Cuando tomamos distancia de las pasiones que ciertos hechos concitan en su momento, se suele llegar a conclusiones más cercanas al discernimiento ponderado de la verdadera naturaleza de lo vivido. Es entonces, cuando nos percatamos, con ajustado sentido de la realidad, que la vida transcurre más rápido que la lectura que hacemos de ella.

Cuando Mijaíl Gorbachov1 se estrenó en 1985 como Secretario General del Partido Comunista, el mundo entero sostenía la respiración y miraba aquel ascenso de un hombre de 54 años de edad, entre cautela y curiosidad ante las repercusiones que tendría el hecho de que un joven comunista, en todo caso, alguien que había nacido después de la revolución de 1917, asumiera el control de la potencia mundial contraparte del llamado mundo libre, porque es oportuno indicar que, el jefe del partido en la nomenclatura soviética, terminaba siendo al final la máxima autoridad y mandamás de toda una nación que, acostumbrada como estaba, a los líderes soviéticos ancianos y herméticos, concitó en su momento un estado de fascinación y sospecha.

En este lapso, el presidente Ronald Reagan2 iniciaba su segundo periodo, de modo que ambos mandatarios, cronológicamente, comparten la misma coyuntura histórica, porque Gorbachov asume en marzo de 1985 la dirección del partido y el norteamericano, escasos dos meses antes, la nueva administración gubernamental.

El presidente de Estados Unidos era conocido por su temple conservador, de hecho, con él se inicia el ascenso neoliberal y el estreno macroeconómico de la célebre escuela económica conocida como los Chicago Boys. Así que aquel mundo, todavía bajo tensión de la guerra fría, no era particularmente un dechado de encuentros y concertaciones.

Mijaíl Gorbachov fue la gran sorpresa de finales del siglo XX. En Occidente se preguntaban si era un verdadero reformista o simplemente un “caballo de Troya” con mejor marketing, una impostura, tal vez, diseñada para engañar a la OTAN mientras la URSS se rearmaba. De la mano de Andrei Gromyko3, el antiguo jerarca en pie desde los tiempos de Nikita Jrushchov4, fue presentado oficialmente para el cargo de líder de la URSS, precedido de la famosa frase: “Este hombre tiene una sonrisa agradable, pero tiene dientes de hierro”, del viejo roble de la nomenclatura.

Nadie, ni dentro de la URSS ni en el resto del mundo, esperaba que un hombre formado en el corazón del aparato comunista terminara siendo quien le daría el "tiro de gracia" a un sistema que fuera otrora la meca del socialismo y el paradigma del nuevo mundo al que debía marchar la humanidad indefectiblemente, según el determinismo marxista.

Así que, pasado el tiempo, al rememorar aquellos días, uno podría imaginar las caras de los asistentes a la reunión plenaria del Comité Central del PCUS en junio de 1987 cuando Gorbachov habló por primera vez de los cambios estructurales, abriendo la compuerta a la iniciativa privada y a la revisión de la columna centralizada del modelo. Esos rostros debieron ser todo un poema con sus hirsutas expresiones ante lo que escuchaban, mientras que, en el resto del mundo, el caso concitaba un asombro preñado de incredulidad, donde incluso su característica mancha de nacimiento fue objeto de innumerables teorías conspirativas y humor negro, surgiendo así proverbiales interpretaciones en ciertos sectores religiosos y supersticiosos que, citando el libro del Apocalipsis, veían en su frente una señal del fin de los tiempos.

Debo decir que el concepto de reforma económica, que presentamos a la Reunión Plenaria de junio, es de un carácter global y comprensivo. Prevé cambios fundamentales en cada una de las áreas, incluyendo la transferencia de las empresas a una completa contabilidad de costos, una transformación radical de la gestión centralizada de la economía, cambios fundamentales en el planeamiento, una reforma del sistema de formación de los precios y del mecanismo de financiación y de crédito. [...] Las empresas deben colocarse en condiciones tales como para impulsar la competencia económica para la mejor satisfacción de las demandas del consumidor y los ingresos de los empleados deben depender estrictamente de los resultados finales de la producción y de las ganancias.

(Gorbachov, M. (1987). Perestroika: Nuevo pensamiento para mi país y el mundo)

El calibre de lo que se cuestionaba en ese instante iba mucho más de los asuntos meramente coyunturales, por eso, es muy probable que, el juicio sobre sus propuestas, resumidas en lo que él mismo llamó Perestroika, concitó entre las camarillas que gravitaban en el poder soviético, toda suerte de animadversiones, entre ellas un intento de golpe en 1991. Después de todo la URSS era la cuna de las purgas, las intrigas, y el lugar por excelencia en el que la disidencia se pagaba con sangre, destierro y, en el mejor de los casos, con el olvido, en especial, cuando un nuevo jerarca asumía sus funciones.

El resultado de todo aquel proceso es ampliamente conocido, ya es historia. Lo que ocurrió a partir del 26 de diciembre de 1991, cuando el Sóviet Supremo de la Unión Soviética ratificó formalmente la disolución del Estado, marcó el fin jurídico de la unión. Aquello no fue un episodio o un capítulo intrascendente de la historia, es un hito fundamental para explicar las relaciones internacionales, el orden mundial y la nueva geometría del poder en el planeta en el siglo que culminaba y en el próximo a iniciarse.

Por eso me he detenido a darle una rápida mirada a aquellos días y luego intentar sacar algunas conclusiones que quizás sean de utilidad en el presente, al menos como marco de referencias para un análisis –con las naturales y obvias distancias–, en otros lugares con similitudes parecidas, en donde el propósito de conducción del aparato estatal bajo la concepción del partido-estado, la visión centralista de la economía y la reducción de la pluralidad democrática, constituyen la norma institucional.

