Esta parte de la introducción del libro, ”Los que dijeron No’” presenta las fuentes históricas como la prensa y documentos de la época, los procesos jurídicos, los testimonios de los marinos antigolpistas (publicados por la Biblioteca Nacional de Chile en 20191), y las historias de la Marina, bajo forma de una reseña de las historias y de las cuatro memorias de los almirantes implicados en la perpetración del golpe de Estado, que transcribimos en este artículo.

La historiografía oficial, u oficiosa, de la Armada es presentada en dos trabajos. La Armada de Chile del capitán en retiro Rodrigo Fuenzalida, organizada en cuatro tomos que suman 1.435 páginas, cubre desde los inicios hasta 1968. Después de su muerte, el quinto tomo fue escrito por Carlos Tromben, también un capitán jubilado.

Del trabajo de Fuenzalida, nos interesa especialmente el tomo 4 subtitulado Desde el comienzo de la Guerra Civil (1891) hasta el sesquicentenario de la Marina (1968). Luego de describir el aspecto naval de la Guerra Civil de 1891, destaca la adquisición de buques, fortificaciones, desarrollo de servicios y escuelas, así como los naufragios y accidentes. Se ven numerosos retratos de almirantes ataviados con sus trajes y decoraciones de parada. Este trabajo no aborda los reglamentos internos ni los conflictos entre diferentes categorías de oficiales ni la situación de la tropa. Evoca con indisimulado disgusto el “motín de las tripulaciones” de 1931, demasiado grande para ignorarlo, pero las revueltas de 1925 y de 1961 simplemente no existen en su trabajo. No hay ni un asomo de análisis sobre el rol político de la Marina en el siglo xx y sus relaciones con los diferentes sectores sociales. Expone, sin embargo, los tratados entre Chile y Estados Unidos.

Su sucesor, Carlos Tromben, trata el período del golpe de Estado. Con honestidad enumera las importantes adquisiciones de buques y armamentos efectuadas durante el gobierno de Allende, pero cuando llega el momento de abordar las causas del golpe no consigue salir del cerrado círculo de las memorias de los almirantes golpistas. De las 20 referencias señaladas en el capítulo “El final del gobierno de Salvador Allende”, una corresponde a la periodista Patricia Politzer, quien publicó el discurso de Carlos Altamirano, dos a la periodista María Olivia Monckeberg, quien entrevistó al almirante Montero en 1989, una al almirante Pablo Weber, cuatro a las memorias del almirante Huerta y doce a las del almirante Merino. Teniendo como fuentes casi únicas a dos golpistas, su capítulo sobre el Golpe no puede ser otra cosa que un resumen de las tesis golpistas, contradichas por hechos perfectamente verificables que figuran en otras fuentes que el autor prefirió omitir. Esta es, sin embargo, la versión aconsejada a los actuales estudiantes navales.

La Historia de la Marina de Chile de Carlos López Urrutia también llega hasta 1968. Está marcada por la descripción de combates navales con un lirismo algo en desuso, así como otras gestas, naufragios, exploraciones y rescates. Informa también de la adquisición de navíos y del desguace de otros.

Motivado por un nacionalismo obtuso, califica a los gobiernos de Chile según su disposición a adquirir buques para la Armada: buenos son los gobiernos que han entendido la importancia de una potente escuadra, y son menos buenos los que no adquieren buques de guerra oponiendo “la ya conocidísima coplilla de la falta de recursos y de la pobreza del erario”. Cierra su trabajo reclamando la adquisición de un portaviones, ya que por el momento Chile está en paz con sus vecinos, pero podría entrar en guerra si uno de estos países cambiara radicalmente como ha ocurrido en Cuba y en ese caso la Armada tendría que concentrar sus esfuerzos en una guerra antisubmarina. Igual que en el libro precedente, la relación de la Marina con la sociedad es mencionada apenas, y la evolución de los reglamentos, sanciones, disciplina es omitida. El único conflicto social abordado es la sublevación de la Escuadra de 1931, calificada como “El único acto vergonzoso que recuerda la Marina de Chile” y “El único borrón que no tiene ninguna justificación histórica en la cristalina tradición de la Marina de Chile”, sin intentar una verdadera explicación.

