Si es niño, se llamará Mahou; si es niña, Coronita.

A lo largo de la historia, la humanidad ha sufrido grandes cambios: el mayor de todos es el que se origina en el interior de las personas.

El papel de la mujer es bien reseñable por lo relevante de su función, percibiéndose como la dadora de vida por encima de cualquier otra y de apoyo moral para los quehaceres del hombre.

Desde que quedaron atrás las cavernas, la transformación ha sido constante, impulsada por el afán inconformista y el ansia de mejora del ser humano. Incluso para la mujer, que pasó de tener su centro de operaciones en el seno del hogar a trabajar fuera de casa, y después llegaría la lucha por sus derechos.

El hombre, que desde los albores de la historia había sido dueño y señor, tuvo que dar paso a la que fue creada de su costilla, que se sentaría a su lado en el colegio, trabajarían codo con codo y dejaría de ser su subordinada para ser su jefa.

La necesidad de mejorar también ha llegado a la mujer, que tiene en sus manos la oportunidad de comerse el mundo y de ser quien quiera ser. Ya nadie te impone lo que has de hacer: si una mujer es madre y esposa, es solo porque así lo ha elegido.

Han sido tantos siglos de sumisión, de nacer con el destino escrito, de vivir a la sombra, de luchar por la igualdad, que nos sentimos deudoras del sufrimiento de las que fueron antes: de tal manera que la vida en el hogar raramente se contempla como opción, más bien se desprecia, porque es fuera de casa donde una mujer vertebra sus labores. La mujer tiene la obligación de sentirse realizada, y eso se hace de puertas para fuera. Lo que sucede dentro se atiende solo después de lo primero, cuando no se delega en manos de terceros.

Tras siglos de espera, por fin llegó nuestro momento: poder correr en busca de unas metas profesionales que jamás habríamos imaginado, alcanzar un estatus social importante y ganar cifras asombrosas. Es la independencia a todos los niveles, pero también demostrarle al mundo que no solo podemos ser iguales, sino mejores.

Empoderamiento. Esto es renunciar a lo que éramos para ser lo que queremos ser. ¿O es otra vez hacer lo que la sociedad dice que hagamos?

El mundo ha cambiado y, por suerte, el lugar y la manera de concebir a la mujer también. Pero por mucho que avancemos, la biología y algunas cuestiones importantes que la vinculan están ahí.

En esto de la revolución femenina, vamos a la universidad, luego el máster, ir escalando puestos, la promoción, las horas extra. Con frecuencia, ya no buscamos al hombre ideal, quizás más adelante. Están las amigas, las noches de fiesta, los líos sin compromiso, el sexo casual. La ausencia de responsabilidad emocional que puede que, inconscientemente, evitemos para no regresar a los orígenes de todo.

En algún momento, pasada la treintena, cuando nos parece que hemos disfrutado de nuestra juventud y, profesionalmente, hemos llegado donde queríamos, o por el apremio del reloj de arena, nos planteamos la vida familiar.

En las últimas décadas, la edad a la que se experimenta la maternidad ha aumentado considerablemente por todo ello. Es un hecho que la manera de concebir la vida es otra. Las prioridades han cambiado, lo cual no debería suponer un problema si no fuera por las dificultades biológicas que conlleva.

Pero este mundo moderno en el que nos encontramos tiene la solución a casi todos los problemas. Y donde hay una necesidad, hay una forma de hacer negocio.

Es por ello que los centros de fertilidad han encontrado su manera de hacerse hueco, con cantidad de edificios que se erigen, majestuosos, en los barrios con nivel de vida alto y medio-alto de las principales ciudades, de los que no dejan de entrar y salir parejas.

Es el negocio de la maternidad.

Los nuevos tiempos han traído nuevas formas de vida, nuevos problemas y nuevas soluciones.

Cuando los métodos convencionales no han dado resultado, tras meses o incluso años de búsqueda de la concepción, modificando la alimentación, las rutinas y hasta las posturas sexuales, las clínicas de fertilidad se vislumbran como si de un espejismo se tratase.

La responsabilidad de dar vida sigue estando exclusivamente en nosotras. Lo que sucede es que el abanico de posibilidades es amplio y, mientras piensas en la eterna dicotomía de si quiero o no ser madre, en los pros y los contras, en me encanta mi vida tal y como es, en el miedo al cambio, a las renuncias, a que algo salga mal…, el margen restante es tan breve que llega el día en que ya solo es ahora o nunca.

Cuando, abocada por las circunstancias, al fin tomas la decisión, puede parecer que solo con eso has acertado con la tecla correcta. Que con entrar por la puerta ya vas a salir embarazada. No por nada, sino porque es lo que te vende la publicidad de estos sitios: altísimo porcentaje de positivos.

Nada más lejos: se presenta un mundo desconocido con distintas posibilidades y tantas decepciones que te hacen caer en un abismo absoluto en el que no paras de preguntarte de manera recurrente por qué no lo hiciste antes.

Por muchos avances técnicos y científicos, tener más de cuarenta años entra en la categoría de casi un milagro. Con esto, las otras opciones, con sus respectivas reservas, son las donaciones de óvulo y también de esperma. Dejando a un lado el factor económico, que ni por asomo está al alcance de todos los bolsillos.

De repente, lo que antes ocupaba un lugar de relevancia ha pasado a ser trivial; el principal anhelo es engendrar una criatura. Pasas de mirar con recelo y un poco de condescendencia a esas mujeres que han renunciado a otra vida para ser madres a tiempo completo, a querer ser una de ellas. De renegar de lo insulso de cambiar pañales y calentar biberones, a fijarte en todos los carritos de bebé con los que te cruzas.

Si cuando la posibilidad aún estaba entre las opciones, rehusé elegirla, ¿por qué ahora que me dicen que no puedo parece ser mi único deseo?

Como estaba ocupada conmigo misma, en pensar en el futuro y vivir el presente, tener un trabajo estable, una casa propia, una relación formal y una situación económica acomodada, nunca encontré el momento para hacer un hueco en mi lista de tareas pendientes para pensar sobre lo de los hijos.

Ahora que no tengo nada más por tachar, me siento preparada. ¿Por qué no puede ser ahora?

De manera que, aunque te dicen que las posibilidades son mínimas, inicias un viacrucis de tratamientos, protagonizado por pastillas, inyecciones y punciones orientadas a la busca y captura del óvulo perfecto que será el elegido para la creación de vida. Cruzar los dedos y eliminar los pensamientos intrusivos que preguntan machaconamente qué hago si esta vez tampoco.

A mi abuela no le gustaban los niños, y tuvo ocho: ni siquiera se planteó la posibilidad de elegir. Murió muchos años antes de poderla conocer, cuando el mundo no había cambiado tanto; mi prima y yo tenemos su nombre.

A menudo me he preguntado qué opinaría de nosotras, que, de algún modo, llevamos su legado. Mi prima renunció a su profesión por dedicarse en cuerpo y alma a su familia; yo, pasados los cuarenta, me aferro a una esperanza recóndita, a golpe de talonario, por tomar una decisión a destiempo.

La misma decisión que tantas otras mujeres tampoco supieron tomar. Porque estaremos empoderadas, pero seguimos siendo el sexo débil: a nosotras se nos pasa el arroz, en nuestra mano está tomar la decisión, son nuestros cuerpos los que cambian, dentro de nosotras se gesta la vida, y de nosotras sale. Y, a pesar de ello, en periodo de destiempo, tomamos una decisión desesperada, por miedo a que llegue el día en que nos arrepintamos de no haberlo intentado.

Hoy vuelvo a preguntarme qué opinaría mi abuela.