Los primeros meses de dictadura el plan Z es propagado por prácticamente todo el bloque político que se opuso a la Unidad Popular, con la excepción de 13 dirigentes democristianos encabezados por Bernardo Leighton1, que difunden una trascendente declaración pública condenando el golpe:

Condenamos categóricamente el derrocamiento del Presidente Constitucional de Chile, señor Salvador Allende, de cuyo Gobierno –por decisión de la voluntad popular y de nuestro partido– fuimos invariables opositores.

Nos inclinamos respetuosos ante el sacrificio que él hizo de su vida en defensa de la autoridad constitucional”.

La mayor parte de los otros intelectuales opositores a Allende apoyan el golpe y caucionan el plan Z. Esta conducta es la prolongación de las virulentas campañas mediáticas contra el gobierno montadas en agosto de 1973. Los primeros libros que justifican el golpe son en buena medida una recopilación de lo dicho en el mes de agosto. Cada uno de ellos —como veremos— da una visión malévola del movimiento de los marinos, transformándolo en un motivo para dar el golpe de Estado.

El Partido Demócrata Cristiano apoya a la dictadura, durante los primeros meses, y de cierta manera participa en ella. En una de las reuniones sostenidas entre la Junta Militar y la directiva de la DC, su presidente, Patricio Aylwin, había aceptado un período de ocho meses que el general Pinochet estimaba necesario para restablecer la democracia. El Partido, oficialmente declarado “en receso”, no participa del gobierno, pero admite que sus militantes lo hagan como personas en cargos técnicos, evitando los cargos políticos. Esta última restricción es observada con ligereza; el libro Chile, la memoria prohibida publica una lista de 14 militantes democratacristianos que ocuparon altas funciones políticas en la dictadura, incluyendo al ministro de Justicia Gonzalo Prieto, próximo a la DC2.

En el mismo número de El Mercurio que anuncia el descubrimiento del Plan Z, Patricio Aylwin le da un aval completo:

El gobierno de Allende había agotado, en el mayor fracaso, la vía chilena hacia el socialismo y se aprestaba a consumar un autogolpe para instaurar por la fuerza la dictadura comunista. Chile estuvo al borde del “Golpe de Praga”, que habría sido tremendamente sangriento, y las Fuerzas Armadas no hicieron sino adelantarse a ese riesgo inminente3.

Sin duda las palabras del presidente democristiano liberan de todo escrúpulo a periodistas de su tendencia que trabajan en los medios autorizados por la dictadura4. En sus escritos son entonces una verdadera emulación de invectivas contra los dirigentes de la Unidad Popular, cuando estos no tienen ninguna posibilidad de defenderse, y hacen coloridas descripciones de los planes de “infiltración” en la marinería para apoderarse de los buques y efectuar bombardeos y matanzas.

Paradójicamente, esos días se están perpetrando otras, bien reales, que se esfuerzan en no ver.

Emilio Filippi y Hernán Millas abultan el Plan Z

Filippi y Millas, director y editor de reportajes especiales del semanario Ercilla, dos destacados periodistas demócrata cristianos, publican en enero de 1974 el libro Chile 70-73 crónica de una experiencia, donde añaden truculentos aportes a las descripciones del plan Z ya conocidas: extremistas disfrazados asaltarían las naves, amenazarían los puertos y proclamarían una república popular, y precisan incluso su nombre. Los autores intelectuales de todo esto son, por supuesto, Altamirano, Garretón y Enríquez:

El Plan Zeta tuvo antes una fecha más cercana: el 11 de agosto de 1973. La parte más extremista de la UP (socialistas, miristas, mapucistas), se habían infiltrado en la marinería de guerra. Eran pocos, pero suficientes para el diabólico plan. Era día sábado y la mayoría de los oficiales y tropa estarían en tierra, gozando de licencia. Sería el instante propicio para que en la madrugada los insurrectos dirigidos por el sargento Juan Cárdenas se apoderasen de las naves “Almirante Latorre” y “Blanco Encalada”.