Las memorias de los almirantes golpistas

Cuatro almirantes organizadores del golpe de Estado publicaron sus memorias a fines de la dictadura o a principios de la transición:

Ismael Huerta en 1988;

Sergio Huidobro en 1989;

Patricio Carvajal hacia 1990;

Toribio Merino termina las suyas en 1996, el año de su muerte, y aparecen en 1998.

Pese a ser publicadas entre 15 y 23 años después del golpe, las cuatro memorias mantienen una versión petrificada del período, aferrándose a la publicidad dictatorial de los primeros años, reproduciendo la forma de pensar de los militares golpistas en 1973.

Los cuatro almirantes se proyectan como salvapatria y defienden, con obcecación, la propaganda dictatorial de los primeros días. Todos responsabilizan al gobierno de la Unidad Popular del asesinato del edecán naval de Allende, Arturo Araya, perpetrado el 27 de julio de 1973; ninguno informa que sus homicidas de extrema derecha fueron detenidos antes del golpe de Estado, y que la dictadura los indultó (cap. 5).

Hacen las mismas insinuaciones respecto al grupo derechista que colocó una bomba en casa del almirante Huerta en noviembre de 1972, detenido antes del Golpe y también liberado después (cap. 6).

El propio almirante Huerta llega al extremo de negar la responsabilidad de su gobierno en el asesinato del exministro de Allende Orlando Letelier, en Washington, en 1976, atribuyéndolo a “un ciudadano norteamericano, en connivencia con elementos cubanos”, cuando años antes la investigación del FBI había establecido que el crimen fue la obra de la policía secreta chilena.

Tal vez porque conciben sus memorias como un último acto de su guerra, no trepidan en alterar fuentes. Como veremos, atribuyen a Allende expresiones descalificatorias que invariablemente son las únicas en conocer y, en varias ocasiones, tergiversan hechos o documentos conocidos. Un ejemplo flagrante son los retoques a la transcripción de las comunicaciones entre mandos el día del golpe. Carvajal y Huidobro, no sólo las retocan para aventajar –algo– la expresión oral del almirante Carvajal y –más de algo– la del general Pinochet. Alteran pasajes importantes:

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Esta obcecación no es falta de información ni de inteligencia –sin duda poseen ambas– sino un signo revelador de los frágiles sustentos ideológicos del Golpe. Los almirantes golpistas optan por aferrarse a los mitos fundadores, como si fueran dogmas de fe eximidos de la prueba de la realidad, quizá su última línea de defensa para camuflar el derrumbe intelectual de las tesis golpistas.

Téngase presente” de Patricio Carvajal

El libro del almirante, que desde el Estado Mayor coordinó el golpe con el Ejército y la Aviación, es una recopilación de textos e informes redactados en los meses anteriores al golpe y se completa con máximas y citas. Los aportes propios son escasos.

Como anexo, publica una ponencia presentada en 1983, donde proporciona algunos elementos sobre la organización del golpe. Reconoce que inicialmente estaba programado para el viernes 14 de septiembre y fue avanzado para el martes 11. Explica que los planes de seguridad interior son modificados para transformarlos en un plan envolvente del centro de Santiago. Se añade un plan de telecomunicaciones: “en buenas cuentas había que proteger las radios ‘buenas’ y silenciar a las ‘malas’”. Sus argumentos son simples; justifica su adhesión a la conjura, satanizando a Salvador Allende, en el sentido figurado y también en el propio:

Quiero decir que, en ese tiempo —febrero de 1973—, estuve en una reunión con el Comandante Sergio Rillón, a quien veo aquí. Él estaba muy deprimido. Al explicar el porqué de su estado de ánimo, decía que había estudiado con profundidad la Biblia, sobre todo el Antiguo Testamento, y había encontrado que la descripción de Satanás allí desarrollada cuadraba exactamente con la personalidad de Salvador Allende. En verdad, yo diría que el Presidente Allende poseía una habilidad diabólica para manejar a los hombres. Sólo así se explica —no lo digo por hablar mal del difunto— que personas como el General Carlos Prats, que era un hombre inteligente, muy preparado, un líder en su Institución, así como el Almirante Montero, quien también era muy preparado, poseedor de una facilidad de palabra extraordinaria y de una cultura superior a la normal, y como el General Ruiz Danyau, quien era una excelente persona, fueran manejadas por el Presidente Allende en forma excepcional.

