Hay un lugar semejante a este. Una realidad paralela que constituye una ficción relativamente próxima. Hay un lugar es un proyecto expositivo que combina piezas a medio camino entre la escultura y la instalación, que se articulan en torno a la idea de un aparente triunfo del mal sobre el bien, pero en el que todavía se puede vislumbrar algún rayo de esperanza.
Una exposición narrativa e interconectada, en la que cada pieza es per se, pero que también cuenta algo en relación a las otras y al espacio que ocupan.
(Alberto Ardid)
Dice Pasolini que basta con mover un milímetro el punto desde el que se mira el mundo para descubrir otro distinto. Alberto Ardid (Vigo, 1986) lo practica, incluso sin girar el ojo: observa la realidad y la interroga no como apariencia sino por lo que representa, sugiere y oculta. Busca los materiales adecuados y ofrece sus comentarios en imágenes, intencionadas pero abiertas siempre a la interpretación.
En Hay un lugar, convierte los patios del MARCO en espacios exteriores. En uno dispone Lugar, una instalación que nos habla de la propiedad privada, en clave gallega: formas de color (pinturas, moquetas) simulan parcelas o fincas, con marcos de piedra que delimitan las lindes de cada una. Como conjunto es un paisaje, en el que empezamos a descubrir detalles e intenciones: en el muro que recibe al visitante, los cristales de cierre han sido sustituidos por fragmentos de cerámicas de Sargadelos; las formas amarillas, que definen el espacio de las fincas, son acechadas por otras grises; un arco vigilante nos amenaza desde un balcón cercano y va cobrando sus primeras piezas...
La propiedad privada invade el espacio público en la primera galería, en la que se reúnen los servicios: la educación, la comida, la energía, el ocio. Todo parece relacionarse, pero conviene detenerse ante cada obra, porque el observador atento descubre un lado quizá menos plácido, pero igualmente real, y no pocas sorpresas: encerados convertidos en dianas, pinturas envasadas al vacío como comida fresca, una vela encendida que desafía la alarma antiincendios del museo.
Por las salas, asistimos a una sucesión de paradojas, de encuentros intencionados: nidos de bronce, que son de avispas velutinas; polvo del COVID, convertido en reliquia; pinturas expuestas como se almacenan los productos industriales seriados...
Como si se tratara de un relato en secuencias, el segundo patio ofrece una imagen primera cercana, familiar, con un palleiro (almiar) y alusiones a un paisaje y un sol (Universo), que pronto se transforman en escenario de debate. Descubrimos otras interpretaciones posibles: el paisaje es pancarta, desde el palleiro se dispara. Algunas acciones son más íntimas, como la tentación escondida en el cuarto de la limpieza, o la máquina que ruega insistente al espectador que la desconecte.
En la segunda galería, el efecto tiende a ser inverso: cortar un árbol puede ser un gesto ecológico, si se trata de un eucalipto; los materiales rotos se unen, con humor; un puntal industrial es tuneado con adornos jónicos, mientras las piezas maestras encuentran su lugar, casi solitario. Caminamos entre residuos, pero queda algo de esperanza.
En el panóptico, visto como cruce de caminos, vuelve la realidad: los restos de un accidente y el recuerdo de un ramo de crisantemos, prueba de un gesto que genera empatía.
Lo anterior no es un relato, tampoco una explicación. Se trata de invitar a que el paseo sea curioso, abierto a interpretaciones. Porque Alberto Ardid nunca plantea obras cerradas.
(Texto por Miguel Fernández-Cid y Pilar Souto Soto, comisarios de la exposición)









![Joana Vasconcelos, Flores do meu desejo [Flores de mi deseo], 1996-2010. Cortesía del Museo Picasso Málaga](/attachments/eedc45dd049dde88955d6087528aff6cd776a867/store/fill/330/330/3ebd0ce5e58719242b62502cc97120ab9e3842548750c03a5f45108c4146/Joana-Vasconcelos-Flores-do-meu-desejo-Flores-de-mi-deseo-1996-2010-Cortesia-del-Museo-Picasso.jpg)


