En las últimas horas de la tarde, cuando el día declina, la luz se vuelve incierta y lo cambia todo. La pérdida de claridad altera el ritmo interno, como si el cuerpo reconociera el cierre de un ciclo. No es una emoción concreta, es un leve desajuste que se instala sin permiso.

Primera parte: la forma de la sombra

Nuestra mente, que nunca logramos dominar del todo, aprovecha para recordarnos lo que no fue. Los ruidos se amortiguan y entramos, casi sin darnos cuenta, en un estado de recogimiento. Me pregunto si la tristeza depende del apagarse del día, de los colores que se difuminan, de los estorninos que regresan a los pinares en ese momento vacilante. Antes, sin embargo, dibujan en el cielo una de las danzas más hermosas del atardecer.

También oigo a los mirlos por el camino en este preludio de primavera y debajo de los pinos del colegio de Kalita, los sigo oyendo, mientras por el Massís del Garraf avanzan unos nubarrones que presagian tormenta. El campo empieza a hacerse notar con unas motas de color, casi inadvertidas: las orquídeas y los gladiolos silvestres, pequeñas exclamaciones de una vida que despierta.

Dentro de unos pocos días, las amapolas y las margaritas invadirán el paisaje, y el romero ejercerá su papel de planta de la mediterraneidad. Recuerdo que hace años me contaron en Andújar el origen milagroso de su color; parece que la Virgen de la Cabeza dejó su manto azul sobre este arbusto, y desde entonces sus flores lo conservan.

En medio de estas divagaciones, volví a pensar en un joven invidente, del que me habló una amiga, al que había visto varias veces en la terraza del Alba. Quise conocer su historia, pero los días pasaban y no lograba encontrarlo.

Por una de esas asociaciones caprichosas, recordé a un niño que no veía, pero que logró adivinar el lugar en el que un mago había escondido un objeto. Percibió el acto sin verlo y, al descubrirlo, lloró.

Quizás el invidente era yo, pues al no encontrar al joven, buscaba a alguien inexistente. Parecía que era fruto de un recuerdo, que emerge a esas horas, cuando entornamos los párpados y el mundo cambia de forma. En una ocasión, el filósofo Alfonso Levy me dijo que la infancia solo se recuerda con los ojos cerrados y que, desde ahí, nace otra perspectiva que da forma a los poemas.

Truena, así que Kalita y yo corremos, pues empieza a llover en el camino hacia Can’Aimeric. Aceleramos el paso, como si la lluvia trajera algo más que agua.

¿Conoceré algún día al muchacho que busco y que ya parece invisible?

En algunos momentos, la única lengua que entiendo es el cansancio, porque decir demasiado también es una forma de silencio. La lluvia, el campo, los reencuentros. El pan compartido, cuando la tierra eclipsa a la luna y la hace sangrar en su belleza, dejando a la pradera vestida de rojo.

En la lejanía, Castelldefels esconde colores, pero los trenes pasan y, al acercarme, surgen las calles, las casas y sus habitantes. La gente que se cruza respira lo que yo respiro, pero sobrevivimos.

Sigue la lluvia. Un tiempo que consume la existencia y un recuerdo que nos salva de la nada. Tal vez nos esperen, tras el umbral, un gesto, unos brazos, el olor a tierra y el pan compartido que nos iguala.

De pronto, entendí: eran las luces que me acompañaban. Las del crepúsculo, las de los estorninos, la del niño, la de mis ojos cerrados, la de los nubarrones y las de la tarde, que ya acuna la noche. Tras las ventanas, la última luna de sangre de marzo convierte estas horas en una cosecha de latidos.

Segunda parte: los Aponte Vacca: un puente entre continentes

Por fin, llegó el día en que pude conocer al muchacho del que me hablaba mi amiga. Se materializó una mañana de marzo que se despedía, dejando sus últimos fríos, en el bar Alba, ese lugar un tanto mágico donde nacen muchas de estas historias y esta es la de los Aponte Vacca.