"Bitácora de un almirante" de Toribio Merino

El almirante se presenta como un paladín del nacional-catolicismo, inspirado en Francisco Franco, a quien admira profundamente, decidiendo partir en cruzada contra el gobierno de Allende desde el día de su elección. Inicia sus memorias instando a la Armada a dar nuevos golpes de Estado:

Si por desgracia se llegara a repetir una situación como la aquí descrita, la lección está dada.

Merino ha pasado a la historia como el más fanático y extravagante miembro de la Junta militar. En 1977, responde a la periodista Malú Sierra que no ve otra salida a la humanidad que una tercera guerra mundial. En 1978, Merino es partidario de una guerra contra Argentina que, en su mente, se resolvería a través de una colosal batalla naval —contra la opinión de los jefes de la Aviación y del Ejército, que afirman no estar preparados—. En los años 1980 se adjudica la emisión televisiva, “Los martes de Merino”, donde, con engreídos aires de filósofo, prodigó lecciones sobre lo humano y lo divino. En una de ellas decreta que los bolivianos son “auquénidos metamorfoseados, que han desarrollado la capacidad de hablar, pero no de pensar”. En otra, divide a los chilenos entre “nativos y moscovitas” y concluye que los comunistas no son humanos, sino “humanoides sin alma”, de lo que se deduce que están desprovistos de derechos humanos. El almirante considera sin duda esta reflexión como uno de sus aportes teóricos mayores, ya que la seleccionó como anexo en sus memorias.

Sin embargo, contrariamente a la imagen que busca proyectar de sí mismo, Merino no siempre fue así. Tras la elección de Allende, cuando su carrera dependía de la autoridad política, su oposición al Gobierno fue mucho menos virulenta de lo que sus memorias pretenden. Como otros, busca complacer a las nuevas autoridades, a veces con obsecuencia, ya que de ellas depende su permanencia en la Armada y su eventual ascenso.

Tres personas que frecuentan a Merino, en ese período, no ven nada en él que indique un comportamiento golpista, al menos durante la primera mitad del gobierno de Allende. Esta fase de su vida pública está ausente de sus memorias.

Osvaldo Puccio, el secretario de Allende, cuenta una anécdota reveladora. El sábado 12 de septiembre de 1970, una semana después de las elecciones presidenciales, Puccio acompaña a Allende a una reunión con el Estado Mayor de la Armada representado por los almirantes Montero y Merino, futuros líderes del legalismo y el golpismo (cap. 3).

Para Puccio, el primero es un hombre muy fino y de gran cultura, en cambio:

El almirante Merino era un hombre que trataba de ser extrovertido. Buscaba vinculación con nosotros.

Y, para su sorpresa, en un apartado le dice a él y a Tohá:

Uds. dos que son hombres que están muy cerca del Presidente. Díganle que se cuide del almirante Montero. Es un hombre de los norteamericanos. ¡Con él, nunca vamos a llegar al socialismo!

Posteriormente Merino tutea al secretario de Allende y lo invita insistentemente a pescar y a visitar los navíos.

Este comportamiento es corroborado por el abogado Luis Vega, asesor jurídico de Merino en mayo de 1972, cuando Merino es designado intendente subrogante de Valparaíso. El almirante gestionó con éxito varios conflictos laborales; otorgó la fuerza pública cada vez que el Gobierno la solicitó y firmó todas las denuncias que le presentaron, incluso una en contra de un parlamentario del Partido Nacional, y se reúne varias veces con la dirección local de la Unidad Popular. Sólo a fines de 1972, sobre todo después del atentado a la casa del almirante Huerta, Merino cambia y exclama ante el abogado: “Ustedes no controlan la situación y están haciendo que nos empujen a actuar”.

Por último, el propio Roberto Kelly, ex oficial de la Armada que, como veremos, tendrá un rol importante en la conjura, tiene una apreciación similar a la de Vega:

Yo creo que Merino se convenció de la necesidad de hacer un pronunciamiento militar hacia mediados de 1972, desde la huelga de los camioneros. Obviamente, antes de dar el paso tenía que cubrir todos los frentes, aunque pienso que llegó un momento en que Merino estaba dispuesto a moverse —dar el golpe— solo.

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El almirante Merino mostrando su pistola Lüger durante una conferencia de prensa. El Mercurio de Valparaíso 16-9-73.

