en homenaje a su memoria.
La propuesta de Sequeira exhibe el uso creativo de las fibras generando palabras poderosas como trenzar hilos, tejidos, raíces, tramas, retículas de cuerdas que asemejan telarañas y bejucos arbóreos de un profuso reverdecer selvático, como la misma foresta o arboleda, simbolismo que los humanos portamos en la entraña y llamamos vorágine que atañe no sólo al cuerpo, sino a la psique. Usa además un sinfín de recursos textiles para conformar el penetrable donde la artista interioriza su propuesta como una cartografía viva, terapéutica, intentando hacerse una con aquella estructura arbórea que ocupa la zona central de la sala.
Metáfora de un penetrable
Cual si fuese útero del universo o cueva existencial de donde fluyen los líquidos amnióticos que nos preparan para otro renacimiento simbólico, experimentado al traspasar el umbral formado con dicha red de hilos y cuerdas, con un arte que, según las palabras de la propia artista, promete desvanecer nuestras sombras o miedos e innombrables demonios que atormentan a diario trepados como gorilas en nuestras espaldas.
Adentrar al espacio de esta macro-propuesta hilada y anudada, para mi comprensión, implicó entablar una sumersión autorreferencial dialogando con la materia y los recuerdos, como sentirse al interno de aquella malla negra trenzada y anudada elevada en el propio centro del espacio museístico hasta tocar la cúspide, lo más alto, tal cual lo hace el Axis Mundi, árbol leñoso al cual se puede penetrar por su oquedad interior, por el tronco o túnel dejándonos sumir en el sopor de una quimera que aletarga nuestros sentidos perceptivos y constriñe las cavidades cerebrales, habitáculo para nuestros pensamientos y acción simbólica que repito una y otra vez por lo significativo de la experiencia, que nos posibilita explorar ese entorno.
Por lo general, en mis interpretaciones del arte que me gusta ver y comentar, afirmo que si al apreciar una exhibición no avivan mis recuerdos y me sumerjo en una práctica vacía, porque no permite tocar o dejarse atrapar en tanto son vivencias, sin dicha conexión, digo que perdí el tiempo y no abastezco cognición alguna en el cuerpo o archivo de mis conocimientos. Ocurre porque no hubo aprendizaje; todo fue vaga ilusión insatisfecha o pesadilla de lo absurdo.
Sin embargo, en la instalación textil de Sequeira Garza, a partir de ese instante tan sensible cuando anduve en la sala probando los númenes de las cosas, como el colibrí se duerme en su movimiento volando por todas las direcciones cósmicas, chupando néctares, es, entonces, cuando fluyeron el juegos de evocaciones en una suerte de narrativa insondable que se proyecta en la gran pantalla de nuestra imaginación, vivencia de espectador ocurrida en un lapso impreciso del ayer.
La memoria me lleva a recordar el bosque de Monteverde, en la parte alta y montañosa de la provincia de Puntarenas, colindante con el volcán Arenal, cuando logré penetrar al vientre de un robusto Ficus insipida, higuerón centenario, en el momento en que los tenues rayos de la luz vespertina se colaban como el silencio entre los líquenes, epífitas y trepaderas. Por ahí fui subiendo la empinada oquedad, como si me devolvieran al interior de la entraña de donde fuimos sacados, con dificultad logré escalar ese vientre de la Madre Naturaleza, dadora y parturienta, hasta hallar un resquicio por el cual colaba la gélida noche con todo y estrellas asentándose en el fondo mismo de aquel añoso árbol, agarrada al suelo en el punto donde hundió sus raíces cuando fue semilla entre la hojarasca del sotobosque.
De inmediato, surcaron mi memoria, sujetos u objetos significativos de una experiencia quizá mística: sentirme al interior de una capilla ardiente y mortuoria, advirtiendo el terror a la cripta y a los fúnebres ramos —como dijo Darío en su poema “Lo Fatal”—, que nos esperan a la vuelta de la esquina. Fue también cuando vivencié una catedral boscosa, de raíces aéreas que descolgaban buscando el humus del terreno, negro, como aquel vientre del tronco hueco y seco entre el cual avisté al mundo de significados del arte de hoy.
