Siempre tengo la sensación de que algo falta, y voy tarde para encontrarlo. Me he pasado la vida buscándolo y no he podido hallarlo. En todos los comienzos me propuse hallarlo, pero ninguno de esos comienzos fue el comienzo. Por eso, cuando terminaron no lloré, solo seguí buscando, y buscando y buscando y buscando… busqué tanto que malgasté todas mis vidas, incluso olvidé lo que estaba buscando. Pocas veces me he acercado, apenas lo he rozado, es como cuando se tiene un sueño lúcido que al despertar se borra completamente.
De pronto escribo una página y me acerco, pienso: ¿por fin?, ¿lo he conseguido? Entonces la audiencia se emociona, la trama al fin se pone interesante. La cámara me toma en un plano medio, es de noche, la fotografía de la escena es una gama de azules y violetas, que crean una atmósfera de esperanza y nostalgia. Estoy en una terraza pequeña, recostada sobre la baranda del balcón, el cielo está despejado, la noche tranquila, la luna incipiente como una pestaña o media sonrisa. La ciudad está quieta, aunque conserva algunos de sus ruidos habituales: el motor de los carros, el ladrido de los perros, las sirenas a lo lejos, el murmullo de la gente y los pasos. Desde ahí, veo las luces encendidas de los apartamentos como sillas en un bus. Un gato gris se cuela en el balcón y me permite acariciarlo. Esa es la escena definitiva, el momento en que sé que lo he conseguido, aunque no haya pasado aún, Ellington suena de fondo, la cámara gira y enfoca al gato por unos segundos en un plano picado, la escena termina, el público enloquece. Apago el computador y me voy a dormir.
Al día siguiente, leo lo que escribí, pero no me gusta, lo releo, le doy mil vueltas, y no, no me convence. No es que sea terrible, pero no es lo que quería decir, cuando lo escribí sentí que era Amor índigo, Birdman o Los pájaros. Supongo que ese es el infierno de los escritores, no poder materializar las ideas, no encontrar el justo medio entre las palabras, las formas y el orden, para expresar esa imagen nítida en la cabeza. Así que, vuelvo al comienzo, a seguir buscando, y bueno eso es lo que planeo hacer con mis días, escribir, y seguir escribiendo hasta que mis textos se sientan como el jazz de Duke Ellington, la voz de Ariana Grande, las películas de Michel Gondry, una conversación con Fran Lebowitz, una obra del Royal Ballet, un poema de Luis Vidales, un cuento de Marvel Moreno, una novela de Fanny Buitrago o un vestido de Alexander Mcqueen; o mejor aún, la escena perfecta.
Si el lector llegó hasta aquí, sin aburrirse, pararse de la silla o arrugar la frente, lo invitó a que me lea, no solo porque le gustó mi estilo, sino porque los temas que trataré seguro le parecerán interesantes. En cuanto al arte, me gusta escribir sobre lo viejo, bien sea porque se ha olvidado o porque se volvió eterno, como las películas de Hitchcock o los libros de Dostoyevski. Además, me interpela la moda, lo romántico, lo gótico y lo melancólico. Diría que en mi decálogo de temas Audrey Hepburn se encuentra con Franz Kafka y Joan Baez dirige una película con Martin Scorsese.
Por otro lado, me interesan temas sociopolíticos, como los conflictos geopolíticos, el nuevo orden mundial, la intromisión de la tecnología en casi todos los aspectos de nuestra vida, el surgimiento de nuevos mercados y nuevas formas de hacer dinero, el cambio generacional y la evolución de paradigmas sociales, las distopías a las que nos enfrentamos como sociedad, la pérdida de la crítica,entre otros. Por eso, querido lector, espero que nos encontremos.