Sólo a fines de 1972, la imagen que Merino proyecta de sí mismo corresponde a la realidad. Influenciado por el catolicismo conservador, está dispuesto a implicar a la Marina en un cuartelazo, incluso contra las otras ramas de las Fuerzas Armadas, como sus antecesores de 1891 y 1925. Considera la Armada “como el instrumento que Dios me dio y la Virgen puso en mis manos para salvar a Chile del ateísmo destructor”.

Abomina contra todas las reformas (agraria, tributaria, educacional) aprobadas por el Parlamento en las últimas décadas; las emprende contra las escuelas mixtas donde “los muchachos le perdieron respeto a la mujer” y exige que las jóvenes embarazadas sean “retiradas de clases no sólo por su propio bien sino por el espectáculo de inmoralidad que daban al resto de la juventud”. Para el almirante, “el chileno es creyente por definición”, realidad que él considera indiscutible y que lo autoriza a rechazar cualquier sistema político ateo. No consigue percibir las ideas de izquierda como un proyecto político; ve a quienes las sustentan como un enjambre de espías urdiendo planes malévolos. Sus divagaciones tienen en realidad un interés teórico prescindible. Lo sorprendente –e interesante– es que un país le haya confiado el monopolio de las armas a alguien así.

De sus memorias nos interesa especialmente el relato que hace de los acontecimientos en que participó. Informa de la gestación de los planes golpistas, tramados a escondidas del jefe de la Armada, que incluyen un plan de ataque a prácticamente todos los centros industriales y universidades de la zona, con tropas y bombardeos desde los buques (cap. 6).

No obstante, sus aseveraciones son una fuente dudosa. Varias de sus afirmaciones, como veremos, se han revelado erróneas. Obsesionado por denigrar a Allende, describe encuentros muy improbables y les atribuye un contenido imposible achacándole declaraciones de guerra a la Marina (cap. 6).

Las memorias de Merino son una fuente importante pero dudosa, que debe ser examinada con particular atención.

"Decisión Naval" de Sergio Huidobro

Las memorias del jefe de la Infantería de Marina, que mantuvo un contacto privilegiado con los agentes estadounidenses de la Misión Naval, permiten situar algunas reuniones importantes del período, como los consejos navales y algunas reuniones conspirativas.

En páginas algo monótonas, Huidobro las emprende contra la “estrategia del social imperialismo soviético” y su penetración en Chile en el capítulo “el marxismo criollo tras la conquista del poder total”. Con Allende, dice: “la violencia subió al poder” y presenta a los miembros de los partidos de izquierda como perveros sin remedio, pues el comunismo planifica infiltrarse, dividir, descabezar y neutralizar a las Fuerzas Armadas. Pero no pudieron porque afortunadamente estas son un baluarte moral y de fuerza contra el comunismo. Habla de invasión de extremistas extranjeros, riquezas marítimas cedidas a la URSS, escalada violentista, racionamiento de alimentos.

Aunque pone comillas a menudo, rara vez indica sus fuentes y a veces es muy difícil creerle, sobre todo cuando “cita” frases del Presidente. Es el único en saber que “el Presidente Allende prometió tarjetas de racionamiento alcohólico, pues a su juicio: "Los trabajadores chilenos toman mucho y trabajan poco". "Los voy a apretar, porque, si tengo que hacerlo con la derecha para que escupa millones que tiene guardados, así tengo que apretarlos a ustedes para extraerles el alcohol que tienen dentro”. Se trata, ciertamente, de una proyección de la visión que el almirante tiene del Presidente, bastante lejana de la realidad. Esto no corresponde al estilo de Allende, quien jamás se habría referido a los trabajadores en esos términos, menos delante de él.

La característica más marcada de Decisión naval es los silencios. Huidobro omite hablar de sus años de instrucción en Estados Unidos y del contenido de aquellos cursos. Tampoco menciona su viaje a Estados Unidos en julio de 1973, con Patrick Ryan, el jefe de la Misión Naval estadounidense, a adquirir armamentos de combate en tierra, sin duda necesarios para dar el golpe. Silencia buena parte de los debates con otros oficiales ocurridos el viernes 7 de septiembre para fijar la fecha del amotinamiento, señalados por el general Arellano (cap. 6). Elude también las acusaciones de ser el vínculo con los militares norteamericanos que participaron en el Golpe, hechas nominalmente por Thomas Hauser en su libro The Execution of Charles Horman, an American Sacrifice, llevado al cine como Missing. Ni tampoco habla de las evidencias de torturas a los marinos antigolpistas perpetradas por infantes de marina bajo su mando.

