Entonces, de dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro dejado; de dos mujeres que estén moliendo juntas, una será tomada y la otra dejada.

(Mt 24, 40)

El miércoles 24 de junio de 2026 quedará para siempre grabado en mi alma. En Venezuela era día feriado por ser el aniversario 105 de la Batalla de Carabobo (la principal de nuestro proceso de Independencia), a partir de las 6:04 pm el centro norte de Venezuela sufrió un doblete sísmico que duró poco más de 2 minutos. Ambos terremotos tuvieron una magnitud de 7,2 el primero y 7,5 el segundo en la zona entre los estados Yaracuy y Carabobo donde se encuentran las fallas de Boconó y San Sebastián las cuales forman parte de la unión entre las placas del Caribe y Suramérica. En Caracas el inicio del primero lo percibí como otros temblores que cada tantos años ocurren y por eso pensé que pasaría rápidamente, pero luego vino una fuerte sacudida haciendo sonar toda la estructura del edificio y tumbando las láminas de cerámica o mármol que adornan sus pasillos las cuales estallaban al caer.

Mi primer sentimiento fue el terror, mi primer pensamiento: ¡¿resistirá el edificio?! ¡¿Ya veré todo derrumbarse y seremos sepultados por los escombros?! ¡Ten piedad de nosotros, Señor! Ahora, días después, me pregunto: ¿cómo este hecho afectará mi espiritualidad?, ¿cómo lo percibo desde mi catolicidad?, ¿cuáles son las primeras respuestas que encuentro en la oración y en mi vida contemplativa como laico y académico?

Trato de recordar si en el momento del sismo recé, y la verdad es que no lo “veo” con precisión. En poco tiempo se ha convertido en imágenes fotográficas o pequeños “videos” que siguen en mi mente. Seguramente lo hice porque siempre estoy rezando y creo escucharme decir: ¡Dios mío protégenos! Al pasar el horror del movimiento -¡y el ruido más espantoso!- que nos zarandeaba de un lado a otro (hay imágenes donde las personas son empujadas con violencia al suelo), tratamos de comunicarnos para saber de nuestros familiares pero era imposible, luego se retomó la conexión y llegaban las noticias: “estamos vivos”, pero también la tragedia: “se desplomaron varios edificios en Los Palos Grandes, San Bernardino y El Paraíso; y decenas en Caraballeda”.

Era peor de lo que pensábamos, peor que en 1967 (¡32 veces mucho más destructivo!). Luego, al ver las imágenes de los edificios desplomándose, los testimonios de personas que se habían salvado perdiendo incluso a toda su familia... la muerte y el dolor impusieron una tristeza más devastadora que los daños de nuestras viviendas y ciudades. A 3 semanas de los hechos las cifras oficiales sobrepasan los 4 mil fallecidos con más de 17 mil heridos y 10 mil damnificados, aunque los datos de la ONU hablan de 50 mil desaparecidos. Según informes satelitales de la NASA: 434 edificios colapsaron (las cifras del gobierno no superan los 200) y 1304 fueron dañados de alguna forma (cifras oficiales: 856). Mi trauma se fusionó con el gran trauma y luto colectivo. El sentimiento de vulnerabilidad y temor a perder la vida en un instante no se ha ido, al igual que la angustia ante la posibilidad de perder el hogar.

Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?

(Mt 27, 46)

¡¿Por qué nos has abandonado?! Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz.

(Mt 26, 39)

Al seguir padeciendo la inseguridad y el miedo (agravadas por las réplicas que se van sucediendo todos los días), imploramos: ¡dame la vida, Señor! ¡queremos vivir!, ¡y queremos vivir con dignidad! La ansiedad ante el horror de un nuevo terremoto nos roba fuerzas y aliento. Terminar lo que no se terminó, quitarnos lo poco que nos quedó. Y por eso realizamos aquella oración de los pescadores bretones: “Señor, tu mar es tan inmensa y mi barca es tan pequeña”.

Queremos vivir porque fuimos hechos a imagen y semejanza del Dios de la vida, del Dios del Amor. Queremos vivir porque Dios se hizo uno como nosotros y dio su vida por nosotros. Y de esta forma nuestra cultura cristiana y católica se transforma en solidaridad y acción en gestos de heroicidad y fraternidad por parte de los rescatistas y todos los voluntarios. Al igual que tantos que han venido de afuera a pesar de los que solo piensan en sus intereses personales, en su terrible egoísmo y falta de empatía. Lamentablemente siempre están los “Thernardier” (Victor Hugo, Los Miserables) que solo buscan aprovechar el dolor y el caos para saquear y robar.

Cada día que pasa mejoro un poco y empiezo a aceptar que estamos en sus manos, aunque sigo teniendo con frecuencia la percepción que tiembla y cualquier ruido fuerte me asusta ¡¿cuántas veces al día vivo el terremoto sin vivirlo?! Vuelvo a ese momento en que mis pequeñas seguridades se derrumbaron y miré cara a cara la muerte. Desde hace años le pido a Dios aprender a aceptar su voluntad, pero esta aceptación nunca es plena, porque como hijo de Adán creo que puedo protegerme junto a mi familia estableciendo algunas acciones (muros, pilares, reservas, vigilancia, control, preparación, prudencia, huida…).

