Un notable colaborador de esta plataforma, el mexicano Héctor Osoriolugo, publicó el pasado 11 de abril un artículo digno de mención por el problema que plantea. En efecto, ¿cómo es posible aceptar, en este siglo XXI, que distintas personas (sean místicos o santos, ciudadanos comunes o monjes tibetanos) hayan experimentado la facultad de estar en dos sitios a la vez? En dos sitios a la vez… y no estar locos, como bien canta el bolero al hablar de dos amores que se comparten y complementan sin romperse ni mancharse.
Osoriolugo nos habla de los casos, bien documentados, de santos como Martín de Porres o el más reciente del padre Pío, quien, como el santo, fue visto en dos lugares a la vez, pero con un océano de por medio.
Desde luego, para nuestra mente avezada a la evidencia científica, no es fácil admitir un fenómeno de este tipo. Suele, más bien, aceptarse tal acontecimiento en el ámbito propio de una fantasía, o, peor aún, en el marco de un delirio de carácter psicótico. Sin embargo, casos hay que desafían nuestra percepción común y nos plantean el asunto como lo que en verdad es: un enigma.
Así, por ejemplo, la confesión que nos hace Luis Buñuel en Mi último suspiro, sus memorias. Libro clarividente donde los haya, escrito gracias a la sagacidad propia de un hombre de letras de la talla de Jean-Claude Carrière. En ese volumen, publicado por vez primera en el año de gracia de 1982, nuestro cineasta, al hablar de su relación con el poeta Jean Cocteau, nos cuenta lo siguiente:
…en el festival de Cannes de 1954, presidía [Jean Cocteau] el jurado del que yo formaba parte. Un día, me dijo que querían hablar conmigo y me citó para la tarde en el bar del Carlton a una hora tranquila. Acudí con mi puntualidad habitual, miré por todas partes sin ver a Cocteau (apenas si se hallaban ocupadas unas cuantas mesas), esperé media hora y me fui.
Por la noche, me preguntó por qué no había acudido yo a la cita. Le conté lo que había ocurrido. Él me dijo entonces que había hecho exactamente lo mismo que yo, a la misma hora, sin verme. Estoy seguro de que no mentía.
Realizamos todas las comprobaciones necesarias, sin encontrar la menor explicación a nuestra cita misteriosamente frustrada1
Buñuel, en este relato de su experiencia en Cannes, nos asegura que Jean Cocteau no miente. A su vez, quien esto escribe está seguro de que nuestro cineasta tampoco.
¿Entonces? Es posible, como algunos afirman (sin ninguna evidencia de ningún tipo, por supuesto), que Jean Cocteau, a esa hora y en ese lugar y exclusivamente para Luis Buñuel, fuese abducido de su presencia y su figura desde otra dimensión (dimensión desconocida) para precipitarlo en otro ámbito. ¿Cuál? Y viceversa.
Por supuesto, esta no es sino una especulación fantástica. Pero, ¿quién sabe? Sólo la física cuántica está en condiciones de explicar (no ahora, tal vez algún día, en un futuro que no podemos imaginar en este instante) un fenómeno de semejante naturaleza. Es, desde luego, un misterio muy apropiado para el movimiento surrealista y para los meandros de nuestra relación con lo automático.
Por mi parte, considero que esas y otras fenomenologías son propias, o nada extrañas, a experiencias que se han dado entre santos y poetas, místicos, magos y nigromantes, expertos en la cábala oscura o exploradores del inconsciente de no importa qué clase o condición.
Sin embargo, y mientras llega la ciencia a corroborar o desmentir estos y otros cuentos parecidos, sí tenemos claro que determinados miembros de una clase especial, la clase política, poseen la capacidad de estar en dos sitios a la vez… estando cuerdos. Rematadamente cuerdos.
Me refiero a la vieja táctica de «que todo cambie para que todo siga igual». Y, de acuerdo con ella, veremos a ilustres dirigentes, de perfiles muy diversos, pero que sin duda serán esos mismos que han apuntalado el actual estado de cosas en todo el mundo, defender el orden global existente y su contrario: aquel que introduzca las transformaciones inevitables y los cambios necesarios para que el sistema siga funcionando con la ayuda, inestimable por otra parte, de la técnica y la ciencia más demoledora.
Ese poder, que nos envuelve ya con una sutil malla de datos obtenidos mediante teléfonos, televisores, cámaras y demás artefactos propios de nuestra era audiovisual, nos venderá la conveniencia de mantener el actual statu quo con el objeto de reformarlo para que nada nos falte.
