La manera de ver las montañas y las aguas difiere según el tipo de ser que las mira. Al mirar el agua, hay seres que la ven como un collar de joyas. Esto no quiere decir, sin embargo, que vean un collar de joyas como agua. Entonces, ¿cómo vemos nosotros lo que ellos consideran agua?
(Dōgen, Sutra de las montañas y las aguas)
En el silencio de estos daguerrotipos se escuchan los sonidos del páramo. El canto de las aves, la vegetación que se mece con el viento frío, el agua que corre, la humedad de la neblina. Contrario a lo que se tiende a pensar, el páramo nunca está quieto ni en silencio, dice Camilo Sabogal. Lo muestra también en sus fotografías, que contienen las vidas de este ecosistema y su oscilación entre la quietud y el movimiento. Lo vemos en los tallos que se doblan, las ramas que estallan en todas las direcciones, las flores que se descuelgan o se abren hacia arriba, la vibración de los pelitos aterciopelados de los frailejones entre la neblina, los destellos de luz y las ondas en el agua. Sobre los espejos de plata de sus daguerrotipos se quedan pegados hasta los detalles más minúsculos del paisaje, de la vida que contiene, los días de sol y de lluvia, la intensidad del viento, el olor a tierra mojada y a musgo. Parecen mostrar incluso las cosas invisibles, los secretos del páramo, a quien se acerque a mirarlos con tanta atención que sus pestañas se fundan con la imagen.
Cuando le pregunté a Camilo si era budista o solo budista por accidente, me respondió que había estado en un par de retiros de meditación Vipassana. Sus obras parecen tener mucho de esta técnica, cuyo nombre quiere decir “ver las cosas tal como son”, que suele practicarse pasando varios días en silencio. Me lo imagino como un monje, subiendo a la montaña —su templo— a contemplar la vida con la misma devoción con la que cuida a su gata, Tos. Entre el abrazo de la neblina y el rugido de la montaña, camina y toma fotografías, avanza entre las plantas que ya le son familiares y las observa. En esa observación construye una intimidad al acortar las distancias entre sí mismo y el paisaje. Los seres que lo habitan parecen devolverle la mirada.
Camilo dice que el ejercicio de contemplar el paisaje mientras se toma la fotografía es también una especie de meditación, una invitación a estar, mirar y percibir otras dimensiones del tiempo. Poder hacerlo requiere una paciencia que solo está al alcance de quienes estén dispuestos a hacer de la ineficiencia un arte y no le teman a la frustración, condiciones igualmente necesarias para trabajar con técnicas fotográficas obsoletas. Camilo hace todo desde cero. Prepara los espejos de plata, carga la cámara por el camino de montaña hasta el páramo, espera durante los tiempos de exposición de más de una hora, vuelve con la incertidumbre de qué pudo haber ocurrido en las placas o en el rollo y juega con sus posibilidades de transformación en el laboratorio. La experimentación en el laboratorio es también una práctica de meditación. Supone contemplar la imagen, ahora sobre el papel, aislada de la montaña, y ver en qué puede convertirse según la técnica que se pruebe. Con cada capa de químicos y tiempo, la imagen se va transformando. Los frailejones se convierten en mandalas, sin dejar de ser frailejones.
En ese querer ver las cosas como son, por lo que son y podrían ser, veo un acto de amor y compasión de alguien que se sabe parte del mundo, de las montañas y las aguas.
(Texto de Paloma Nicolás)
















