En el año 1871 hubo un terremoto en Hawái que causó graves daños. También fue el año en que Porfirio Díaz se levantó en armas contra la presidencia de Benito Juárez en México, quien dos meses después asumiría el mando por cuarta y última vez. Además, nació Rosa Luxemburgo y, en Buenos Aires, la gente moría de fiebre amarilla.
Para ese momento existían tres grandes cementerios: el del Norte (nosotros lo conocemos como el de Recoleta), el del Oeste (actual Parque Los Andes) y el del Sur, actual Parque Ameghino, en Parque Patricios. Este último era una chacra de un hacendado. Rodeado de saladeros y mataderos, fue comprado por la municipalidad para recibir a los muertos por cólera. Pero la situación se complicó bastante con la fiebre amarilla, más que nada cuando en un solo día recibieron 1500 muertos.
Gran paréntesis temporal: diez años después lo clausuraron y trasladaron los cuerpos a otros cementerios. Al escritor José Mármol y al médico Francisco Muñiz los llevaron al actual cementerio de la Chacarita.
Además, en 1940, año en que se remodeló el parque, se hallaron varios cuerpos y ataúdes sin identificación y se supuso que pertenecían a un siglo atrás. También se cree que todavía hay más restos humanos esparcidos debajo de la tierra.
Pero volvamos a la última epidemia de fiebre amarilla. Necesitaban un lugar donde poner semejante cantidad de muertos. En un año se construyó Chacarita La Nueva, ubicada en el actual cementerio y bajo las normativas de una política higienista. El 18 de abril de 1871, es decir, cuatro días después de su inauguración, se construyeron las vías de un tren exclusivo para agilizar el traslado de cuerpos.
El tren fúnebre iniciaba su recorrido en un galpón de Once, donde recibían los restos. Desde la Estación de la Muerte, como empezaron a llamarlo, existían dos paradas: la primera estaba en Medrano y Corrientes, un poco más, un poco menos. La segunda, en Scalabrini Ortiz.
Pequeño paréntesis temporal: el tren hacía cuatro o cinco viajes por día. La población pidió que retrasaran el último viaje y que saliera más cerca de la madrugada, así los cuerpos no quedaban tanto tiempo esperando en el galpón de Once. Hay que ponerse en contexto: el registro de muertos llegó a ser de 1633 y el de afectados, de 5000 en un solo día. No hay imaginación que alcance.
Para el año 1903 se inauguró el crematorio de la ciudad dentro de las casi 95 hectáreas que conforman la necrópolis más grande del país. En un solo día llegaron a cremarse 564 cadáveres.
Ítala Fulvia Villa
En 1935 la ciudad llamó a concurso para modernizar Buenos Aires y optimizar los cementerios. El proyecto lo ganó Ítala Fulvia Villa, la sexta mujer en graduarse como arquitecta en la Universidad de Buenos Aires. Trabajó en proyectos de urbanización (por ejemplo, lo que hoy sería el Bajo Flores) y formó parte del estudio de arquitectos de Le Corbusier, quien quedó bajo el mando de Ítala cuando le encomendaron la construcción del Sexto Panteón en el cementerio.
Fulvia hereda la construcción de nueve galerías subterráneas que ya habían comenzado. Allí se podían alojar 96000 nichos para ataúdes, 7000 para huegos y 42000 para urnas. Así que ella decide densificar el diseño original agregando un segundo nivel de sótano.

Vista aérea del Panteón Subterráneo del Cementerio de la Chacarita, Buenos Aires, Argentina.
Diseño del cementerio de la Chacarita actual
Yo arquitecta no soy. Pero si entras por la puerta principal, te recibe un claro estilo griego. Detrás y primeros están los mausoleos, hermosos, divinos. Callecitas de historia, palomas, gatos y profanación. Los estilos son de los más variados según qué familia viva allí dentro, la época, diferentes etc.
Para un costado vas a caminar hasta encontrar los enterrados. Está el panteón alemán, el sector de los artistas, por ejemplo, Carlos Gardel, Tita Merello y Gilda.
Pero si vas para el otro lado, después de una caminata, vas a divisar como unas naves, unos platos voladores cuadrados, duros, bien macetones, bien plantados. Cada uno de ellos corona la entrada y salida al inframundo.
Es que lo particular de este cementerio es esta parte con impronta brutalista, que no impacta por su escala monumental hacia arriba, por esa sensación de mole de hormigón que se te tira encima, completamente avasallante y colosal. Sino que, al estar expandido hacia abajo, subterráneamente, adquiere un tono misterioso, una profundidad de océano.
Las paredes de las calles internas, de las arterias que van conectando los diferentes pulmones verdes, están dispuestas y caladas de forma tal que la luz se va colando y rebota sobre la frialdad de la superficie, guiándote.
El silencio metálico es fundamental para sentirte en el limbo que separa la vida y la muerte. Recomiendo de manera enfática llevarte un libro y una birra en el bolsillo si es verano, sentarte en uno de los patios con maleza desordenada y libre, y simplemente existir.
Si no te animás a estar solx, podés aprovechar una caminata performática inmersiva como la que hacen en “Una obra más real que la del mundo”, una de las obras de la compañía La mujer mutante, donde diferentes personajes te invitan a recorrer el Sexto Panteón. También recomiendo de manera enfática.
Paréntesis medio: en el año 2016 se demolió el Anexo 22. Esto significó la destrucción de los nichos históricos de fines del 1800. Los únicos restos que sobrevivieron fueron los del médico Cosme Argerich. Hoy en día, adivinen: el lugar es una plaza.