Extremistas disfrazados de marineros subirían a bordo a ayudar en la acción. Todos los oficiales que se opusieran serían asesinados. Ya en poder de esos grandes barcos de la escuadra amenazarían con el bombardeo de barrios y cuarteles navales de Valparaíso y Viña del Mar. Desde tierra los ayudarían “cordones industriales” los que harían la misma acción, apoderándose de los regimientos, aprovechando que también disminuía su dotación en el fin de semana. Todo esto a escala nacional. El objetivo era proclamar la “República Popular Democrática de Chile” e iniciar la dictadura del proletariado. Saltar a Cuba, terminando con la vía chilena al socialismo concebida a través de la llamada institucionalidad burguesa.

Autores intelectuales del plan eran el máximo dirigente socialista Carlos Altamirano, el mapucista Óscar Guillermo Garretón y el mirista Miguel Enríquez 5. El propio Hernán Millas escribe en 1999, La familia militar, donde dice exactamente lo contrario, sin mencionar su desafortunado libro de 1974. En el capítulo donde se narra el mejor y más olvidado cuento militar: el Plan Zeta6, recuerda la campaña de prensa de la época, para llegar a la conclusión de que el Plan nunca existió.

El plan Z según Abraham Santibáñez, Luis Álvarez y Francisco Castillo

Más o menos lo mismo hacen Santibáñez, subdirector del semanario Ercilla7, y Álvarez, jefe de Redacción, quienes, con Castillo, publican Martes 11, auge y caída de Allende. Será reeditado cuatro veces. En sus espeluznantes versiones del plan Z, involucran al ministro de Defensa, al director del Servicio Nacional de Salud y al propio presidente, de las que resultan persecuciones contra los periodistas de la televisión nacional y del Canal 13 de la Universidad Católica 8. Poco antes, el mismo Luis Álvarez —en un episodio que el periodismo no puede recordar con orgullo— había manipulado la información para acusar a los marinos y los partidos de izquierda de sangrientos planes (cap. 7).

Los tres periodistas amplifican alegremente los chismes que los golpistas triunfantes propagan sobre Allende y sus colaboradores. La casa presidencial de El Arrayán es “escenario de sórdidas historias”. Allí se mezcló, en combinación explosiva, el adiestramiento guerrillero y el sexo, el alcohol y la lección marxista9. Afirman además que en los últimos meses, en las industrias estatizadas o intervenidas la producción de elementos de guerra reemplazó casi totalmente a los artículos normales. La UP disponía de un centenar de escuelas de guerrilleros, una en la residencia presidencial de Tomás Moro y otra en el Cañaveral, donde se turnaban instructores cubanos, brasileños, uruguayos y argentinos. El servicio de Investigaciones, dirigido por Joignant, “había realizado una sistemática labor de infiltración y espionaje en las unidades militares y fichado a la oficialidad”. En esta colorida versión, el sargento Cárdenas sería jefe de la Armada Popular:

Para la UP estalló la urgencia del “autogolpe”. Allende suspendió su viaje a la Conferencia de Países No Alineados. La prensa oficialista desató una campaña dramática de convencimiento dirigida a la desobediencia de las tropas hacia los oficiales. Simultáneamente se defendió la posición del secretario general del PS, Carlos Altamirano; del secretario general del MAPU, Óscar Garretón; y del MIR, Miguel Enríquez, sometidos a proceso por la Justicia Naval.

La Armada había detectado que el 11 de agosto un grupo de suboficiales y marinería de diversas dotaciones navales iban a apoderarse de dos naves de guerra. La acción debía concluir con el asesinato colectivo de los oficiales que resistieran la maniobra y el bombardeo de barrios de Viña del Mar y Valparaíso, como de unidades de Marina, entre ellas, la Escuela Naval. El resultado del plan incluía el nombramiento como Comandante en Jefe de la Armada Popular al sargento Juan Cárdenas. Los conjurados creían que la sublevación de la Escuadra provocaría también una reacción similar en el Ejército, Aviación y Carabineros.