El terremoto me ha recordado que esto es imposible: “necio, esta noche vienen a pedirte tu alma, y lo que has provisto” (Lc 12, 20) ¿de qué te servirá? Es inevitable la pregunta: ¿por qué se cayeron unos edificios y otros no? ¿por qué unos murieron y otros siguen con vida? Al ver las fotos por dónde pasé para escapar del edificio: todo es escombros. Se pudo haber caído el edificio o me pudo haber matado una simple cornisa o friso. Le pregunté a Dios: ¿por qué sigo vivo?, ¿para qué es la vida?, ¿cómo esto que vivimos (unos más terrible, otros menos) puede ayudarnos a ser mejores en humanidad?

Algo es cierto, algo me genera una total certeza: este hecho traumático, terrible y doloroso no nos puede dejar indiferentes. Especialmente en nuestra condición humana, en nuestra moral y espiritualidad. Debemos examinar nuestros sentimientos y nuestra alma al pasar los días. Hablar con Dios… ver y comprender a través de su pasión y muerte en la cruz. Sueño con la esperanza que esta tragedia tan dolorosa y destructiva permita que reconstruyamos las paredes y los hogares, ¡y nuestra alma personal pero también nuestra alma como nación de ciudadanos formados en la cristiandad!

Ya habíamos aprendido a ser resilientes en todos estos años de crisis política y social, ahora viene la parte más importante. La que significa el mayor aprendizaje, el salto a la construcción definitiva de una república. Amar la ley, y la ley, lo sabemos los cristianos, es Jesús: el Dios Amor. Si amamos construiremos ciudades y edificios que se apeguen a la sismorresistencia y estén adaptados a nuestros suelos y condición de país sísmico porque respetamos la dignidad de cada ser humano.

No podemos seguir con el desprecio a cada persona violando las normas de ingeniería (“el hombre insensato edifica sobre la arena” Mt 7, 24-27, nunca las palabras de Jesús fueran tan literales en nuestro caso) para satisfacer la avaricia de los corruptos. En general y en especial en zonas sísmicas como nuestro país: la corrupción mata. El amor, la razón y la fe salvan siempre.

El terremoto nos quitó algo que muchos venezolanos habían construido en medio de las mayores dificultades, porque desde los noventa y más aún desde que el chavismo se instaló en el poder (año 1999) hemos padecido una crisis tras otra (“crisis humanitaria compleja” la llaman) que ha convertido en una verdadera proeza el tener una vida normal y digna (tener una casa propia puede significar décadas de trabajo arduo: ¡toda la vida!). ¡¿Cuántos se ganaron a pulso, a una descomunal resiliencia; el tener una familia y una vivienda?!

Muchos se habían convertido en expertos de encontrar en cada detalle y momento algo que les mostrara lo hermosa que es la creación y la vida. Ahora lo han perdido… ¿cómo volverse a levantar?, ¿cómo volver a esos pequeños detalles que te daban paz, si la paz era tu familia y/o casa por más humilde que sea?, ¿dónde, Señor, volveremos a encontrar la belleza de tu creación si ahora la creación es una amenaza también? Todos los días llegábamos a nuestras casas para refugiarnos de tanto mal… ¡Ahora el mal entró en nuestras casas a través de algo tan impersonal como la geología!

Ante estos terribles hechos, nos sentimos identificados con Frodo (J.R.R. Tolkien, 1954, El señor de los anillos, adaptación al cine de Peter Jackson en el 2001) al ver que ha perdido la tranquilidad de la comarca (de su hogar) y ahora tiene sobre sus espaldas el peso de la muerte, el odio y el mal. De esta forma dice lleno de tristeza y dolor: “Ojalá nada de esto hubiera ocurrido”. Gandalf le responde con una gran enseñanza: “Eso desean quienes viven éstos tiempos. Pero no les toca a ellos decidir. Lo único que podemos decidir es qué hacer con el tiempo que se nos ha dado. Hay otras fuerzas en este mundo, Frodo, además de la voluntad del mal. Bilbo estaba destinado a encontrar el Anillo. Y como consecuencia tú estabas destinado a tenerlo. Y ese es un pensamiento alentador”.

Siempre estará el dolor del terremoto, estábamos de algún modo “destinados” como país sísmico y débil república. Se nos ha dado y nosotros tenemos la posibilidad de decidir qué hacer con este tiempo, con esta grieta que se ha instalado en nuestras almas. Anhelamos el bien y actuamos en consecuencia, nos parece imposible seguir luchando pero no estamos solos. “Ocúpense en su salvación con temor y temblor” (Filipenses 2, 12), aunque este “temor y temblor” tradicionalmente está relacionado con la reverencia ante la grandeza de Dios, yo quiero pensar también que se relaciona con lo que acabo de vivir. Lo central no es que tiemble y yo tema, sino ocuparme en lo que importa. Y en esto no estamos solos.

Todas las personas cercanas me han dado su cariño y apoyo, y por esto les estoy agradecido. Dios me dio una familia y una comunidad que en estos días han demostrado que todo lo que rezamos y predicamos JUNTOS se expresa en solidaridad, caridad y acompañamiento. “Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18, 20). Quizás en el presente no logremos vivir la paz que anhelamos y que habíamos cultivado, pero confiemos como dijo Miguel de Cervantes en el Quijote: “Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades”. Y esto es así porque Nuestro Señor siempre cumple con su promesa: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28, 20).

Esta es la 15ª entrega de la serie sobre nuestra vida de piedad en la cual hemos estado recorriendo los aprendizajes personales a nivel espiritual de forma cronológica. Pero el terremoto que sufrió el centro norte de nuestro país el 24 de junio de 2026 nos obligó a saltar de la primera década del siglo XXI a la tercera. En nuestra próxima entrega esperamos volver a donde los habíamos dejado a menos que la oración nos anime a repensar este hecho tan determinante en nuestra vida y la de Venezuela.