Advertí, en esa experiencia tan sensorial e inmersiva, principal carácter del arte de Sequeira, cómo el vector de mis ojos posaba sobre aquellos flujos acuosos vertidos por la entraña de la Pachamama, nudos de fuerzas interiores que de repente tensan y colapsan, fragmentan, detonan, pero vuelven a la esencia del patrón de distensión armónico, porque donde hay luz, hay amor (Jn 1) y viceversa, son sinónimos de paz en el ojo de la tormenta, rodeado por fuerzas aguerridas o destructoras en los bordes, pero luminosidad y filiación con la naturaleza o madre poderosa en el propio ojo del vórtice.
Pensé en la acción de entretejer un escudo protector (el cual está en las zonas centrales de algunos de esos cuadros), anticipando la estocada o ponzoña del animus, espíritu donde confluyen todos esos vectores de energías hiladas y “raiciadas”, como redes de hilos a veces retorcidas o raicillas rizomatosas que se descuelgan desde lo alto y se desvanecen sin intimidar, en tanto son simbolismos del lenguaje profundo del arte.
¿Qué expone además de la instalación?
Exhibe cuadros de gran formato con grandes signos hilados conformando ríos, nubosidades de cuando la atmósfera se encapota y parece derrumbarse sobre el territorio, paisaje compuesto por tensiones adyacentes conformando núcleos, brotes, rizomas, pelotas (como las que teje en el centro de algunos de estos cuadros) y son de pura materia que atraen todas esas acciones y reacciones provocadas por la mano adiestrada y amorosa de la artista. Ésta, sin duda, es una propuesta de corte existencial, emocional, neuroestética; trata de las cosas que a veces nos cohíben, intimidan, reprimen, como un recuerdo amargo, pero que luego de entablar el ritual de reconocimiento con el sí mismo, apaciguan los resquemores en tanto estamos enraizados, lo que da seguridad al estar pegados a la tierra.
También avistamos en las afueras de la sala una instalación sobre el césped, que en contrapunto se vuelve pieza emblemática, para apreciar el enigma del dorso/reverso: lo que está afuera en tensión recíproca con lo que está adentro y es un dibujo con hilo de una cartografía del universo.
La teoría de los hilos y tejidos
Enraizar, en sentido figurado, significa establecerse con firmeza en la noción del lugar del cual procedemos o vamos, en tanto pertenecemos a ese suelo, situación y sacralidad.
Arraigar, en cambio, establece vínculos profundos porque hablamos de territorio, propiedad, cultura e identidad del lugar habitado y apropiamos el mundo. Se habla del proceso de echar raíces, sea en el ámbito biológico, social, individual o simbólico, que nos atañe, enraíza, arraiga, desafía desde la creación artística y la mano poderosa y sanadora de esta artista.
Indagando un poco más acerca de sus aportaciones a esta propuesta al arte actual, se reseñan los pilares de la obra de Sequeira, relacionándolos con la capacidad de la artista para transformar el arte como herramienta de sanación interior, reconexión con su entorno y naturaleza. Pero en todo ,al igual que con la cultura, innovar en textiles e instalación interna o externa implica posicionar el arte fibroso no sólo como técnica sino como territorio vivo, entorno y extensión de la memoria corporal, que también trastoca las tramas carnosas de nuestros cuerpos.
Son conexiones o reconexiones concebidas como entidades que se autodefinen al interactuar con el entorno, y que hemos llamado Madre “dadora”; tan significativas son el origen bio/cultural del entorno mesoamericano y la herencia originaria ancestral asimilada de la cosmogonía bribrí, cabecar y brünka que lidian con los espíritus de la montaña.
Aborda un ligamen relacional y experiencial, más allá de la “neuroestética” (Goleman 2008), perfilando un legado sensorial, catapultado por la introspección en las aguas del río que nace de aquella entraña de la cordillera, provocación del poético renacer.
Trae a mi memoria, una vez más en la vida, porque me encanta referenciarla, la metáfora del renacer en las aguas del estanque de la pintura de John Everett Millais: Ofelia, pintado entorno alrededor de 1852, e ilumina el propósito artístico de esta exposición de una obra tan inquietante, con lo cual la autora busca entablar una comunicación liberadora a través de líneas de interacción paliativas: anudar, tejer, texturas olfativas, tacto-visuales además de audiovisuales, usadas en otras muestras suyas como la tenida en la Sala IV del MADC; en el Museo Municipal de Cartago; en la Bienal de la luz, Galería Nacional; todo para que el espectador se reconecte con su propia esencia, mediada por la empatía y resiliencia que abren “la llave de paso” de la intención creativa.