Es una canción que, sobre todo en España, hemos oído y escuchado innumerables veces.
No obstante, el tiempo se acaba y la guerra que nos preparan cultiva el germen de la ruptura que, como en otras tesituras de la historia, nace del inmenso desprecio que esas élites sienten por la vida. Por la vida de los demás, claro está.
Esa ruptura no es otra que la de abolir, tout court, la democracia. Cualquier alternativa democrática.
Pienso en 1914, año crucial. Año en que las contradicciones intercapitalistas estallaron tras el atentado de Sarajevo contra el archiduque Francisco Fernando y que desencadenaron la Primera Guerra Mundial. Momento decisivo para toda la humanidad. La carnicería subsiguiente sirvió de combustible para prender el fuego de la revolución rusa, que los bolcheviques aprovecharon para hacer de la continua matanza una revolución permanente, y cuyas derivaciones estremecieron al mundo entero.
La situación, aunque no es la misma, guarda similitudes inquietantes. Alemania es un claro ejemplo de todo ello.
Un país que asumiera en otra época el reto de encarnar uno de los Estados que más señales diera en el plano del bienestar (social, económico, cultural) cambia de rumbo tras fracasar como factor decisivo en la construcción europea. (Francia, digámoslo de paso, no le va a la zaga.) Y, de acuerdo con el nuevo plan estratégico, prepara un ejército de dimensiones colosales que se nutrirá, básicamente, de los recursos destinados a garantizar la prosperidad de la ciudadanía.
Que tamaño dislate, se desarrolle sin oposición frontal, nos debe llevar a un profundo estado de desasosiego. Pues cuando el poder no es contestado en sus desvaríos, el abuso está garantizado.
Por supuesto, personajes bien caracterizados de la vida europea, que en esto siguen el Diktat alemán, nos recuerdan aquello de Si vis pacem, para bellum, latinajo que todo el mundo comprende sin necesidad de traducción alguna. La guerra, pues, es una continuación de la política para resolver los muchos desacuerdos existentes entre las clases dirigentes que determinan nuestro destino. El destino del mundo.
Y aquí es donde la política tendría que atar en corto a los magnates que pretenden, a imagen y semejanza del Gran Dictador encarnado por Charles Chaplin, a las grandes compañías cuyo poder excede al de cualquier Estado.
Hay, pues, un salto cualitativo que cuestiona el orden social. Y aquí es donde se nos plantea la disyuntiva: o bien el Estado democrático, soberano, rompe amarras con esas clases que regulan los flujos económicos y culturales del mundo entero, poniéndolas a buen recaudo, y recaudando todo cuanto han de pagar para el sostén del bienestar común… O las mismas acabarán con el Estado liberal y democrático, sustituyéndolo por una máquina de guerra puesta al día según el modelo nazifascista.
Hoy, esos poderes que conspiran en contra de la democracia no necesitan de grandes desfiles de camisas pardas ni de paradas militares. Poseen, como así nos lo advirtiera Orwell, la tecnología y la ciencia necesarias para someter la libertad del pueblo al capricho del Amo. Un absoluto que es la viva encarnación de la crueldad, la sinrazón, el miedo y la cobardía.
Generosamente distribuido en redes sociales, plataformas digitales, televisiones y toda clase de medios de (in)comunicación. Si todo eso fallara, nos aplicarán los tormentos físicos y morales que su perversión sea capaz de imaginar, pues alguien ya lo ha dicho con todas las letras: «La tortura funciona».
Así las cosas, y visto el caos que acuna nuestro planeta, la única vía que nos queda es la de defender la democracia, ampliando y profundizando sus capacidades de gobierno y control sobre los grandes monopolios globales, causantes del presente estropicio. Pero si la estrategia chocara con la resistencia inamovible de esos consorcios, no estaría de más preparar, al mismo tiempo, una ruptura con dicho sistema por la vía, no de la reforma, sino de la revolución.
Al fin y a la postre, una transformación de esas características no sería sino un motín de esclavos cuya única aspiración sería la de dejar de serlo.
En resumidas cuentas: tendríamos que aplicar la técnica propia de la clase dominante: la de dominar dos centros, desde los cuales, en espacios y tiempos diferentes, crear una bilocación que diera al traste con el entramado del sistema.
Quizá sí, tal vez la física cuántica pueda ayudarnos a detener el incesante flujo de entropía que está agotando la energía de este planeta, el cual todavía nos acoge con la esperanza de sobrevivirnos.
Nota
1 Luis Buñuel, Mi último suspiro, Plaza & Janés, Barcelona, 1983, p. 199.