[...]

Allende, eufórico, anunció (el 4 de septiembre de 1973) que ‘el próximo año es promisorio’. Terminarán la inflación y el desabastecimiento’. Los documentos confidenciales descubiertos con posterioridad al 11 de septiembre demuestran que trece días después de ese discurso, la UP planeaba iniciar la guerra civil en Chile.

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Para tal efecto, en todas las provincias del país los organismos regionales de la UP –especialmente socialistas, comunistas y MIR– habían elaborado las listas de los oficiales militares, dirigentes políticos de oposición, periodistas y profesionales que debían ser eliminados. En departamentos de extremistas extranjeros, se descubrió un fichaje casi total de fotografías de jefes de las Fuerzas Armadas que iban a ser fusilados. Durante meses, algunos altos funcionarios del régimen —Joignant y Eduardo Paredes— habían estudiado y dispuesto los grupos de comandos que deberían cumplir los atentados.

El plan –que pasó a denominarse “Zeta”– incluía, además, un operativo de defensa de la residencia presidencial de Tomás Moro. En este sector, los guardias de seguridad (GAP) y guerrilleros entrenados tenían la misión de hacerse fuertes para luego desencadenar una contraofensiva contra el Barrio Alto. Parte del operativo consistía en tomar rehenes entre la población civil de las viviendas cercanas.

El “Zeta” operaba a todo nivel. El director del Servicio Nacional de Salud, Sergio Infante, estaba encargado de montar hospitales de campaña. [...].

La última fecha había sido elegida por razones estratégicas. Allende demoró hasta el último momento en las órdenes para poner en marcha los preparativos de los actos de Fiestas Patrias. El Ministerio de Defensa no dio paso a las disposiciones que daban por iniciados los ensayos para la Parada Militar. Así, hasta el 10 de septiembre, esas órdenes no se cursaron. El resultado fue que los cálculos para realizar la Parada Preparatoria indicaban que ella sólo podía verificarse el 17 de septiembre. Cuarenta y ocho horas antes del desfile en homenaje al día del Ejército.

Durante una semana –del 10 al 17 de septiembre– los extremistas debían cumplir las últimas etapas del “Zeta”: distribuir las armas, poner en acción a los encargados de los hospitales de campaña y aprovechar el espíritu festivo de la población como anestesia para la acción final.

Trece mil hombres integraban las tropas de choque de la UP. Extranjeros venidos de toda América Latina tenían que atacar a las tropas mientras desfilaban el 17 de septiembre. En la noche de ese día los asaltos se trasladarían —en todas las ciudades del país— contra los civiles adversarios del régimen.

Era la conquista del poder total [...]10.

Un cuarto de siglo más tarde, Abraham Santibáñez declara: “Tengo que confesar que hubo un gran error: creer en el plan Z”.

[es] lo único de lo que yo me arrepiento: haber puesto en el libro esto como una cosa seria, es que hoy mirándolo, me parece de una ingenuidad tan grande, porque es lo que ha hecho la CIA en todas las partes en que ha intervenido como lo ha hecho acá en Chile. Es decir, proporcionarles material para justificar el golpe 11.

Genaro Arriagada denuncia una “vía insurreccional” contra un coronel...

Afirmaciones similares se encuentran en trabajos de otros dirigentes democratacristianos. El joven y prometedor intelectual Genaro Arriagada publica después del Golpe el ensayo De la vía chilena a la vía insurreccional, prologado por el propio Eduardo Frei y editado por el Instituto de Estudios Políticos dirigido por Jaime Castillo, lo que le da un buen aval. El expresidente justifica y apoya el golpe con motivos similares a los expuestos en el Plan Z, incluyendo la inevitable referencia a los intentos de penetración de las fuerzas armadas que alteraban su disciplina:

Se hizo evidente una acción destinada a penetrar a las Fuerzas Armadas, lo que provocó incluso algunas tentativas de rebelión [...]

