Hay algo en las obras reunidas en Fruto animal que parece resistirse a la necesidad de nombrar. Las formas que habitan la exposición se presentan como presencias ambiguas: a veces recuerdan semillas, órganos, frutos, piedras, hongos o fragmentos de algún cuerpo desconocido; otras veces parecen restos encontrados, apariciones o accidentes materiales. Sin embargo, ninguna de estas asociaciones logra fijarlas por completo. Permanecen en un estado de transformación constante, desplazándose entre distintos órdenes de la naturaleza sin terminar de pertenecer a ninguno.
Más que producir imágenes reconocibles, Liliana Sánchez construye condiciones para la observación. Sus obras invitan a permanecer frente a aquello que aún no encuentra una definición estable, frente a formas que parecen estar ocurriendo antes de convertirse en algo identificable. En este sentido, la exposición se despliega como un territorio donde las fronteras entre lo animal, lo vegetal y lo mineral se vuelven porosas, permitiendo que una misma forma pueda ser leída simultáneamente como fruto, cuerpo, fósil, alimento o criatura.
A lo largo de la sala, dibujos, pinturas, objetos y fragmentos de madera establecen relaciones que no responden a una lógica narrativa ni taxonómica. Los troncos erosionados, las raíces expuestas, las superficies pigmentadas y las acumulaciones de formas orgánicas parecen participar de un mismo proceso vital. No funcionan como representaciones de la naturaleza, sino como manifestaciones de una materia que continúa transformándose. Incluso aquello que aparenta estar inmóvil conserva una energía latente, como si estuviera atravesando procesos de crecimiento, desgaste, fermentación o mutación.
El título de la exposición señala precisamente esa condición híbrida. Un fruto suele anunciar maduración, abundancia o reproducción; un animal remite al movimiento, al deseo, al metabolismo. Al reunir ambos términos, la artista propone una imagen imposible que desestabiliza las categorías con las que habitualmente ordenamos el mundo. El fruto deja de ser únicamente vegetal y el animal deja de ser una figura reconocible para convertirse en una presencia dispersa dentro de la materia misma.
En Fruto animal, las cosas parecen contener siempre algo más de lo que muestran. Cada objeto guarda la posibilidad de otra forma, cada superficie insinúa un proceso que continúa desarrollándose fuera de nuestra mirada. La exposición no ofrece respuestas sobre la naturaleza de estas presencias; por el contrario, nos sitúa frente a la experiencia de observar cómo los límites entre los cuerpos se vuelven inciertos y cómo, en ese espacio de indeterminación, emerge una forma distinta de sensibilidad hacia el mundo material.
(Texto de Pavel Vernaza)
