Aunque es diferente, porque atraviesa océanos, siglos y silencios. Llegaron a España desde Colombia, pero sus apellidos, Aponte, de raíz gallega, y Vacca, de origen italiano, nos avisan de que antes hubo otros viajes y otras travesías que desembocaron en América. Forman parte de las grandes oleadas migratorias, que entre los últimos años del siglo XIX y las primeras décadas del XX, empujaron a miles de europeos a buscar una nueva vida al otro lado del Atlántico. Ambos linajes llegaron a Colombia casi al mismo tiempo, instalándose en Bogotá como parte de una clase media urbana y trabajadora. De aquellos ancestros, ellos conservan pocos datos; heredaron los apellidos, pero no la memoria. Sin embargo, los nombres conservan la huella de un pasado que se desplazó, se mezcló y se transformó.

En épocas recientes, España se ha convertido en uno de los destinos de la migración colombiana y lo que empezó como un flujo discreto en los años noventa se consolidó con el tiempo, hasta superar el millón de residentes en 2025. La afinidad cultural y lingüística ha sido determinante, ya que en los últimos veinte años el perfil de los recién llegados se caracterizó por una sólida formación profesional y universitaria.

Los Aponte Vacca forman parte de ese movimiento contemporáneo, un retorno simbólico a la tierra que un día vio partir a sus antepasados. La primera en llegar fue Diana, la hija mayor, en 1996, quien pronto encontró trabajo y se abrió camino. Su hermano Mauricio la siguió en 2002, instalándose en Barcelona, trabajando como taxista. La madre, Elizabet, llegó en 2004, una mujer inquieta, ya jubilada, con una gran energía, pues viajó, estudió informática, catalán y participó activamente en el coro parroquial. Actualmente, hace teatro y participa en el coro de la gent gran de Castelldefels. Su presencia es la de quien no solo se adapta, sino que encuentra su lugar.

La historia familiar dio un giro brusco el 11 de mayo de 2018, el día en que Mauricio entregaba una maleta a un cliente en la puerta del Hotel Gran Vía; un coche lo atropelló, golpeándole la pierna izquierda. No hubo herida visible, pero la presión le fracturó la tibia y el peroné, deteniendo el flujo sanguíneo de la arteria femoral. Pasó catorce días inconsciente, tres meses en el hospital por varias operaciones y más de un año en rehabilitación. Además, la falta de riego sanguíneo le provocó una ceguera total irreversible, pues los nervios ópticos se secaron.

Desde entonces, Mauricio reconstruye su vida con el apoyo de la ONCE, que le facilita su formación y orientación, así como las herramientas para recuperar su autonomía. Ha descubierto un mundo nuevo, aunque lo acompaña un dolor sereno por lo perdido, una sombra que no lo define, pero que es parte de su transformación.

En esta trayectoria familiar, se entrelazan tres símbolos: el apellido Aponte evoca un puente que une orillas y tiempos distintos, junto con el apellido Vacca, que evoca un Mediterráneo de retornos y mestizajes. Por último, la ceguera de Mauricio se convierte en una forma distinta de habitar el mundo, una metamorfosis que no aísla, sino que revela otras maneras de orientarse y seguir adelante.

Los Aponte Vacca no solo migraron, sino que regresaron, como esos estilos musicales que cruzaron el Atlántico y volvieron transformados. Las habaneras, milongas, colombianas, guajiras, rumbas partieron con los emigrantes españoles hacia América y regresaron a España más melódicas, más vivas, con un temblor de nostalgia en la voz. Son los llamados cantes de ida y vuelta.

Esta familia también es una metáfora de ese vaivén entre dos continentes que, desde el siglo XV, no han dejado de mezclarse y de reconocerse.

Hay una verdad que sobrevive en cada travesía, pues no existe regreso sin pérdida. Volvemos, sí, pero algo en nosotros ya no regresa y en ese retorno, a veces incierto, a veces silencioso, dejamos afectos suspendidos en el aire, como huellas que otros recogerán para que la historia no se detenga.