La verdad es que las Fuerzas Armadas actuaron cuando ya se había extendido por el país una clara sensación de anarquía, cuando la Constitución había sido evidentemente transgredida, y cuando, ellas mismas se sintieron amenazadas12.

La tesis de Genaro Arriagada es que los Partidos de la UP adoptan una política 0 insurreccional desde el Tanquetazo: “A partir del 29 de junio la Unidad Popular desarrollaría tres líneas de acción que se encaminaban a la destrucción de la estructura interna de los cuerpos armados profesionales”13.

La primera línea del complot contra las Fuerzas Armadas consiste en “designar en la prensa a los oficiales que juzgaban ‘golpistas’ o ‘sediciosos’”. Para ilustrar esta primera fase de la “vía insurreccional”, da un ejemplo que vale la pena citar por su trascendencia.

El 21 de julio –explica Genaro Arriagada– el Comité Regional del PS del puerto de San Antonio, más la CUT, los cristianos por el socialismo, el MIR y una veintena de organizaciones locales escriben al ministro de Defensa Clodomiro Almeida y al alto mando del Ejército “pidiendo la destitución del comandante de la Escuela de Ingenieros Militares”.

Consultada la prensa de la época, encontramos en la revista Punto Final un artículo de dos páginas interiores titulado “Arbitrariedades de oficial reaccionario”. Ahí se acusa, con datos precisos, a un teniente coronel de ordenar allanamientos arbitrarios, detener sin motivo la directiva de la Junta de abastecimientos y precios, bloquear la circulación de los buses y negarse a devolver a la CUT materiales de construcción depositados en terrenos del regimiento. En una frase, de tomarse atribuciones que la ley no le da. Más aún, el teniente coronel hizo invadir una radioemisora para acallar una emisión del Frente de Trabajadores Revolucionarios. Finalmente da al suboficial Figueroa un ultimátum de 24 horas para expulsar de su hogar a su hijo, militante del MIR14. El teniente coronel del regimiento Tejas Verdes, en San Antonio, es... Manuel Contreras Sepúlveda, quien ya era jefe de la DINA cuando se escribían estas páginas.

Mientras Arriagada publica su libro criminalizando a las organizaciones sociales que habían acusado al coronel con fundamentos, el regimiento de Tejas Verdes se ha transformado en uno de los más siniestros centros de torturas y desapariciones de las que fueron víctimas incluso democratacristianos. No cabe duda de que los que pedían su destitución tuvieron razón y, de haberla obtenido, tal vez habrían evitado sufrimientos indescriptibles.

La segunda línea “insurreccional”, según Arriagada, era acciones y propaganda para “destruir la estructura interna de los institutos armados, la cual constituía el intento de contraponer a los oficiales a los suboficiales, clases y soldados”. Cita afiches que decían “Soldado; desobedece a los oficiales que incitan al golpe” y entrevistas de soldados que afirman que no tirarán contra el pueblo.

Y la tercera línea insurreccional es la organización de los marinos, creada a través de “la infiltración y la organización de grupos militares dispuestos a insubordinarse contra los mandos de las FFAA” con el objetivo de “destruir la organización interna”.

Concluye afirmando que “La declaración de todos los Partidos de Gobierno respaldando a los marineros y dirigentes políticos comprometidos en la subversión en la Armada era un hecho de la más extrema gravedad y ciertamente comprometía la ya cada vez más precaria estabilidad del sistema político”15. O sea, para Arriagada, emitir una declaración respaldando a marinos torturados justifica el golpe de Estado.