Caracteres de lo expuesto
Es una propuesta sólida y a la vez de copiosa transparencia, desde el penetrable se pueden avistar los demás cuadros de las salas por las oquedades que deja abiertas esta “catedral arbórea”; tal y como se comentó, la artista configuró en el centro del espacio conectando además con el jardín lateral, cuyos hilos se escapan de la sala para reconfigurarse en otra noción del árbol y la metáfora escalada, intersticio para que fluya la mirada entre tantos hilos, entre tantos nudos, entre tantas cuerdas, materialidad que brinda la señal, la interpretación, el aguerrido grito engalillado para activar la batalla campal de la inmanencia y la creatividad artística.
En una entrevista que publicó Masa Crítica1, se logra interpretar algunas claves de conexión e interpretación para lo cual me motiva a traer al presente análisis sus propias palabras que discurren el las problemáticas actuales tales como el despiste y las actitudes “light”:
Estamos atravesando una crisis de desensibilización y apatía como humanidad. Importa regresar y preservar el conocimiento primigenio para rectificar de nuevo el camino. Un camino que hemos olvidado y por ello la humanidad se siente perdida. Nacemos “despiertos”, pero muchos se sienten dormidos. El sentido del tacto y luego la escucha se desarrollan desde el útero de nuestras madres;después se desarrolla el sentido del olfato al respirar por vez primera al nacer, y por último la vista.
La pócima sanadora sería subir al árbol y escalar los copiosos signos de reconexión con la vida utilizando “herramientas/sentidos” aptos para traducirnos, decodificarnos y guiarnos a través de navegar en el mar de la información, para lo cual la artista argumenta que “hemos estimulado tanto sólo la vista que los otros sentidos se han adormecido, dándonos una sensación de confusión perpetua, donde no sabemos cómo actuar”.
Alessandra cuestiona que estas sean herramientas olvidadas por nuestros cuerpos y que considera motivadoras, y así recordarnos nuestra naturaleza sensible, responsabilizándonos de las emociones e historias colectivas: “vernos a los ojos y plantear nuevas soluciones empáticas como rutas”, agrega Alessandra, para resolver y transformar problemáticas actuales desde la colaboración.
Entonces y para cerrar con esta insondable aproximación al arte de las fibras, refiero a los aportes de la neurociencia aplicadas a la creatividad (neuroestética) por parte del doctor Daniel Goleman en su libro Inteligencia Emocional 2005, quien concluye que estos estudios referidos ofrecen la base biológica para la experiencia de apreciar y buscar las respuestas que cuelgan como hilos del bosque profundo en “Enraizada”: El sistema límbico y la amígdala, para Goleman, será el responsable de esta práctica.
El neurocientífico describe la amígdala como el centro del miedo en el cerebro, por lo que la exposición de Sequeira, que propone desvanecerla, actúa como ejercicio para el córtex prefrontal, parte racional y de gestión para aprender a inhibir los impulsos cerebrales responsables del equilibrio emocional.
Enraizada, pues, es una actividad experiencial donde la artista pretende desvanecer sus miedos y los nuestros como espectadores de su investigación y ofrece frutos que nos orientan a explorar la transformación y sanación interior esperadas. Desde el punto de vista espiritual, ocurre en el momento en que hagamos las paces consigo mismos, con quienes están a nuestro lado e incluso con Dios, en tanto creemos que las adversidades son una purga existencial mandada por Él.
La neurociencia confirma que el cerebro no es estático; a través de experiencias estéticas y emocionales profundas, serán fortalecidos sus circuitos neuronales asociados a estados cognitivos como el entusiasmo, la energía y el deseo de sumergirse donde todo “con cuerda”.
Para Alessandra Sequeira Garza, la estimulación sensorial a partir de la introducción en la instalación de esencias olfativas capaces de producir texturas, pero también inserta audiovisuales, así lo hizo en la muestra “Re-conexión” (julio a noviembre de 2024) en la Sala 4 del Museo de Arte y Diseño Contemporáneo. Desde las neurociencias, este recurso activa múltiples áreas del cerebro simultáneamente, facilitando una respuesta emocional, robusta, duradera, contundente, que se suma al análisis intelectual de las imágenes e instalaciones expuestas. (Goleman. Inteligencia Artificial. 2008)
Notas:
1 Masa Crítica. (2026). Hilo y aguja: Neuroestética.