"Volvería a ser marino" de Ismael Huerta

La única persona que fue ministro de Allende y de Pinochet define sus memorias, organizadas en dos tomos que totalizan 980 páginas, como un relato de recuerdos. Es sin duda la más completa y la mejor lograda de las memorias de almirantes; en un estilo ameno comenta las etapas de su vida naval desde su prisma ultraconservador. Huerta proporciona interesantes informaciones sobre la sociedad chilena de los años 1920 y de la Escuela Naval de los años 1930; la descripción de sus estadías en Europa tiene, en ocasiones, un enfoque original. La manera de percibir el mundo del más intelectual de los líderes golpistas permite aprehender por extensión la visión de muchos oficiales navales.

Sus memorias proporcionan informaciones sobre la conjura y, sin proponérselo, entregan un buen compendio de las anécdotas, cuentos o fábulas que circularon inmediatamente después del Golpe. Termina su relato a fines de los años 1980 y fallece en 1997.

Huerta concluye explicando sus motivaciones con honestidad. Está en guerra contra traidores e ilusos que están en salones, cafés, asambleas y templos:

Desde septiembre de 1973, Chile está en guerra con la Unión Soviética; no es un conflicto que se desarrolle en un campo geográfico de batalla; ese caso, si llega a presentarse, determinará las misiones que debe cumplir el mundo occidental. Nuestra obligación es ganar la contienda dentro de las fronteras de Chile, tanto en el terreno ideológico como contra el terrorismo, que es una de las expresiones patentes del conflicto. Nuestro deber es desenmascarar a los traidores y desengañar a los ilusos que se dejan llevar por la fraseología seudointelectual de los eruditos que operan en salones, cafés, asambleas o templos.

O sea, buena parte de la población chilena podía ser —y de hecho fue— el enemigo de las fuerzas comandadas por el almirante en la guerra que se libra “dentro de las fronteras de Chile”. Además, predice que los hombres de armas, abnegados y desinteresados, se verán forzados a “intervenir” (léase: darán nuevos golpes de Estado), para corregir los entuertos provocados por los políticos incapaces, corroídos por ambiciones personales. Este eslogan, muy difundido durante los primeros años de la dictadura, lo conserva como un fósil y lo repite a fines de los años 1980, durante su agonía, cuando muchos militares se vieron envueltos en asuntos bastante lejanos de la abnegación y del desinterés:

Un militar no tiene nada que envidiarles —a las personalidades nacionales—, y ellos, mucho que aprender de la solidez de principios, buen sentido, desinterés y abnegación de los hombres de armas. [...] Antecedentes a tener en cuenta si —Dios no lo quiera— las Fuerzas Armadas deben intervenir una vez más para enderezar entuertos creados por otros que, más que capacidad y buen juicio, ostentan ambiciones personales.

En 1936, la Marina francesa invita a ocho estudiantes oficiales extranjeros al crucero de instrucción en su buque-escuela Jeanne d’Arc: un letón, un rumano, dos polacos, dos iraníes y dos chilenos. Huerta será uno de ellos. Observa atentamente a sus colegas franceses; luego, en Alemania en 1939, lo impresiona fuertemente el nazismo: absorbe la leyenda de que, en 1918, el ejército alemán no fue derrotado sino que recibió una “puñalada por la espalda”, provocada, entre otras cosas, por “el poder de los judíos”, aunque condena su exterminio “cualquiera que haya sido la cifra real de víctimas”, precisa.

Durante la travesía de regreso a Chile en febrero de 1939, observa con distancia y cierta compasión a los judíos que emigran a América. Tiene como compañero al general Ariosto Herrera, exagregado militar de Chile en la Italia del Duce, quien seis meses más tarde, parodiando a Franco, intentará un fallido golpe de Estado contra el gobierno del Frente Popular. El almirante le rinde un lírico homenaje explicando que era simplemente un soldado inquieto por el avance del comunismo y publica parte de su carta justificativa. Impugna el juicio de Nuremberg criticando la presencia de jueces soviéticos y las condenas de delitos perpetrados antes de la tipificación del crimen. Esgrime como modelo jurídico los consejos de guerra de la dictadura de Pinochet, que no juzgaron a los que planificaron deliberadamente la destrucción de la economía y del orden social —dice—, ya que este delito no figura en los códigos.

