Cuando nos acercamos al cielo, nos alejamos del suelo. Tal vez entonces creamos la mesa como una nueva superficie de apoyo para el utensilio, el hábito y la abundancia.
Suelo. Mesa. Cielo.
En la mesa escribimos ficciones, discutimos el futuro, jugamos, dibujamos. Expandimos y compartimos el mundo interior.
En esta exposición colectiva, la mesa que nos interesa es la del alimento. Donde se prepara la liebre sacrificada, donde se comparte el queso, donde se muestra la perfección de una pera cultivada y el trofeo del venado cazado, esa que se expande hasta las paredes que la decoran: el comedor.
A partir del concepto ‘Artes de la mesa’, propuesto por Ana Patricia Gómez, directora de La Balsa Arte, convocamos una gran reunión alrededor de todo lo que precede y sucede a un banquete. Los artistas reunidos aquí, señalan la lejanía citadina con la cacería, la lista de mercado como recuerdos sutiles, el plato vacío de comida pero lleno de símbolos, el alimento como medicina ancestral, el empaque de las sobras en papel aluminio con la forma del animal servido, y el microorganismo que se come lo que abandonamos en la alacena. Hacen un recordatorio de la fragilidad de la vida, pero también de que todo sigue vivo a pesar de cambiar de estado. Observan qué tan sofisticado se ha vuelto el comer y ofrecer el alimento, pues entre herramienta, mesa, habitación y cocción inventamos todo tipo de parafernalia, instrucciones y rituales, hasta el punto de ofender con un ademán equívoco, regocijarse en cada pequeño utensilio y apreciar la belleza de un melón fresco, y de una breva pudriéndose.
Sin embargo, a pesar de haber refinado hasta la luz con la que iluminamos la caza, ni el principio ni el fin han cambiado en esencia: sigue habiendo una presa, sigue habiendo recolección, sigue habiendo reunión. Y sigue acompañándonos ese otro que come lo que no ingerimos en el acto — el hongo, el perro, el gallinazo.
(Texto por Andrea Domínguez Ramírez)