En ese sentido, bien valdría la pena considerar, cuando menos de pasada, el caso venezolano, comprendiendo que, en el Caribe y América Latina, en general, la política y el ejercicio gubernamental, aun teniendo la inspiración ideológica más allá de sus fronteras, en Europa, por ejemplo, se mueve con determinantes históricas y culturales muy propias de la región. Pues, no en todos los lugares del mundo se tiene como acervo largas dictaduras militares, caudillos pintorescos, autocracias despiadadas y limitados logros en materia de integración regional, cuando todo apuntaría a sólidas alianzas estratégicas, con base al pasado común que la une a través de una historia compartida en los ámbitos fundamentales de la identidad: idioma, religión y una lucha emancipadora mancomunada contra el colonialismo.

En Venezuela, después de casi 27 años de ejercicio continuado en el poder, una intervención norteamericana ampliamente anunciada por el agresor, concluyó con la captura del jefe de gobierno –Nicolás Maduro y su esposa–. Desde entonces un conjunto de decisiones se han precipitado para plantarnos frente a lo que algunos consideran una transición política, definición que, a mi juicio, no es la más acertada, por lo que prefiero calificarla en su lugar como un proceso de reestructuración en el que se preserva la legalidad institucional erigida por los propios autores que conducen el reacomodo político.

De este modo en pocos días se tomaron decisiones que, vista en perspectiva el asunto, en efecto, resultaban impensables durante un periodo previo al ataque. Esto nos lleva a una primera aproximación: las medidas de apertura económica y cambios en la esfera gubernamental han sido inducidas desde el gobierno estadounidense. Sin embargo, por la rapidez y ausencia de insubordinación manifiesta -sobre todo esto último-, con las que se impusieron, da la impresión de que podrían haber estado a la espera de una coyuntura política adecuada para ejecutarse, y a las que, no existiendo la correlación de fuerzas internas en su momento, pues permanecieron en el congelador indefinidamente, usando, en su lugar, el argumento del bloqueo económico como excusa para eludirlas.

A esto habría de sumar que la dura y prolongada confrontación política interna, verdadero corsé paralizante del entendimiento civilizado, generó por mucho tiempo un contexto que impedía —y todavía continúa promoviendo— una concertación de mínima convivencia para propiciar las condiciones a determinados cambios de orden económico que, inevitablemente, habrían de asegurar un alivio de las tensiones políticas. Digamos, bajo una lógica casi simétrica similar a la premisa económica de Say —según la cual cada oferta genera su propia demanda—, el extremismo político suele actuar como un molde: una oposición violenta no hace más que tallar en su adversario un radicalismo de la misma e implacable escala.

Muchas de las medidas tomadas durante estos días en el terreno económico, en realidad, enderezan los entuertos ocasionados, incluso no por Maduro, sino por su antecesor, quien fuera el verdadero padre de la criatura; el que convirtió la economía y la institucionalidad del país en una suerte de Hidra de Lerna hasta conducirla a un punto de no retorno.

“Morir por una religión es más simple que vivirla con plenitud”, creo haber leído en Borges, se me ocurre la expresión al pensar en el ejercicio político cuando suplanta el debate y la maravilla del sentido común, por la fe ciega, el dogmatismo que refuerza el proceder gubernamental y el heroísmo de cartón. El resultado per se no podría ser otro que una tragedia. A esto súmele la improvisación, la corrupción endémica de la administración pública, la impronta autocrática como cultura política en una región con tan marcados déficit en la institucionalidad democrática, entonces es muy poco lo que habría que imaginar como consecuencia.

En política, como en la vida, no hay nada escrito, un libreto al que cada quien se atiene para procurarse los resultados que más ansía. Es, muy probablemente, más ensayo y error que otra cosa, mientras en el camino se levantan los grandes logros humanos y también sus tragedias. Al momento de escribir estas notas, en Venezuela se han aprobado leyes en materia económica que apuntan a corregir parte de la rémora del pasado; de ese mismo pasado que los actuales gobernantes edificaron. Se ha allanado el camino para mayores garantías a la inversión privada extranjera y se formaliza el retorno al FMI y al Banco Mundial —una suerte de apostasía frente a los viejos dogmas del partido—. Asimismo, se otorgó libertad a cientos de presos políticos y se designó a funcionarios clave de la institucionalidad gubernamental con una relativa independencia del poder ejecutivo y del partido de gobierno, como son los casos del Fiscal General de la Nación y el titular de la Defensoría del Pueblo.

¿Adónde confluirá finalmente todo esto? Nadie lo sabe con certeza; el futuro es una caja de imponderables donde lo que hoy parece continuidad, mañana puede ser ruptura. Esa misma bruma de incertidumbre envolvió a Venezuela tras la muerte del dictador Juan Vicente Gómez en 1935. En aquel momento, la lógica sugería que nada cambiaría, pues el poder recaía en Eleazar López Contreras, su ministro de Guerra y Marina.

López era el símbolo máximo de la lealtad al régimen: una figura que, en un estoicismo casi inverosímil, sirvió al tirano mientras este mantenía en prisión a su propio hijo mayor por conspirador. Visto desde fuera, parecía imposible que el custodio de las armas del gomecismo fuera a impulsar cambio alguno; sin embargo, fue precisamente ese colaborador de confianza quien terminó desmontando el sistema desde adentro. Es ahí donde reside la lección para el análisis actual: a veces, el cambio más radical se gesta en el silencio de quienes parecen ser los guardianes del pasado. Ya veremos qué pasa.

Notas

1 Biografía de Mijaíl Gorbachov.
2 Biografía de Ronald Reagan.
3 Biografía de Andrei Gromyko.
4 Biografía de Nikita Jrushchov.