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La marca de estas visiones se ha prolongado y aparece incluso en la historia del golpe de Ascanio Cavallo y Margarita Serrano publicada en 2003, que contiene reminiscencias de la manipulación de 1973. Explican que el almirante Merino denuncia el descubrimiento de una infiltración en la Armada y, aunque señalan que Altamirano, Enríquez y Garretón han explicado que las reuniones tenían el objetivo de denunciar la conspiración de los oficiales, concluyen que “en cualquier caso, se trataba de deliberación política en favor del gobierno16. Lo que es muy discutible. Quizá ignoran que la Corte Suprema absolvió a Óscar Garretón, porque esas reuniones no fueron constitutivas de delito de ninguna especie.

El movimiento de los marinos antigolpistas, estigmatizado por los justificadores del golpe, que lo presentan como una pieza mayor del Plan Z, ha sido deformado, sin que hasta ahora se haya efectuado un trabajo metódico de reconstitución histórica. Es uno de nuestros objetivos.

Notas

1 Los firmantes de la Declaración del 13 de septiembre de 1973 son: Bernardo Leighton, Ignacio Palma, Renán Fuentealba, Mariano Ruiz-Ezquide, Andrés Aylwin, Fernando Sanhueza, Claudio Huepe, Jorge Cash, Ignacio Balbontín, Sergio Saavedra, Radomiro Tomic, Belisario Velasco, Jorge Donoso y Florencio Ceballos.
2 Ahumada Eugenio, Atria Rodrigo, Egaña Javier, Góngora Augusto, Quesney Carmen, Saball Gustavo, Villalobos Gustavo, 1989, Chile. La memoria prohibida (tres tomos), Ed. Pehuén, 346.
3 El Mercurio, 17-9-1973.
4 Se pueden visionar los propósitos de Aylwin en 1973, donde afirma que el objetivo de la UP era “dar un autogolpe y asumir por la violencia la totalidad del poder”. En esas circunstancias pensamos que la acción de las fuerzas armadas simplemente se anticipó a ese riesgo para salvar al país de caer en una guerra civil o en una tiranía comunista”. En 2003 dice exactamente lo contrario: “Yo nunca pensé que la UP como tal y menos Salvador Allende estuvieran interesados en dar un golpe y establecer una dictadura”.
5 Millas Hernán - Filippi Emilio, enero 1974, Chile 70-73. Crónica de una experiencia, Ed. Zig-Zag, 140-141.
6 Millas Hernán, 1999, La familia militar, Ed. Planeta, 23-30.
7 Cuatro años más tarde, Filippi y Millas, asediados por la censura, fundarán el semanario disidente Hoy.
8 Carmona Ernesto, 2005, El informe Valech también sentó a los periodistas chilenos en el banquillo, en Rocinante enero de 2005.
9 Álvarez Luis, Castillo Francisco, Santibáñez Abraham, 1973, Septiembre. Martes 11. Auge y caída de Allende, Ed. Triunfo, 91.
10 Álvarez Luis, Castillo Francisco, Santibáñez Abraham, 1973, Septiembre. Martes 11. Auge y caída de Allende, Ed. Triunfo, 101-104.
11 Santibáñez Abraham, 1998, Entrevista concedida a Claudia Cárdenas, en Revista científica digital de la Universidade Metodista de São Paulo.
12 Frei Montalva, prólogo a Arriagada Herrera Genaro, 1974, De la vía chilena a la vía insurreccional, Editorial del Pacífico / Instituto de Estudios Políticos, 23.
13 Arriagada Herrera Genaro, 1974, De la vía chilena a la vía insurreccional, (prólogo de E. Frei), Editorial del Pacífico / Instituto de Estudios Políticos, 314.
14 Punto Final 189, 31-7-73.
15 Arriagada, 1974, 315-320.
16 Cavallo Ascamio, Serrano Margarita, 2003, Golpe. 11 de septiembre de 1973, Ed. Aguilar, 29-30.