Manifiesta una reiterada admiración hacia Jorge Montt, el capitán de navío que encabezó la fronda oligárquica de 1891 (cap. 2), alabándolo por haber incrementado la flota y las propiedades de la Marina. Su educación conservadora lo lleva a mirar con recelo a los francmasones. Su padre le había enseñado –recuerda– que detrás de todo asunto turbio siempre están los masones y el almirante cree que se les puede acusar con cierta razón de “los confusos acontecimientos políticos de 1924 y 1925”.

Los políticos son descritos machaconamente como seres deshonestos que pronuncian palabras halagüeñas y se dan aires de superioridad. Reconoce que los libros del democristiano Eduardo Frei (presidente 1964-1970) son leídos por algunos oficiales, pero cuando lo escuchó criticar "las prematuras jubilaciones de los militares", lo acusó de “demagogia pura”. Sus prejuicios son tales que la primera vez que encuentra al senador Allende —cuenta— le niega el saludo “con displicencia rayana en el desprecio”, esto, “ejerciendo mi derecho a no reconocer a una persona que practicaba una profesión —la política— tan ajena a la mía”. El único político que escapa a sus desprecios es el nacionalista Jorge Prat.

Manifiesta una aversión contra toda organización de “bajo rango”, según su estratificada visión de la sociedad. La Central sindical (CUT) le parece “un nido de peligrosos extremistas” y el cardenal de Santiago, Raúl Silva, le resulta algo sospechoso porque asistía a la celebración del día del trabajo. Se expresa de los sindicalistas y de los obreros con un altanero desdén:

Ramón Carrasco, dirigente de los trabajadores de los astilleros, es “audaz y deslenguado”, y le parece inaudito que, siendo “obrero, agitador y marxista, representante de una minoría de la fuerza laboral, se sentaba en la mesa de sesiones junto a los almirantes, para debatir la marcha del principal organismo que la Armada posee para el apoyo logístico de su material a flote”. En otra ocasión, durante un viaje en taxi en febrero de 1972, se queja de la “poco deseable compañía proletaria”, explicando que nunca se habituó “al desaseo de algunos trabajadores, por muy dirigentes que sean”. Y semanas después, comenta que los trabajadores entran a su despacho “precedidos por su espantosa fetidez”.

Ya en 1970, postula una cierta autonomía de las Fuerzas Armadas, pues si un proceso de cambios “es arbitrario y sin respaldo de la mayoría, las Fuerzas Armadas quedan liberadas de su compromiso de fidelidad...”. Su relación con el gobierno de Allende es de hostigamiento creciente. Como director de ASMAR, rechaza categóricamente un convenio con la CORFO ya que ASMAR es principalmente de la Marina “dijeran lo que dijeran las leyes”.

En 1971 renuncia a la presidencia del Centro de Estudios del Pacífico formado por tres universidades y la Armada, y retira los aportes de la Armada, argumentando no haber sido informado de un viaje al extranjero de un grupo de trabajo sobre derecho del mar. Como ministro de Obras Públicas, se opone, sin éxito, a la presencia de los ministros militares en la manifestación de despedida a Allende en su visita a varios países y a la ONU. Poco después intenta provocar la renuncia de los tres ministros militares; no lo consigue y es reemplazado como ministro por el almirante Daniel Arellano.

Linda con la complicidad con los atentados terroristas contra Allende, cuando busca disimular la responsabilidad de los ultraderechistas, conocidos y próximos al almirante, que atentaron contra su domicilio. El almirante lanza dardos contra Investigaciones, que los identificó y detuvo (cap. 5).

También intenta disimular la identidad de los responsables del homicidio del comandante Arturo Araya atacando nuevamente al servicio de Investigaciones que los había identificado: estaban apremiados —dice— por cerrar la investigación ya que “el caso que estaba resultando comprometedor para los extremistas de la Unidad Popular” (cap. 5).

Proporciona, sin embargo, una buena cantidad de información sobre la preparación del Golpe, describiendo algunas reuniones, contactos con civiles y explica cómo los almirantes retuvieron a los oficiales medios exaltados.

