Los talleres de los artistas ofrecen una excelente información de su modo de trabajar. El de Mariana Gomes (Faro, 1983) es diáfano, pero, según la iluminación, la disposición de mesas y estanterías, se perciben espacios que determinan los lugares en los que desarrolla distintas actividades. Hay juegos de miradas, imagino que trazados por el azar, y objetos que en seguida adquieren protagonismo. Como una serie de pequeñas esculturas, entre las que llaman la atención las cabezas de Antonin Artaud, Philip Guston, Tintoretto, Leopardi, Borges, Eliot o Henri Michaux, en lo que parecen homenajes a referentes, pero también una necesidad de tocar la materia, de sentirla, en un rasgo que resulta central en su trabajo.

Porque Mariana Gomes defiende la pintura como una búsqueda inquieta, intensa, en la que asoman el juego, la transgresión, el happening, lo festivo y lo carnavalesco, la máscara, la pasión y el humor, en un empeño de estar en el filo, abriendo nuevos caminos. La pintura como acción, banquete sobre la tela. Y el dibujo como fluir continuo, una sucesión de imágenes que tienen algo de piel delgada, de capa leve, pero también de mural.

Con frecuencia, en la pintura parte de referencias, pero da finalmente protagonismo al gesto, al lenguaje de la abstracción, a la grieta, al surco. Repasando su obra, existe una especie de empeño en empezar siempre (Ícaro, el tiempo), como cuando pintó sobre cuadros ya expuestos y no quiso cubrirlos sino provocar el encuentro entre dos momentos, dos acciones, dos búsquedas, en la certeza de que son siempre la misma: el acto de pintar, y hacerlo sobre otra presencia, incluso la tela blanca. O jugar con las sombras, proyectar imágenes sobre máscaras y objetos, empeñada en saber qué hay detrás o dentro de la pintura.

(Texto por Miguel Fernández-Cid y Pilar Souto Soto, comisarios de la exposición)