Huerta es designado ministro de Relaciones de la dictadura con la misión de justificar lo injustificable ante los organismos internacionales: negar desapariciones, torturas y actos terroristas del gobierno. Años después, Sergio Diez, miembro de su equipo ante la ONU, ha reconocido que desinformaba:

Cuando doy informaciones falsas a las Naciones Unidas, estoy faltando a la verdad y eso es un engaño [...] todas las intervenciones que yo hice en Naciones Unidas fueron informaciones que proporcionó el gobierno. Evidentemente yo no tenía ninguna forma de imponerme. En muchos casos fui yo engañado; fueron los tribunales, la opinión pública engañada y es bueno que se investigue.

Pero, para Huerta, todo lo explica el complot: existe acción concertada contra Chile —afirma— de la prensa y de organismos que:

Ya estaban preparados para lanzar una campaña generalizada; la infraestructura existía y había probado su efectividad durante la Guerra de Vietnam. Diarios, semanarios, cadenas de radio y televisión, artistas, intelectuales de izquierda y ‘tontos útiles’ no esperaban sino la señal de partida para desatar sus ataques.

Rara vez Huerta responde a los argumentos de sus adversarios, sino que los denigra; los manifestantes son “ignorantes” y las iglesias que recolectaban fondos para acciones de solidaridad son “villanas”. Tal vez para el consumo interno, se describe como un verdadero paladín de la “civilización accidental” y pinta a los denunciantes como avergonzados cuando les reprocha debilidad frente al comunismo:

Edward Kennedy “habló sordamente, sin dar la cara”;

Groth, el encargado de negocios de Suecia, “tartamudeó algunas palabras mientras transpiraba en forma copiosa”;

Kurt Waldheim, el secretario general de la ONU, “se demudó a ojos vista y, muy nervioso”; incluso “los tres diplomáticos de Estados Unidos abandonaron mi despacho alicaídos y en silencio”.

Particularmente odiosas son las infamias lanzadas contra Hortensia Bussi, la viuda de Salvador Allende. Huerta repite a fines de los años 1980 los rumores propagados los primeros días después del Golpe: no estaría especialmente afectada por la muerte de su marido ya que no se vistió de luto cuando llegó exiliada a México:

La señora de Allende tomó un avión para dicho país y fue recibida en el aeropuerto por el Presidente, Licenciado Luis Echeverría, y todo su gabinete en pleno, todos de luto riguroso. Ella descendió a la losa, vestida de colores claros, y dio como explicación que su partida apresurada no le había permitido empacar ropa de duelo.

El almirante sabe que su casa fue saqueada, después de ser bombardeada, y que ella debió salir de Chile sin tener, verdaderamente, el tiempo de escoger su tenida. Hay más. En ocasiones llega a ser vil cuando acusa a Hortensia Bussi y a otros opositores de ser pagados por denunciar las exacciones perpetradas en Chile. Esto cuando ni ella ni otros tienen la mínima posibilidad de defenderse:

El enemigo empleaba todas las armas a su alcance. Hortensia Bussi de Allende, que no tuvo la suerte de heredar bienes materiales de su esposo legal, se vio obligada a ganarse el sustento sumándose a la campaña contra el régimen militar. Hizo declaraciones, dio conferencias de prensa en el mundo y repitió lo que le enseñaron.

Finalmente, transciende su aislamiento: los delegados a los foros internacionales son expertos “en mirar sin verme” —dice— y en la ONU, quienes presiden las sesiones “se ausentaban intempestivamente cuando hablaban los chilenos”.

Sus esfuerzos por negar torturas resultan inconsistentes. Descalifica el informe sobre los derechos humanos presentado por el paquistaní Gulam Alí Allana, en 1974, que “no era sino una burda novela de errores y de horrores para impresionar a quienes ignoraban la verdad"". Torturas que lindaban en lo grotesco: "se alude a perros amaestrados especialistas en violar mujeres”.

Es exactamente lo que ocurre. Abundantes testimonios de víctimas del centro de torturas llamado, cruelmente, “La venda sexy”, establecen que las prisioneras son violadas por perros y que en el cuartel Tejas Verdes de San Antonio se les introducían ratas vivas en sus vaginas.

Poniendo los hechos a la luz, informes como el de Alí Allana contribuyen en algo a frenar el horror, mientras el almirante Huerta cumple con su triste misión de encubrirlo.

Nota

1 En libre acceso.